Cabeza de Turco I WASHINGTON ABDALA

¡Aguante el domingo!

Hoy siempre es un día especial. Es el día que nos encontramos con una parte de la familia que no vemos durante la semana para compartir los ravioles o un asado.

Algo así como que nos decimos a nosotros mismos: bajemos la pelota, salgamos del ruido laboral y estemos "juntos" en serio, que es lo único que importa. Un ritual que viven las parejas con hijos, sin hijos, los padres, los abuelos, las tías, los sobrinos, los nietos y hasta los perros de la casa. Los que no tienen familia se las arreglan para estar con algún amigo. La familia en buena medida se hereda pero también se elige. La soledad pega mal en domingo. Vale doble hoy, duele el doble.

En cada familia se conocen las manías, defectos y obsesiones de todos sus integrantes. Ya sabemos cómo es el tío medio borrachín, la tía criticona, el abuelo atorrante o el primo ligerito.

Existe un tipo de GPS (de sentido común) para familias y solo los muy necios se chocan con los mismos líos siempre. Sin embargo, algo pasa que las discusiones familiares son fuertes en casi todos los hogares que conozco. No hay familia que no tenga algún episodio de emoción dialéctica dominical. Los hijos se tienen que rebelar y cuando menos lo pensás te traen la novia "punk" a tu casa. Una atorranta que si la ves en la calle rajás del susto por temor a que te afane. Y la tenés que tratar con respeto y consideración a la nena. ¿Queres más Coca-Cola querida? ¿Desearías unos raviolitos más? Las hijas, por su parte, traen a sus novios "reguetoneros" —obesos siempre— porque son "lo más". Otros vagos que andan cantando cualquier cosa y robando a la pobre gente con eso que dicen es "música". ¡Unos asaltantes con patente! ¡Que sabrán lo que es Frank Sinatra estos mequetrefes! Y todo eso en medio de "selfies" en tu propia casa entre raviol y raviol, mientras "posan" trepados como monos arriba de tus muebles y se recuestan en la mesita del living inglesa que compraste en un remate hace mil años. Una jungla de gente que no se entiende cómo llegaron a tu hogar, con vos de rehén, apretujado y sudoroso entre ellos. Y solo atinás a reírte tristemente cuando en el fondo odiás ese maldito momento.

Y, para colmo total, el reguetonero es blanco y la punk frenteamplista. Vos los mirás y entendés menos ("voi che entrate lasciate ogni speranza"). Y ya ni opinás de política porque si abrís la boca te lincha alguno. ¡Y estos ignorantes discuten delante tuyo y ni saben quién fue Seregni o Wilson! De Batlle y Ordóñez solo ubican la calle. Estás en el horno.

Cuando yo era chico me llevaban a hacer "la visita" a casa de otros familiares los domingos. Aquello era otro embole supremo. Me transportaban como quien lleva una manzana. Uno, que era manso, iba allí, ponía cara de feliz cumpleaños y recibía besos pegajosos de familiares milenarios que te humedecían el rostro con babas repugnantes. (Yo me sacaba al toque eso y mi madre me gritaba que era un "asqueroso" porque la "quemaba" al reaccionar así). Hasta hoy tengo pesadillas con esos rostros que me apretaban los cachetes de la cara. Padezco sueños fellinescos por esas vejaciones. (Lo voy a hablar en mi terapia).

Los domingos yo compraba el pan. Me venía comiendo el coquito de la flauta y también me ligaba otra relajada por eso. Al final, aprendí que tenía que esconder la garroneada dentro del envoltorio de papel y dejar que se lo imputaran a otro familiar, del choleo hablo. Allí, creo, que nació mi vocación por la abogacía.

Odio la tardecita del domingo después del partido, me viene un bajón mayúsculo. Netflix, comidas, hijos, cine, libros, lo que quieras y no lo supero. Uno siente que todo se hunde por la angustia de la llegada del lunes perro. El lunes es Mefisto. Ni las redes sociales te salvan de eso. En un momento creí que ellas eran La Meca pero fue una ilusión óptica. Seguimos muriendo los domingos de nochecita. Solo me pasa en verano que cuando me salgo de ambiente, y estoy en la playa, pierdo noción de los días y allí sí el domingo queda enterrado en otro contexto y no me somete a su montaña rusa de emoción inicial y depresión final.

En realidad, amo y odio a los domingos. No debo ser el único que lo percibe así, estoy seguro de ello, es dual lo que siento, pero pasar por la vida sin ese día tendría un sabor que no quiero conocer. ¡Aguante el domingo!

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