MINISERIE “BIG LITTLE LIES”

Los violentos

Cómo detectar las señales que emite un psicópata cuando éste es uno más del entorno íntimo, tanto afectivo como emocional.

Las tres protagonistas de Big Litlle Lies
Las tres protagonistas de Big Litlle Lies
Jean-Marc Vallée
Jean-Marc Vallée
Reese Whiterspoon
Reese Whiterspoon
Kathryn Newton, Darby Camp, Adam Scott y Reese Whiterspoon
Kathryn Newton, Darby Camp, Adam Scott y Reese Whiterspoon
Nicole Kidman
Nicole Kidman
Alexander Skarsgard, Nicole Kidman
Alexander Skarsgard, Nicole Kidman
Laura Dern
Laura Dern
Woodley, Whiterspoon y Dern
Woodley, Whiterspoon y Dern
Shailene Woodley
Shailene Woodley
Shailene Woodley, Reese Whiterspoon y Nicole Kidman
Shailene Woodley, Reese Whiterspoon y Nicole Kidman
Zoe Kravitz
Zoe Kravitz

Afirmar que "la violencia está entre nosotros" es un lugar común. Pero deja de serlo cuando estalla cerca, porque estaba oculto y no lo pudimos (o quisimos) ver. Explorar ese lado de los seres humanos, allí donde reside el pequeño asesino oculto que se expresa de forma inesperada, sea en pequeños o grandes gestos, es lo que hace la recién estrenada miniserie de HBO, Big Little Lies (2017) en siete capítulos, un relato descarnado del vínculo cotidiano entre padres que llevan a sus hijos a una misma escuela en el exclusivo pueblo de Monterey, en California, considerado casi un edén por quienes han decidido vivir o trabajar allí. Una escuela que, paradójicamente, no es privada sino pública. Un relato, además, que termina en un asesinato.

Está basada en la novela homónima de Liane Moriarty, un texto impiadoso que sin embargo tuvo el estatus de best seller en Estados Unidos durante más de un año (2013-2014). Fue adaptada para el público norteamericano cambiando la ubicación original, Australia. El creador es David E. Kelley, quien ha trabajado junto al legendario productor Steven Bochco (NYPD Blue). El director es Jean-Marc Vallée, cuyo antecedente más conocido es la muy premiada película Dallas Buyers Club (2013). La polémica en el norte gira en torno a la adaptación del libro, al hecho de que el original tenía una carga de ironía y sátira que la miniserie habría dejado de lado, al hecho de que la autora australiana es muy conocida en Estados Unidos pero casi nada en su tierra. Todas cuestiones sin importancia para el espectador latinoamericano sentado frente a la pantalla.

DE TODOS LOS DÍAS.

Los adultos con hijos conocen de cerca el asunto, sobre todo lo intenso de los primeros años, el llevar y traer a la escuela, involucrarse en una amplia variedad de asuntos, y estar atentos a múltiples aspectos curriculares y emocionales. Por allí están los demás padres con quienes se establece un vínculo inevitable, a veces no deseado. Vínculo que puede ser placentero, creativo y constructivo, pero también competitivo, paranoico y destructivo.

La miniserie Big Little Lies explora esa realidad en los vínculos de un grupo de padres donde lo peor comanda, y cuyo desenlace es extremo. Se sabe de entrada que no es comedia, porque el primer capítulo abre con una escena de crimen llena de policías e investigadores en un jardín de infantes, epicentro dramático de la serie. A partir de allí la narración intercala, en flashbacks, las historias previas que llevaron al desenlace.

Una de esas primeras escenas es un claro ejemplo de adultos al borde del desastre, por omisión o desidia. El niño Ziggy, hijo de una madre soltera, pobre, recién llegada al pueblo, es acusado por una compañerita, hija de familia rica, de haberla abusado (Ziggy lo niega). Todo en una reunión improvisada en la calle, en la puerta del jardín, bajo supervisión de una maestra que actúa a instancias de la madre de la niña y sin medir las consecuencias. Como es obvio estallan odios y rencores, y se instala una lógica de bandos de agresividad creciente que nutre toda la tensión narrativa.

