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Arquitectos muestran su mundo

Espacios, caprichos, vistas y recorridos. Todo eso incluye un paseo por las casas de varios referentes de la arquitectura uruguaya de hoy.

Marcelo Danza y Andrea Scarponi optaron por reciclar una casa de 1910 del Prado.
Marcelo Danza y Andrea Scarponi optaron por reciclar una casa de 1910 del Prado.
Marcelo Danza y Andrea Scarponi optaron por reciclar una casa de 1910 del Prado.
Marcelo Danza y Andrea Scarponi optaron por reciclar una casa de 1910 del Prado.
Marcelo Danza y Andrea Scarponi optaron por reciclar una casa de 1910 del Prado.
Marcelo Danza y Andrea Scarponi optaron por reciclar una casa de 1910 del Prado.
Juan Apolo eligió el hormigón visto como elemento principal para levantar su casa. Foto: Ariel Colmegna
Juan Apolo eligió el hormigón visto como elemento principal para levantar su casa. Foto: Ariel Colmegna
Juan Apolo eligió el hormigón visto como elemento principal para levantar su casa en Punta Gorda. Foto: Ariel Colmegna
Juan Apolo eligió el hormigón visto como elemento principal para levantar su casa en Punta Gorda. Foto: Ariel Colmegna
Juan Apolo eligió el hormigón visto como elemento principal para levantar su casa en Punta Gorda. Foto: Ariel Colmegna
Juan Apolo eligió el hormigón visto como elemento principal para levantar su casa en Punta Gorda. Foto: Ariel Colmegna
Conrado Pintos creció hacia arriba: transformó su apartamento de Malvín en un dúplex. Foto: Darwin Borrelli.
Conrado Pintos creció hacia arriba: transformó su apartamento de Malvín en un dúplex. Foto: Darwin Borrelli.
Conrado Pintos creció hacia arriba: transformó su apartamento de Malvín en un dúplex. Foto: Darwin Borrelli.
Conrado Pintos creció hacia arriba: transformó su apartamento de Malvín en un dúplex. Foto: Darwin Borrelli.
Conrado Pintos creció hacia arriba: transformó su apartamento de Malvín en un dúplex. Foto: Darwin Borrelli.
Conrado Pintos creció hacia arriba: transformó su apartamento de Malvín en un dúplex. Foto: Darwin Borrelli.
La casa de Perla Taranto se "vuelca" al fondo y tiene la luz como material principal. Foto: Darwin Borrelli.
La casa de Perla Taranto se "vuelca" al fondo y tiene la luz como material principal. Foto: Darwin Borrelli.
La casa de Perla Taranto se "vuelca" al fondo y tiene la luz como material principal. Foto: José Pampín.
La casa de Perla Taranto se "vuelca" al fondo y tiene la luz como material principal. Foto: José Pampín.
Daniella Urrutia optimizó al máximo el espacio en un terreno de apenas 72 metros cuadrados: Foto: Marcelo Bonjour.
Daniella Urrutia optimizó al máximo el espacio en un terreno de apenas 72 metros cuadrados: Foto: Marcelo Bonjour.
Daniella Urrutia optimizó al máximo el espacio en un terreno de apenas 72 metros cuadrados: Foto: Federico Cairoli.
Daniella Urrutia optimizó al máximo el espacio en un terreno de apenas 72 metros cuadrados: Foto: Federico Cairoli.
Daniella Urrutia optimizó al máximo el espacio en un terreno de apenas 72 metros cuadrados: Foto: Federico Cairoli.
Daniella Urrutia optimizó al máximo el espacio en un terreno de apenas 72 metros cuadrados: Foto: Federico Cairoli.
En la casa de Martín Gualano en el Puerto del Buceo todo lo que no es hormigón, es vidrio. Foto: Marcelo Bonjour.
En la casa de Martín Gualano en el Puerto del Buceo todo lo que no es hormigón, es vidrio. Foto: Marcelo Bonjour.
En la casa de Martín Gualano en el Puerto del Buceo todo lo que no es hormigón, es vidrio. Foto: Marcelo Bonjour.
En la casa de Martín Gualano en el Puerto del Buceo todo lo que no es hormigón, es vidrio. Foto: Marcelo Bonjour.
En la casa de Martín Gualano en el Puerto del Buceo todo lo que no es hormigón, es vidrio. Foto: Marcelo Bonjour.
En la casa de Martín Gualano en el Puerto del Buceo todo lo que no es hormigón, es vidrio. Foto: Marcelo Bonjour.

