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El barrio de Berlín que no quiere ponerse de moda

Wrangelkiez no quiere ser solo para la élite como otros barrios: están abiertos a la integración real, con jóvenes artistas e inmigrantes que encuentran en esa zona su propia forma de vivir.

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Es un barrio cosmopolita y que recibe a los inmigrantes con los brazos abiertos.

Primero se cruza el puente. El Oberbaumbrücke, con sus dos fortalezas de ladrillo que se empinan a lo lejos bajo cúpulas puntiagudas que parecen las de un castillo de juguete. Los ciclistas pasan veloces sobre el puente, de un lado para el otro, y desde aquí se puede ver al Hombre Molecular, la escultura de tres humanos enormes, de aluminio, que parecen bailar sobre el río Spree. Atrás queda el barrio de Friedrichshain, el centro del Berlín industrial con sus edificios antiguos remodelados, las líneas de trenes, los cientos de turistas que se pasean por lo que queda del muro de Berlín en la East Side Gallery.

Del otro lado del río es otra cosa. Allá ya no hay grandes cadenas, marcas transnacionales ni restaurantes pomposos con su pulcra y reluciente modernidad. Allá —aquí— solo hay ciclistas andando en manadas por las ciclovías, varias tiendas de ropa de diseñadores independientes o de segunda mano, locales de vinilos, pequeños puestos de comida escondidos en jardines urbanos con muebles gastados y luces de colores que cuelgan desde los techos, edificios del siglo pasado enormes, todos rayados con grafitis o murales en sus primeros pisos, galerías de arte pequeñas, de barrio, restaurantes casi todos con sillas, mecedoras y sillones usados, que no encajan el uno con el otro; cocina vietnamita, asiática, mexicana, española, italiana, iraquí, india, cafés donde la gente conversa animadamente, sentados en las veredas; locales de productos orgánicos y árboles frondosos.

Todo esto pasa en torno a una población diversa: inmigrantes turcos, gringos, indios, africanos ahora, y jóvenes, muchos jóvenes berlineses que han decidido hacer de este su lugar. Así es Wrangelkiez, el barrio de Berlín que desde hace unos años se puso de moda entre los jóvenes artistas alemanes —30 por ciento de la población aquí tiene entre 18 y 35 años—, donde la integración multicultural es una de las prioridades —el 40 por ciento de la población del sector es extranjera— y el reciclaje y la reutilización son un estilo de vida.

Con el levantamiento del Muro en 1961, Wrangelkiez quedó convertido en un área más bien marginal de Berlín. Perdieron acceso a Treptower Park y se instalaron allí, poco a poco, inmigrantes turcos. Cuando el Muro cayó en 1989, súbitamente Wrangelkiez volvió a estar en el centro de la ciudad y los precios de los arriendos en el barrio fueron aumentando (hasta un 200 por ciento).

Wrangelkiez, que está al este de Kreuzberg, es conocido como el barrio rebelde de la ciudad por haber derrotado al sistema y a las grandes corporaciones. Está abierto a la inmigración, pero no al aburguesamiento, explica Hanin mientras fuma un cigarrillo en un café al aire libre. Vive aquí hace nueve años, es ilustradora y activista de la defensa del sector desde que llegó.

Ali tiene un negocio de antigüedades, Komfort Vintage Furniture, en Falckensteinstrasse, en la entrada de Wrangelkiez. Vive en el barrio hace 25 años. Dice: "Cuando llegué, era peligroso. Había delincuencia, vendían drogas. Pero hace unos siete años empezó a llegar gente joven con dinero al barrio y fue mejorando, se puso más bonito y seguro, pero tampoco se volvió comercial. Es un buen balance".

Felipe es brasileño, llegó a Berlín en 2003 y desde 2009 tiene un taller de alquiler y reparación de bicicletas en la calle Skalitzer. "Este barrio es súper mezclado: hay muchos turcos; ahora está llegando gente de África, hay muchos extranjeros y berlineses jóvenes. La mayoría son artistas: pintores, escultores, escritores, diseñadores. Es tranquilo, cerca de todo, pero tiene sus propias reglas y su propia onda. Hay más tiendas de ropa usada que marcas comerciales. Hay un McDonalds, pero nunca está tan lleno como los restaurantes locales. Acá les interesa mucho el reciclaje; mucho más que las cosas nuevas, de moda".

