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Amistad bajo el mismo techo

Por un tiempo, como una etapa o incluso para toda la vida hay amigos que deciden vivir juntos. Jóvenes y no tanto, dicen que la convivencia los convierte en familia. Así Domingo celebra su Día.

Fanny y Susana son de Melo y además de amigas son madrina y ahijada. Foto: Rosalía Souza
Fanny y Susana son de Melo y además de amigas son madrina y ahijada. Foto: Rosalía Souza
Rodrigo, Agustín y Diego conviven en la "Batichoza manya"
Rodrigo, Agustín y Diego conviven en la "Batichoza manya"
Soledad y Gonzalo conviven hace dos años. Foto: Fernando Ponzetto
Soledad y Gonzalo conviven hace dos años. Foto: Fernando Ponzetto
"Somos muy graciosos juntos", dicen Soledad y Gonzalo. Foto: F. Ponzetto
"Somos muy graciosos juntos", dicen Soledad y Gonzalo. Foto: F. Ponzetto
Antonella y Bibiana son amigas desde chiquitas. Foto: Marcelo Bonjour
Antonella y Bibiana son amigas desde chiquitas. Foto: Marcelo Bonjour
Antonella y Bibiana no tienen reglas, solo hablar todo. Foto: M. Bonjour
Antonella y Bibiana no tienen reglas, solo hablar todo. Foto: M. Bonjour

Rodrigo y Agustín tienen una historia de amistad de esas de toda la vida. Se conocieron en la guardería y descubrieron que su apellido era el mismo: "‘Yo me llamo Agustín Álvarez’; ‘y yo soy Rodrigo Álvarez, ¿querés ser mi amigo?’", y así empezó todo. Cursaron la escuela y el liceo juntos, y cada tanto, un poco en chiste y un poco en serio, surgía la idea de convivir cuando fueran grandes. Hoy tienen 26 y junto a Diego Tischeler (29), un amigo de Brasil, comparten su primer apartamento "de solteros".

Puede ser por un tiempo, para cumplir una etapa o para envejecer juntos. Los motivos también son varios: por salir de casa de sus padres y querer independencia, por estar acompañados, para recortar gastos o, simplemente, porque la vida lo quiso así. Lo cierto es que si bien no existe una cifra exacta de cuántos amigos comparten casa, en Uruguay hay 39.245 (1,19%) personas que viven juntas con alguien que no es pariente, según el último Censo de 2011. Ese número no incluye parejas, servicio doméstico ni a miembros de hogar colectivo.

La decisión de vivir con un amigo puede resultar en caos o puede ser una experiencia marcada por recuerdos lindos y muchas risas: "Si es una persona que cuadra con nuestra personalidad y visión del mundo, los beneficios pueden ser excelentes. Uno de los factores que más felicidad nos provoca es justamente el vínculo positivo con los demás", explica Mariana Álvez, psicóloga especializada en Psicología Positiva.

El momento justo.

Entrar a la "Batichoza manya" es sentir de inmediato la atmósfera de "primera casa", de independencia. "Las bicis colgadas a la pared son cosa de Diego", comenta Agustín mientras recorre orgulloso las habitaciones del apartamento que alquilan desde comienzos de 2016. Los muebles del living-comedor fueron todos donaciones de amigos y familiares. Esas cosas que a algunos les sobra y que para otros son todo lo necesario: "Lo único que compramos de lo que ves acá fue la sandwichera, porque se quemó la que nos regalaron".

"Con Rodrigo siempre decíamos que íbamos a vivir juntos, y cuando estábamos en tercero de escuela, en el 2000, le aseguré a mi viejo: Yo me voy a mudar cuando tenga 18, con Rodri y otro amigo. Su respuesta fue: Bueno, cuando vos te mudes te regalo la cocina y la heladera", recuerda Agustín y se ríe cuando se da cuenta de que fue un poco más tarde de lo que dijo, pero ahí están, en su primer apartamento. "Mi padre compró la heladera, y como la cocina vino de casa, nos regaló el calefón".

El apartamento apareció en el momento justo. "En ese entonces Rodri y yo teníamos 24, él tenía ganas de mudarse porque vivía lejos, y yo, aunque en casa siempre nos llevamos bien, compartía el cuarto con mi hermana, lo que te lleva a querer salir. Nos faltaba para terminar nuestras carreras y nos sentíamos estancados, necesitábamos concretar algo". Había mucho por arreglar, pero el alquiler era barato y ambos trabajando lo podían pagar. Eran tres habitaciones, solo faltaba encontrar a alguien más.