DANIELA BLUTH

Algo así como cumplir "el sueño del pibe" o "el anhelo máximo". Algo así como plantarse frente "al gran desafío profesional". Algo así como tener la posibilidad de "armar y desarmar", de "jugar" con los espacios y sus condicionantes, de "estar siempre creando". Con esas palabras, referentes de la arquitectura en Uruguay definieron qué significó para ellos proyectar, construir o reciclar su propio espacio para vivir.

Más allá de estilos y convicciones, todos son expertos en optimizar metros cuadrados, maximizar presupuestos, reutilizar materiales e incorporar la luz como un integrante más. Entrar a sus casas es, de ese modo, poner un pie en su universo más íntimo y creativo. Y recorrerlas, en consecuencia, una suerte de paseo por parte de la arquitectura doméstica de Montevideo.

Interioridad a escala.

Cuando el apartamento de Sayago en el que vivían con su pequeño hijo Luca les quedó chico, los arquitectos Marcelo Danza (49) y Andrea Scarponi (49, foto de portada) empezaron a buscar opciones en su barrio de toda la vida, el Prado. A los pocos meses vieron a la pasada una pequeña casa para reciclar con un precio (casi) accesible y un terreno de (casi) 500 metros cuadrados. No eran más que un par de habitaciones, pero tenía potencial. La compraron a fines de 1999 y la reforma insumió nueve meses. Lejos de preferir hacer obra nueva, disfrutaron recuperando parte de la historia de la zona.

De la casa original de 1910 queda poco más que la fachada. Por dentro, los 130 metros se distribuyen en dos dormitorios, dos baños, living y la cocina integrada con un estar que sale al fondo, donde siguen deck, parrillero y piscina. "Al ir desmontando fuimos viendo el alma de la casa", cuentan. Uno de los principales hallazgos fue el techo a la porteña, escondido debajo de un posterior lambriz de madera. "En este barrio de grandes casonas reciclar implicaba otros desafíos", reflexiona Andrea. Y fue eso parte de lo que los cautivó. "Buscamos la manera de que lo nuevo destaque lo viejo". El proyecto, que cambió más de una vez sobre la marcha, generó espacios que se unifican, sin perder el encanto de los "rincones", comenta el arquitecto, titular del taller Danza. La cocina es el corazón de esta casa para cuatro más un perro, un gato y una tortuga. Allí está la estufa Magna, una amplia isla con tapa de lapacho y una mesa redonda donde se come, trabaja, conversa y toma mate. Al ladrillo visto, testigo del origen de la vivienda, se sumó, sobre todo, el pórtland, en algunos espacios en su color original y en otros —como en los baños— mezclado con tierra de colores.

"Logramos generar en la casa una interioridad con la que nos sentimos cómodos, que nos reúne… cuando estamos todos la compartimos", explican. Y fiel al espíritu del reciclaje, siempre siguen en obra. Ahora tocó crecer hacia el fondo, sumando un multiespacio vidriado y con otra estufa a leña que oficiará de playroom, sala de estudio o barbacoa. Los adolescentes de la familia dirán.

Un paseo por la luz.

Perla Taranto (46) siempre había soñado una casa así. Durante dos años buscó un terreno que debía conjugar las siguientes condiciones: estar ubicado en el Puerto del Buceo, tener al menos diez metros de frente y el fondo orientado al Oeste. Cuando finalmente lo encontró, proyectó una vivienda a la que se mudaron solo dos pero donde hoy vive y disfruta una familia de cinco.

