JORGE LUIS BORGES SOBRE EL TANGO

Tres miradas para un libro polémico

El tango, ese “reptil de lupanar”, siempre vuelve y desacomoda. Opinan Fondebrider, de Marsilio y Morena.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Dibujo de Ombú

DESDE hace ya varios siglos el arte no es patrimonio de los creadores, sino de los intermediarios. Productores discográficos y cinematográficos, editores de libros y galeristas son los que se llevan la parte del león y quienes imponen entre el público a tal o cual músico, director de cine, escritor, artista plástico o espectáculo teatral, apelando a criterios muy diversos que no excluyen el esnobismo y la estupidez. A veces esos intermediarios representan a algo que se nombra "la industria" y es ahí donde todo empieza a oler mal. Una novela, un cuento, un poema, una sinfonía o un cuarteto de cuerdas se escriben, no se producen. Y lo mismo podría decirse de un cuadro que se pinta, una foto que se saca, etc.

A su vez, los usos y costumbres de la industria —que supone costos y beneficios— prodigan toda suerte de anomalías. Un músico que graba un disco genial en el año 1970 no tiene por qué grabar otro igual de brillante a razón de uno por año y medio a lo largo de tres décadas. La industria necesita decir que siempre es genial, aunque la genialidad haya quedado atrás. Hoy pocos de los consagrados vivos pueden cantar, y lo más sustantivo de sus extraordinarias creaciones está en el pasado. Paul Simon, en cambio, se animó a decirle a Allan Jones, director de la revista británica Uncut: "Si uno no desaparece o se muere, termina siendo una leyenda". Eso, que es probablemente cierto, no justifica el gasto.

En el caso de aquéllos que ya murieron, resulta a veces increíble ver cómo la industria raspa el fondo de la olla para ver qué sale. Mucho tiempo después de la muerte de Jimi Hendrix, Jim Morrison o John Lennon, para nombrar a unos pocos, continúan apareciendo inéditos de ellos. Algunos son conciertos no editados oportunamente; otros, apenas requechos: emisiones radiofónicas de sonido dudoso, ensayos grabados y en su momento destinados al olvido, demos, etc. En ocasiones incluso hay sorpresas, como cuando aparece un Matisse robado por los nazis, o los 26 minutos perdidos —y encontrados— de la película Metrópolis (1927), de Fritz Lang. No es éste el caso del libro El tango, Cuatro conferencias de Jorge Luis Borges (2016), volumen anunciado con bombos y platillos que reúne conferencias que el autor argentino ofreció todos los lunes de octubre de 1965 en un departamento privado de Buenos Aires, con el único objeto —perfectamente lícito— de hacerse de unos pesos.

MÚSICA Y CONFESIONES.

Hay varias versiones de la historia. La editorial prefirió quedarse con la que propone el editor anónimo de este libro: las conferencias provienen de unos cassettes llevados a España por el productor musical Manuel Román Rivas, entregados en 2002 por un tal José Manuel Goikoetxea al escritor vasco Bernardo Atxaga, quien confirmó su autenticidad a través de uno de los muchos biógrafos de Borges. Luego se las entregó a su amigo César Antonio Molina (director de la Casa del Lector de Madrid), quien se las mandó a su amiga María Kodama. Luego se le entregó el material a Martín Hadis —ubicuo hagiógrafo de Borges— quien fijó el texto y le prodigó 129 notas, no todas necesarias.

En las décadas del veinte y treinta del siglo XX, a partir de la escritura del cuento "Hombre de la esquina rosada" (publicado con variaciones en 1927, 1928 y 1933, hasta alcanzar su versión definitiva con su inclusión en Historia universal de la infamia, de 1935), del singular ensayo Evaristo Carriego (1930) y de diversos textos distribuidos en publicaciones periódicas, Borges creó toda una mitología que fue rápidamente adoptada por locutores y público. El propio autor abjuró de ella más adelante (aunque no tanto, ya que en 1945, conjuntamente con Silvina Bullrich publicó El compadrito. Su destino, sus barrios y su música, una antología de textos propios y ajenos sobre tales personajes). Esa mitología incluía a la milonga que, como es sabido, precede al tango. Pero a medida que avanzaba el siglo, el tango y fundamentalmente el tango-canción fueron ocupando cada vez más espacio, relegando la milonga a los arrabales del folklore.

