Benito Milla y las revistas "Deslinde" y "Temas"

La vida por los sueños

Se cumplen 30 años del fallecimiento del editor y poeta español que eligió Uruguay para despejar ideas y malentendidos.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Elsa Lira Gaiero, Benito Milla y Nacy Bacelo, primera directiva de la Feria Nacional de Libros y Grabados, Montevideo, 1961

En una mesa improvisada sobre dos caballetes en la céntrica plaza Libertad de Montevideo, Benito Milla (1918–1987), un exiliado anarquista español, vende libros a fines de la década de los cuarenta del pasado siglo y, poco a poco, va ganando una clientela que aprecia sus consejos y su eficacia para obtener títulos no siempre distribuidos en Uruguay.

Parco de palabras, se sabrá —sin embargo— que fue integrante de la Columna Durruti durante la Guerra Civil Española, Secretario de la Juventud Libertaria de Cataluña y, al final de la guerra, cruzó los Pirineos con su esposa Fina y vivió en las duras condiciones del refugiado en Francia durante la Segunda Guerra Mundial, en campos que en realidad eran de concentración. Allí nacería su hijo Leonardo (Marsella, 1941) y el destino del Uruguay —esa renombrada “Suiza de América”, democrática y solidaria con la España republicana derrotada— aparecería en su horizonte.

A partir de ese humilde comienzo, Benito Milla desarrolló una tenaz e intensa trayectoria como librero (Librería Alfa desde 1954), editor (Editorial Alfa, 1958) y director de las revistas Deslinde (1956–1961) y Temas (1965–1968) marcadas con una filosofía originalmente libertaria y, poco a poco, abierta a un humanismo antibelicista y siempre antifranquista. Allí se congregaron los escritores más representativos del Uruguay de entonces (la generación del 45) y los jóvenes emergentes de los 60.

El primer libro editado por Alfa fue un clásico uruguayo, Ismael de Eduardo Acevedo Díaz. Luego se abrieron dos colecciones, una dirigida por el propio Milla (“Carabela”) y otra por Ángel Rama (“Letras de hoy”), donde se publicaron La casa inundada (1960) de Felisberto Hernández, La cara de la desgracia (1960) de Juan Carlos Onetti, Hombres y caballos de Mario Arregui, Cordelia de Carlos Martínez Moreno. También Montevideanos (1959) y La tregua (1960) de Mario Benedetti, dos obras que lo convirtieron en best-seller. Otro título exitoso de Alfa sería Los días siguientes (1962), primera novela de Eduardo Galeano, donde se ficcionaliza un episodio real que había conmocionado a Montevideo.

Los escritores inmersos en la “línea creciente entre tensión y exigencia” —como fueran caracterizados en esos años por Mercedes Ramírez—formalizan apuestas que se tradujeron en la publicación de revistas (Puente, 1963; Aquí poesía, 1962–1966; Los Huevos del Plata, 1965–1969; Maldoror, 1967–1987; Prólogo, 1968); páginas culturales en diarios (La Mañana, Época, Hechos), semanarios como Marcha y en editoriales que florecieron con un novedoso rigor profesional y una estimulante competitividad, alimentando una producción autosuficiente y cerrada al principio sobre el país. Entre otras, Asir, Banda Oriental, Arca y la propia Alfa, una editorial que, en el centro del proceso nacional y latinoamericano, no olvida su origen y publica novelas de españoles exiliados como Ernesto Contreras y José Carmona Blanco, o ensayos fundamentales como la historia del anarquismo español de José Peirats.

DESLINDAR UN ÁMBITO CULTURAL

Alrededor de la librería Alfa y luego de la editorial —situada en el emblemático local de la calle Ciudadela 1389 de Montevideo, a escasos metros de la Plaza Independencia—, Milla funda con Carmona, otro anarquista exiliado en Uruguay, la revista Deslinde en la que da cabida a las nuevas promociones poéticas no solo uruguayas (Juan Cunha, Nelson Marra y Saúl Ibargoyen Islas, entre otros), sino latinoamericanas y españolas. Siguiendo la propuesta de Alfonso Reyes de “deslindar” un ámbito cultural tan comprometido como independiente, los dieciséis números de Deslinde publicados entre 1956 y 1961 ofrecen una clara apertura al mundo y una naciente conciencia latinoamericana. Con el formato de un periódico, proponen una clara defensa de la libertad del escritor y el análisis crítico de la literatura española y uruguaya. Colaboran en Deslinde Albert Camus, Octavio Paz, Ernesto Sábato, Juan Goytisolo y entre los uruguayos Mario Arregui, Ángel Rama y Hugo García Robles, musicólogo de sorprendente y erudita sensibilidad, y futuro secretario de redacción de Temas.

