León Trotsky por él mismo

Una vida, una revolución

La autobiografía, sostenía Sarmiento, postula un ejemplo; el que cuenta su vida no sólo se jacta de sus proezas, de lo que cree que son sus proezas o, en el mejor de los casos, de sus miserias sino que se proyecta, está diciendo de una u otra manera "así hay que ser".

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Pero Sarmiento, un ser muy psicoanalizable, no conocía el psicoanálisis de modo que no podía saber que quien se expresa, por escrito o por la voz, más allá de la jactancia o de la confesión siempre se dice algo más al decir, siempre cuenta "el ser" de su vida, sea lo que fuere lo que dice o escribe, tan luego él que quería "decir" el país sabiendo o no que estaba diciendo su ser, quién era. Pero es claro que no quería esperar a que se supiera quién era de cualquiera manera: para fijarlo escribe su autobiografía, "no se equivoquen" proclama, no interpreten o indaguen, ahí está todo, bien claro y evidente, hagan lo que quieran con eso, pero con eso, no con otra cosa.

Y, sin embargo, ese gesto que bien puede considerarse autoritario, no se detiene ahí. Una variante importante se impone: una cosa es una simple exposición fáctica, por más exaltada y autorreferente que sea, y otra, muy diversa, es si tal exposición apologética está escrita, con todas las de la ley, en otras palabras si saltó la barrera que separa el mero decirse de esa dimensión extraña que se conoce como literatura. Es, precisamente, el caso de Sarmiento y es, con igual claridad, el caso de León Trotsky. Pequeña diferencia: Sarmiento llama a su autobiografía Recuerdos de Provincia, título que induce a creer que va a hablar de otra cosa y de paso también de sí mismo, mientras que Trotsky, al titular directamente Mi vida -después de su proyecto originario: "Medio siglo" había pensado en titular la recuperación de sus cincuenta años-, pareciera que sigue la dirección contraria, hablará de sí mismo y, no tan de paso, también de otra cosa. Y, otra vez, sin embargo: a propósito de la "provincia" Sarmiento hablará de sí mismo y Trotsky, a propósito de sí mismo, hablará de todo lo demás, del mundo y sus alrededores, en su caso de la revolución en general y de la rusa en particular.

INCIDENTE TRAS INCIDENTE. En ambos casos, y seguramente en todos, el dar ejemplo tiene un valor incitativo, esencialmente moral: "hagan lo que yo hice" proclama, lo cual a algunos les abre un camino, a otros los hace sentirse culpables, les pone en evidencia sus limitaciones mientras no pueden no admirar la grandeza que se les presenta ante los ojos. Los primeros creen acceder a ella, para los otros es una gigantesca montaña que no podrían escalar. De modo que para la primera respuesta se constata que hay sarmientistas y trotskistas, puesto que estamos tratando ahora de las autobiografías de ambos; para la segunda tal vez sólo meros lectores, apasionados como es mi caso, pero nada culpables, espectadores nada más de la mencionada grandeza.

De Sarmiento no es el momento de hablar, tal vez porque se ha hablado de él desde hace casi dos siglos. De Trotsky sí porque, como apartando una maleza que lo cubrió durante décadas, ha vuelto a salir de la tumba como un extraño fenómeno de fuerza y para muchos de inspiración. Para éstos, el ejemplo que brinda la autobiografía es exaltante, indica con un metafórico dedo índice proyectado hacia adelante un camino seguro, hasta un modo de vida, por no hablar de un sistema de interpretación que les permite enfrentar dilemas, zonas de acción, luces, en fin, dirigidas a un futuro todavía sin forma pero posible. El ejemplo que resplandece en el texto titulado sin vacilaciones Mi vida puede ser por lo tanto canibalizado y sin duda lo es pero, además, tal vez para pocos, el texto promete muchas otras cosas, no sólo esa tan exaltante apropiación.

De aquellos que ven en esas páginas inspiración y certezas no puedo hablar, no es mi problema; de cómo lo veo yo sí, es mi problema. Por lo tanto, y para empezar, ¿qué (me) promete un libro de quinientas páginas que no obstante es apenas un esquema de una vida que produjo muchísimas más?

Ante todo, y en una aproximación general, más que prometer ofrece algo clarísimo, un vértigo. Incidente tras incidente, el texto se come el tiempo en un doble registro: ante todo, el de acontecimientos históricamente importantes -revoluciones, guerras, cárceles- , la turbación y la promesa que cubre como una capa espesa la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, y, en otro nivel, el de un relato tan afiebrado como de acezante respiración.