Tan previsora como ejecutiva, Taranto decidió "volcar la casa al fondo" y buscar —siempre—, la luz y el verde. "Hace 15 años el barrio era súper tranquilo pero ya se veían las chances de que creciera y cambiara", cuenta. Así, el frente de ladrillo y piedra arenisca es bastante cerrado y el acceso íntimo, con una puerta lateral que protege el interior de los curiosos. Una vez dentro, el espacio en doble altura es amplio y luminoso. ¿La razón? Además de los grandes ventanales hacia el jardín, la casa cuenta con una especie de "tercera fachada": el techo con un gran lucernario cenital que permite que el cielo sea un integrante más. Para la arquitecta, "el gran material" de su obra es la luz natural. Está presente en todos los espacios y también en "los recorridos" que se generan en la escalera o el balcón de la segunda planta, donde se impone un mural de la escuela de Joaquín Torres García comprado en un remate. "Es importante cuidar los valores permanentes en la arquitectura, como son la espacialidad, la luz y la fluidez, que una casa tenga carácter pero no responda rabiosamente al hoy", opina.

Con 280 metros construidos en 280 metros de terreno, la vivienda es amplia pero compacta. "No es enorme, son espacios de lindas proporciones y que se usan todos". El centro de reunión es el estar-comedor, donde una gran mesa de madera se viste así sean solo dos para cenar. Allí también convergen un playroom, un baño de visitas y la cocina semi-integrada, desde donde se sigue al área de servicio (despensa, lavadero y hasta casa para el perro). En invierno, la estufa a leña revestida con piezas de hormigón hechas a pie de obra siempre está prendida; en verano, la actividad se traslada al fondo, que entre los álamos propios, el nogal de una vecina lateral y la enredadera de otro al fondo toma distancia del ruido del nuevo distrito financiero. "Son tantos años… y la seguimos disfrutando como el primer día", reflexiona la dueña de casa.

La poética del hormigón.

En el límite entre Malvín y Punta Gorda, un punto donde casualidad o no conviven muchos arquitectos, la casa de Juan Apolo (55) pasa relativamente inadvertida. "Algunos piensan que es una subestación de UTE, otros un templo… una rareza", dice su creador. Es que la fachada de hormigón armado, con un portón de cemento dolmenit al extremo derecho y una sucesión de mataburros (también de hormigón) sobre la izquierda, da apenas alguna pista de la peculiar vivienda que se desarrolla hacia atrás. "Uno siempre está soñando con casas, relacionando espacios, es una suerte de bolsa de los deseos aun sabiendo que nunca la vas a hacer", reflexiona.

A Apolo el momento de construir la casa propia le llegó "de veterano". El proyecto arrancó en 2006 con un terreno de unos 400 metros que un amigo tenía a la venta y el desafío de levantar una casa que respondiera a su sensibilidad y su presupuesto. Hoy, diez años después, puede decir que la misión está cumplida.

El proyecto, que también tenía la condicionante de un terreno en desnivel próximo a un arroyo, se armó sobre dos grandes ejes: la seguridad y los patios. Pero el gran protagonista es, en realidad, otro: el hormigón. "El techo de la casa es como la tapa de una caja de zapatos. Me gusta la densidad y la poética del hormigón, es lo mas próximo a mi sensibilidad", justifica el arquitecto. Otra de las particularidades de la obra es que los dormitorios (que son tres) están en una suerte de subsuelo con salida a un patio, mientras que a nivel de calle se encuentra el living, la cocina comedor y la terraza que sale al jardín verde con orientación Norte. En verano, ventanales y rejas se abren al exterior, generando un único y gran espacio.