Temas se publica en un contexto cultural que hereda la polarizada visión de la creación y la crítica de dos revistas de la década anterior. Por un lado Asir (1948–1959), de la que se editaron treinta y nueve números, dirigida por Washington Lockhart, un fino ensayista guiado por la búsqueda del ser nacional por una vía más emocional que racional, y que busca lograr la trascendencia a partir del arraigo (en su caso la ciudad de Mercedes en el litoral uruguayo). En su rechazo de la gran ciudad, en el elogio del campo y del suburbio donde se refugia la nostalgia del emigrado rural, Asir rezuma una cierta melancolía que se apoya sin ambages en la tradición literaria clásica y española. Ese espíritu existencial se prolonga cuatro años después en los seis números de Cuadernos de Mercedes (1963–1965), dirigida por el mismo Lockhart. En 1969 publica en la editorial Alfa El Uruguay de veras, una reunión de ensayos que pretenden indagar en un “ser” nacional más allá de los tópicos que se le adjudican.

En el otro extremo está la revista Número (1949–1958), cuyo redactor responsable, el crítico Emir Rodríguez Monegal, anuncia en el primer número que se trata de “enfocar los problemas del arte y el pensamiento contemporáneo”, realizando “un planteo que trascienda lo meramente literario o filosófico y atienda al suceso de la hora”, alternando “la producción nacional y extranjera con deliberada prescindencia de nacionalismos”.

En Número publican, entre otros, Juan Ramón Jiménez, Alfonso Reyes, José Ferrater Mora, Pedro Salinas, Borges y Jorge Guillén. Algunos números monográficos, como el dedicado a la Generación del 900, marcan un antes y un después en la crítica uruguaya. Interrumpida en 1958, Número reaparece en 1963, siempre bajo la dirección de Rodríguez Monegal, aunque ahora el editor es Benito Milla, experiencia que —tras cuatro números— posibilita la aparición de Temas bajo su entera responsabilidad.

CONFRONTACIÓN Y DIÁLOGO

En abril de 1965 se publica el primer número de Temas con un “propósito” explícito de Milla: “contribuir a la expresión de las preocupaciones culturales en el ámbito sudamericano”, propiciando “el acercamiento y la comunicación entre los intelectuales de la zona en un intento de diálogo y discusión que tienda a resaltar y esclarecer realidades comunes”. Con un sentido premonitorio de lo que sucederá en años sucesivos anuncia que: "La actitud de la revista será de confrontación en una hora del mundo en la que el desgaste de los esquemas ideológicos se hace cada vez más evidente, los acontecimientos son más fluidos y complejos y no bastan para definirlos los lugares comunes, los slogans ni los absolutos apriorísticos con que se disfrazan todos los dogmas (Temas 1–2)".

Para que no quedaran dudas de su vocación independiente se insiste en la apertura cultural al margen de “la cuadrícula cerrada de los partidos, los grupos y las camarillas”. En resumen —se concluye— la publicación de Temas no obedece a un programa sino a un movimiento concebido en una dirección: la de vivir en una comunidad abierta.

La postura ajena a “grupos, organizaciones o partidos” y la apertura temática de los dos primeros números, provoca críticas y reacciones en un medio polarizado, especialmente a partir de la revolución cubana de 1959. Por ello, en el editorial del número 3, se reafirma la “indeclinable vocación de confrontación y diálogo”, ya que “dialogar y confrontar supone implícitamente la presencia de los otros, no como enemigos, sino como interlocutores”. Se insiste en la afirmación que había provocado la mayor parte de las críticas: el desgaste de los esquemas ideológicos y la mutación profunda de ideologías como el marxismo, lo que ha llevado a hablar de “los marxismos”, de positivos contactos entre socialistas, cristianos, socialdemócratas y “terceristas” (la llamada “tercera posición” que tuvo en Uruguay una gran difusión, especialmente a través de la prédica del semanario Marcha). En resumen: “Nadie que no esté aquejado de dogmatismo agudo aspira a permanecer ajeno al movimiento más interesante y positivo de esta época: el de la comunicación cultural”.

