NICOLÁS MAZZARINO

"En el básquetbol lo personal se olvida"

Jugó 11 años en Italia, estuvo más de 15 en la Seleccióny hoy integra el plantel de Malvín. A los 42, cree que puede aportar a los jóvenes con sus ganas y vocación de enseñar.

Nicolás Mazzarino, basquetbolista

Durante mucho tiempo Nicolás Mazzarino no tuvo verano; durante 11 años vivió, literalmente, de invierno en invierno: "Pasaba el invierno europeo y tenía vacaciones en junio, julio y agosto, que era cuando venía para Uruguay", y al frío otra vez. Es que ese fue el tiempo que Nicolás vivió en Italia: primero en el Sur, jugando en Reggio Calabria (2002-2005), después en el Norte, en Cantú (2005-2013), equipo del que fue capitán y figura.

Desde que volvió a Uruguay, en 2013 juega en Malvín y dice que allí está bien, que se encuentra cómodo, que es un buen equipo, que su familia se inscribió en el club. Tiene 42 años y sabe que su carrera como basquetbolista está llegando al final pero no se pone fechas: año a año evalúa cómo termina y si cree que puede seguir un tiempo más, lo hace.

Hizo el curso de entrenador pensando en su futuro, pensando en que el día que se retire no quiere que el básquetbol desaparezca totalmente de su vida. Sin embargo, "solo el título no sirve para nada", dice. "Creo que con los años que tengo y la experiencia que he recogido podría aportarle de alguna manera a los más jóvenes y creo que la mejor forma es ser entrenador. Pero para eso tenés que tener las ganas y la vocación de enseñar. Yo creo que eso lo tengo, pero también hay que tener llegada a los jugadores, la capacidad de guiar un equipo. Pienso que podría hacer un buen trabajo, pero hasta que no lo haga, no sé si sirvo o no para eso".

Sirva o no, cuando Nicolás mira hacia atrás se siente tranquilo: "Me pongo melancólico y pienso que yo disfruté cada minuto. Hace 27 años que juego y si perdí 25 veces más de las que gané, yo estoy satisfecho con lo que hice, siempre di mi máximo, de eso estoy seguro", dice.

Del interior.

Nació en Salto y es el menor de tres hermanos: Eduardo es el mayor y Ricardo el del medio. Antes que ningún otro deporte, empezó jugando al fútbol cuando tenía cinco o seis años. Al básquetbol, recuerda, se acercó de casualidad. "Yo iba a un club y mis hermanos jugaban al básquetbol. Un día cuando yo tenía nueve, faltó uno de sus compañeros y me llamaron para entrenar en su lugar. Fui, me gustó y seguí yendo".

Durante seis años practicó los dos deportes a la par, hasta que a los 15 le surgió la oportunidad de empezar a entrenar con el club Hebraica y Macabi. Cuando le llegó la propuesta dijo que sí, sin pensar en nada más. Él solo quería jugar al básquetbol. Y, aunque al principio su madre no estaba de acuerdo y su padre sí, después de que Ramiro de León, entrenador del equipo en ese momento, fue a Salto a hacerle una prueba, Nicolás se mudó de ciudad.

Llegó a Montevideo sin conocer nada ni a nadie. Antes solo había estado en la capital de pasada. "Venirme fue una decisión medio inconsciente. Es difícil estar lejos de casa siendo tan chico. Me acuerdo que mi padre me acompañó el primer día, me mostró el ómnibus que me tenía que tomar desde el Prado, donde quedaba la casa de la señora con la que vivía, a la Aduana, para poder ir a Hebraica. Para mí esto era como Nueva York", cuenta.

Aunque extrañaba a su familia, jugar en Hebraica era como un sueño y desde el primer día se esforzó para dar lo mejor de sí. "A veces estaba cansado y tenía sueño, pero nunca me iba a quedar durmiendo, yo sabía que estaba lejos y pasando mal para poder entrenar".

—¿Cómo fueron los años en Hebraica?

Estuve del 91 al 97, y fueron seis años espectaculares. Era todo nuevo, todo interesante, el club era preciosoes precioso—, me trataron muy bien, hay mucha gente de Hebraica que me trató como un hijo o un hermano. Yo tenía 15 o 16 años y ya practicaba con la primera, con jugadores como Peinado o Larrosa, jugadores de selección. Para mí estaba en el mejor lugar y lo aproveché lo más que pude.

No hubo un momento en el que Nicolás decidiera dedicar su vida al básquetbol, simplemente, dice, las cosas se fueron dando. Cuando estaba cursando quinto año del liceo, el segundo que hacía en Montevideo, lo citaron para la Selección Uruguaya de Básquetbol sub 18. "Me fui un mes de gira con la selección y perdí el hilo del liceo, no pude dar los exámenes y perdí ese año". Después empezó a cursar quinto dos veces más, y la situación se repetía. "Un día dije: No puedo estudiar al 40 por ciento y dedicarle al básquetbol un 60, tengo que darle el 100 por ciento al deporte y después veré si termino el liceo. Hasta el día de hoy no lo terminé". Así, Nicolás nunca se planteó vivir del básquetbol, sino que decidió dedicarle todo de sí, aunque hoy dice que terminar el liceo es algo que le queda pendiente.

