Quijano, Methol Ferré y Real de Azúa

Cómo ser uruguayo y no morir en el intento

Nuevo ensayo sobre la viabilidad de Uruguay como nación y su papel en la integración regional.

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Alberto Methol Ferré. Foto: Archivo El País

A inicios de 2017, cuando en los Estados Unidos se pone en marcha el proteccionismo extremo anunciado en su campaña por el Presidente Trump, parecen abrirse tiempos propicios para la integración latinoamericana. Mucho puede aportar, en estas circunstancias, el libro La paradoja uruguaya de Ximena Espeche (Montevideo, 1974), Doctora en Ciencias Sociales, investigadora y docente en varias universidades argentinas.

El trabajo aborda las posturas de los intelectuales uruguayos de mitad del siglo XX –la llamada “Generación del ‘45” o “Generación crítica”– ante la crisis del “Uruguay batllista”. La paradoja que señala el título consiste en que, al revisar la historia nacional desde un punto de vista afín a “lo blanco”, estos intelectuales postularon que, si ese Uruguay que se había creído excepcional, casi europeo, quería evitar caer en la misma miseria y el atraso generales del subcontinente, debía asumirse latinoamericano e integrarse a la región, es decir, dejar esa idea de excepcionalidad, que desde mediados de los ’50 resultaba insostenible. Esos intelectuales instalaron, en los ‘50 y ’60, el concepto de “crisis estructural” y la discusión de nuestra viabilidad como nación, aún vigentes.

El libro da un panorama general, pero hace foco en Carlos Quijano (1900-1984), fundador del Semanario Marcha y mentor –aunque no indiscutido– de la generación, Alberto Methol Ferré (1929–1989), que polemizó con Quijano sobre el alcance y el modo en que Uruguay hubiera debido integrarse a la región, y Carlos Real de Azúa (1916–1977), autor de un análisis clásico del batllismo, El impulso y su freno.

Este libro disecciona una generación que, más de medio siglo después, es percibida como un todo homogéneo, cuando en realidad estuvo en constante polémica cultural y política. Espeche explora con detalle y lucidez la noción de “lo blanco” como mentalidad, y sus relaciones con el Partido Blanco y luego Nacional, pues lo que hoy son sinónimos no siempre lo fueron. En el capítulo dedicado a Methol Ferré, hay valiosos aportes acerca de las figuras de Herrera, Perón y Nardone, y de las expectativas que despertaron en algunos intelectuales afines a posiciones nacionalistas de izquierda, enmarcados en lo que se llamó “Tercera posición”, es decir, en el intento de que los pueblos latinoamericanos tomasen caminos políticos no subordinados al imperialismo norteamericano ni a la Unión Soviética, para ellos también imperialista. Con respeto a Real de Azúa, además de estudiar el uso del par dialéctico impulso/freno con que explicaba el proyecto batllista y sus limitaciones intrínsecas, destaca la apuesta de este pensador a recuperar nuestra raigambre rural, criolla y cristiana –dejada de lado por el batllismo– como manera de asumir mejor nuestra universalidad. El orgullo de Uruguay por su cosmopolitismo no habría sido otra cosa que un alarde de vanidad provinciana.

Este trabajo puede resultar bastante complejo e incluso árido para el lector no profesional interesado en historia. Sin embargo, el esfuerzo vale la pena, y es obligado para quienes tengan participación en la toma de decisiones acerca del inevitable proceso de integración regional.

Son de lamentar algunos errores serios en nombres, fechas y datos, la
mayoría no recogidos en la fe de erratas.

LA PARADOJA URUGUAYA: INTELECTUALES, LATINOAMERICANISMO Y NACIÓN A MEDIADOS DEL SIGLO XX, de Ximena Espeche. Universidad Nacional de Quilmes, 2016. Buenos Aires, 436 págs.

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