POESÍA COMPLETA DE FOGWILL

Saña, ternura y musicalidad

El porteño que le pegaba a todo lo que se movía, siempre que podía con razón.

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La Nación/GDA

Rodolfo Enrique Fogwill (1941-2010), o Fogwill a secas, fue entre otras cosas sociólogo, docente universitario, publicista, narrador, ensayista, poeta, editor y ocasional polemista en la prensa. Narraciones como Muchacha punk (1980) o su novela Los pichiciegos (1983) sobre la Guerra de las Malvinas, lo consolidaron como uno de los autores argentinos más lúcidos e irreverentes de fines del siglo pasado y principios del actual.

Fue también poeta y, como destaca Arturo Carrera en el prólogo a esta Poesía completa, también entusiasta difusor de poetas emergentes, sobre todo desde su editorial Tierra baldía. Como poeta Fogwill conjuga la hondura reflexiva, la ironía, algunos toques de ternura y un constante juego musical ajustado a cada pieza poética, sea que esté escrita en verso —medido o libre— o se trate de prosa poética.

EMPEZAR POR EL FINAL.

Tras leer el prólogo, bien escrito, que hace una semblanza entrañable del poeta y orienta sobre el contenido del libro —lo justo y necesario para no arruinarle al lector los hallazgos posibles— convendrá ir a la última parte de este volumen, a los "Poemas encontrados", una reproducción facsimilar de los originales mecanografiados de poemas de juventud, no recogidos luego en libro.

Hay errores juveniles como escribir sobre el tiempo y el recuerdo sin haberlos vivido aún, pues era casi un adolescente. Sin embargo ya está presente allí la desconfianza ante los modos aceptados de vivir, que le parecen sucedáneos mecánicos y artificiales de una vida natural, verdadera e insustituible. Así, en "amar a mara", inventariando las bellezas de la muchacha escribe que "aun no se ha inventado/ la fórica que simbolice el acto sexual/ ni la axila de acero inoxidable/ todo está por hacerse/ hasta el amor". Ya desde el título del poema se hace presente otra constante del Fogwill maduro: los juegos sonoros.

Sin ser un poeta erudito Fogwill incorpora —sea por cita o alusión, sea por influencia estética o técnica— una gran profusión y profundidad de lecturas. Señala Carrera en el prólogo que Fogwill, como los trovadores provenzales, "atiende el canto; busca esa consonancia difícil, de pomposa sonoridad. Siempre el lector de Fogwill es un lector de música". Es una recomendación útil para entrar a esta poesía, teniendo en cuenta que el adjetivo "pomposa" no se usa en tono peyorativo (en el Barroco, por ejemplo, lo pomposo era virtud) y que la música de Fogwill no es un mero entretenimiento sonoro, pues por la vía musical se sugiere o subraya el sentido.

Cada texto tiene su propia musicalidad ajustada a lo que dice. En palabras del poeta: "porque el sabor del poema es el saber del poema." Es poesía para leer con oreja atenta, para captar la música que sugiere la trama conceptual del poema. Jugando con los sonidos Fogwill asesta verdaderas puñaladas sorpresivas de sentido. Como en "La pecera", que abre el poemario Lo dado, de 2001: "tibia/ la luz/ de la pecera/ titila/ en nuestra era// en la era/ de la pecera/ de acuario". El brutal pesimismo del texto viene envuelto en una sonoridad leve que, lejos de atenuar el impacto, lo acentúa. Esta alusión burlona a la "Era de Acuario", como símbolo de la ilusión utópica sesentista (por el álbum pop The Age of Aquarius del grupo norteamericano The 5th Dimension, 1969) manifiesta otra constante en la perspectiva madura de este poeta. Ya en "Mayo francés" de su primer libro, El efecto de realidad y otros poemas (1979) escribía que "El desencanto es esa música/ que me acompaña".