Es una difícil “comunicación cultural” a la que se aspira en medio de la guerra fría. Temas no puede escapar a las confrontaciones que se viven. A fines de 1965 se produce la condena de los escritores soviéticos Andréi Siniavsky y Yuli Daniel. Los comunistas italianos, embarcados en el revisionismo de Berlingher, la consideran “el problema más amplio de las relaciones entre la sociedad soviética y sus intelectuales, entre la política y la cultura”. Para Louis Aragon, comunista militante, el asunto es más grave: la sentencia del tribunal soviético prefigura a los ojos de los observadores occidentales lo que será la justicia en los países donde triunfe el comunismo. Un editorial de Temas (5-3) recuerda bajo el título “Moral y política” que “callar ante la injusticia, donde quiera que se produzca, y en este caso ante la bárbara condena a los escritores soviéticos, es una manera de preparar un porvenir sombrío, asintiendo voluntariamente ante la iniquidad y fomentándola con la aquiescencia o el silencio”.

Al cumplirse el primer año de vida literaria, Temas publica el que será su último editorial, donde reivindica que “el movimiento de la cultura es profundamente libertario” y que la libertad no es “un prejuicio burgués” como se proclama en otras tribunas de la izquierda uruguaya. “Creemos, contra ellos —afirma— que hay que defenderla y ensancharla, incesante tarea del espíritu verdaderamente revolucionario, en la que seguiremos participando a nuestra medida y sin descanso. Por eso, esta revista seguirá adscrita al movimiento de apertura cultural, de desmilitarización ideológica, que es a nuestro entender el más positivo de esta hora del mundo, mal que les pese a los nostálgicos epígonos de la guerra fría”.

Desde ese momento y hasta el último número (No. 16), en junio de 1968, Temas evitará las polémicas abiertas, haciendo de los ensayos que publica el mejor argumento de su prédica. En algún caso propicia “Fuegos cruzados” entre autores, por ejemplo cuando Günter Grass, Konstantin Simonov y Uwe Johnson discuten sobre si “¿es posible el diálogo cultural Este–Oeste?”, o Alberto Moravia y Alain Robbe-Grillet debaten sobre si hay una “¿crisis de la novela o crisis de novelistas?”.

ARTÍCULOS QUE MARCAN UNA ÉPOCA

Desde el primer número de Temas, la presencia de Rodríguez Monegal asegura una cierta identificación con el que fuera el espíritu de las dos épocas de Número, pero también con la apertura a otras literaturas y el olfato crítico que practicara en la sección literaria del semanario Marcha que dirigió (1944–1959) y posteriormente en los 25 números de Mundo Nuevo que fundó en París (1966–1868), hasta el estallido de la polémica sobre el financiamiento de la publicación por parte del Congreso por la Libertad de la Cultura.

Rodríguez Monegal revela al público uruguayo un autor clave: João Guimarães Rosa, a quien se consideraba en Brasil “el mayor novelista vivo” y cuya obra era prácticamente desconocida en el resto de América Latina. El cuento “Ninguno, ninguna” ilustra con su peculiar sintaxis la novedosa perspectiva que inaugura Guimarães. Acompaña a Rodríguez Monegal en el primer número otro colaborador de Número, Mario Benedetti, con seis poemas.