Pero ambos registros se entrecruzan de modo que si los acontecimientos se precipitan a lo largo de una vida y tienen el obsesionante aspecto de la insomnia, la escritura, que es como un lugar donde esos acontecimientos se ven, tampoco duerme ni descansa. Así, las imágenes se precipitan, las acciones se perfilan, los actores aparecen y desaparecen en una especie de teatro en el que tiene lugar un drama histórico tan cargado como que contiene el paso de una época a otra, de un sistema que viene durando siglos, pero de cuyo final Trotsky tiene una serena y objetiva, marxista, idea, a uno que está naciendo con dolor y fervor. Y, en ese cruce, la propia vida, con atisbos apologéticos - la reivindicación del papel que le tocó cumplir en grandes cambios históricos- pero casi nunca íntimos, salvo las grandes pérdidas, salvo la pasión por la lectura y el conocimiento que puntúa aún en los momentos más tensos de los que le tocó enfrentar: las huidas en el feroz invierno siberiano, los encuentros con los diplomáticos alemanes para terminar la guerra, la febril construcción de las instituciones del socialismo, los enfrentamientos con los ejércitos blancos. Escenas de película en las que escribe el guión, con minucia y con detalles, como esperando a un buen cineasta o, mientras llega, a un buen lector.

CRÓNICA DE UNA GESTA. Como si se mezclara en su prosa Conrad con Zola el relato de encuentros y enfrentamientos no tiene descanso, es de una intensidad que Conrad o Zola no habían perseguido, muy rara, es una tensión permanente en una atmósfera de vigilia, desgastante e irrenunciable, equiparable a las noches sin dormir en el Kremlin, en el frente de guerra persiguiendo a los blancos, en las agotadoras jornadas de discursos incesantes para animar a la pelea. Alfred Rosmer, que completó el texto a partir del momento en que Trotsky lo interrumpió, o sea todavía en Turquía, rescata, curiosamente, el estilo. Si no hubiera una advertencia del editor argentino podríamos creer que Trotsky relató incluso el episodio previo a su muerte en 1940.

¿Sigue esta autobiografía las reglas que permitieron otras, anteriores, que habrían podido servir de modelo? No parece: se aparta y se singulariza no sólo en el tono sino, sobre todo, en ese desplazamiento de lo personal - la infancia y el aprendizaje- a lo objetivo que no pierde ni por un instante un centro, el narrador que despliega y contiene, describe y explica, juzga y reflexiona. Y, entre lo personal y lo objetivo, crece la figura del escritor, de un sujeto que colocado en la plena historia de la humanidad al mismo tiempo declara sin ambages ni pudores su ser de escritor, su querer ser escritor como una intuición básica instalada en su deseo desde la infancia hasta los momentos más críticos de una vida azarosa, como sólo se pudo haber dado en el Renacimiento o en la conquista de América.

Así, este libro, además de ser un compendio de historia del siglo XX, es también la descripción de una gesta, no medieval, sino de una construcción, la de un hombre en esa procelosa transición de entresiglos. Un hombre que, por no se sabe qué mecanismos o por qué razones, salvo por la llamarada de una conciencia implacable y al mismo tiempo serena y objetiva, se sintió llamado a dar a esa transición una forma que debía durar hasta el fin de los tiempos, culminación de un proceso tan viejo como el tiempo y cuyo actor histórico era un sector humano tan viejo como el tiempo y tan duradero como el tiempo, el proletariado, los pobres del mundo. Lo notable, lo dramático, fue que habiendo iniciado esa enorme tarea, el socialismo nada menos, viendo ante sus ojos la tan ansiada forma, poco a poco lo que veía era que se le iba escapando de las manos y cayendo en las terribles manos de quien terminaría por minarla y finalmente crear las condiciones para su destrucción.

Este libro, su autobiografía, descansa - o se agita- en una doble construcción, la de esa gesta y la de la forma que le daba sentido y sin la búsqueda de la cual la gesta no tendría sentido: no hay distancia en lo que Trotsky elige evocar entre la gesta, su gesta, y el socialismo, o la revolución, que es su objetivo. Ese encuentro tiene en el libro una expresión eufórica y brillante, su escritura está animada por el espíritu propio de ese momento tan trascendente que concluye con la muerte de Lenin, pero adquiere otro carácter, no menos brillante, cuando comienza la demolición del viejo proyecto y nace la Oposición. Ceden los retratos y la evocación de las acciones y crece, en cambio, el examen, el análisis, la previsión y hasta lo que para algunos fue la profecía política más coherente del siglo, sin que desaparezca la ironía y la felicidad de las imágenes.