Borges no sabía de tango más que cualquiera. De hecho, hay muchas pruebas que demuestran que sabía muy poco de música en general, empezando por su propia confesión, realizada en una conferencia pronunciada en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid el 24 de abril de 1973, donde explica que dejó de lado el verso libre fundamentalmente para no tener que lidiar con la música. Entonces, descartada ésta, sólo quedan las letras. Y acá, se sabe, él mismo estableció una clara diferencia que no se cansó de repetir a lo largo de su vida y que se puntualiza con toda claridad en una entrevista con Armando Otamendi, en el diario La Razón, del 29 de septiembre de 1985: "El tango me desagrada, pues es una decadencia de la milonga. La milonga es más bien un desafío, mientras que el tango es muy sentimental y yo detesto lo sentimental. Como dicen en Brasil, el tango es el lamento de los cornudos". Los términos de la cita pueden comprobarse en una infinidad de entrevistas análogas donde una y otra vez declaró cuáles eran los pocos tangos que le gustaban —"El pollito", "El apache argentino", "Una noche de garufa"— y los muchos que le desagradaban —"La cumparsita", "A media luz", "Caminito", "Esta noche me emborracho", "Organito de la tarde". Llamó a esa música "vulgar".

Lo valioso del libro es, posiblemente, su naturaleza digresiva, que es lo que uno disfruta en todas las conferencias de Borges y en los ya muchos libros de conversaciones existentes. Así, quien busque tango, se encontrará también con la gauchesca, Walt Whitman, la literatura escandinava, Leopoldo Lugones, Ricardo Güiraldes, Adolfo Bioy Casares y el resto del elenco estable borgeano. Pero no hay que perder de vista que éste no es un libro aprobado por Borges —quien, dicho sea de paso, tampoco aprobó la reedición de Los himnos rojos, El tamaño de mi esperanza e Inquisiciones—, sino la transcripción de unas charlas que tuvieron como excusa una versión sui generis del tema, amparada por la reputación del escritor.

Resulta curioso que, considerando las muchas conferencias de Borges desperdigadas en cientos de medios del mundo entero, o la gran cantidad de entrevistas publicadas en revistas de muy difícil acceso, se decida sacar un libro con estas conferencias que se anuncian como "un encuentro prodigioso entre Borges y el tango", sin serlo.

A los lectores, entonces, corresponde evaluar si vale la pena o no hacer el gasto. 

RECUADRO 1.

Luces y sombras.

Juan de Marsilio

Las charlas de Borges acerca del tango son una victoria del azar sobre el tiempo. El escritor aclara que lo central de estas veladas será la rememoración de lo descubierto en su año de investigaciones sobre el poeta Evaristo Carriego y los orígenes del tango. Había obtenido el segundo premio de literatura de la Municipalidad de Buenos Aires, en 1929, que cuajaría en su Evaristo Carriego de 1930. No menor es el rescate que el poeta hace de algunas amistades de juventud, en especial don Nicolás Paredes, quien conocía de primera mano el mundo de los cuchilleros, por haber sido guardaespaldas de algunos caudillos conservadores a inicios del siglo XX.

Dos cosas no deben esperarse de este libro. Por un lado la precisión del Borges ensayista, porque el autor ya había fallecido cuando se decidió preparar la impresión de estos textos, orales en su origen. Esta versión no omite repeticiones ni repara los errores de un Borges que se cita y vuelve a citar a otros autores de memoria, salvo en las notas al pie, oportunas y precisas, a cargo de Martín Hadis.

Tampoco hallará el lector una historia del tango en cuatro charlas, porque Borges era el primero en ser consciente de que tal cosa es imposible. Lo que sí aborda son los orígenes del tango, en ambas orillas del Plata, pero sobre todo en una Buenos Aires que ya no era la "Gran Aldea", pero en la que no quedaban muy lejos los suburbios y sobre todo las "casas malas", los lupanares donde surgió en un mundo de compadres, "niños bien" patoteros, que se atrevían a boxear contra los cuchilleros. No faltaban las mujeres de la vida, no sólo criollas, sino también francesas y polacas.