Al mismo tiempo Temas se abre internacionalmente con un sugestivo ensayo de Hans M. Enzensberger —“Sobre la Teoría de la traición”— y otro —“Por encima de la refriega”— del tan reconocido como olvidado crítico italiano Elemire Zolla. En ese mismo primer número, un tema que será de creciente actualidad —“el compromiso del escritor latinoamericano”— es abordado por Hiber Conteris. “En este momento presente de América Latina se ha producido algo así como un desbordamiento, una invasión de los hechos sociales y políticos que están afectando a todos los órdenes de la vida; y de esta invasión no se han librado el arte ni la literatura” (Temas 1-19). El escritor latinoamericano “vive un momento privilegiado”, pero al mismo tiempo —añade Conteris— no se puede evitar que “el compromiso advierta la transitoriedad de nuestra hora y las formas híbridas o espurias de nuestra literatura”. En números subsiguientes, Conteris reitera esas preocupaciones, especialmente en el artículo “Evolución de las ideologías modernas en América Latina”.

La problemática del continente ya está instalada en la revista. En el segundo número de Temas se publica “Imagen y perspectivas de la narrativa latinoamericana actual”, donde se concreta una las ideas más difundidas y citadas de Augusto Roa Bastos: "Para que exista una literatura, además del valor estético de sus obras, es necesario un centro de cohesión interior, una visión coherente y unitaria sobre el conjunto de la realidad. De esta coherencia interior procede la posibilidad de comunicación interhumana de una literatura en un momento determinado, pero también el sentido de continuidad histórica a través de sus variaciones posibles" (Temas 2-4).

Es esa “cohesión interior”, esa “temperatura histórica”, lo que Roa llama “foco de energía colectiva que se condensa en una particular visión de la vida y del mundo”, la que define —a su juicio— la literatura latinoamericana contemporánea. En esa misma línea de preocupaciones el filósofo mexicano Leopoldo Zea escribe sobre la “integración de la cultura latinoamericana a la cultura universal” (12/1967).

La acelerada irrupción de América Latina en la literatura, la cultura y la política mundial no olvidan la situación española. “España, 1936” de Octavio Paz se contrapone a “Visión actual de España” de Jean Bloch-Michel, un largo y completo panorama sobre la realidad interior de la España franquista y sus perspectivas inmediatas.

A partir del número 4, la lista de colaboradores se amplía: Luce Fabbri, destacada figura del pensamiento anarquista; Robert Oppenheimer, activo militante del desarme nuclear; Juan Goytisolo, representante de la nueva literatura española; el semiólogo Umberto Eco, abordando “el informalismo como obra abierta”, anticipo de su influyente Obra abierta; Arnold Toynbee con unas “Miradas al mundo actual”; Mario Vargas Llosa adelantando un capítulo de La casa verde; Susan Sontag, Héctor A.Murena, Antonio Ferrés y tantos otros (se pueden citar a más de cien colaboradores), al igual que los críticos franceses Alain Bosquet y Pierre Emmanuel, los argentinos Rodolfo Alonso y César Fernández Moreno, y el venezolano Guillermo Sucre.

Un mérito de Milla es haber promovido y potenciado a creadores y críticos uruguayos. Tal es el caso de Alejandro Paternain, Graciela Mántaras, Nelson Marra y quien firma este artículo a partir del número 8 (agosto de 1966). Jorge Ruffinelli con un ensayo sobre la obra de Cesare Pavese, desde Lavorare stanca (Trabajar cansa) a La luna y las fogatas, anuncia la perspicacia crítica que pondrá luego al servicio de la literatura nacional. Sorprende en enero de 1967 (Temas, 10) con cuatro poemas.

Atento a la producción nacional, el mismo Milla realiza una selección de siete poetas jóvenes: Walter de Camilli, Enrique Elissalde, Iván Kmaid, Nelson Marra, Esteban Otero, Roberto Maertens y Leonardo Milla. La revista acogerá además a otros poetas emergentes como Jorge Medina Vidal, Alejandro Paternain, Milton Schinca y Saúl Ibargoyen Islas.

EL LUGAR PRIVILEGIADO DE LA POESÍA

La poesía contemporánea ocupa un lugar destacado en sus páginas. La de lengua española con Claribel Alegría, Alejandra Pizarnik, Octavio Paz, Homero Aridjis, Carlos Barral, José Ángel Valente, Juan Liscano, o Carlos Germán Belli, del que la editorial Alfa publicará la obra poética completa (hasta 1967) en El pie sobre el cuello.

