A los 74 años murió Galeano, uno de los grandes nombres de la cultura nacional

Eduardo Galeano: el escritor que contó otra historia

La polémica lo persiguió (y le gustó) toda la vida, y probablemente ello seguirá sucediendo tras su fallecimiento, ocurrido ayer, por cáncer de pulmón, a los 74 años de edad. De un modo u otro, la desaparición de Eduardo Galeano deja un vacío en la cultura uruguaya. También queda un amplio margen para la discusión acerca del lugar que ocupó en ella.

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GUILLERMO ZAPIOLA14 abr 2015

Las declaraciones que se han leído y escuchado en las últimas horas son indicativas de las polarizaciones que generaba, desde "adiós maestro" hasta alguna grosería del tipo "un zurdo menos". Entre esos extremos, la valoración de Galeano justifica claroscuros y matices.

Había nacido en Montevideo como Eduardo Germán María Hughes Galeano el 3 de setiembre de 1940, en el seno de una familia de clase alta con ascendientes italianos, españoles, galeses y alemanes. Con el paso del tiempo se despegaría de esos orígenes (la omisión del apellido paterno en su "nom de plume" fue sin duda muy deliberado), y supo ganarse la vida como obrero de fábrica, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco. A los 14 años vendió su primera caricatura política al semanario del Partido Socialista.

Siguió publicando caricaturas con el seudónimo de Gius, y a los veinte años integraba ya el equipo periodístico del legendario semanario Marcha, desde cuyas páginas llamó la atención con algunos reportajes que confrontaban ciertos prejuicios del público: todavía se recuerda el titulado El símbolo uruguayo del Mal, dedicado al delincuente juvenil Zelacio Durán Naveiras, alias "El Cacho", que provocó en la tranquila sociedad montevideana de los años cincuenta reacciones similares a las de quienes piden hoy "mano dura" contra los menores infractores.

Fue jefe de redacción de Marcha entre 1961 y 1964, y pasó al diario Época desde ese año hasta 1966. Ya habían comenzado su interés por la literatura y por la política latinoamericana y mundial: a esos tiempos (más exactamente 1963) corresponden su viaje a China y su entrevista al último emperador de ese país, Puyi, que para entonces era un prolijo jardinero, como lo contaría más tarde una película de Bernardo Bertolucci.

En 1963 publicó Los días siguientes, donde se reveló como un narrador atendible. Un poco más tarde saldrían en libro una crónica de su viaje a China, una selección de sus reportajes (incluyendo los del Cacho y el emperador) y un análisis de la injerencia norteamericana en América Central titulado Guatemala, clave de Latinoamérica, que no estaba mal.

Popularidad.

En 1971 publicó el que debe ser el más popular de sus libros, aunque no necesariamente el mejor: Las venas abiertas de América Latina, un ensayo peleador y sesgado del que después renegaría, pero que sigue siendo un referente para un sector de la izquierda latinoamericana: en una encuesta realizada hace un par de años entre universitarios uruguayos se colocó primero entre los libros que esos encuestados consideraban "más importantes para comprender el Uruguay de hoy", una opinión que al parecer no tuvo en cuenta que el libro fue escrito hace más de cuatro décadas y que no trata sobre el Uruguay. Galeano sabía empero que el tiempo había pasado: en 2014 reconoció que ya "no sería capaz de leerlo de nuevo", agregando que "esa prosa de izquierda tradicional es pesadísima".

El golpe de estado de 1973 le valió a Galeano un tiempo en prisión y luego la expulsión del país. En Argentina dirigió por algún tiempo la célebre revista Crisis. Luego cayó sobre él otro golpe de estado (el de Videla), figuró en las listas de condenados por los escuadrones de la muerte, y terminó radicándose en España, donde entre otras cosas escribió los tres tomos de Memorias del fuego, mezcla de historia y fábulas sobre América Latina en la que no siempre es fácil distinguir la verdad de la imaginación.

Volvió a Montevideo en 1985, y con Mario Benedetti y Hugo Alfaro impulsó la creación del aún vigente semanario Brecha, que fue de alguna manera una continuación de Marcha. Allí se harían famosas las contratapas que escribió con mucha frecuencia (y que demasiado a menudo parecían ser la misma).

