JAVIER ABREU

"El arte está tomando el lugar de lo imprevisible"

El artista visual se hizo conocer con la creación El Empleado del Mes hace más de una década, a través de la que cuestiona el consumismo y la cosificación del trabajo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Javier Abreu, un artista visual que escapa a todos los encasillamientos.

Su última obra fue un cartel que indicaba que en ese sitio del Subte la claraboya se llueve. El visitante, que venía recorriendo el conjunto de propuestas de distintos artistas plásticos, de pronto se encontraba con el aviso y era inevitable elevar la vista para comprobar el precario estado de la claraboya. Un trozo de realidad que sustituye al objeto estético fue la apuesta de Javier Abreu, uno de los artistas más originales del medio, cuya producción ha sido celebrada en el exterior.

Desde el principio Abreu eligió la performance y la instalación como medios para su arte visual. Y, vencido el desconcierto inicial, capturó el interés del público. Lo hizo hace poco más de una década cuando creó El Empleado del Mes y se colocó a él mismo como parte central de la obra. Era un estudiante veinteañero de Bellas Artes al empezar el proceso de creación. Para ello se presentó a un curso de entrenamiento para futuros empleados de la cadena de restaurantes McDonalds; su único objetivo era conseguir el clásico uniforme a rayas blancas y rojas, y la gorra que utilizan los empleados. Pasó los exámenes y fue aceptado en la empresa, pero una vez que obtuvo las prendas vio cumplida su meta y nunca se presentó a trabajar. Todo esto ocurría en 2002, mientras estallaba la peor crisis económica que vivió el país y la fila de desempleados crecía minuto a minuto.

"Hice varias fotos con lo que yo veía de la crisis y el empleado del mes aparecía en todas ellas, el empleado era a la vez autor, artista y obra en una performance", explica el propio Abreu rememorando aquellos comienzos.

La obra llamó la atención del jurado del Premio Paul Cezánne, organizado por la Embajada de Francia, que le otorgó el premio y costeó su viaje a París. La arriesgada jugada de Abreu conquistó a críticos y artistas plásticos. Su irónica mirada sobre el consumismo y la forma en que las grandes corporaciones explotan el trabajo de jóvenes fue un punto de partida poderoso, que hasta el momento continúa alimentando la obra de este artista provocador y a la vez medido en la puesta visual de sus obras. Una mirada crítica y refinada sobre el entorno.

—¿Esta es tu reacción artística ante la realidad? ¿La crisis fue un disparador?

—El 2002 fue como algo apocalíptico, todo se terminaba. También yo lo pensé con respecto al arte: Bueno, el arte ya se terminó, llego como en un momento de la Historia en el que el arte ya estaba terminado, entonces lo que me quedaba era jugar un poco con esa idea, que mis obras tuvieran muchos objetos del arte pasado, como lo hizo (Andy) Warhol, y tomé a la vez muchas veces referencias e hice guiños a obras de arte muy conocidas.

Experimentador innato.

Tenía veinte años cuando advirtió su calvicie incipiente. Se acercaba el verano y decidió que si iba a ser calvo lo sería de una manera radical. Fue a la peluquería y pidió un rapado con la máquina a cero.

Su calva le permitió adaptarse con gran plasticidad a los requerimientos del personaje que lo distinguiría durante los años siguientes, el Empleado que aparecía en esas postales de la realidad que creemos ver todos los días, pero no vemos. Abreu cree que en una vida tan contenida en algoritmos que permiten localizar a una persona en cualquier momento, saber cuáles son sus gustos, sus creencias políticas y sus preferencias deportivas, el arte pasa a ser lo único imprevisible.

"El arte empieza a tener ese lugar de cosa imprevisible, como esto del Subte, porque tampoco forma parte de mi trayectoria que yo haga cartelitos, por eso el que fue a buscar mi obra se encontró con una tarjeta y eso es lo imprevisible", dice. Y asegura que ese jugar con el arte tiene que ver más con un cambio cultural que con la realidad en sí misma.

Su mirada crítica se derrama por todo el panorama cultural. Durante el último Carnaval, poco después del desfile inaugural, Abreu cuestionó la presentación del desfile y la falta de creatividad en los organizadores.

"A mí me da mucha bronca, hay como un desprecio por la gente humilde, es como si dijeran: bueno los humildes se conforman con esto", fustiga cuando recuerda sus dichos. Fachadas despintadas o sucias como fondo del desfile, butacas incómodas para un público masivo, son algunos de los puntos que el artista cuestiona de la presentación carnavalera. Y a modo de ejemplo recuerda que la asociación de carnavaleros (Daecpu) quiere techar el Teatro de Verano. "Tienen un telón de lona que lo siguen corriendo a mano, imaginate si no pudieron con eso que requiere una ingeniería menor, básica, ¿vas a poner un techo?", cuestiona.