Una útil selección de poetas portugueses actuales y otras de argentinos, peruanos (a cargo de José Miguel Oviedo) y alemanes seleccionados y traducidos por el que años después será fundador y director de la editorial Iberoamericana, Klaus Dieter Vervuert, van pautando la vocación universalista de la revista. Por su parte, el crítico argentino Juan Carlos Curutchet, especializado en literatura española contemporánea, presenta una selección de poesía que se revelará con el tiempo tan premonitoria como acertada: José Agustín Goytisolo, Carlos Barral, Ángel González, Félix Grande, José Caballero Bonald, José Ángel Valente y Jaime Gil de Biedma.

La sinergia entre la revista Temas y la editorial Alfa se manifiesta en los adelantos de libros, como Los prados de la conciencia de Carlos Martínez Moreno e Introducción a la novela española de posguerra (1966) de Juan Carlos Curutchet.

La inicial militancia libertaria de Milla fue cediendo con los años hacia un humanismo que se reconocía en Albert Camus, Roger Munier, Nathaniel Tarn, Jean Bloch-Michel y Pierre Emmanuel, autores —todos ellos— a los que publicó en las revistas Deslinde y Temas. 

“Don Benito” —como lo llamábamos con tanto afecto como respeto los que fuimos sus colaboradores— hablaba de “diálogo” y de tender “puentes” entre América y Europa, lo que parecían utopías en una sociedad que se agriaba y cuyos muros se laceraban a ojos vistas. En 1964 sostenía que había que “reconocer a los otros, no como enemigos, sino como interlocutores”, usando una terminología novedosa —alteridad y otredad— puesta al servicio de un imposible idealismo.

Pero Milla adivinaba, además, lo que después resultó evidente: la mutación ideológica de nuestro tiempo, el fin del maniqueísmo impuesto por la guerra fría. Milla hablaba de “los diferentes marxismos” —lo que parecía una herejía para los marxistas ortodoxos uruguayos—, del pluralismo cultural, del nacionalismo emergente en el seno de los grandes bloques y, sobre todo, de cómo evitar en un país de rica tradición democrática como el Uruguay los errores que habían conducido a los horrores de la Guerra Civil Española.

Sus palabras sonaban extrañas en Uruguay, embarcado como estaba en un proceso de confrontación política y social sin precedentes en su historia. En esos años, la antinomia española iba cediendo a su inevitable prolongación americana. Democracia contra dictadura, liberación contra dependencia, progreso contra reacción, revolución versus contra-revolución, pasaron a ser las palabras mágicas con que en la euforia de los años sesenta se pretendía conjurar la historia del continente. Nuevos “vientos del pueblo” llevaban y arrastraban, esparcían el corazón y aventaban la garganta, al decir del poeta Miguel Hernández.

Cuando las condiciones del diálogo se hicieron difíciles en Uruguay, Milla se fue en 1967 a Venezuela. Allí fundó Monte Avila Editores, donde, con más recursos y en otra dimensión internacional, reiteró su fe en un hombre de raíz universal, más allá de clases sociales y contingencias históricas. Fundaría luego Tiempo Nuevo y, a la muerte de Franco, regresó a España para retomar en Barcelona la existente editorial Laia y refundar Alfa. Poco después moriría de un cáncer a los 69 años.

Milla dejó inéditos numerosos poemas, atendiendo a una vocación de la que pocos sabían su secreto. Su fiel y discreto colaborador de siempre en Montevideo, Caracas y Barcelona, Hugo García Robles, reunió algunos en Itaca (1989). En esos versos depurados y sobrios, tras su vida errante, Milla refleja el amor que, por sobre cualquier otro lugar, sintió por el Uruguay.

En Itaca algunos versos reflejan que sabía de su fin próximo: “Pensar es lo que más me duele —nos dice el poeta— y más pensar en lo vivido. Sentir todo el estrago de la edad como un muro expuesto a la intemperie y a la lluvia. Asistir indefenso a la insidiosa herida de cada grieta abierta sin remedio. Morir cada día un poco cambiando la vida por los sueños”. Al recordar ahora la trayectoria de Milla, es evidente que cambió desde muy joven la vida por los sueños, y esos sueños siguen vigentes a treinta años de su muerte.

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