Al interior, su impronta deja paso a la de su pareja, Rosanna Frigerio (46), también arquitecta. "Mientras yo buscaba la pureza de los espacios, ella los vivía con cierto barroquismo", sintetiza y bromea. Hoy, ambos estilos conviven en armonía en los distintos ambientes, combinando líneas minimalistas con muebles hechos a partir de materiales de desecho como tapas de radiadores, recuerdos de viajes y láminas de arte mexicano. En los detalles también se perciben sus obsesiones. La cocina es abierta pero tiene un módulo que al tiempo que alberga los grandes electrodomésticos y una pequeña despensa, "esconde" las piletas para quienes miran desde el living. Con algún guiño a la arquitectura del japonés Tadao Ando y del uruguayo Mario Payssé Reyes, la casa resultó premiada en el último concurso de obra realizada por la Sociedad de Arquitectos del Uruguay.

De volúmenes y vistas.

"¿Estás loco?", recuerda que le increpó el ingeniero de la obra a Martín Gualano (47) cuando le dijo que quería que la terraza de su dormitorio fuera "colgante" y quedara suspendida en el aire a apenas 60 centímetros del muro. "Es una decisión estética, llamale berretines del arquitecto...", admite el dueño de casa. "Claro, me quería matar, pero son esos juegos que uno se permite hacer en su propia casa, no en lo de un cliente". Ese volumen de hormigón visto, que en el proyecto es terraza y oficia como techo de la cochera, es uno de los "juegos estructurales" que volvieron a esta casa material de estudio en Facultad.

Pero además, esta vivienda construida en 2005 completa una tríada de obras que comenzó con el parador de El Salto del Penitente en Lavalleja y una vivienda en el barrio privado La Asunción. "Se vinculan desde las ideas, lo matérico, lo estético… porque en todas incursionamos en el uso del hormigón visto", cuenta en arquitecto. De hecho, en su casa todo lo que no es cemento es vidrio. Y solo hay dos paredes, que son las que dividen los dormitorios, nada más. "Es un material súper noble y al mismo tiempo atemporal y muy expresivo, no envejece", dice.

El hecho de ser una esquina con orientación Norte-Sur condicionó el proyecto, que Martín compartió con su hermano y colega Marcelo. Compró el terreno de 120 metros cuadrados en plena crisis de 2002 y comenzó a construir tres años después. "Al ser una banda rectangular lo que hicimos fue dividir el terreno en dos franjas iguales, la banda Sur se ocupa con la vivienda, liberando el patio al Norte", explica. Así, no tuvo una casa con fondo, pero sí una casa con patio lateral y sol todo el día.

Por dentro, prima la sencillez de líneas rectas y pocos materiales. La planta baja, más libre y abierta que la alta, tiene como dupla protagonista a la escalera, que divide "de una forma sutil" el estar de la cocina, y los ventanales de vidrio, que permiten amplificar el espacio y extender la visión hasta el muro lindero, hoy tapizado por una enredadera. Otra de sus singularidades, presente en ambos niveles, es que todos los pilares reciben "los núcleos duros a sus espaldas", como es el caso de la mesada de la cocina o la estufa abajo y los placares de los dos dormitorios arriba.

Originalmente proyectada para cuatro, la llegada de un nuevo integrante a la familia obligó a Gualano a repensar los espacios. Por eso, desde hace unos meses esa icónica terraza que "coloniza" la esquina se reconvirtió en el dormitorio principal y permitió crear un área de estudio y juego para los niños. Más allá de las "vistas" que se generan al recorrerla, el espacio preferido del arquitecto es el patio, "desde el cual se vive su totalidad".

La búsqueda del espacio.

Un día, en el recorrido a pie que unía el estudio de Parque Batlle donde trabajaba y la Facultad de Arquitectura a la que asistía, Daniella Urrutia (44) vio una farmacia en una esquina con cartel de "Se vende". Recién llegada tras nueve meses de viaje por el mundo, las ansias de independencia ayudaron a verle el potencial —quizá más del que realmente tenía, reflexiona hoy— a ese padrón único de apenas 72 metros cuadrados. "Cuando uno entraba acá todo era muy feo, era difícil pensar una vivienda… pero era una oportunidad. Con la plata que tenía ahorrada casi que la podía comprar". Nunca dudó en convertir aquello en su casa. De todos modos, después de armar el proyecto lo único que quedó de pie fue el techo y el muro que la separaba de la calle, y que conserva aún hoy. "Eso ya era algo, tenía aquello de cabaña primitiva", ríe. El desafío de sacarle el mayor rédito posible al espacio lo logró generando desniveles y separando el interior del exterior con "una membrana" transparente que no es otra cosa que un gran ventanal. En el corazón del espacio hay "una pieza" que invade/vincula/separa y que es la escalera/baño/estufa. "¡La casa es realmente como un cubo de Rubik!", dice.