SEUDÓNIMOS. Todo ese discurso crece en medio de despiadadas persecuciones, asesinatos inclusive, desde el derrumbe en sus posiciones de poder hasta la ignominia del olvido, pero la acumulación de catástrofes no lleva el relato al resentimiento, al odio ni al deseo de revancha o de venganza: todo da lugar a una narración apasionada y apasionante, llena de observaciones insólitas, de un brío sin límite. Frente a la insólita desgracia para alguien que significó tanto para el mundo en el momento de su apogeo, conserva íntegramente una ecuanimidad del mismo calibre que manejaba cuando las horas no eran sombrías y el edificio del socialismo se estaba erigiendo.

Desde la primera infancia, pasando por las diversas cárceles, los viajes de exilio, la dirección de la guerra civil, la larga marcha desde Alma Ata, pasando por Prinkipo, Francia y Noruega, hasta llegar a México, la estación final. No hay lugar para lamentaciones ni quejas, su mirada captura lo que lo rodea, la cara del carcelero, el movimiento del tren, la nieve en la que se hunde, el libro que lo estimula, el carácter de sus conmilitones, el estado de las sociedades, las debilidades de los grupos políticos. Sociólogo y psicólogo, historiador y cronista, todo le funciona en una unidad que sostiene las páginas y en las que nunca se pierde, como si en su cabeza esa extraordinaria variedad estuviera tensa y en movimiento al mismo tiempo. Con todo eso lo que quiere es medios e instrumentos para escribir, el escrito como arma pero también como prolongación de una cualidad o facultad o natural inclinación propia de los hombres del XIX, no intimidados por la diversidad del mundo ni por la noción de cantidad.

Sin duda muchos leerán esta autobiografía con ánimo belicoso, para discutir la versión que Trotsky da de episodios históricos sujetos a controversias tan feroces como que a él le costaron el exterminio de gran parte de su familia, de sus amigos y de su propia vida. No es mi terreno entrar en ellas y pontificar acerca de si acertaba o erraba al examinar el estado del campesinado ruso en la época de la Revolución y otras singularidades o si la industrialización era el camino adecuado o no. No soy quién para darle la razón o discutirle, son otras mis razones para ver en este libro y en otros de sus escritos una sustancia que tiene que ver con una paradigmática, algo así como el fin de una época encarnado en la historia de un protagonista fundamental. Pero también debe haber algo de personal en mi interés por el tema: en un pasaje del libro Trotsky revela uno de los seudónimos que adoptó para evitar un arresto: ese nombre es exactamente el mismo de mi apellido materno pero yo no lo sabía.

MI VIDA, Intento autobiográfico, de León Trotsky. CEIP/Instituto del Derecho al Asilo/Casa de León Trotsky/México, 672 págs. Buenos Aires, 2013. Aún sin distrib. en Uruguay.

Maldito gallo

León Trotsky

Efectivamente era una buena noche, una horrible e impenetrable noche de otoño, una lluvia incesante nos azotaba el rostro y el fango sonaba ruidosamente bajo las herraduras del caballo. Íbamos cuesta arriba; las ruedas derrapaban; el viejo estimulaba al animal con gritos contenidos y roncos, las ruedas se atascaban, el coche liviano se inclinaba cada vez más hacia un lado, hasta que finalmente volcó. Allí había un fango de octubre, profundo y frío. Caí boca abajo, hundiéndome hasta la cintura y para colmo de males perdí mis lentes. Pero lo más terrible fue que, enseguida después de nuestra caída, sonó un grito agudo cerca de nosotros; un lamento desesperado, un pedido de ayuda, una invocación mística a los cielos y era imposible en esa noche negra y lluviosa darse cuenta a quién pertenecía esta voz misteriosa, tan expresiva, y que sin embargo no tenía nada de humano.

-Nos hará fracasar, es lo que yo digo -murmuró el viejo, amargado; nos hará fracasar…

-¿Pero qué es? - le pregunté, conteniendo la respiración.

-Es un gallo, ¡maldigo a este gallo! La patrona me lo dio para el carnicero, para degollarlo para el sábado…

Ahora, los gritos agudos resonaban en intervalos regulares.

-Él nos hará fracasar. Desde aquí hay doscientos pasos hasta el puesto de vigilancia... un soldado va a salir.

-¡Estrangúlelo! - le dije furioso.

-¿A quién?

-¡Al gallo! -¿Y dónde lo voy a atrapar?, debe estar atrapado por algo...

Y los dos nos arrastramos en las tinieblas, hurgando con las dos manos en el fango; la lluvia nos azotaba; maldiciendo al gallo y a nuestra suerte. Finalmente, el viejo alcanzó a liberar a la miserable víctima que se encontraba hundida debajo de mi manta. El ave se calló rápidamente. Levantamos entre los dos el coche y continuamos el viaje. En la estación, tuve tres horas para secarme y limpiarme, antes de que llegase el tren.

(Tomado de Mi vida)

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