EL CASO ELENA FERRANTE

Triunfo del realismo

La autora oculta que cosechó fama, lectores y dinero, pero no logró mantener a salvo su intimidad.

Anita Raja por Ombú
Anita Raja por Ombú
I giorni dell'abandono (2005, dir. Roberto Faenza) sobre novela de Elena Ferrante.
I giorni dell'abandono (2005, dir. Roberto Faenza) sobre novela de Elena Ferrante.
L'amore molesto (1995, dir. Mario Martone), sobre novela de Elena Ferrante.
L'amore molesto (1995, dir. Mario Martone), sobre novela de Elena Ferrante.

En principio este es el caso de una intimidad pisoteada. Pero ya se sabe que la intimidad de los escritores es invadida muchas veces, la mayoría por ellos mismos, otras por sus colegas, periodistas o críticos.De no haber existido ese deseo de revolver en la vida de los otros, hoy todavía el nombre de Elena Ferrante sería un misterio detrás del cual podría esconderse una escritora de prestigio, o un escritor hombre o un equipo de profesionales. Mientras ese anonimato duró pudo observarse un fenómeno conocido como "Ferrante Fever" por el cual las especulaciones no dejaban de surgir y figuras como Alice Munro, Gwyneth Paltrow o Hillary Clinton aparecían como fans de sus historias, o una revista del prestigio de The Paris Review accedía a entrevistar a un autor con pseudónimo y aceptaba hacerlo por interpuestas personas, en ese caso los únicos conocedores de la identidad de Ferrante, sus editores: Sandra Ozzola y su esposo Sandro Ferri, fundadores de Ediciones E/O. Para un siglo XXI donde fenómenos como Facebook, Twitter, Instagram y otros análogos se venden como caminos obligados de desarrollo personal, la existencia de una Elena Ferrante millonaria en ventas y prescindente del halago vacuo era casi un agravio.

INVESTIGACIÓN PERIODÍSTICA.

Hubo varios responsables a la hora de quitar a esta mujer de la sombra cómoda en la que se había instalado, donde no tenía que hacer presentaciones de sus libros, ni dar entrevistas cara a cara, ni hacerse fotos, ni leer en público ni aparecer en los medios, sin siquiera tener que decantarse por el ostracismo antipático de un Salinger o un Pynchon. Ferrante esgrimió el anonimato desde el vamos. El nombre era apenas la firma para un puñado de novelas intimistas escritas bastante mejor que las novelas sui generis del corazón que se venden por pocos pesos en los aeropuertos.

En 1992 había publicado El amor molesto, una historia de rencores filiales que comienza cuando una hija encuentra ahogada a su madre y la escena dispara una búsqueda morbosa a las raíces de esa relación. Fue llevada al cine en 1995 por Mario Martone (L'amore molesto) sin mayor destaque aunque estuvo nominada a la Palma de Oro en Cannes. Los días del abandono (2002) contaba cómo una esposa y madre sobrevivía a la ruptura conyugal, y también en esta ocasión fue adaptada al cine por el director Roberto Faenza (I giorni dell'abbandono). Una tercera novela titulada La hija oscura aparece en 2006 y sigue el deambular de una mujer separada y solitaria. Más tarde las tres novelas conformaron el volumen Crónicas del desamor y de a poco el prestigio de Ferrante se fue consolidando, comenzó a traducirse, etc. En 2003 publicó el ensayo La frantumaglia, una colección de cartas y textos donde en parte explicaba el por qué del anonimato, otorgándole a la obra una iluminación total. Qué necesidad de respaldarla con una cara, una presencia, una actitud. Más aún: en la ausencia de un autor visible la obra podía florecer mejor, sin deber cuentas a nadie, erigida como algo perfectamente solitario y autónomo. Funcionó un tiempo.

