Nuevas revelaciones Sobre Sylvia Plath

El suicidio que siempre vuelve

Reeditan El Dios Salvaje. Ensayo sobre el suicidio donde el inglés Al Alvarez reflexiona sobre los vínculos entre la obra y la muerte de la poeta, artista de gran talento también en el dibujo, como lo demuestra otro libro que reúne sus creaciones de los años 50.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Sylvia Plath

Fue una niña prodigio. Publicó su primer poema a los ocho años y se destacó como una alumna brillante en el Smith College, del que se graduó con honores en 1955 y recibió inmediatamente una beca Fulbright para irse a estudiar Lengua y Literatura Inglesa a la Universidad de Cambridge. Allí conoció a Ted Hughes (1930-1998), la mayor promesa de la poesía británica y futuro poeta laureado, con el que se casó en 1956.

"En apariencia era una típica historia de éxito: la graduada fulgurante que se lanza a tal velocidad y con tal constancia que nada puede darle alcance. A veces esto dura toda la vida, siempre que nada interfiera la inercia ni, a fuerza de velocidad y presión, el vehículo de tantos triunfos se desintegre en astillas", comenta el crítico y poeta Al Alvarez (Londres, 1929) en El Dios Salvaje. Ensayo sobre el suicidio (1972), ahora reeditado por la editorial chilena Hueders.

La primera parte es una detallada exposición del caso de Sylvia Plath, la poeta norteamericana nacida en Boston el año 1932, a quien Alvarez conoció en Londres en 1960 cuando era crítico y editor de poesía en el diario The Observer. El retrato de la escritora y la descripción de su obra que hace Alvarez son todavía insuperables. La vio por primera vez en una visita al minúsculo departamento de Primrose Hill que ocupaba junto a su marido, Ted Hughes, que estaba a un paso de su consagración gracias a su segundo libro, Lupercal (1960). Álvarez había ido a conversar con él para escribir una nota.

"En aquellos días, Sylvia pasaba algo inadvertida; la poeta había retrocedido para dejar en primer plano a la madre y ama de casa. Tenía un cuerpo largo, más bien plano, y una cara alargada, no bonita pero alerta y sensitiva, de boca vivaz y hermosos ojos marrones", recuerda Alvarez. El hogar era tan estrecho que "todo parecía puesto de lado" y la única máquina de escribir se la turnaban Sylvia y Ted mientras el otro cuidaba a la pequeña Frieda, de meses.

Plath solo rompió su silencio para agradecerle a Alvarez haber publicado en el periódico un poema que le había enviado. La autora lo incluiría en su libro El coloso (1960), al que Alvarez se refiere como un texto "serio, talentoso, contenido y en parte aún bajo la sombra maciza de su marido". Encuentra en él también ecos de Theodore Roethke y Wallace Stevens. "Era evidente que aún buscaba a tientas su estilo propio. Pero la habilidad técnica era grande, y la mayoría de las piezas daban la sensación de que debajo había recursos y perturbaciones que explotar", advierte el crítico.

Aparte de un puñado de poemas "hermosos", Alvarez percibe "la clara destreza del trabajo, la precisión y concentración con que la autora manejaba el lenguaje, la nada ostentosa amplitud de su vocabulario, su oído para los ritmos sutiles y la seguridad con que empleaba y atenuaba rimas y semirrimas".

DESAFÍO A LA MUERTE.

El matrimonio Hughes-Plath se fue en 1961 a una antigua casa señorial en Court Green, Devon. Alvarez los visitó al año siguiente. "En enero habían tenido otro bebé, un niño, y Sylvia había cambiado. En vez de silenciosa y retraída, apéndice hogareño de un marido poderoso, se la veía sólida y completa, de nuevo mujer, dueña de sí", comenta. Había vuelto a escribir, le dijo ella. "A escribir de veras", remarcó. Poco después lo visitó en Londres y le leyó algunos de sus nuevos versos.

No solo Sylvia se había transformado. También su poesía. Alvarez notó el crucial ejemplo de Robert Lowell y su libro Life Studies (Estudios al natural, 1959) en la maduración literaria de Sylvia. Estaba entusiasmada con el giro de Lowell "hacia la experiencia emotiva muy seria, muy personal, que en parte, creo yo, ha sido tabú", le dijo. No eran tanto sus procedimientos ni la liberadora utilización de experiencias personales en medio de una poesía anglosajona todavía formalista y correcta. "Lowell le proporcionó un ejemplo de la cualidad que más admiraba en la poesía y que ella misma tenía en abundancia: el coraje", escribe el ensayista.

Sylvia se había separado de Ted, pero seguía a cargo de los hijos, cuidando su apiario en Devon y buscando departamento en Londres. Después de ese día, Sylvia pasó a menudo por la casa de Al. Entre los poemas que le llevó, estaba "Ariel". "Le dije que era lo mejor que había escrito", recuerda Alvarez.

Por esos días Sylvia había tenido un "accidente" mientras conducía una camioneta. Luego confesó que se había salido de la carretera adrede. Un nuevo desafío a la muerte, menos dramático, en todo caso, que el frasco de somníferos que se había tomado en 1953, episodio relatado con detalle en la novela autobiográfica La campana de cristal (Edhasa), publicada en 1963 con el seudónimo de Victoria Lucas y reeditada en 1967 con su nombre real.

A los 8 años, Sylvia había perdido a su padre -un prestigioso entomólogo alemán especialista en abejas- cuando le amputaron una pierna consumida por la diabetes. En "Papi" escribe: "A los veinte intenté morir/ y volver, volver, volver contigo./ Pensé que hasta los huesos volverían". En "Lady Lazarus" confiesa: "He vuelto a hacerlo./ Cada diez años/ lo consigo-// Una suerte de milagro andante, mi piel/ Brillante como una pantalla nazi".