Ese alguien es Diego. Lo conocieron a través de la hermana de Agustín cuando otro íntimo amigo les dijo que no podía mudarse: "Completó la ecuación y de a poco nos vamos conociendo". Diego es brasileño y vino de Santa María en 2013 porque su novia es uruguaya. Estaba viviendo en la casa de los suegros y aunque siempre se llevaron bien, necesitaba un espacio. "Es muy respetuoso con todo. Y nosotros con él. Eso hace que funcione", dice Agustín.

Colgada a la pared, al lado de una de las bicis, tienen la pizarra donde anotan todo lo que van gastando en cuestiones de uso común para así dividirse. Aparte de ese sistema, no tienen reglas, simplemente enfrentan los temas a medida que aparecen. Los tres trabajan, y aunque no es mucho lo que ganan, con lo que ellos llaman "economía de guerra" les alcanza para sentirse cómodos y pasar bien.

Vivir solos también trajo nuevos desafíos, algunos bien prácticos como aprender a cambiar fusibles. "A Rodri se le ocurrió hacer una lámpara con una botella. No tenía idea de cómo, pero quería", relata Agustín. Dos semanas después, la lámpara estaba y había que ver si funcionaba. "Era domingo de noche, yo hacía un trabajo para entregar al otro día, pero le dije: Probala", y Rodrigo se animó. La luz se prendió, y de repente, en el primer festejo, se apagó todo. No era la llave general, sino los fusibles, y medio al tanteo lograron colocar unos sanos.

Sobre cómo es convivir, Agustín lo resume así: "Hace unos días, yo estaba con fiebre tirado en el sillón. Cuando Rodri llegó me hizo un té, arrimó un pedazo de torta que había y se quedó mirando un rato de tele conmigo. Y es eso, cuando precisás, está, es familia". A veces, "cuando hay un problema, puteamos hasta que terminamos en un tenés razón y a los cinco minutos nos ves jugando al play".

Necesidad que une.

Hace un día atípico para el invierno en Melo. Sentadas al lado de una ventana por la que se filtran los rayos de sol, Fanny Silva (64) y Susana Machado (59, ambas en la foto de portada) hablan de los 44 años que hace que viven juntas. "Yo fui la novia del hermano cuando tenía 20 y ella tenía 15. Me casé y me vine a vivir acá", explica Fanny. "Acá vivían mis padres también", añade Susana. Pasaron cinco años, Susana ya tenía a David y Fanny esperaba su tercer hijo cuando su pareja se fue.

Poco tiempo después, los padres de Susana murieron y ellas, con cuatro niños pequeños, decidieron quedarse juntas. "La necesidad de las dos nos unió más, había que darle de comer a los chicos", cuenta Fanny, y Susana se pregunta: "¿Qué íbamos a hacer una sola por un lado y otra sola por otro lado?".

Boris (43), David (42) Bibiana (40) y Sebastián (38), hoy todos grandes y con hijos, más que primos fueron hermanos. Fanny agradece por lo que son y aclara: "Tengo tres hijos y uno del corazón. Ella tiene un hijo y tres del corazón".

Pero estas amigas son incluso más. "Su mamá siempre quiso que se bautizara, pero la madrina que habían pensado siempre estaba en Montevideo", explica Fanny. "Hasta que un día, Susana dijo: Me quiero bautizar, ¿querés ser mi madrina?". Y para quienes las conocen, más que amigas, son hermanas. "Hermanas del corazón", aclara y después cuenta cómo las familias de ambas las adoptaron mutuamente.

Es toda una vida en la misma casa que poco a poco, a medida que iban juntando dinero y con la ayuda de Marcelo, el yerno de Fanny, la fueron agrandando y volviendo más cómoda. "En un principio eran dos cuartos, en uno dormía yo con dos de los niños, y en otro ella con los otros dos", cuenta Fanny. Es también una historia de trabajo en equipo: "Cuando nosotras trabajábamos, los chiquilines se hacían las cosas, uno limpiaba, el otro cocinaba, se repartían las tareas. Todos saben hacer todo", comparte orgullosa Susana.

Y si de tareas se trata, hay algo que Fanny confiesa: "Yo no cocino. No me gusta. Susana cocina todas las noches para que quede para el otro día y yo limpio". La mañana, Fanny, ahora jubilada, pasa organizando todo para que cuando estén su amiga, su hija, su yerno y su nieto —que también viven con ellas— esté todo pronto para almorzar. Después de la siesta sagrada, viene la hora del mate y la charla en el jardín o al lado de la estufa a leña.

