Viaje

Entre agua, vistas y espuma

Las cataratas son de los espectáculos más impresionantes que la naturaleza brinda alrededor del mundo. Un viaje por varias, centrado en las de Iguazú, de día y de noche.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Las pasarelas permiten un mayor disfrute de los visitantes.

XTIN SANS*

La naturaleza suele sorprendernos con espectáculos fascinantes entre los que los grandes saltos de agua constituyen una fiesta para los sentidos, ya que la conjunción de la belleza de las cataratas, el estruendo de enormes volúmenes de agua cayendo, la frescura de la espuma que nos alcanza y el perfume envolvente de la humedad crea un espacio mágico y arrebatador.

Tuvimos la suerte de conocer algunas de las más importantes cataratas del mundo, y cada una de ellas nos maravilló como algo único y especial.

Guardo un lejano recuerdo del impacto que me produjo la majestuosidad de las Victoria Falls del río Zambeze en Zimbabue. Las conocimos prácticamente en solitario en un parque abierto en el que todo lo que veíamos era obra de la naturaleza y al que, con cierta audacia, volví a recorrer en bicicleta para explorar las huellas de los animales, tomando como referencia los dibujos de una graciosa remera comprada en el mercado local.

Varios años más tarde visitamos las Niagara Falls en Estados Unidos, también de enorme belleza, aunque la experiencia fue muy diferente: su entorno es urbano; la infraestructura, alucinante y, lejos de sentirme una exploradora, fui una espectadora privilegiada que admiraba un espectáculo en primera fila; porque, aun rodeados de cientos de visitantes, todo está preparado para que cada uno goce de un extraordinario panorama y, como ocurre en The Cave of the Wind (La cueva de los vientos), pueda sentirse envuelto en el torbellino de agua, oportunamente provisto de un poncho para prevenir un remojón tremebundo.

También conocíamos las Cataratas del Iguazú y después de un largo paréntesis, sintiéndonos más calificados en el tema, volvimos para disfrutar de esta maravilla de la naturaleza y sorprendernos con una infraestructura que nos permitió una accesibilidad inmejorable para recrearnos en un entorno que enamora.

Tranquila, sin prisa, deteniéndome para conocer el nombre de los árboles autóctonos más atractivos, como el Palo Rosa, que mira desde su altura a todos los demás, me entremetí fascinada entre los helechos, que con una exuberancia avasallante pintan de verde hasta los escondrijos más sombríos. Avanzábamos escoltados por mariposas; los coatíes se nos acercaban sin temor, y las urracas azules volaban en bulliciosa patota luciendo un plumaje de admirable diseño en el que los ojos se destacan como un dos de oro.

Tuve la impresión de que todos los senderos que llevaban a los saltos estaban programados para familiarizarnos con su belleza, y que iban in crescendo como en una sinfonía, hasta alcanzar una culminación arrolladora en la Garganta del Diablo.

Sin embargo aún nos faltaba la frutilla del postre, porque este viaje estaba programado para una visita muy especial: las Cataratas del Iguazú a la luz de la luna.

Sabíamos que, con un poco de suerte, durante cinco días por mes es posible hacer un paseo nocturno, y nos arriesgamos a planear la visita exactamente la noche de luna llena. Durante toda la jornada estuvimos pendientes del movimiento de algunas nubes que nos mantuvieron en vilo, pero una vez en el Parque, con la certeza de que las condiciones meteorológicas eran favorables, nos reunimos con los demás visitantes y dejamos atrás las luces de la Estación Central para abordar el Tren Ecológico que nos llevaría hasta la última parada.

Las luces y las sombras hacían irreconocible el trayecto que habíamos recorrido durante el día y, mientras escuchábamos con atención los sonidos de la selva, nuestros ojos se fueron acomodando y logramos descubrir a algunos protagonistas de la noche. Cada hallazgo era un acontecimiento que no se podía pasar por alto de modo que, mientras el pequeño tren avanzaba, nosotros movíamos la cabeza de un lado a otro con la agilidad de una lechuza.

Al llegar a la estación terminal iniciamos una tranquila marcha. El asombro frente a un panorama tan poco frecuente nos mantuvo casi en silencio, y resultaba muy agradable escuchar nuestras propias pisadas en los senderos y el rumor del agua que se deslizaba bajo las pasarelas.

De vez en cuando nos sorprendía el aleteo de alguna ave molesta por el inoportuno horario de la visita, algo perfectamente comprensible; ¿a quién no le incomoda la interrupción sorpresiva de un plácido sueño?

La luna, que había conseguido ahuyentar las nubes por completo, tenía esa noche bien merecido el premio a la mejor iluminación del espectáculo, porque no solo nos permitió avanzar sin pausa atentos al sonido de los saltos, sino que nos regaló la más increíble visión de la Garganta del Diablo.

La espuma lucía un blanco fluorescente en movimiento, que hubiera sido la envidia de un DJ; el rugido del agua que caía era estremecedor y las gotas que al principio nos alcanzaban tímidamente eran una invitación a acercarnos hasta el límite de lo posible.

Ajena al ajetreo de quienes iban y venían captando imágenes para llevarse de recuerdo, permanecí extasiada y, convencida de que lo que estaba viviendo no cabía en una foto, me dispuse a disfrutarlo todo con la pretensión de atesorar cada momento.

El camino de regreso ya no guardaba secretos para nosotros; la noche era muy clara y nadie parecía tener apuro por dejar atrás ese panorama encantado. Finalmente, y entre dimes y diretes, uno tras otro fuimos subiendo al trencito que nos devolvería al punto de partida con la satisfacción de haber compartido una experiencia extraordinaria, porque esa noche el Parque Nacional Iguazú, declarado por Unesco Patrimonio de la Humanidad, se había iluminado para nosotros. * www.cronicucas.blogspot.com

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