Varios adultos, entonces, pasan a ser percibidos como asesinos en potencia. De forma casi imperceptible crece el protagonismo de los niños a medida que avanzan los capítulos y la crispación adulta alcanza límites insospechados. Los niños se defienden manipulando, y lo hacen guardando un secreto clave, uno que refiere al mal verdadero, al que mata, y no a los celos, envidias y rencores que acaparan la atención. En ese sentido Big Little Lies es una lección sobre la incapacidad de ciertos grupos humanos para detectar las señales ocultas del mal, esas que se enmascaran detrás de las rutinas cotidianas, o debajo de un rostro simpático, seductor y en apariencia protector.

El desafío de los actores consiste en interpretar a padres ambiguos, paradójicos, ambivalentes a más no poder. Lo gestual y lo corporal pasa a tener un protagonismo decisivo, mucho más que lo discursivo, que las palabras. A veces es sólo un gesto inesperado, una mirada, o una forma de caminar o conducir el auto, mientras el espectador percibe que el relato juega en múltiples planos, como ocurre con la buena literatura. Allí, entonces, se luce el personaje Celeste interpretado por una soberbia Nicole Kidman, o Madeline por Reese Witherspoon, o Shailene Woodley en el papel de la madre soltera Jane. También Renata interpretada por una notable Laura Dern. Otros papeles secundarios como el de Alexander Skarsgård, Adam Scott, Zoë Kravitz, o el rol de Ziggy interpretado por el niño Iain Armitage, otorgan contundencia al conjunto.

La serie, a su vez, toma distancia a la hora de narrar la violencia. Tiene su lógica. Ningún hombre o mujer puede relatar de forma lineal y con lujo de detalles cómo lo violaron, o cómo la golpearon hasta casi matarla, porque en esos momentos extremos de terror se pierden las referencias sensoriales y temporales. La memoria solo guarda fragmentos, datos aislados, olores, un gesto, un comportamiento incomprensible, y pasará una vida entera tratando de recomponer los trozos dispersos de ese episodio traumático, trozos desperdigados de una psiquis agredida que casi fue destruida. Así funciona la conciencia, como olas de recuerdos que fluyen y se superponen en apariencia descoordinados, y así lo recrean Vallée y Kelley en el lenguaje cinematográfico a través de una cuidada sucesión de imágenes y sonidos. Ambos saben que escenificar el horror en un relato lineal no ayuda a comprender el fondo del asunto.

Las señales del mal son puestas a disposición de los espectadores atentos, en un guiño a la novela policial. En ese sentido la crítica Janet Maslin del diario The New York Times escribió que el libro original, de haberlo escrito Agatha Christie, se habría titulado "Asesinato en el jardín de infantes". Pero Big Little Lies es mucho más que eso.

SIN RESPUESTAS SIMPLES.

El tema es el origen de las violencias. Allí se abre un abanico de cuestiones que la serie explora sin dar respuestas simples, porque apenas se pueden entrever. Por ejemplo el de la infidelidad femenina vivida como una liberación que no es tal. O la cuestión de si la psicopatía de un abusador es hereditaria o adquirida socialmente. Es decir, si el hijo de un psicópata lleva en su seno la genética asesina, o ella es impuesta por el entorno social y psicológico donde el niño crece y se forma, siguiendo el ejemplo de otros adultos. Este tema es recurrente en los diálogos de las protagonistas, todo rodeado por el bucólico entorno de esa ciudad rica, exuberante, al borde de acantilados mágicos, una paz rota de tanto en tanto por golpes, sexo violento y moretones que se ocultan morosamente bajo la ropa.

Si nos enamoramos de Thelma y de Louise hace más de 20 años, caeremos rendidos ante estos caracteres, sobre todo los femeninos centrales (Kidman, Witherspoon, Woodley, Kravitz y Dern). No porque triunfen de forma heroica en un mundo blanco y negro, de hombres malos y perversos, y mujeres buenas, sumisas e incomprendidas. Ellas sobreviven en un mundo ambiguo y de roles en crisis, cargan con sus miserias y errores, decodifican el mundo con tesón y sacrificio, mienten cuando tienen que mentir y matan cuando tienen que matar.

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