Fueron muchos años de trabajar para llegar a lo mínimo. Hoy ambas se miran y están de acuerdo: tienen todo lo que necesitan y más. Cuando la casa no está repleta con hijos, nietos y bisnietas, preparan un mate y en la moto que compraron a medias se van al parque a tomar aire o caminan hasta la plaza para mirar el tango de los domingos. Susana es más tranquila, Fanny, dicho por ella, es "la más bochinchera", y se nota. "Nos complementamos y siempre que hubo una diferencia, una de las dos buscó a la otra porque no sabemos estar mal", concuerdan.

Mirtha y Goldie.

"No podría vivir con otra persona que no fuera ella", responde Gonzalo Bentancourt (30) sobre cómo se ve en el futuro. La primera vez que vivieron juntos, ella era una adolescente y él un niño. Entrando a la crisis de 2002, la madre de Soledad Furgone (36) perdió los dos empleos que tenía, la situación en su casa no estaba bien y su amiga Andrea, hermana de Gonzalo, habló con su familia para recibirla. Se quedó dos años con ellos: "Con la hermana de Gonza surgió un vínculo de hermandad y nos seguimos viendo toda la vida", cuanta Soledad.

Pasaron unos años en los que Soledad y Gonzalo se veían esporádicamente, hasta que un día, en una reunión en casa de Andrea, la química fue evidente: "Estaba toda la familia vinculándose, pero Gonza y yo nos quedamos en un rincón riéndonos de todo, en la nuestra. Creo que su hermana no nos aguantaba más y nos dijo váyanse juntos, por favor".

Así, entre mucha charla y mucha risa nacieron Mirtha y Goldie, el nombre de su wifi es "las Legrand", lo mismo que decía la placa de su timbre hasta no hace mucho tiempo. "Somos muy graciosos juntos", dice Soledad y Gonzalo completa: "Juntos. Capaz que no para los demás, pero para nosotros sí", y sueltan una carcajada de tantas.

Con ellos todo se va dando de manera intuitiva. Gonzalo se considera un maniático del orden y Soledad todo lo contrario: "Él es muy ordenado y yo muy desordenada, pero cuando me dice algo, me río y le dejo todo tirado igual". La confianza sobra, y para ella, con él es como seguir con su hermano, con quien vivía hasta que se fue de Uruguay. "Fue todo muy natural".

Aunque pasan muchas horas fuera de casa, cuando están ahí, el minicomedor o la terraza se convierten en sus espacios favoritos para ponerse al día y no perder la costumbre de reír juntos. Y si cada uno está en su cuarto, "seguimos en contacto hasta acostados. A veces le mando una foto o algo gracioso por el celular, y escucho la risita de abajo", cuenta Soledad.

Hablarlo todo.

Para Antonella Brito y Bibiana Robaina (24) hay algo que está bien claro: es una etapa. Ambas se fueron de Maldonado a Montevideo a hacer facultad, pasaron por la experiencia de vivir en residencias y luego de convivir con otras amigas, hasta que hace aproximadamente dos años se mudaron juntas.

Su amistad también viene de años, "desde la panza", aclara Antonella. "Mi mamá iba a la peluquería de su mamá y eran muy amigas. Cuando nacimos nos metían en un corralito, ellas se iban a conversar y a tomar el té, y ahí quedábamos nosotras, jugando o arrancándonos los pelos", agrega y se ríe. En esa casa lo que no falta es risa. "La escuela la hicimos juntas, y aunque nos pasábamos peleando, cuando llegamos al liceo, nos pusieron en lugares diferentes y los primeros días pasamos llorando. Es horrible estar sin ti, le decía".

"Igual siempre quisimos vivir juntas y cuando éramos chicas teníamos una lista con las cosas que tendríamos (hasta figuraban tenedores y cuchillos). Era nuestra tarea completarla todos los días", añade Bibiana.

Su casa es pequeña y cálida. Mientras charlan se ponen a hacer cálculos y se dan cuenta de que a Antonella le quedan 15 días para seguir ahí: terminó la facultad y en cuanto finalice su pasantía vuelve a Maldonado. Ambas tenían un poco de miedo de que no funcionara. "Mi hermana tuvo una experiencia y le pasó, y aunque después se arreglaron, uno siempre tiene ese miedo, además, siempre hay alguien que te dice que tengas cuidado", admite Bibiana. Pero pasaron dos años y su amistad sigue intacta.

