ENRIQUE AGUERRE

"Ya fui artista, ya salvé el ego"

Luego de 30 años como artista, y más de una década como funcionario del lugar, Enrique Aguerre empezó a poner su impronta en el Museo Nacional de Artes Visuales. Foto: Marcelo Bonjour

Enrique Aguerre

Enrique Aguerre recibe a Domingo en su despacho y casi enseguida sale al jardín cerca del "Monumento Cósmico" de Joaquín Torres García, esa muralla constructivista de granito rosado. Ese es su lugar favorito en el Museo Nacional de Artes Visuales, el lugar que dirige hace siete años. Asumió ese cargo luego de más de una década como funcionario. Y además de trabajar en el museo, también era un artista visual —su disciplina es el videoarte— algo díscolo y criticón de las estructuras institucionales del arte nacional.

Esa faceta parece estar superada, al menos para él. Sus obras están prácticamente fuera de circulación, descansando en algún archivo y ahí seguirán. Para haber sido un artista visual, Aguerre sostiene una postura paradójica y anacrónica, ya que no quiere que sus trabajos estén disponibles en YouTube, por ejemplo.

Ahora está a pocos días de cumplir 53 años y se encuentra en una posición que muchos de sus colegas podrían considerar envidiable: dirige el museo más importante del país. Se hizo cargo luego de dos administraciones que fueron interrumpidas al poco tiempo de haber empezado, las de Jacqueline Lacasa y Mario Sagradini, que duraron solo algo más de un año cada una. Da la impresión de estar contento con la tarea, más allá de que describe el cargo como uno que "te puede llevar puesto".

En la actualidad, una parte del MNAV está dedicada a, justamente, videoarte. Otra tiene una importante muestra de arte abstracto nacional con uno de los últimos alumnos directos de Joaquín Torres García, Julio Mancebo. Y la gran sala del primer piso está dedicada a una retrospectiva sobre José Cúneo, en donde cuatro grandes obras, las cuatro con las famosas lunas, ocupan la pared hacia la cual todo confluye.

Al principio, dice, fue "muy difícil" pasar a ser el director porque había sido un funcionario más. De repente, daba órdenes a sus compañeros. También dice que dudó en aceptar. En parte porque quería saber en qué condiciones iba a trabajar. Pero sobre todo porque él había mantenido, desde lugares como su blog Frontera incierta o informalmente, un discurso crítico hacia la manera en que se elaboraban e implementaban las políticas públicas referidas al arte nacional, sus museos e instituciones.

La propuesta lo ponía en un lugar incómodo porque iba a pasar de ser una voz independiente a una institucional. "Fue un poco como si me hubiesen dicho: A ver tú, que criticás tanto ¿vas a entrar y tratar de cambiar eso?. Les podría haber dicho que no, que me quedaba haciendo mis videitos. Pero luego no iba a poder criticar nada. Porque perfectamente me podrían decir: Señor, a usted se le ofreció la institución de artes visuales más importante para conducirla. Me iba a tener que quedar callado".

Aguerre cuenta que también sintió responsabilidad como integrante de la comunidad artística nacional. Se imaginaba preguntas como esta: "¿Te dieron esa oportunidad y dijiste que no?".

Así que aceptó, sabiendo que se iba a "ensuciar las manos" como dice ahora. "Acá no venís a hacer amigos. Venís a trabajar muy duro. Pero no podés hacer ningún tipo de política cultural sin ensuciarte las manos, es imposible. Te tenés que involucrar. No tenía tan claro hasta dónde iba eso. Pero creo que la voy llevando con cierto decoro", comenta entre risas en la nueva cafetería del jardín.

A poco de entrar, en 2010, le tocó vivir un episodio polémico: bajar, por orden judicial, fotografías de Juan Ángel Urruzola, quien había sido premiado en el Salón Nacional por varios retratos de su exmujer, Beatriz Abdala, entonces enferma terminal. "Recién entraba. Vino un fiscal, vino un juez, me ordenaron bajar las fotos. Vino la Policía también. Es muy peligroso bajar una obra que está premiada y es parte del acervo estatal. Luego eso se apeló, y se revirtió. Cayó la prohibición y las volvimos a exponer", rememora.

