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Un aroma propio en la tierra de las fragancias

Grasse es la legendaria capital francesa de los perfumes, donde viven maestros artesanos que trabajan para las etiquetas más legendarias y donde los cultivos de flores siguen siendo orgánicos.

Grasse, conocida como la capital francesa de los perfumes.
Grasse, conocida como la capital francesa de los perfumes.

Hace una docena de años, antes de convertirme en una devota de los perfumes, mi léxico para describir olores se limitaba a palabras como "amaderado" o "floral". Más tarde, anhelaba una destreza en el lenguaje que pudiera igualar a la de los perfumes cada vez más complejos que llegaban a mi casa en pequeñas muestras.

En ese entonces, los blogs de perfumes y algunos libros levantaban el velo extendido sobre una industria escasamente contada. Me había enamorado no solo de la fragancia, sino también de las hábiles y curiosas descripciones que hacían talentosos críticos perfumistas como Luca Turin y Tania Sanchez, quienes escribieron juntos el muy entretenido Perfumes: The A-Z Guide.

Recientemente decidí profundizar en la industria de la perfumería y sabía que no había mejor lugar para hacerlo que Grasse, en Francia, una ciudad medieval en el sur de la Provenza, conocida como la capital mundial del perfume. En esta ciudad, y en sus alrededores, una confluencia de tierra, sol y temperatura adecuados alimentan a las rosas, los jazmines, lavandas, mirtos, mimosas silvestres y otras flores que fueron el origen de los perfumes franceses en el siglo XVII.

Grasse es especialmente conocida por su fragante rosa de mayo (una rosa pálida que florece precisamente ese mes) y el jazmín. Ambas variedades están presentes en el corazón de más de una fragancia famosa, incluyendo a la estrella del mundo de los perfumes: Chanel Nº 5.

La versión corta de la historia de cómo Grasse consiguió su lugar en la historia del perfume es la que comienza con un mal olor. En tiempos medievales, la ciudad desarrollaba un próspero negocio en torno al cuero, pero el proceso de curtido de este material le daba un intenso olor que no sentaba bien con las expectativas de la delicada nobleza de la época. Entonces, a un curtidor local se le ocurrió la idea: ofreció un par de guantes de cuero cuidadosamente perfumados a Catherine de Medici, reina de Francia entre 1547 y 1559. Y así nació una industria.

Hasta el día de hoy, alrededor de Grasse, Dior, Hermès y Chanel cultivan sus propias rosas de mayo y jazmines en campos protegidos. Y cada año, la ciudad entera celebra con exuberancia a estas fragantes variedades de flores con dos festivales. Y como si fuera poco, este mismo año Dior agregó un hito más, al restablecer el famoso castillo de Colle Noire, la antigua residencia de Christian Dior en Grasse.

Lo cierto es que muchas "narices" famosas trabajan y se inspiran en Grasse. La historia de la ciudad está tan asociada con el perfume y la destreza en su producción, que los lugareños han solicitado un lugar en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco.

Sola, y con apenas una comprensión rudimentaria del francés, partí a Grasse hace unos meses. En el camino, vía Cannes, me percaté de los letreros que indicaban el camino hacia las tres grandes perfumerías históricas de Grasse, donde se hacen tours, se puede participar en talleres de perfumería o simplemente comprar las fragancias: Galimard, Molinard y Fragonard. Aquí también está el prestigioso Instituto de Perfumería de Grasse, que ofrece cursos sobre cómo crear un perfume, incluyendo una experiencia de inmersión de nueve meses para la que acepta solo a 12 estudiantes por año.

A la mañana siguiente a mi llegada, recorrí las calles sinuosas y repletas de adoquines de esta ciudad para conocer el viejo Grasse. En el aire templado de la primavera, pequeños cafés coloridos, cervecerías y tiendas se mezclaban con construcciones en tonos rojizos, que parecían haber sido embellecidas con todos los colores de la paleta provenzal. Había tiendas de regalos donde vendían jabones color pastel y, por supuesto, vitrinas que atraían a los compradores ansiosos por pagar por lo que Grasse mejor hace: cosas que huelen bien.