Pero entre 2011 y 2014 las cosas cambiaron. A razón de una novela por año, la tetralogía Dos amigas dio la vuelta al mundo facturando millones y puso sobre la mesa la gran pregunta: ¿Quién es Elena Ferrante?, o más bien quién se cree que es para no dar la cara. Dos individuos con mucho tiempo libre, cada uno por su lado, se dedicaron a elucubrar e investigar. El primero fue Tommaso Debenedetti, un periodista autodenominado "el campeón italiano de la mentira" cuya especialidad era vender a los diarios entrevistas apócrifas. Así, fraguó entrevistas a gente famosa como Mario Vargas Llosa, Joseph Ratzinger, Gore Vidal, Philip Roth y decenas de personalidades que jamás lo conocieron, y las publicaba en pequeños diarios locales. El procedimiento no estaba libre de cierto humor, cuanto más que él aseguraba que en Italia era imposible ser un periodista cultural "serio y honrado", y que sus empleadores sabían de sobra que lo suyo era un timo. En ese entendido dudoso de que dos males hacen un bien, Debenedetti iba por la vida haciendo su juego hasta que Philip Roth lo descubrió. A partir de ahí se dedicó a crear perfiles falsos en Facebook y Twitter. En marzo de 2015 crea una cuenta falsa a nombre de Elena Ferrante, revelando lo que según él era un secreto a voces sobre su identidad —una reconocida traductora, esposa de un escritor y editor— y consiguiendo que mucho consumidor de Facebook la felicitara por salir de la sombra.

Mientras tanto un periodista de Il Sole 24 Ore, el romano Claudio Gatti, seguía la ruta del dinero indagando los registros financieros de la editorial E/O y en octubre de 2016 llegaba a la misma conclusión que Debenedetti, demostrando que los pagos de la editorial a la traductora Anita Raja aumentaban significativamente cada vez que Elena Ferrante publicaba. Con esta nueva prueba Debenedetti arremetió con otro perfil falso, esta vez en Twitter, y con la publicación de una entrevista a Anita Raja (que por supuesto nadie creerá que es verdadera). Comenzaron a verse similitudes entre las traducciones de Raja a Christa Wolf y la narrativa de Ferrante, y entre las novelas de esta y las de su esposo, el escritor Domenico Starnone, etc. A lo que parece, evidencias múltiples, intimidad violada y caso cerrado.

TELENOVELA NAPOLITANA.

De las obras de Ferrante la tetralogía Dos amigas es la apuesta fuerte, el emprendimiento de largo aliento que muestra y demuestra en pleno siglo XXI que los macrorrelatos tienen otra oportunidad sobre la tierra (y que los puede escribir una mujer).

Compuesta por cuatro libros que suman casi dos mil páginas, la saga de Ferrante, ambientada en Nápoles, comienza en cada volumen con una ficha técnica sobre los personajes principales, organizados por familias. Es la presentación socioeconómica de una clase media heterogénea, donde están las familias del zapatero remendón, el conserje, el verdulero, el carpintero y, un poco más preocupadas por escalar, las de los comerciantes o la del ferroviario escritor; y de una clase media más acomodada por lo menos culturalmente representada por una serie de maestros y profesores. En el arranque del primer libro, La amiga estupenda, el ritmo puede parecer lento y los personajes demasiados para ser retenidos, pero esa impresión desaparece pronto y enseguida cada personaje y familia y sus inevitables y posteriores cruzamientos se identifican con facilidad.

Igual que sus novelas anteriores, la tetralogía está narrada en primera persona por la protagonista principal. Elena Greco, la hija del conserje nacida en 1944 y apodada Lenù, es quien cuenta la historia. Que es, ante todo, el largo relato de la amistad que la une con Raffaella Cerullo, la hija del zapatero, a quienes todos llaman Lina y solo la narradora le dice Lila. Lenù y Lila sostienen un relato que aglutina mucho más que un folletín sentimental bien llevado en el que se respira cotilleo, intriga, suspenso, amores contrariados y yuntas inesperadas. Detrás de eso hay un telón más amplio de violencia de género, corrupción política y crimen organizado, al que vamos asistiendo con la misma ingenuidad, cautela y finalmente certeza que la narradora.

