POÉTICAS

Verbo ser

Se trata de dejarlo vivir, y no decirlo tanto.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Eduardo Milán

Uno deserta por querer acompañar al movimiento, a lo que se mueve, a lo que va. Habíamos perdido la certeza y eso se ve. Las imágenes-desolación de callejones bajo lluvia donde un indigente ya no está, las imágenes-desolación de una carretera no sólo con chatarra a los dos lados: con chatarra abandonada. Esas imágenes, esas desolaciones, son intentos en la escritura de entrar en movimiento. Ellos abandonaron la poesía allí donde la poesía hacía de faro, farear, un verbo sin existencia fija —¿dónde hay un faro que no esté abandonado si un faro es precisamente eso: el abandono a la señal de barrer con luz de iluminar el mar, barrer con luz la superficie, el lomo con sus crestas intermitentes, gallos que nacen por aquí y ya se mueren por allí?, que no es cualquier linterna roja ni metáfora arrastrada de la sangre, levantado en su arrastrarse para mostrar un camino en el que introducirse desde el costado, agarrar el camino a cierta altura en un intento por detenerlo para entrar en él: eso, todo eso, entrar en el movimiento. Ellos abandonaron la poesía no porque la poesía sea abandono —un abandono encontrado en el camino, Guilleume de Peitieus, y "Farey un vers de dreyt nien" ("Hice un poema sobre nada"), su poema que siempre regresa a mí o me regresa a él de una manera curiosa: no se han fijado que el verbo de ese poema no es negar sino ir, es el movimiento el que asume Guilleume de Peitieus el que importa, el que habla —o sea él, el que habla— se va deshaciendo de todo igual que aquel que se deshace de todo se deshace de él, va dejando lugar, mujer, pertenencias y, en eso, y sólo en eso, me recuerda aquel poema de Idea Vilariño que empezaba así: "De todas partes vienen, sangre y coraje/ para salvar su suelo, los orientales". Se refería —aunque no está dicho, no toda referencia está dicha, sí toda reverencia: la reverencia es una concesión de lo irreal a lo real de la realeza, el irreal real— a los Tupamaros, al momento de brillo de ese movimiento, antes de ser gobierno porque un movimiento guerrillero no puede ser gobierno como un poema no puede ser institución. La cantidad, ahí, no genera calidad. El poder es el poder: su lógica es la sumisión, el verbo ser es el pivote —no el ser: el verbo ser para el que todo es— que ata a la pata de la fijeza fría, helada, mundo que conserva lo helado en la inminente ausencia de los polos y el Ártico. No se trata de estallar el verbo ser, de volarlo en pedazos. Se trata de dejarlo vivir y de no decirlo tanto.

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