A ese agitado comienzo le siguieron años donde se afianzó en su lugar y empezó a concretar proyectos que le eran caros. A nivel personal, pero sobre todo a nivel institucional, como muestras de Luis Camnitzer, Rafael Barradas y muchas más, tanto nacionales como internacionales, y de distintas corrientes artísticas. Ahora agrega que lo pone contento poder decir que el museo que dirige ya lleva más de 60 catálogos de distintas muestras publicados, una "minibiblioteca de arte nacional que antes no existía".

También tiene varias cosas en el debe: una exhibición de Petrona Viera, una artista que nunca tuvo una retrospectiva dedicada a su obra en el museo. Otro debe es la remodelación del jardín, para tratar de hacerlo lo más parecido posible a lo que quiso su diseñador original, el artista, arquitecto y paisajista salteño Leandro Silva Delgado.

Todo eso lleva tiempo: "Sí, eso es una dinámica de Uruguay. Hacer el ascensor lleva tiempo, la rampa de accesibilidad, cambiar la red lumínica, tener una cafetería... Todo el mundo quiere todo ya. Y no hay ya en la gestión. Hay corto, mediano y largo plazo. Es bravo convivir con las críticas, te tenés que hacer el tonto y seguir trabajando. Si reaccionás, perdés".

Otro cuestionamiento tiene que ver con los artistas elegidos para exponer. "Sí, una de las mayores críticas es la prioridad que se le da a los maestros para ser exhibidos. Algunos proyectos están antes que otros. Hay gente que pide ¡Una exposición de planismo ya!. Y la vamos a hacer, pero en 2020. Para la gente eso es muy lejos, pero para nosotros es pasado mañana".

Ahora que está del otro lado del mostrador, entiende que su mirada sobre el quehacer artístico cambió. "Sí, necesariamente cambia. Desde afuera, uno es un poco más ingenuo. Acá trabajás con tres líneas: sos director artístico pero también sos director ejecutivo y administrativo. Tuve que aprender a trabajar dentro de un Ministerio, qué cosas te permite hacer el cargo, qué cosas no. He tenido apoyo permanente, por suerte. Nunca me dijeron Esto no, pero por temas legales o de presupuesto —el museo tiene unos diez millones de pesos anuales asignados— hay límites que no podés traspasar. Me las tengo que ingeniar".

Además de ingeniárselas para gestionar, debe tener un buen relacionamiento con sectores políticos de la oposición, que muy probablemente tengan una concepción cultural distinta. Pero él dice que no es algo que le cueste. El talante diplomático aparenta sentarle bien. "Tengo contactos con políticos de todos los partidos, todo el tiempo. La idea fundamental es no perder de vista que este es un museo nacional", afirma recalcando la última palabra. "No es de un gobierno, es un museo que tiene 106 años de historia. Este museo, el Solís o el Sodre son instituciones grandes, fundacionales, donde están todas las miradas. Y ese carácter nacional te lleva a contemplar todo", dice aunque reconoce que a veces cuesta entender lo conveniente de seguir ciertas pautas de trabajo por más que cambien las administraciones.

No sabe por cuánto tiempo más seguirá al frente del MNAV, pero desea que lo que ya se empezó continúe cuando asuma otra administración. "Una inversión muy importante que se hizo en este período ni siquiera es visible", indica y se refiere a los "peines de metal", una suerte de grandes estantes corredizos sobre los cuales se cuelgan las cuadros en el archivo del museo para su mejor conservación.

Si tuviese que abandonar el cargo mañana, ¿volvería a ser artista visual? "Sería triste. No extraño eso. Al principio sí, pero ya no. Me gustaría hacer otras cosas. Si luego de esta experiencia me disuelvo en otra cosa, no tengo ningún problema. Al revés: estaría bueno. Ya estuve trabajando 30 años en mi propia obra. Ya expuse, ya representé a Uruguay en bienales internacionales... ¡Ya salvé el ego!", dice. Termina su café, pasa una vez más por el "Monumento Cósmico" y vuelve a la oficina.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te puede interesar
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)