Svetlana Alexievich, Premio Nobel 2015

Las voces del apocalipsis

Nadie la conoce en América latina, a pesar de que sus libros han sido editados 154 veces en decenas de países. Quizá porque narra un apocalipsis que no queremos conocer.

Svetlana Alexievich, foto Maxim Malinovski/ AFP
Svetlana Alexievich, foto Maxim Malinovski/ AFP
Svetlana Alexievich, foto Maxim Malinovski/ AFP
Svetlana Alexievich, foto Maxim Malinovski/ AFP
Liquidadores limpian escombros en el techo de la central nuclear de Chernóbil. Las trazas blancas en la base de la foto son producto de la intensa radiación. Abril, 1986.
Liquidadores limpian escombros en el techo de la central nuclear de Chernóbil. Las trazas blancas en la base de la foto son producto de la intensa radiación. Abril, 1986.

La academia sueca otorgó hace semanas el Premio Nobel de Literatura a Svetlana Alexievich, nacida en Ucrania, residente en Bielorrusia, y que escribe en ruso. Pocos uruguayos sabían quién era y sus libros no están en librerías, a pesar de que se han publicado en los últimos años 154 ediciones de sus libros en el mundo entre originales en ruso y traducciones al búlgaro, chino, húngaro, portugués, inglés, francés, lituano, italiano, alemán, japonés, sueco, finlandés y varios más. Sólo uno está traducido al español, Voces de Chernóbil, y está agotado. La sede local de la editorial Penguin Random House anunció de inmediato un plan de traducción y publicación de sus libros. Entre diciembre de 2015 y el 2017 llegarían cuatro.

Quienes la han leído saben que hay varios motivos para celebrar. Quienes no lo han hecho se preguntan por qué le dieron un premio de literatura a alguien que no escribe novela ni poesía sino algo muy parecido al reportaje periodístico, y además solo se ocupa de traumas que refieren al universo cultural ruso, sea la Gran Guerra contra los nazis (1941-45), la Guerra de Afganistán (1979-89), el derrumbe de la Unión Soviética o el apocalipsis nuclear que dejó Chernóbil tras el estallido de un reactor en 1986.

Lo de Alexievich es una narrativa que le debe mucho al periodismo. Sus textos son elaboradas transcripciones de reportajes que se apoyan en técnicas literarias. Logra entonces un relato llano, humano de los traumas. Y desde esa humanidad adquieren alcance universal. Cualquier lector, incluso de culturas distantes, puede identificarse con los protagonistas. En el formato libro, el conjunto de "voces" o monólogos, como ella los llama, se potencian. Es una narración que remueve y emociona sin repetir argumentos o apelar al lugar común. De forma curiosa Alexievich desaparece del libro. Pero el lector sabe que, a través de una edición precisa, nada inocente, la autora eligió aquellas frases, expresiones e ideas que permiten llegar a lo más profundo de la experiencia humana, allí donde está lo que nunca se expresa, los agujeros negros del dolor, como los llamó Diego Enrique Osorno. Para Voces de Chernóbil, por ejemplo, entrevistó a 500 durante diez años, pero en el libro hay apenas una fracción. Están sólo aquellos que suman a la narrativa coral, sin desafinar.

A su vez, en un acto de sinceridad, Alexievich explica cómo debe trabajar el periodista y qué errores debe evitar para lograr la complicidad del entrevistado y alcanzar lo que se busca. Pero no lo dice ella sino Nadezhda Burakova, habitante del poblado de Jóiniki, cerca de Chernóbil. En su monólogo Nadezhda recuerda cuando vino un corresponsal a su casa a entrevistarla y, mientras charlaban, se dio cuenta de que el invitado tenía sed. Sin decirle nada se levantó y le trajo un vaso de agua. Él, sin embargo, sacó su agua mineral del bolso. De inmediato al hombre "le da vergüenza. Se justifica. La conversación, claro, fue un fracaso. Yo no pude ser sincera con aquél hombre. Porque yo no soy un robot, una computadora. ¡No soy un pedazo de hierro! Él allí tomándose su agua mineral, temiendo tocar mi taza y yo, en cambio, le tengo que abrir de par en par mi alma… entregarle mi alma". En Voces de Chernóbil todos le entregaron su alma a Alexievich porque no dudó en tomar su agua, comer sus bizcochos, cenar su comida. No comprobó si estaban envenenados con radiación. No correspondía.

