Último Hanif Kureishi

En la superficie

Novela sobre la vejez de un escritor. Un retrato sobre cómo el mundo ve o quiere ver a un artista cuando pasa el tiempo.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Hanif Kureishi

INVARIABLE y apresuradamente cada nuevo libro de algún integrante del dream team británico es saludado como el mejor de su cosecha. No sería descabellado suponer que fuera así, considerando que la mayoría (McEwan, Amis, Barnes, Ishiguro, Kureishi, Rushdie) partieron de bases firmes con narrativas que abrevaban en y se despegaban de la tradición inmediata, y que insuflaban aire nuevo en la prosa de la isla.

Hoy todos suben de los sesenta años, y aunque ninguno es muy prolífico mantienen una producción constante, una narrativa correcta y el marketing suficiente para seguir "representando" a Inglaterra en el mercado de los bienes simbólicos. Entre otras cosas, eso puede significar que escriben de lo que hay que escribir o de lo que está en el candelero, pero también que el riesgo de sus apuestas disminuye con el tiempo. El caso más notorio es el del anglo pakistaní Hanif Kureishi (Londres, 1954), que ha venido decayendo en cada entrega desde que hizo el guión para Mi bella lavandería (dir. Stephen Frears, 1985), la novela El buda de los suburbios (1990), los libros de cuentos Amor en tiempos tristes (1997) y Siempre es medianoche (1999), y la nouvelle Intimidad (1998). Su reciente novela, La última palabra, trata sobre escritores y vejez, biografías y dinero.

LA MESA LIMÓN.

En principio el asunto que bordea es interesante, por lo menos para los escritores, o para quienes se sienten atraídos por el devenir de la creación en relación con el paso del tiempo y con el misterio de la recepción, cómo el mundo ve o quiere ver al artista. La dupla protagónica de La última palabra contempla ese escenario: Harry Johnson es un aprendiz de treinta años metido a escribir la biografía de un escritor consagrado, y Mamoon Azam es el angloindio septuagenario casado con una mujer más joven, viviendo en una casa de campo, agotado creativamente y con dificultades económicas, para quien una biografía oportuna levantaría las ventas. Entre los dos se sitúa un personaje que Kureishi increíblemente abandona, el del editor que viene a contemplar con sus exigencias tanto las supuestas veleidades de un público que quiere morbo como la rentabilidad de su negocio. Alrededor se sitúan otros personajes que son poco más que satélites aportando a diálogos filosos (lo mejor del libro, por otra parte, en eso sí en la mejor tradición de la novela inglesa): la esposa italiana de Azam, su ex amante colombiana, las dos novias de Harry, etc.

Se dijo por ahí que en la figura de Azam hay un retrato solapado del premio Nobel V.S. Naipaul, escritor británico de origen indio y nacido en Trinidad, a quien el escritor e historiador Patrick French (1966) le escribió en 2008 una monumental biografía (autorizada) titulada en español El mundo es así. En ella rendía tributo a la mala fama de Naipaul, su hosquedad con la prensa, sus ofensivas contra las escritoras en general y su reputación de esposo desamorado capaz de llevar por décadas una vida paralela, pero también su ubicación literaria como uno de los grandes escritores vivos del siglo veinte. Y todo eso aparece en la construcción del simpático y a la vez insufrible Azam, en su defensa explícita de un elitismo cultivado y su desprecio a toda forma de corrección política; más allá de lo que haya de proyección del propio Kureishi, que nunca ha tenido reparos en colocar en la ficción, apenas disimulada, su propia vida y la de su familia.

En el libro hay por lo menos dos aristas atractivas: la que analiza qué tan ricos creemos que son los escritores exitosos y cuánto lo son en realidad; y la que muestra cómo se construye la imagen del escritor por fuera de las consideraciones de la escritura. El escritor estrella, representante de una especie a la que ya no es que se le perdonen "debilidades" (sexo, droga, locura, etc.), sino que se le exigen. Como si el malditismo fuera el baremo y no conviniera alejarse mucho de sus escalas.