Buen ejemplo de eso Felipe lo tiene al lado de su propio local: ahí está The Wye, un taller de ideas con oficinas para creativos que funciona en lo que antes era una oficina de correos enorme de ladrillos y que estaba desocupada, en desuso. En The Wye se reúnen los responsables de la Semana de la Moda de Berlín y la gente de Berlin Film Society, entre otros.

Del otro lado, al pasar Schlesische, y justo frente a la salida de la estación del metro, está el local de hamburguesas Burgermeister que funciona en lo que antes era una caseta de baños públicos. El local siempre está lleno de chicos que devoran sus famosas hamburguesas sentados en altas mesas en el exterior, y otros tantos que esperan a ser atendidos, al lado de las hileras interminables de bicicletas estacionadas.

Un par de cuadras más allá está el límite verde del barrio: el parque Görlitzer. Detrás de sus murallas de ladrillo hay explanadas de césped donde algunos chicos se recuestan para descansar o tomar el sol. También hay un área para niños con un minizoológico con cabras y chivos, una cancha de minigolf y otra de fútbol. Una familia de gitanos, con sus cosas apiladas en un carro de supermercado, duerme sobre el pasto. A un extremo del parque, familias turcas están haciendo asado al aire libre mientras que al otro costado, en lo que antes era una estación de trenes y que ahora está completamente pintada con grafitis, está Das Edelweiss, un bar restaurante con terraza donde la gente come omeletes y toma cerveza o spritz en copas gigantescas. El lugar está decorado con un montón de cuadros puestos uno al lado del otro en los muros, fotografías antiguas, animales vestidos, tapices de colores y muebles viejos. Los martes aquí hay jam sessions de jazz.

Al frente, unas gradas de cemento pintadas con firmas grafiteras. También hay grupos de africanos esparcidos a lo largo de todo el parque. "¡No tomes fotos! ¡No quiero que me tomes fotos! ¡Ándate de aquí y jódete! ¡Jódete!", grita uno a lo lejos. El segundo día en el parque, otro africano me persigue apenas dejo mi bicicleta estacionada. "Hola amiga, ¿qué quieres? ¿Qué andas buscando hoy día? ¿Qué necesitas? ¿Qué te ofrezco?".

Me persigue durante un largo trayecto y, cuando le digo que estoy haciendo mi trabajo y que no me moleste, decide no dejarme en paz hasta la salida del parque: "¿Tú no quieres que te molesten? Entonces no seas pesada. Esto no es España", me grita en tono amenazante. Luego Asuman, una joven turca que tiene un almacén con su familia en el barrio, me dice: "¿Te metiste sola al parque? Ya no se puede ir sola, está muy peligroso. Estos son africanos que han llegado el último año y venden droga. Los vecinos hemos dejado de ir allí por eso. Pueden ser violentos. Yo si quiero ir, voy con mis dos hermanos que son grandes".

Los vecinos del barrio están en los bordes del parque, tomando un café por la calle Görlitzer o en el Bar Raval, del actor alemán —pero nacido en España— Daniel Brühl. Nostálgico de la comida catalana, en 2011 Brühl abrió este local como un refugio donde se puede hablar en castellano y comer tapas y platos ibéricos.

Cuvrystrasse es más quieta: en esta calle hay casas rayadas en los primeros pisos y con balcones que tienen flores coloridas, almacenes pequeños y familiares, murales y una diminuta tienda de ropa vintage. En la esquina con Schlesische está el famoso teatro Lido, donde hoy por hoy todos quieren tocar, pero solo los mejores lo hacen.

En otro rincón de Wrangelkiez, Badeschiff está justo en el límite entre Wrangelkiez y Treptower Park. Para volver al barrio hay que seguir caminando por las naves de ladrillo, hasta que de pronto se ve el río y, de nuevo, las hileras de bicicletas viejas estacionadas contra las rejas metálicas. Ahí está un local que se ha convertido en la nueva sensación del lugar: el bar White Trash Fast Food, que antes estaba en el centro de la ciudad y se trasladó aquí. El White Trash está, literalmente, fabricado con desechos y basura, y tiene un auto enterrado y tapado en musgo en una de sus entradas: estética punk rock total. Adentro uno puede comer hamburguesas, sándwiches de carne orgánica, beber cervezas, tatuarse, escuchar música en vivo, ver strippers en las ventanas los fines de semana y, también, bailar bajo el suelo en las fiestas que organizan. Fuera del bar están, claro, los jóvenes. Muchos de ellos conversan animadamente sentados en las veredas, aquí, lejos de la colonización de las cadenas y las grandes marcas, justo del otro lado del río Spree. *EL MERCURIO/GDA

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