Sin duda fue un maestro de la palabra, dueño de una prosa sugestiva y seductora, y de una habilidad para disimular a menudo con ella que lo que decía tenía menos sustancia de lo que parecía. La palabra "pensador" ha aparecido con frecuencia en las últimas horas para referirse a él, y ahí corresponden algunas observaciones.

Es casi inútil recordar (ya se sabe) que padeció con frecuencia de una sensibilidad política hemipléjica, muy presta a condenar al "Imperio" y sus cómplices locales de derecha, pero bastante más benevolente con las tiranías sedicentes de izquierda. Hay que reconocer que en ese aspecto fue, sin embargo, bastante menos genuflexo que, digamos, un Pablo Neruda y su Oda a Stalin, y que más de una vez cuestionó, aunque en voz más baja que en sus diatribas contra la derecha, a gobiernos "amigos".

Tal vez lo más molesto de su pensamiento haya sido la promoción de la idea que puede resumirse en la frase "La Culpa la Tuvo el Otro", una postura que consiste en creer que el mundo se divide en indígenas, obreros y tercermundistas diversos Buenos De Una Sola Pieza, y capitalistas, corporaciones e intereses foráneos Malos de Toda Malignidad, y para peor responsables absolutos de la desgracia de los primeros.

Es posible que en sus momentos más lúcidos Galeano renegara de esa simplificación, pero sin duda sus lectores muchas veces creyeron en ella, y encontraron en sus páginas una coartada para explicar sus problemas. No es obvio que los latinoamericanos seamos siempre inocentes, y que los males nos sean impuestas de afuera. Nuestra chambonería tiene también un papel en el cuadro.

Versátil.

Hay que reconocer de todos modos que Galeano no solamente sabía escribir, sino que sus intereses eran variados. De su pluma (o del teclado de su computadora) salieron ficciones, ensayos políticos, cuestionamientos de la sociedad de consumo y de (algunos) poderosos de turno, y hasta libros sobre fútbol (Su Majestad el fútbol, 1968; El fútbol a sol y sombra, 1995). Era hincha de Nacional, por si a alguien le interesa.

¿Se puede evaluar hoy qué va a sobrevivir de su obra? Puede ser arriesgado hacer pronósticos. Al igual que Benedetti, y a diferencia de los verdaderamente grandes (Onetti, Idea) escribió demasiado, y eso siempre es un punto en contra: hay mucha hojarasca en su producción. Pero incluso cuando uno se enojaba con él (y eso ocurría bastante a menudo, sobre todo cuando abusaba de la magia de sus palabras, y las expresaba con su voz modulada y particularmente apta para el desprecio) había que reconocerle de pronto un giro feliz, un párrafo inteligente, un hallazgo original. También había que cuidarse de esa seducción, y hacer un esfuerzo para detectar (a veces no era difícil) la trampa o la falacia de razonamiento que ese lenguaje envolvía. Nada es blanco y negro, ni siquiera él.

TESTIMONIO.

El recuerdo de su editor en Estados Unidos.

“Junto con todos aquellos que han luchado por la democracia y el fin de la opresión, Monthly Review Press lamenta la pérdida de nuestro viejo amigo, Eduardo Galeano”, dijo en una declaración para El País, su editor estadounidense, Michael D. Yates. “Estamos extraordinariamente orgullosos de ser la editorial que publicó su obra maestra, Las venas abiertas de América Latina, así como la aclamada, Días de amor y guerra”.

Monthly Review Press editó en inglés Las venas abiertas (como Open veins of Latin America) en 1973. Fue un éxito sostenido entre la izquierda estadounidense. Cuando el presidente Hugo Chávez se lo regaló al presidente Obama en abril de 2009, el libro se volvió el más vendido en la tienda online Amazon.

“Más que ningún otro libro, Las venas abiertas, despertó al mundo hacia la verdadera historia de América Latina, una historia de extrema explotación por los poderes imperiales y de una heroica lucha contra esa explotación”, dice vía mail Yates. “Quizás Isabel Allende lo haya expresado mejor en su prólogo para reedición de 1997, cuando escribió que ‘después del golpe militar de 1973 no podía llevarme mucho conmigo: algo de ropa, fotos familiares, una bolsa de tierra de mi jardín, una vieja edición de las Odas de Pablo Neruda y el libro de tapas amarillas Las venas abiertas de América Latina’. A través de su trabajo y su espíritu generoso, vivirá por siempre”.

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