LAS MEJORES PERSONAS.

Es difícil hablar de los libros de Alexievich. Las voces que recoge son tan potentes, tan conmovedoras y directas que eluden la interpretación. Cualquier intento por explicarlos termina sonando acartonado, a lugar común. Porque el dolor disuelve cualquier discurso.

Por ejemplo, en el segundo libro que publicó en ruso, Los últimos testigos (1985), recoge el testimonio de adultos recordando la guerra contra los alemanes cuando eran niños. La elección para ella es obvia, pues los niños son "las mejores personas que habitan esta tierra". Logra, entonces, una proeza narrativa, pues lo que suena en la cabeza del lector es la voz de un niño, no la del anciano entrevistado. Esas voces inocentes recuerdan, por ejemplo, a su padre y madre luchando por mantenerlos a salvo en medio de un bosque, o a los imponentes soldados de coloridos uniformes que a veces los amenazan y otras les regalan caramelos, o la traumática experiencia de ver por primera vez a otro niño muerto. Cuenta Alexievich en la introducción: "Tienen cuarenta años más que sus memorias. Cuando les preguntaba, recordar no era nada fácil para ellos. Pero pasaban cosas increíbles. Una podía ver en una mujer de pelo gris a una niña pequeña implorando a un soldado, 'No esconda a mi mamá en un agujero, ella va a despertar y nos vamos a ir caminando'". Era Katya Shepelyevich, entonces de cuatro años. A su vez Yefim Fridland, de 9 años, se pregunta: "¿cómo es eso de que pueden matarme? ¿A dónde iré entonces?" O Valya Brinskaya, de 12 años, que recuerda cómo en medio de un bombardeo su hermanita menor le dice: "Si ellos paran de bombardear voy a obedecer a mamá. Siempre la voy a obedecer".

Los monólogos poseen un encadenamiento sutil y se disuelven en el todo, en una suerte de coro. Todo el libro es un coro. Pero Alexievich también utiliza la idea para titular capítulos polifónicos dentro del libro, de varios testimonios juntos. Es la idea del choros de la tragedia griega, una excusa para dar contexto o potenciar un mensaje. Ocurre con 17 niños en la parte final del libro Voces de Chernóbil, un capítulo titulado "Coro de niños". Es difícil contener el llanto.

RETOS SALVAJES.

Voces de Chernóbil lleva como subtítulo Crónica del futuro, y fue escrito a partir de entrevistas realizadas entre los sobrevivientes del holocausto post apocalíptico de Chernóbil que afectó a un tercio del territorio de Bielorrusia. Hoy viven allí 2.7 millones de personas. Está contaminado por miles de toneladas radiactivas de cesio, plomo, circonio, cadmio, berilio, boro, en total 450 tipos de radionúclidos. Entre ellos una cantidad incalculable de plutonio, pues los reactores del tipo RBMK en la versión de Chernóbil extraían plutonio refinado para bombas atómicas. Ese plutonio contaminó el área con radiación equivalente al estallido de 350 bombas de Hiroshima.

Los sobrevivientes que hablan en el libro son de esa área (muchos ya murieron). Todos lo hacen desde el dolor, el desconcierto, y la presencia constante de la muerte. Pero ninguno lo hace como los niños, que no pueden comprender la idea de muerte. El pediatra Iván Berguéichik cuenta por qué los niños no comprenden que su cáncer, originado en el envenenamiento radiactivo, es mortal. "Es una idea que no se les ocurre. Lo saben todo de sí mismos: el diagnóstico, el nombre de todos los tratamientos y las medicinas. Lo saben mejor que sus madres. ¿Y sus juegos? Corren por las salas del hospital uno tras otro y gritan: ¡Soy la radiación! ¡Soy la radiación! Cuando mueren ponen unas caras de tanto asombro. Parecen tan perplejos. Yacen en sus camas con caras de tanta sorpresa".

