tribunales de inquisición en brasil

Terror divino en portugués

En el Brasil del siglo XVIII muchos infelices sufrieron el tormento del potro y fueron quemados en la hoguera. En un detallado libro Nathan Wachtel aborda estos complejos procesos donde la herejía era pecado y delito.

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Inquisición

Inquirir significa averiguar. La Inquisición sabía cómo hacerlo. Con método minucioso, casi científico, los funcionarios del Santo Oficio manejaban archivos, cotejaban datos, interrogaban y reinterrogaban, atentos a la menor contradicción, buscando confesiones creíbles.

Por eso el título del libro, La lógica de las hogueras: el tormento en el potro y la hoguera del auto de fe, aunque crueles, tenían su lógica como parte de un efectivo engranaje de terror que funcionó por varios siglos en España, Portugal y sus colonias. Sorprende la brevedad de las sesiones en el potro, y que el tormento no buscara tanto condenar sino “purgar” incongruencias menores del expediente (si el reo no se desdecía en el potro, probaba su buena fe).

Ambos reinos eran cristianos: la herejía era pecado y delito. Los herejes más perseguidos eran los “marranos” o “judaizantes”, es decir, los judíos conversos al catolicismo que en secreto mantenían su antigua fe.

Las conversiones, libres al principio, habían permitido el ascenso social a los “cristianos nuevos”. Esto provocó envidia y avivó la judeofobia. Para muchos los judíos descendían de los asesinos de Cristo, aquellos que en Jerusalén entregaron a Jesus a los romanos para su crucifixión. Su culpa devino racial, más que religiosa. Estos cristianos nuevos seguían siendo judíos de raza. Por esos se los perseguía por generaciones, y hubo “marranos” juzgados varias veces. Wachtel, autor del libro, ve ahí una raíz del moderno antisemitismo que culminó en el Holocausto.

Hogueras brasileñas

El autor estudia varios juicios de la inquisición portuguesa, a principios del Siglo XVIII. La mayoría de los casos ocurrieron en Brasil, donde el Santo Oficio tenía “comisarios” y “familiares” que investigaban y arrestaban, pero los tribunales estaban en Lisboa. Allí, a veces por años, se sucedían interrogatorios confesiones. También, anticipándose a las cárceles panópticas de los siglos XIX y XX, se espiaba al reo por mirillas ocultas. El preso no lo sabía y, creyéndose a salvo, practicaba en su celda ayunos y rituales judaicos. Luego, cuando por caridad – entendida en sus términos – el inquisidor orientaba de modo velado sobre esos hechos, para que el reo los confesara arrepentido y se salvase, el pobre no sabía qué confesar y denunciaba hasta a sus seres más queridos. Pero era en vano.

La mejor estrategia ante un primer proceso era la acusación recíproca entre el círculo cercano: todos se denunciaban entre sí, abjuraban y escapaban de la hoguera. La denuncia cruzada era la única lealtad posible. En algunos casos esto se descontrolaba y el preso hacía denuncias profusas e inútiles. Y los inquisidores siempre estaban atentos a incongruencias y nuevos indicios.

Ante futuras denuncias, tras haber eludido la hoguera, había que negar: la confesión probaba la falsedad del primer arrepentimiento. No confesar ante una primera acusación solía llevar a la hoguera: era señal de judaísmo pertinaz del acusado, al que ya cercaban una serie de confesiones de sus seres queridos. Ni siquiera se aplicaba tormento.

Watchel no excusa la judeofobia de la Inquisición. Pero argumenta que era parte del sentido común de la época. Da pruebas sólidas de la eficacia inquisitorial y de que el hombre del Santo Oficio –igual que los burócratas nazis estudiados por Hannah Arendt– no se cuestionaba, pues estaba seguro de cumplir su deber para con Dios y el Rey.

Este trabajo homenajea a los miles de “marranos” que, tras dos siglos de persecuciones, sin sinagogas ni rabinos, guardaban como podían “la fe del recuerdo”.

LA LÓGICA DE LAS HOGUERAS, de Nathan Wachtel. Fondo de Cultura Económica, 2014. Buenos Aires, 267 págs. Distribuye Gussi.

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