Ubicada en un barrio cercano a varias mutualistas, donde el movimiento es intenso de lunes a viernes, Urrutia logró armar un patio "muy vivible" al Norte y tener "vistas" verdes desde los dormitorios. "Acostada en mi cama no veo ninguna azotea, son todas copas de árboles y cielo". El estar —el sector más caliente y fresco de la casa a la vez— es su favorito a la hora del desayuno, mientras que el comedor es el más disfrutable por las noches.

Cuando empezó el proyecto, Urrutia no estaba recibida ni casada. Hoy, en esa misma casa a la que se mudó sola viven cuatro. Por eso, tiene guiñadas como el tendedero sobre el techo de la cocina, un escritorio en el descanso de la escalera o un mueble giratorio que es cajonera y esconde el lavarropas. "¿Mudarme? Lo he pensado pero no por chica… quizás le agregaría un metro más al estar y otro al patio, pero la casa es súper funcional y tiene mucha significación. La construimos y la seguimos construyendo. En definitiva, forma parte de nuestra historia".

La impronta de Vilamajó y su vivienda que es museo.

Hacia 1930, cuando Bulevar Artigas disfrutaba de sus primeros años de vida, el arquitecto Julio Vilamajó decidió construir su vivienda en un pequeño predio esquina sobre la calle Cullen, una especie de rambla en una zona elevada en los alrededores del Parque Rodó. Absolutamente autobiográfica, la obra fusiona influencias de los jardines del Generalife, la simbología masónica, los balconeos del vienés Adolf Loos y el rigor geométrico de Le Corbusier, con quien compartió el proyecto para el edificio de las Naciones Unidas. La vivienda es un prisma de cinco niveles con pocas aberturas, que a su vez son las encargadas de sugerir las funciones de cada nivel: desde el garaje en la planta baja hasta el estudio que se abre completamente al barrio en el último piso. Entre medio, quedan un estar íntimo y protegido de las miradas del exterior, un comedor amplio y el dormitorio principal, que circula en torno a la escalera. Sencilla y funcional, tras la muerte del arquitecto la casa quedó en manos de su única hermana. En la década del 70 pasó al Estado y en 1990 fue declarada Monumento Histórico Nacional. En la órbita de la Universidad de la República, en 2012 abrió sus puertas al público como "Casa Museo".

Crecer sin mudarse: la solución con un apartamento dúplex.

Con tres niños en la familia, a los arquitectos Conrado Pintos (68) y Doreen Leira el apartamento de dos dormitorios que tanto les gustaba en Malvín definitivamente les quedaba chico. Buscaron casa durante un tiempo, hasta que se dieron cuenta de que lo ideal era quedarse en el mismo edificio pero crecer para algún lado. En el piso de arriba, el último de la torre, vivía una familia sin intenciones de mudarse. Sin embargo, tras varias gestiones de Pintos terminaron de cerrar la compra-venta. Así, se quedaron con dos plantas iguales, una encima de la otra. La obra fue más práctica que pretenciosa: unidas por una pequeña escalera caracol, en la planta baja hay tres dormitorios y un baño y la planta alta se transformó en el espacio colectivo, donde convergen un living comedor, la cocina y su terraza lavadero, el baño social y el estudio. ¿Cuál fue el recurso del arquitecto? Tras demoler los muros, los escombros eran difíciles de bajar desde un décimo piso. Entonces, Pintos decidió "matar dos pájaros de un tiro" y utilizó los desechos para elevar el nivel del piso, construir una suerte de plataforma y mejorar la vista del horizonte.

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