Los adultos se sorprenden por otras cosas. El mundo que conocían desapareció a manos de la radiación, un enemigo que no se palpa, ni se huele o escucha, y que sólo existe a través del pitido de un dosímetro. Los humanos no la perciben pero sí las lombrices que se entierran a más de un metro, las vacas no toman el agua, los gatos que no comen ratones. En realidad Chernóbil es un enigma que todavía está por ser descifrado, dice Alexievich en una auto-entrevista que aparece al comienzo de Voces de Chernóbil. Es "un signo que no sabemos leer. Tal vez el enigma del siglo XXI. Un reto para nuestro tiempo. Queda claro que además de los desafíos nacionalista y comunista y de los nuevos retos religiosos entre los que vivimos y sobrevivimos, en adelante nos esperan otros más salvajes y totales". Por ejemplo, tomar real conciencia de lo que significa para esos 2.7 millones de personas estar viviendo en un territorio que seguirá envenenado por miles de años. Un científico explica que el uranio se desintegra en 238 semidesintegraciones, lo cual traducido en tiempo significa que irradiará por mil millones de años. El torio, por 14 mil millones de años. "Cincuenta. Cien. Doscientos años. Bien. Pero ¿más? Más allá de esta cifra mi mente no podía imaginar. Dejaba de comprender qué es el tiempo. ¿Dónde estoy?" dice el periodista Anatoli Shimanski.

Los habitantes del área, a su vez, deben convivir con cientos de "biofosas" donde fueron enterrados animales, maquinaria, peces, pasto, lavadoras, autos, tierra, helicópteros, álbumes familiares de fotos o casas enteras, en un intento por hacer habitable el entorno. Eso sí, siempre sacrificando al resto del mundo animal. Esas fosas son "como los mismos túmulos funerarios de la Antigüedad, pero ¿dedicados a qué dioses?" se pregunta la autora. "¿Al dios de la ciencia y el saber, al dios del fuego? En este sentido Chernóbil ha ido más allá que Auschwitz y Kolimá (los gulags). Más allá del Holocausto. Nos propone un punto final. Se ha apoyado en la nada".

Muchos creen que la academia sueca suele teñir de política sus decisiones, y éste sería un ejemplo. No entendieron. Lo de Alexievich no es ni político ni antibelicista. No escribe contra las guerras sino contra las maneras equivocadas de nombrar y de convivir con nuestro destino (Fogwill dixit). Maneras y discursos que impiden comprender que esta es una catástrofe cósmica, porque los que viven en tierra radiactiva han perdido la noción del tiempo y, por extensión, de futuro. Ante ella "nuestra conciencia capitula. Es una catástrofe de la conciencia. El mundo de nuestras convicciones y valores ha saltado por los aires" dice la autora.

MORIR EN AFGANISTÁN.

Sus libros buscan comprender cómo se llegó a estas calamidades. Por ejemplo a la otra catástrofe rusa, la Guerra de Afganistán, a la que dedicó otro gran libro de reportajes (o voces). Se titula Los chicos de latón y trata de la guerra que la Unión Soviética peleó durante diez años en Afganistán contra los mujaidines. El título refiere a los ataúdes de latón donde los soldados muertos retornaban a la URSS. Publicó el libro cuando caía la propia Unión Soviética, en 1990, hace 25 años, pero parece escrito ayer. El coro de voces incluye soldados, funcionarios, enfermeras, empleadas civiles, madres o viudas de soldados.

Fue una guerra de la que no se informó a la población soviética, que cada tanto recibía a sus hijos en ataúdes de latón sin saber por qué, y que miraba con incomodidad a sus veteranos de guerra medio chiflados, con sus síndromes de estrés post traumático. Alexievich había jurado no escribir más sobre guerras. Sus primer libro, La guerra no tiene rostro de mujer,sobre el millón de mujeres soviéticas que pelearon en el ejército contra los alemanes, y el segundo, Los últimos testigos, la hastiaron. Pero se encontró junto a otros corresponsales en pleno Kabul, durante la guerra. Mucha gente moría y, lo peor, nadie sabía por qué, aunque Alexievich lo intuía. Los testimonios en Los chicos de latón hablan de voluntarismo y desidia, de heroísmo acartonado y un sistema jerárquico corrupto. De una madre desesperada que le exigía a un oficial saber cómo había muerto su hijo, y éste la reprendía porque era antipatriótico preguntar. O de una madre que pagó un cuantioso soborno y logró que su hijo no fuera enviado a pelear a Afganistán, mientras que otra no paga, su hijo va, y vuelve en un ataúd. Ella le dice a Alexievich: "Siempre pensé que el mejor regalo que le podía dar a mi hijo era una crianza decente".