La amiga estupenda tiene en rigor dos puntos de partida: la desaparición de Lila ya vieja, en 2010, y el inicio del largo flashback que contendrá toda la historia y que comienza con Lila y Lenù niñas, jugando y perdiendo sus muñecas y estableciendo ya las diferencias entre ambas. Una Lila —desde la mirada de su amiga, claro está— combativa, prepotente, manipuladora, tenaz, expeditiva, seductora; y una Lenú sumisa, de autoestima baja, preocupada por gustar. La medición entre ambas nunca termina y ese es uno de los puntales de la trama. En ese primer libro conocemos a Achille Carracci, dueño de una charcutería en quien las niñas ven al ogro de los cuentos; a Donato Sarratore, un revisor de tren con ínfulas de poeta y cuyo hijo Nino será pieza fundamental de la saga; a los hermanos Marcello y Michele Solara, dueños del bar-pastelería, personajes oscuros; a un par de personajes trágicos en su vulnerabilidad: Melina, la amante abandonada de Donato Sarratore, y Pasquale, el hijo de un carpintero comunista que muere en prisión acusado de asesinato; o al verdulero Enzo Scanno, personaje que crece en libros posteriores hasta enriquecerse con el advenimiento de las computadoras e Internet.

El segundo libro, Un mal nombre, se centra en la adolescencia de las muchachas y su despertar a la adultez. Vertiginoso en el caso de Lila, que pese a su inteligencia no sigue los estudios y se casa con un Carracci para convertirse en una señora rica, pero pronto se hace amante de otro personaje principal; más lento en Lenù, que llega a ser universitaria, pierde la virginidad de un modo revanchista, dilata un casamiento que parece perfecto y empieza a atisbar su éxito literario. Buena parte de este libro transcurre durante unas vacaciones en Ischia y hay un tono de presagio amargo dentro de la liviandad que recuerda al de Martin Amis en La viuda embarazada (salvando las distancias, para empezar, entre los personajes de sangre hipercaliente de Ferrante y los adolescentes conflictivos y larkinianos del inglés).

En Las deudas del cuerpo, tercer volumen de la saga, Lila pasa de trabajar en una fábrica de embutidos a desarrollar sus habilidades en el mundo de la electrónica y las primeras computadoras personales, al tiempo que Lenù alcanza gloria como escritora pero replica en varios sentidos (que no conviene contar) la ruptura matrimonial de su amiga años atrás. La niña perdida, cuarta y última instancia, contiene cierres luctuosos a varias historias y revelaciones sobre otras. El relato se mueve guiado por un zoom que ya no muestra cada árbol en su pequeña dimensión trágica o dichosa sino la totalidad de un bosque donde los modelos se repiten y el destino se encarga de bajar soberbias y vanidades. En estos dos libros la realidad histórica comienza a pesar de otra manera, quizá porque los personajes están en condiciones de observarla: la resaca de los años sesenta, las luchas políticas y sindicales, la corrupción y el despliegue mafioso de grandes fortunas, la llegada del SIDA, el destape gay, el asesinato de Aldo Moro, el terremoto de 1980, etc.

GÉNERO Y VIOLENCIA.

En una de sus lecturas básicas, la saga Dos amigas es a varios niveles el enfrentamiento entre un orden viejo y uno nuevo. Tanto Lila como Lenù subvierten el mundo masculino. Lenù desde un espacio intelectual ganado a pulmón y Lila desde su absoluta desconsideración a ese orden, que la lleva a enfrentar al padre, al marido, al amante, a los mafiosos del barrio y a dejar entrar en su vida —y por un tiempo— al único que no va por el camino de la prepotencia o el engaño. "Nos habíamos criado pensando que un desconocido no debía rozarnos siquiera, pero que nuestro padre, nuestro novio y nuestro marido podían darnos bofetadas cuando quisieran, por amor, para educarnos, para reeducarnos": esa máxima se hace carne de un modo u otro en todas las mujeres de una historia donde campean el sometimiento, la humillación, el ninguneo, el abuso psicológico y físico y la violación. Por otra parte, si bien ambas cumplimentan las etapas tradicionales del "ser mujer" (casamiento, hijos) fracasan ruidosamente en las dos, y lo mismo cuando apuestan todas sus fichas a la adrenalina del adulterio, seducidas por la idea del amor novelesco. Es interesante la visión descarnada que da Ferrante sobre la sexualidad femenina, en apariencia liberada y satisfactoria, pero que a poco que se rasca en los personajes deviene puro instrumento (social, afectivo, económico) y no pocas veces esconde anorgasmia y asco.