¿Cuál es la clave para que funcione? Para las dos tiene que ver con la única regla que establecieron desde el principio: hablarlo todo. "Si algo te molestó, tenés que decirlo, porque cuando uno se guarda las cosas para no lastimar o para que el otro no se enoje, es peor. Es mejor ser transparente", comparte Antonella. Lo demás se fue dando.

"Nos hemos divertido mucho. Somos de poner música para bailar y cantar", cuenta Antonella, y Bibiana agrega: "La mayoría de los días son así. O nos ha picado el bichito de ¿y si salimos ahora?". Pero también, concluye Antonella "es lindo llegar a casa y encontrar a alguien que es como tu hermana, que podés contarle de tu mal día y sabés que va a estar para bancarte".

De jóvenes o como dupla creativa.

Ed Westwick y Chace Crawford, durante la filmación de Gossip Girl en Nueva York, Robin Williams y Christopher Reeve, Connie Britton y Lauren Graham, Milo Ventimiglia con Penn Badgley o Ryan Gosling y Michelle Williams son solo algunos de los famosos que convivieron durante algún rodaje o en sus tiempos de estudiante. A ellos también se suman Raven-Symoné y Lindsay Lohan, Owen Wilson con Wes Anderson y Matt Damon con Ben Affleck. Estos últimos vivieron juntos mientras escribían el guion de la premiada película En busca del destino.

De la luna a toda la tierra.

El 20 de julio de 1969 Neil Amstrong llegaba a la Luna. Para Enrique Febbraro, un profesor argentino, era la fecha ideal para celebrar el Día del Amigo, algo que desde sus 18 tenía pensado. "En nombre de la amistad de la humanidad hacia el universo. Esa fue mi oportunidad", dijo al diario cordobés Voz del interior.

La fecha fue adoptada por Argentina, Uruguay y otros países. Sin embargo, en 2011, Naciones Unidas estableció el 30 de julio como el Día Internacional de la Amistad, entendiendo a este vínculo como una vía para enfrentar problemas culturales que amenazan a los derechos humanos.

Reglas, diálogo y confianza

Si bien las reglas son necesarias, y según la psicóloga Mariana Álvez "los límites saludables protegen, dejan en claro las cosas y ayudan al respeto mutuo", los cuatro grupos consultados por Domingo lograron que el instinto y el conocer bien al otro los guiaran para una buena convivencia. El diálogo y la confianza fueron delineando los límites necesarios para encontrar el punto en el que el caos no los abrume y para que ninguno se sienta sobrecargado. "A Rodri, por ejemplo, el desorden no le molesta mucho, pero él desarrolló su capacidad de limpieza para convivir mejor con nosotros. Y lo valoramos mucho", dice Agustín. También se da el compañerismo del día a día. Tanto para Antonella y Bibiana como para Soledad y Gonzalo hay un ejemplo doméstico que lo ilustra a la perfección: "Tenemos el me olvidé de colgar la ropa, ¿la colgás vos?, sí dale. Y así con todo".

No es lo mismo a los 20 años que cuando se tiene 60.

¿Qué es lo que realmente puede variar entre convivir a los 20, a los 30 o a los 60? Para la psicóloga Mariana Álvez, en los 20, aunque la inmadurez propia de la edad pueda llegar a jugar una mala pasada, prima la inocencia, "los caprichos de pronto no están tan marcados y se puede ser más flexibles a la hora de hacer cambios en la convivencia". Ya a los 30, las cosas están más definidas, la madurez va ganando terreno: "Creo que es una buena edad para vivir con amigos o en pareja. Nuestra vida suele estar más encaminada, y los proyectos se visualizan de manera más clara", explica la especialista.

Cada vez más, cuando llegan a la edad de jubilarse o a una etapa más tranquila, los mayores optan por mudarse con amigos. Incluso la tendencia conocida como cohousing, viviendas colaborativas que buscan mayor comunidad entre personas de la tercera edad, y que ya tiene mayor desarrollo en Europa, está comenzando a gestarse en Uruguay. Para Álvez "compartir tu vida con alguien que está en tu misma situación es favorable, ya que en esa etapa hay más tiempo de enriquecerse con actividades en conjunto".

Asímismo, la psicóloga entiende que a los 60, la convivencia puede ser más desafiante: "Ya somos más rígidos en cuanto a manera de ser, si hemos sido personas con carácter fuerte estará muy marcado. Si hemos vivido demasiado tiempo solos y ahora hay que compartir con alguien, no será sencillo. En cambio, si ya hace años que estamos viviendo con la misma persona es diferente, ya nos conocen por completo, lo malo y lo bueno, por supuesto".

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