Después de escucharlos, Alvarez quedó apabullado. "Los leyó con voz ardiente y envenenada. La primera sensación fue que aquello no era tanto poesía como ataque y bombardeo", pensó. Sobre sus intentos de suicidio Alvarez propone una tesis perturbadora: la poeta veía en la muerte un reto. "Era algo que debía sentirse en los nervios, algo por combatir: un rito de iniciación que la calificaba para ser dueña de su vida". Ser adulta la hacía considerarse en deuda.

Alvarez la vio por última vez en la víspera de Navidad de 1962. El pelo suelto hasta la cintura le daba un aire desolado. "Nunca había visto a Sylvia tan tensa", recuerda. Como de costumbre, leyó unos poemas. "Muerte & amp; Compañía" lo impresionó. "Esta vez no había salida", se dijo.

El 11 de febrero de 1963, durante el peor invierno en años, Sylvia se levantó a las seis, les dejó el desayuno listo a los niños junto a sus camas, bajó a la cocina, metió la cabeza en el horno y dio el gas. A pesar de las apariencias, Alvarez es enfático: "Por lo que sé de los hechos, estoy convencido de que esa vez no pretendía morir". ¿De qué otra manera se explica que dejara el número del médico anotado cerca de ella?, se pregunta. Y enumera una serie de acontecimientos azarosos que esta vez hicieron que el desenlace fuera inevitable. Plath sabía que la cuidadora australiana de los niños debería llegar a las nueve y así lo hizo, puntualmente, pero todos sus intentos por entrar a la casa fueron en vano. Recién a las 11:00 unos albañiles que llegaron a trabajar forzaron la cerradura.

¿Por qué se mató, entonces? "Supongo que en parte fue un 'grito de auxilio' que erró fatalmente en el blanco. Pero también fue un último y desesperado intento por exorcizar la muerte que había convocado en sus poemas", escribe Alvarez. Como gran amigo de Sylvia Plath lo cree sinceramente, pero también quiere creerlo, lo necesita para tranquilizar su conciencia. No lo escribió en El Dios Salvaje, pero dijo en una entrevista radial del año 2000 que había sido incapaz de dar apoyo emocional a su amiga: "Le fallé en ese plano. Yo tenía 30 años y era estúpido. ¿Qué sabía yo acerca de la depresión crónica?".

Los últimos meses de Sylvia Plath fueron, según Alvarez, de "una creatividad asombrosa". Los compara al "año maravilloso" durante el cual John Keats "compuso casi toda la poesía que cimentó su reputación". A esos días pertenece "Filo", poema que anticipa el acto que iba a llevar a cabo: "La mujer está concluida./ El cuerpo/ muerto muestra la sonrisa de la realización,/ en los rollos de la túnica fluye/ la ilusión de una necesidad griega".

La muerte y el mito construido por la prensa y el mundillo literario consiguieron lo que Sylvia no pudo. Los poemas finales que ningún editor había querido publicar aparecieron el año 1965 en su libro Ariel, editado por Ted Hughes para Faber and Faber. En 1982, la poeta ganó el Premio Pulitzer de poesía por sus Poemas completos.

TALENTOSA DIBUJANTE.

No fueron los únicos libros póstumos. El año 2013 se publicó un volumen que reveló su talento artístico. Sus primeros dibujos y bocetos se conservan en dos archivos de Estados Unidos. Sin embargo, otra serie de trabajos plásticos, casi todos de 1956, permanecieron en manos de Ted Hughes. Antes de morir, el poeta se los regaló a sus dos hijos. Nicholas le pidió a Frieda que los guardase hasta que tuvieran tiempo de organizar una muestra. En 2009, Nicholas Hughes también se suicidó. Los dibujos recién se expusieron dos años después.

Frieda Hughes los reunió en el libro Dibujos. En su introducción cita una entrevista de 1958 en la que su madre declara: "Tengo una imaginación visual. Por ejemplo, me inspiran los cuadros, y no la música, cuando acudo a otra forma de arte". En su adolescencia recibió clases particulares de arte y, en 1956, el Christian Science Monitor le pagó 26 dólares por una breve colaboración ilustrada con un dibujo realmente bueno de unos botes, enviada desde Benidorm.

Dibujos se divide en cuatro secciones: trabajos de Inglaterra, Francia, España y Estados Unidos. El volumen reproduce una copia mecanografiada de su poema "Brasilia" (1962) y tres cartas de la autora. Hay por último algunas páginas de su Diario de 1957.

"Me da tal sensación de paz dibujar; más que la oración, los paseos, más que nada. Puedo cerrarme por completo en la línea, perderme en ella", le cuenta a Ted Hughes desde Cambridge en 1956. A su madre le escribe: "He descubierto mi fuente de inspiración más honda, que es el arte: el arte de los primitivos como Henri Rousseau, Gauguin, Paul Klee y De Chirico. He sacado montones de libros maravillosos de la Biblioteca de Arte (...) y desbordo ideas e inspiraciones, como si hubiera estado conteniendo un géiser durante un año".

Anthology of American Literature, libro sagrado de las letras estadounidenses, afirma que el trabajo de Sylvia Plath "representa un romanticismo in extremis ", supremo ejemplo del modo confesional en la literatura moderna. Menos canónica, la periodista galesa Allison Pearson se refirió a ella como "la nota suicida más larga jamás escrita". Alvarez simplemente dice: "La considero una de las escritoras más dotadas de nuestro tiempo".

Al ver el trazo enérgico y detallista de sus dibujos, se puede agregar que fue una artista total y pudo haber triunfado en cualquier campo si no se hubiese consagrado al insondable "Dios Salvaje", mencionado por W. B. Yeats. (© El Mercurio/ G.D.A.)

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