Me dirigí a Notre-Dame du Puy. Alguna vez una iglesia más bien simple, se convirtió en catedral de Grasse en 1244. En su interior, es sombría y melancólica, y alberga tres pinturas de Peter Paul Rubens y una de Jean Honoré Fragonard, el artista más famoso de esta ciudad, y que tiene el mismo apellido de una de las grandes casas de fragancias de Grasse, que se encontraba a una caminata corta desde esta iglesia.

Llegué al edificio ocre de varios pisos de Fragonard; se remonta a 1782, aunque estE abrió —y fue bautizado como homenaje al pintor— recién en 1926. Mientras esperaba el siguiente tour, me paseé por el escasamente pretencioso museo de Fragonard y recordé que, si bien los orígenes del arte del perfume se remontan a la antigüedad, fue Francia la que transformó su humilde uso en una industria de lujo en el siglo XVIII. Mientras Luis XV gobernó el país —entre 1715 y 1774—, se hizo conocido por su amor por las fragancias y su corte se hizo conocida como la cour parfumée ("la corte perfumada").

Pronto, junto a un pequeño grupo, nos reunimos para iniciar el circuito dirigido por nuestra joven raconteur, Jessica. Con ella caminamos por salas que guardaban grandes contenedores de acero inoxidable, y otras donde trabajaba gente acostumbrada a los intrusos.

Jessica nos explicó que después de que el jazmín, la flor de naranjo, la lavanda y otras variedades son recogidas, las flores se colocan en bandejas sobre el agua de unos alambiques hasta que se lleva a ebullición. A medida que el vapor sube, captura los componentes que contienen olor y los lleva a un contenedor de vidrio, donde se colecta la mezcla de agua y aceites esenciales. "Necesitamos tres toneladas de flores para obtener un litro de aceite", dijo Jessica entonces, y eso provocó un cuchicheo audible entre los visitantes.

Éramos un emocionado grupo de amantes de los perfumes, a quienes Jessica nos hizo enfrentar varios olores —lima, manzana y limón, entre ellos—, para ver cuántos podíamos reconocer.

Los perfumistas en Grasse, igual que los del resto del mundo, han tenido que adaptarse a los tiempos. Hacia comienzos del siglo XX, hubo una explosión con el descubrimiento de nuevos productos aromáticos químicos, pero Grasse sigue siendo famoso —y prestigioso— por sus recursos botánicos. Sin embargo, de las conversaciones que tuve con expertos locales, aprendí que la producción de flores se ha reducido porque gran parte de los terrenos se ha vuelto demasiado caro para dedicarlos a la agricultura.

Sin embargo, la influencia y relevancia de Grasse en la industria de las fragancias sigue siendo inigualable sobre todo por su historia, la calidad de los cultivadores de flores y por el don creativo de los perfumistas que viven aquí.

Al otro día, temprano, partí al Museo Internacional de Perfumería, en el corazón de la ciudad vieja. Este lugar es una mezcla maravillosa de lo vintage y lo nuevo: se ubica en una mansión del siglo XVIII que se ha ampliado con un guiño hacia lo contemporáneo. Recorre tres mil años de historia del perfume, desde la antigua Grecia hasta la modernidad, con artefactos, videos, instalaciones olfativas y paneles explicativos. El conservatorio de plantas del museo se encuentra unos cinco kilómetros al Suroeste de Grasse, en las afueras del pueblo de Mouans-Sartoux (visite el castillo de Mouans, si el tiempo se lo permite). En algo más de dos hectáreas, los jardines complementan la misión del museo, dando a visitantes la oportunidad de oler y tocar muchos de los ingredientes botánicos usados en la creación de perfumes.

Después, partí a Molinard, una de las más bellas perfumerías de Grasse, que funciona desde 1849, cuando solo producía aguas florales que vendía en una pequeña tienda en el centro. El interior de Molinard combina luz natural y candelabros que le dan un toque monárquico, muy apropiado si se considera que el color emblemático de esta marca es el púrpura. Igual que Fragonard y Galimard, en Molinard hay tours gratuitos en distintos idiomas, así como talleres individuales y grupales. Al llegar, la recepcionista me contó algo más de la historia de Molinard, lo que me recordó mi pequeña botella de Nirmala, una fragancia inusual que la compañía creó en 1955. Me asomé para ver un taller y me di cuenta de que estaba a un día de comenzar a crear el mío propio.

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