Los chicos de latón es un libro duro que no apunta a las jerarquías del Kremlin sino a la estupidez humana en toda su dimensión. Describe un estado mental colectivo que está más allá de ideologías o credos. Muchos de los que hablan en el libro revelan, en su sinceridad, un universo moral variopinto. Por ejemplo, los que reconocen haber ido a Afganistán de forma voluntaria, ya sea por patriotismo, aventura, dinero, o para hacer algo diferente; otros fueron engañados y, al descubrirlo, aceptaron el hecho con resignación, como si fuera un destino fatal, ineludible. Y esto remite a una figura dominante en el libro Voces de Chernóbil: la del liquidador. Durante meses —incluso años— miles fueron enviados a la zona radiactiva para tapar el reactor, enterrar casas, capturar animales domésticos contaminados, o tareas cotidianas como el mantenimiento de la red eléctrica pública para los hogares (un operario subido a un poste de luz quedaba más expuesto a la radiación). Por lo general eran jóvenes conscriptos con protección mínima. Sus cuerpos jóvenes eran los más vulnerables al envenenamiento (en Fukushima los japoneses enviaron a liquidadores mayores o ancianos). Los controlaban en forma diaria con dosímetros pero no les decían cuánto habían absorbido, y si lo hacían les mentían. La KGB guardó celosamente los resultados. Entonces bromeaban, o lo aceptaban con ese fatalismo ruso tan peculiar. Eran conscientes de que algo terrible e inédito había ocurrido, y la Madre Rusia los precisaba. El chiste de humor negro más común entre ellos hablaba de "cinco años", el promedio de vida que les tocaría. Muchos no pasaron de seis meses.

Otros, como los campesinos, ni siquiera se lo planteaban, o se burlaban de eso llamado "radiación". Márat Kojánov, ex ingeniero jefe del Instituto de Energía Nuclear de Bielorrusia, cuenta que en la primera expedición a la zona comprobó que la contaminación era muy alta. "Medimos la tiroides en niños y mayores. Resultado: cien, doscientas, trescientas veces por encima de dosis tolerables. En nuestro grupo había una mujer. Una radióloga. Le dio un ataque de histeria al ver que los niños jugaban en la arena. Echaban barquitos a navegar en los charcos". Pero no podían informar, ni advertirles. Las autoridades lo prohibían bajo pena de cárcel. De forma curiosa la amplia mayoría de los jerarcas del partido, al ser controlados, mostraron su tiroides limpia de radiación; seguramente ingirieron el iodo que le negaron a la población en los primeros meses, afirma el físico nuclear Vasili Nesterenko, que desde el primer día recorrió todo el Kremlin para que se tomen medidas profilácticas públicas, hasta que le abrieron una causa criminal por revoltoso.

MENTALIDAD RUSA.

 Muchos en Voces de Chernóbil abordan el tema de la idiosincracia. "Chernóbil es la catástrofe de la mentalidad rusa" dice en su monólogo el historiador Alexandr Revalski. El liquidador Kudriaguin, a su vez, recuerda cómo a nadie le importaba el tema de la radiación, cómo estuvo trabajando en los alrededores de Chernóbil durante cinco meses arrancando ciruelas, pescando, y cómo se moría de ganas por ir al reactor. El último mes trabajó allí. "Creíamos en nuestra suerte. En el fondo del alma todos somos fatalistas" y confiaban. "¡Yo confiaba en mi buena estrella! ¡Ja, ja, ja! Y hoy soy un inválido de segundo grado. Enfermé enseguida. Los malditos rayos". El fotógrafo Víktor Latún señala que los rusos "somos metafísicos. No vivimos en la tierra sino en nuestras quimeras, en las conversaciones. En las palabras". Esa reflexión sobrevino mientras fotografiaba maravillado las flores y frutas gigantes y coloridas, pero que no tenían perfume. Las plantas no lo secretaban debido a la radiación.