Otra lectura tiene que ver con los cambios sociales que estas novelas registran. Al comienzo están ambientadas en una Nápoles de mitad del siglo veinte, donde las vidas se vivían y dirimían en una cierta endogamia pueblerina y la economía se basaba en oficios. Hacia el final ese orden también se modifica dejando por un lado líneas de miseria, por otro la plata fácil de la droga y el crimen organizado, y por otro la explosión tecnológica que permite a algunos dar el salto inteligente a la prosperidad. Los estudios se confirman como un separador social, clarísimo en el caso de Lenù, orgullosa por un rato de obtener "un espacio mío, una cama mía, un escritorio mío, una silla mía, libros, libros, una ciudad en las antípodas del barrio y de Nápoles". Sin embargo, incluso la salvación por la escritura, que parece triunfar en determinados tramos de la saga, cae dentro del tono general de decadencia y caída, algo que Lila percibe en toda su magnitud, en tanto Lenù lo barre una y otra vez bajo la alfombra.

Menos trabajado, apenas con la figura que encarna el narcisista Nino Sarratore en su veta de diputado, está el costado político de la historia napolitana. La violencia que circula a lo largo de la saga y que se va pautando lentamente a través de asesinatos y desapariciones nunca resueltos, viene de lo profundo de los hogares y contamina la propia relación de las protagonistas. El gran tema de la amistad que vertebra la obra no incluye solo la complicidad, admiración y afecto entre Lenù y Lila, sino también una interminable competencia hecha de envidias, celos, vanidades, rivalidad intelectual, amorosa y estética e incluso, al final, cuando una opta por el ostracismo y la otra por la visibilidad, una sorda batalla por ver quién es más resiliente.

COMEDIA HUMANA.

Correcta y entretenida, la narrativa de Ferrante se luce sobre todo en su capacidad de estructurar, levantar un tinglado y mover con soltura decenas de personajes, seguirlos en el tiempo, establecer paralelismos y no perder de vista que bajo la historia principal corren muchas otras. El trazado de personajes, los diálogos, las anécdotas y el juicio sobre las mismas es otro de los aciertos narrativos de la autora napolitana. No tiene tanta llegada cuando se pone poética y larga frases como esta: "las olas rodaban como tubos de metal azul llevando en lo alto la clara de huevo de la espuma". En otras imágenes menos rebuscadas vuelve a lucirse: "del cuerpo en movimiento de Lila había comenzado a emanar algo que ellos notaban, una energía que los aturdía, como el ruido cada vez más cercano de la belleza que está por llegar". El acento está puesto en la trama y en su visión crítica, conceptual y profunda de la naturaleza humana, de la cual tiene para decir muchas cosas, siempre desde una lente cauta y en esencia pesimista, cuando no trágica. El ritmo no es trepidante pero tampoco se estanca y si algo hay que aplaudirle es el permanente fluir de la trama dentro del realismo social y psicológico. Consigue hacer interesante tanto el armado de un zapato como los inicios de algún personaje en el mundo de la informática, y sin embargo, todo el tiempo, sabemos que lo único que importa es el corazón y el bolsillo de los personajes, sus vaivenes sentimentales y los juegos de poder. Hay una clara preferencia por los personajes femeninos (no solo las protagonistas: también sus madres, sus hijas, sus hermanas y amigas o vecinas), y un total antimaniqueísmo para elaborarlas: son más complejas que una definición de machismo, feminismo, rebeldía, sumisión, etc.

La elección de Anita Raja (nacida en 1953, según se consigna en páginas de internet) de permanecer anónima no fue respetada. Sin embargo, los libros siguen siendo de Elena Ferrante (n. 1943), y todo indica que el pseudónimo puede ganar la partida. En efecto, el mundo que la autora describe y plasma no parece precisar un marco biográfico determinado y la experiencia de leerla sin esos bastones puede ser la misma o similar a cuando en el siglo XIX —sin internet, sin la parafernalia del mundo al instante— se leían los grandes relatos de Balzac, Tolstoi o Dostoievsky, parapetados detrás de un nombre que para el común de la gente era idéntico a su escritura y a nada más.