La riqueza del libro es Borges mismo. Es sabio para elegir y narrar las anécdotas con que ilustra sus hipótesis (más valiosas a veces que la idea que sustentan). Es pudoroso en la evocación nostálgica de personas y tiempos idos mientras añade la justa pincelada de humor y picardía. Como cuando tilda de "inefables" a las letras obscenas de los primeros tangos prostibularios, o "deschava" a Lugones, que en público despreciaba al tango pero en privado no tanto (cita estos versos con los que Lugones parodiaba a Contursi, muy jocosos: "Acordate de la cruz/ que te regaló tu hermano/ y del huevo de avestruz/ sobre la mesa de luz, / que era un cajón de Cinzano."). Y deslumbra de pronto por las inesperadas vinculaciones de lo tanguero con otras culturas —la épica escandinava, por ejemplo— o por las súbitas digresiones de tono y hondura, tanto poéticas como filosóficas.

Si el lector aspira a comprender la atmósfera inicial del tango, la del tiempo en que se tocaba con piano, violín y flauta, antes de ser aceptado como canción y baile de salón por las clases decentes —adineradas y humildes— este libro le resultará excelente como punto de partida.

RECUADRO 2.

Del primer Borges.

Daniel Morena

Hacia 1930 tuvo ocasión de conocer a los hombres del primer tango, entrevistar músicos, compositores, compadritos, y conversar con ellos, ya viejos, remontando una historia hacia el origen. Aquel Borges no era el que conocemos sino otro, muy distinto. El Borges de ahora gravita más allá de la literatura, está citado en 4.200 artículos en la Web of Science, y por matemáticos, físicos de la cuántica y filósofos de diversa escuela y escala. Pero aquel de entonces era un poeta conocido por pocos, muy pocos, con un par de libros publicados y un segundo premio municipal ("el premio que más me ha emocionado en la vida"), consistente en tres mil pesos, y con el cual financiaría "un año sabático" para estudiar la obra de Carriego. "Naturalmente, el tema de Carriego me llevó al tema del tango, y me puse a investigar".

Muchos años después la nostalgia llevaría a Discépolo a decir que "El tango es un pensamiento triste que se baila", y a Borges a contradecirlo: "Como si la música saliera del pensamiento: y no de emociones...". Pero en la primera época, entre 1880 y 1890, la música del tango era la alegría que proviene de la milonga. El tango del principio se tocaba con piano, flauta y violín y recién muchos años después entrarían el bandoneón y la guitarra, ameritando lo que Borges llama "Un tango llorón".

El tango había nacido en "las casas malas" prohijado por el compadrito —cuyo oficio eran las mujeres, ocasionalmente guardaespaldas, cuchillero, bailarín—; "el niño bien, patotero, un personaje un tanto olvidado acaso por afán demagógico [es el que contribuye más, con algunos directores de orquesta, a la difusión mundial del tango. Para los compadritos representaban una especie de hombre milagroso, puesto que peleaban sin armas]"; y "la mujer de la vida". En el principio las mujeres del pueblo no lo bailaban (en el conventillo se prohibía el tango con cortes), pues conocían "la raíz infame". Tiempo después el tango viajaría a Europa "y cuando el baile fue aprobado y adecentado en París [volvió sin cortes, sin quebraduras, siendo un paseo voluptuoso] el Barrio Norte [la gente bien], lo impuso a la ciudad de Buenos Aires".

Muchos años después el cine inventaría que el pueblo impuso el tango a la clase alta. Según Borges, ocurre exactamente lo contrario. "Es decir, contrariamente a esa suerte de novela sentimental que han hecho los films, el pueblo no inventa el tango, el pueblo no impone el tango a la gente bien". Si hubiera sido un baile orillero, "su instrumento habría sido la guitarra [el instrumento popular por excelencia]", y no "piano, flauta y violín, que pertenecen a clases económicas superiores". Esta música, que también es un baile, nació bajo el mismo sino que el jazz en los Estados Unidos. En el burdel, donde los hombres (además) "iban a tomar una cerveza, y a jugar a la baraja…".

Lugones lo dijo para siempre: el tango, "ese reptil de lupanar".

EL TANGO. Cuatro conferencias, de Jorge Luis Borges. Sudamericana, 2016. Buenos Aires, 160 págs.

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