Voces de Chernóbil abre y cierra con dos historias de amor que revelan mucho sobre esta mentalidad. Son viudas que tratan de explicar —y explicarse— lo que para ellas fueron actos de entrega paradójicos y de consecuencias devastadoras. El primer monólogo, "Una solitaria voz humana", es de Liudmila Ignatenko, viuda Vasili, uno de los primeros bomberos que asistieron al incendio y que se metieron al reactor en mangas de camisa. Vasili sabía que ese no era un fuego común y corriente, pero debía cumplir. Liudmila, declarando un amor absoluto, incondicional, estuvo junto a él hasta su muerte pocas semanas después. Los médicos le decían que no, que era muy peligroso, pues irradiaba como una usina. Pero se escabullía y dormía junto a él en la cama del hospital, le daba de comer en la boca, lo abrazaba. Le ocultó a todos —Vasili sabía— que estaba embarazada. Cuando su hijita nació la bautizó Natasha, como habían quedado, pero la bebé murió tras 24 horas. La radiación le había provocado una cirrosis en el hígado, y tenía una lesión congénita en el corazón. Los médicos le dijeron que su bebé la salvó, pues absorbió todo el impacto radiactivo. Ella los quería a ambos, con locura. Se pregunta: "¿Cómo se puede matar con el amor?"

AUTONOMÍA INDIVIDUAL.

La narrativa de Alexievich deja en evidencia las herencias que condenan al universo cultural ruso. Por ejemplo la relación del individuo con el Estado. En el sistema totalitario soviético el Estado resolvía todo. Cuando el reactor de Chernóbil estalló los afectados esperaron. Pero esa espera, originada en la falta de iniciativa individual, le costó la vida a miles. Con la llegada de la democracia se suponía que esto iba a cambiar, pues de eso trata, de darle el poder a los individuos. Pero los ciudadanos autónomos, responsables, no aparecen por arte de magia. Con la democracia, entonces, llegó el desencanto. "La democracia es un trabajo duro que lleva generaciones" ha dicho Alexievich. Esto es lo que aborda su último libro, que no está en español, y que se tituló en portugués O fim do homem soviético, Um tempo de desencanto (Lisboa, 2015). Fue libro del año en Francia en 2013.

Es como dijo Zoya Bruk, inspectora de Protección para la Naturaleza, en Voces de Chernóbil. La catástrofe nuclear actuó como catalizador y sintieron "una nueva sensación, la desacostumbrada impresión de que cada uno teníamos nuestra propia vida; hasta entonces era como si esta no hiciera falta" recuerda. "La gente comenzó a preocuparse por lo que comía, por lo que le daba a los niños. Qué resultaba peligroso para la salud, y qué no. ¿Qué hacer, irse para otro lugar o quedarse?" Antes "éramos soviéticos. De espíritu comunitario. Yo por ejemplo era muy soviética. Mucho." Pertenecía a las juventudes comunistas. "En ellas trabajábamos y el dinero ganado lo mandábamos a algún partido comunista latinoamericano. Nuestra unidad, en concreto, a Uruguay".

Algunos creen que el tiempo se ha mordido la cola en Chernóbil, porque allí no terminó nada, al contrario, se abrió un mundo desconocido, y para el cual no hay explicación. No hace mucho los uruguayos discutieron en una comisión multipartidaria la pertinencia o no de apelar a la energía nuclear. De haber leído Voces de Chernóbil, ni lo habrían pensado.

En español

El libro Voces de Chernóbil tuvo tres ediciones en español (Casiopea, 2002; Siglo XXI, 2006; y Debolsillo, 2014). Llegará en breve en el sello Debate. Para diciembre de 2015 se anuncia La guerra no tiene rostro de mujer, también en Debate. En 2016 estará Los chicos de latón, y en 2017 Los últimos testigos.

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