En el juego de la literatura ya no hay nada nuevo. Tal vez solo la "cuestión homérica" y la identidad de Shakespeare están en entredicho aún y a saber por cuánto tiempo. De ellos para acá los lectores han asistido sin estrés a la presencia de los ghost writers (hasta el genial Alejandro Dumas padre tenía varios a su servicio); de genios que se esfuman (Arthur Rimbaud); de personalidades inciertas — ¿quién fue en realidad B. Traven?—; de escritores tan prolíficos que necesitan vender bajo otros nombres (caso mayor el de Stephen King); de escritores que dicen "no" y se manejan a su aire (Salinger corriendo a los fotógrafos o una Elfriede Jelinek que por fóbica no va a recoger el Nobel, por ejemplo); de múltiples heterónimos (el portugués Pessoa se inventó unos setenta y pico de los cuales tres fueron famosos); o de fraudes tan sonados como el de J.T. Leroy, personalidad ficticia de chico abusado inventada por la escritora Laura Albert, etc. De todo eso, si queda algo más allá del chusmerío instantáneo, es la escritura.

Esa es la apuesta de Elena Ferrante, contra la que ningún par de periodistas podrá borrar ni una línea, y menos en la fenomenal y burda excusa de que "el público quiere saber".

TETRALOGÍA DOS AMIGAS integrada por LA AMIGA ESTUPENDA, UN MAL NOMBRE, LAS DEUDAS DEL CUERPO y LA NIÑA PERDIDA, de Elena Ferrante. Lumen, 2016. Montevideo, 386 págs., 554 págs., 477 págs. y 538 págs. Traducción de Celia Filipetto. Distribuye Penguin Random House.

RECUADRO

Eslabones.

Elena Ferrante

En una palabra, cada año me parecía peor. En aquella época de lluvias, la ciudad había vuelto a quebrarse, un edificio entero se había inclinado de lado como una persona que se apoya en el brazo de un viejo sillón y el brazo cede. Muertos, heridos y gritos, palizas, cartas bomba. Era como si la ciudad guardase en sus vísceras una furia que no conseguía salir y por eso la erosionaba, o estallaba en pústulas en la superficie, henchidas de veneno contra todos, niños, adultos, ancianos, gente de otras ciudades, norteamericanos de la OTAN, turistas de todas las nacionalidades, los mismos napolitanos. ¿Cómo se podía resistir en aquel lugar de desorden y peligro, en los suburbios, en el centro, en las colinas, al pie del Vesubio? Qué fea impresión me había causado San Giovanni a Teduccio, el viaje para llegar hasta allí. Qué fea impresión me había causado la fábrica donde trabajaba Lila, y la propia Lila, Lila con su hijo pequeño, Lila que vivía en un edificio miserable con Enzo aunque no durmieran juntos. Me había contado que él quería estudiar el funcionamiento de los ordenadores y ella intentaba ayudarlo. Se me había quedado grabada su voz que trataba de borrar San Giovanni, los embutidos, el olor de la fábrica, su condición, citándome con fingida pericia siglas como: Centro de Cibernética de la Universidad Estatal de Milán, Centro Soviético para la Aplicación de los Ordenadores a las Ciencias Sociales. Quería hacerme creer que no tardaría en crearse un centro así también en Nápoles. Y pensé: en Milán, a lo mejor, en la Unión Soviética seguramente, pero no aquí, aquí son locuras de tu imaginación desbocada a las que también estás arrastrando al pobre y leal Enzo. Mejor irse. Marcharse definitivamente, lejos de la vida que habíamos experimentado desde el nacimiento. Establecerse en territorios organizados donde de verdad todo era posible. Y me largué, vaya si me largué. Aunque para descubrir en las décadas siguientes que me había equivocado, que se trataba de una cadena con eslabones cada vez más grandes: el barrio remitía a la ciudad, la ciudad a Italia, Italia a Europa, Europa a todo el planeta. Hoy lo veo así: no es el barrio el que está enfermo, no es Nápoles, sino el planeta, es el universo, o los universos. La habilidad consiste en ocultar u ocultarse el verdadero estado de las cosas. (tomado de Las deudas del cuerpo)

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