Después de Hebraica vino Welcome, club en el que jugó del 97 al 2002 y en el medio se fue por tres meses a Boca Juniors, Argentina. Fue allí donde conoció a los representantes italianos que lo iban a ayudar a terminar de tramitar la ciudadanía para que Nicolás pudiera ir a jugar a su país.

Il capitano.

Después de estar en Argentina, jugó un año más en Welcome y cuando terminó el 2002 se fue a Italia. Los primeros tres meses estuvo solo en Reggio Calabria, una ciudad al Sur de Italia, sin hablar ni una sola palabra de italiano y un inglés básico. Magela, su esposa, estaba embarazada de ocho meses y no pudo irse con él. Nicolás no estuvo entonces en el nacimiento de Francesco, su primer hijo, y recién lo conoció cuando tenía 22 días. Con Delfina, su hija menor, fue distinto. Ya estaban instalados en Italia y calcularon para que pudiera nacer en Uruguay.

Después de que aprendieron el idioma, a Nicolás y su familia no les costó adaptarse a Italia. "En Reggio Calabria la gente es muy cálida, siempre estaban disponibles, fue una experiencia bárbara". En Europa solamente jugó en dos equipos, ambos italianos. Y tras tres años en el equipo del Sur, se fue a Cantú, al Norte. "Yo siempre pensé y pienso en mi familia, entonces no era sano ni lógico estar mudándonos todo el tiempo, porque es muy común arreglar un contrato de un año y cambiarte de ciudad. Eso implicaba que los chicos cambiaran de escuela, por ejemplo, y era muy difícil", cuenta Nicolás.

En Cantú hay una plaza de las estrellas "tipo el paseo de Hollywood", y el nombre de Nicolás Mazzarino ocupa una de ellas. Es que allí el uruguayo se transformó en un referente. "Jugué dos años y empecé a ser el capitán del equipo. En los años 80 y 90 el italiano era un jugador de tal equipo y se quedaba ahí por 15 años igual, pero eso se perdió después. Cuando yo quedé y estuve dos o tres años, me transformé en el capitán y empecé a ser muy querido por ellos", recuerda. El cariño de la gente y la estabilidad de su familia, hicieron que Nicolás se quedara en Cantú por ocho años.

En una ciudad de poco más de 35.000 habitantes, en un club que tenía como principal y único deporte al básquetbol, en un estadio que tenía capacidad para más de 3.000 personas, cada vez que Cantú era local era una fiesta. Nicolás dice que jugar así era "espectacular". Dice, además, que el nivel europeo era totalmente profesional y define a Cantú como un equipo chico que llegó a un alto nivel; con ese cuadro, ganó una Copa Italia.

En 2013, con 37 años, cuando estaba empezando a jugar menos minutos por partido y el entrenamiento se volvía demasiado exigente, cuando sus hijos empezaron a crecer, decidió regresar a Uruguay. Desde entonces es jugador de Malvín, club con el que salió campeón en las temporadas 2013 - 2014 y 2014-2015.

Desde los 16 años a los 33 integró la Selección Uruguaya de Básquetbol, a la que renunció cuando nació su hija Delfina para poder disfrutar más de su familia. Con la selección a nivel mayor logró el Sudamericano del 97 y la medalla de bronce en los panamericanos de Río en 2007. Si repasa su carrera, dice que los logros de sus equipos siempre son más importantes que los personales. "En el básquetbol lo personal queda en el olvido. Si ahora miro para atrás, lo que me queda de mi carrera es el camino recorrido".

SUS COSAS

OTRA PASIÓN. Es fanático de la Fórmula 1. "La empecé a mirar con mi padre cuando era chiquito y desde ahí no me pierdo nada". Incluso, en sus años en Italia tuvo la oportunidad de conocer la fábrica de Ferrari, gracias a que alguien de Cantú conocía a un dirigente de la marca. Además le gusta el fútbol americano y los deportes en general.

SU EQUIPO. En Cantú Nicolás es un ídolo y referente. Allí jugó desde 2005 a 2013, se transformó en el capitán y hasta el día de hoy recibe el cariño de los seguidores y amigos italianos por las redes sociales —solo en Twitter tiene más de 2.000
seguidores—. Incluso, cuando tomó la decisión de volver a jugar en Uruguay, los italianos lo querían un año más.

EL ACTUAL. Cuando en 2013 decidió volver a Uruguay Malvín le ofreció un contrato por tres años, que, en definitiva, era lo que Nicolás buscaba: seguir jugando. Hasta ahora se mantiene en el club, con el que logró dos campeonatos y en el que se siente cómodo. No sabe cuándo terminará su carrera, pero sí sabe que no le falta mucho tiempo.

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