La amplitud de registro de Fogwill es para asombrarse. Da muestras de ella en lo formal, pues domina los metros y estructuras estróficas tradicionales, el verso libre —a menudo brevísimo— y la prosa poética. Por eso presenta a menudo varias versiones del mismo poema en las que las diversas opciones técnicas de escritura permiten también matizar el enfoque de los temas. Un buen ejemplo de este procedimiento son las reelaboraciones del poema "Sentimiento de sí" que el poeta dedicara a su hija, la actriz, directora y guionista Vera Fogwill, en el poemario Partes del todo.

Más impresionante aún es la amplitud de los tonos. Reflexión, melancolía, ternura, acidez, parodia e incluso grosería conviven en la "paleta" poética de Fogwill. El mismo poeta que puede, en "El Dante, el alma", de Últimos movimientos (2004), glosar un soneto de Dante a Beatrice, es capaz de mostrar el embrutecimiento de las masas populares en la sociedad consumista en "El antes de los monstruito" (de Lo dado), en las antípodas de toda visión idílica de eso que suele llamarse "pueblo".

A TODO LO QUE SE MUEVA.

Cuando parodia, Fogwill le pega a todo lo que se mueve, siempre que pueda pegarle con razón. Hay un humorismo ácido pero no barato. Y un no casarse con nadie, algo que puede ganarle la antipatía de ciertos sectores del público incapaces de tolerar la crítica del tótem que veneran. Al poeta no le importa.

Tiene buen ojo para elegir el blanco y dispone de un amplio arsenal de armas para el ridículo. Así, por ejemplo, en "El antes de los monstruito" ataca el eslogan del reeleccionismo menemista ("Menem lo hizo") por la vía de la hipérbole. En este texto Menem habría derrotado a las invasiones inglesas, inventado la escarapela y la bandera, cruzado los Andes, etc. Fogwill desnuda una táctica política usada muchas veces, y no sólo en Argentina: apoderarse del relato histórico atribuyendo todos los méritos posibles al líder que se pretende encumbrar, y cuando esto no es posible, presentarlo como heredero legítimo de los próceres.

Habrá a quienes les resulte simpático por "pegarle" a Menem (o a Bush). Pero cuando también le pega al clan Macri, a los Kirchner en su apogeo, a León Gieco o al Che Guevara, desconcierta al lector con anteojeras. Fogwill tiene la antipática capacidad de encontrar el costado criticable de los prohombres. Lo más exasperante es que la faceta que elige criticar es real, no un infundio calumnioso.

Esta saña crítica no está exenta de mínimas pinceladas de ternura. Un buen ejemplo de esto puede ser "Titán", un poema sobre el Che que integra Gente muy fea (poemario hasta ahora inédito, rescatado de los archivos informáticos del autor), que conviene transcribir completo: "No le gritemos puto al Che Guevara/ es más que eso, es menos/ que eso.// Doctor Guevara, le diríamos/ "príncipe de la tarde", podríamos llamarlo/ "heroico rosarino", "infatigable náufrago de la revolución o lotería"/ "sombra fatal de los fantasmas de la sierra que fascinan a Europa",/ "Ayatollah del Ande", "oh grande y glande", "música en otra parte"/ "asma", "error", "tos contenida", "che" en minúscula." Debe repararse en la mención del asma, de la condición de náufrago en los azares engañosos de la vida, que Guevara comparte con cualquier ser humano, lo mismo que la posibilidad de errarle fiero. Nótese, de paso, que también se parodia la terca y cruel tendencia humana de poner a ciertos prójimos las mayúsculas, para erigirlos en tótems, cuando son tan de carne y hueso como cualquiera.

Argentinísimo y porteñísimo en gran parte de su marco de referencia, Fogwill es sin embargo un poeta que trasciende todo localismo, construyendo con fina musicalidad y certera imaginería una crítica —desencantada y para nada panfletaria— de la vida posmoderna. Vale la pena leerlo, aquí en la Banda Oriental o en cualquier ciudad del mundo.

POESÍA COMPLETA, de Fogwill. Alfaguara, 2016. Buenos Aires, 480 págs. Distribuye Penguin Random House.

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