A juicio del artista el Estado es el gran ausente en materia cultural, salvo en algunas disciplinas como el teatro o la danza contemporánea que han logrado un fuerte impulso desde las instituciones. En cambio, las artes plásticas y, en su opinión, las letras han recibido un escaso apoyo oficial o tan solo tímidas iniciativas. "Hay un montón de jóvenes que piensan que ganar una convocatoria del MEC es que estás haciendo las cosas bien y en realidad es horrible, porque siguen conservando e imprimen una agenda de arte de los 80, con propuestas que ya no van a ningún lado", dice Abreu.

Precisamente, lo radical de algunas de sus presentaciones le puso a sus propios compañeros de estudios en Bellas Artes en contra. En los inicios de El Empleado del Mes se lanzó a propuestas radicales, como las de poner el menú de hamburguesas típico pero colocando excrementos entre los dos panes y comiéndoselo en público. "Fueron veinte minutos de acción, estaba sentado en el centro con una luz puntual y la gente paradita alrededor. Al lunes siguiente tuve que darle explicaciones al director de la escuela de Bellas Artes y por el resto de los años de estudiante me miraron con desconfianza", contó en una nota para el diario Clarín en Buenos Aires.

Luego de llevar sus performances a varios escenarios, Abreu reunió la exposición primigenia del Empleado en un libro de 25 capítulos. Y esta idea continuó generando otros productos desde latas de atún con las imágenes de su personaje, hasta fotografías y videos que fueron presentados en distintas partes del mundo.

Ahora, alejado de aquellos sesgos revulsivos, Abreu camina por presentaciones cada vez más conceptuales. Y toma elementos de la realidad local, figuras de la política como las del exmandatario José "Pepe" Mujica que integró a sus exposiciones del Empleado. "Cuando lo hice Mujica no tenía todavía la imagen que tiene ahora, era ministro de Ganadería, nadie pensaba que iba a ser presidente", recuerda ahora.

Sus "cruces" con la realidad han sido permanentes. Incluso con la propia cadena McDonalds, con cuyo director terminó hablando luego de llevarle una invitación para su obra Otro Próspero en 2015. Lejos de recibir algún cuestionamiento por parte del representante de la empresa, tuvo una cálida acogida.

Javier Abreu y el Empleado del Mes se mantienen como dos caras, como una especie de moderno dios Jano hecho de restos de una realidad cada vez más caótica. Sin embargo la cara correspondiente a la vida íntima de Abreu siempre permanece a resguardo.

—¿Cómo dialoga Javier Abreu con el Empleado del Mes, hablás de estas cosas con tu gente cercana?

—Mi vida personal, mis amigos, por ejemplo mis amigos en general no tienen que ver con el arte, son de la vida, de la infancia. A mí me gusta desenchufarme un poco, hago esto y después tengo mi vida social en Twitter como El Empleado, es algo bien profesional. No me gusta el lobby, yo no voy mucho a exposiciones o inauguraciones, ni voy a cenas de arte, ni nada de eso, nunca me interesó.

A sus 36 años y con una carrera de proyección internacional, Abreu se propone como un testigo crítico de la realidad.

Primavera con una silla rota.

El 6 de setiembre del año pasado la firma Castells convocó a una subasta de buena parte del mobiliario que perteneciera al escritor uruguayo Mario Benedetti. Los objetos, aclaraba la convocatoria, no pertenecen al acervo cultural del autor. De todos modos el artista Javier Abreu vio allí una oportunidad y no la dejó pasar. Compró tres de las sillas subastadas, una de ellas rota. "Estoy jugando con Benedetti como artista, qué sucede con un artista y con la función del autor, porque ahí son sillas comunes, son objetos, y es un mundo en el que estamos llenos de objetos. Por eso hay un montón de cosas para hablar, estamos hablando de Mario Benedetti, yo nunca voy a tener la relevancia de Benedetti. ¿Pero si pasó eso con Benedetti, qué puedo esperar?", se preguntaba el artista. De momento está trabajando con el material, con la idea de presentar la silla que está rota, una fotografía de la misma silla y el recibo de la firma Castells en el que se aclara que las mismas pertenecieron al autor. Abreu confiesa que lo que más lo movilizó fue el hecho de que las pertenencias del escritor se pusieran a la venta poco después de su fallecimiento, en 2009.

SUS COSAS.

Leer y pensar.

La lectura es el pasatiempo preferido de Abreu. Sobre todo los pensadores contemporáneos, entre los que destacó al autor alemán Boris Groys, quien ha meditado a lo largo de su obra acerca de la cultura. También se interesa por la obra del surcoreano Byung-Chul Han.

La danza.

La danza contemporánea es uno de los espectáculos predilectos de Javier Abreu, del que se confiesa asiduo espectador. El artista visual elogió el desarrollo de esta disciplina. "La danza contemporánea creció pila acá, tienen pila de intercambio", señaló al comparar con los espectáculos que se ofrecen en otras capitales del mundo.

Escenarios.

El teatro independiente es otra de las aficiones de Abreu. De las obras que vio recientemente comentó Silencio, dirigida por Bruno Pereyra, y recordó especialmente la obra de Sergio Blanco, Tebas Land, que ha recibido una importante distinción en Londres hace pocos días.

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