Un abordaje de esa naturaleza era el que proponía también J.M. Coetzee en la novela Elizabeth Costello (2003). Allí la ficticia escritora australiana Elizabeth Costello asiste a una serie de devoluciones sociales de lo que ha sido su paso por el mundo de la literatura: recoge un premio, da charlas en un crucero de lujo, visita una universidad, va a África a ver a su hermana misionera embanderada en la lucha contra el SIDA, da una conferencia en Amsterdam, etc. Todos esos mojones, que son como luces que se encienden y se apagan sin remisión y con la certeza de que es "para siempre" (Elizabeth tiene casi setenta años) vehiculizan la realidad amarga de esa mujer, no solo en lo que hace a su vida personal sino y sobre todo a sus ideas, aquello por lo que ha luchado y donde se ha movido como pez en el agua y que de pronto vacila, se convierte en terreno de nadie, pasible de abucheos o aplausos débiles y de su propia duda y sensación de fraude. Ahí está en todo su esplendor la "mesa limón" de la que hablaba Julian Barnes en su libro de cuentos sobre la vejez (La mesa limón). Sin escatimar ironía, sarcasmo, agudeza de diálogo, el diente se hinca donde duele.

SUPERFICIES.

Pero donde el Nobel sudafricano calaba hondo, Kureishi explora superficies. Y no es solo porque el tono de comedia o la pátina ingeniosa que despliega lo condicione; ahí están en el ayer cercano dos compañeros generacionales que también a paso de comedia más o menos de espionaje o más o menos negra lograron mejores resultados: Ian McEwan con Operación Dulce (incluso ambas novelas tienen una vuelta de tuerca análoga, además de que hacen más que sendos juicios cotilleos interesantes sobre la literatura inglesa y sus autores), y Martin Amis (que siempre renace, no se sabe bien cómo) con Lionel Asbo. El estado de Inglaterra (2012) que aunque la pifia bastante al final, logra dar un pantallazo siniestro y conmovedor de cómo está efectivamente su país, degradado por la cultura sensacionalista del tabloide, por la delincuencia y la pérdida de valores.

La dupla Azam-Johnson de La última palabra muestra algo de eso en su conformación especular y complementaria que habla del paso del tiempo y el adelgazamiento (o no) cultural, y consigue sus mejores momentos de intercambio en los diálogos, más que cuando el narrador omnisciente aclara y declara lo que piensan y lo que son los personajes. Es obvia la predilección de Kureishi por el viejo cascarrabias Azam y su espíritu en cierto modo incontaminado, además del peso polémico, ya no transgresor, de lo que pone en boca de él cuando habla de literatura, mujeres, política. Pero es obvia asimismo su toma de partido final por cierta complacencia universal cuando luego de insinuar a lo largo de toda la obra que la "última palabra" es el dinero y la popularidad se refugia a kilómetros de allí en una imagen familiar inequívoca (el viejo escritor apagado y vencido cuidado por una esposa tolstoiana de más), y otra equívoca y salomónica: el joven escritor pronto a ser el "negro" bien pago de un futbolista, al tiempo que escribe un libro serio sobre su madre.

Y aquí, en definitiva, se acaba todo el afán literario, parece decir Kureishi. Que no sería una declaración mejor ni peor que cualquier otra, si proviniera de una prosa con cierto brillo, con alguna sorpresa, algo de grandeza. No los tiene. Fuera del peloteo verbal, el resto es relleno, un fluir de personajes secundarios sin fuerza propia, y una narrativa sin espesor. En alguna entrevista Kureishi dijo que solía ser salvaje y ahora era un alegre burgués; ojalá no sea su última palabra.

LA ÚLTIMA PALABRA, de Hanif Kureishi. Anagrama, 2014. Barcelona, 295 págs. Distribuye Gussi.

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