Roberto Calasso, narrador del sacrificio

“El sacrificio védico salva; el islámico es pura destrucción”

En su libro El ardor, dedicado a la religión de los vedas y su vigencia en el mundo contemporáneo, aporta claves sobre el sentido de los sacrificios y el origen de sus rituales.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Roberto Calasso. Foto © María Teresa Slanzi

Cada vez que suspira es señal de impaciencia. Anuncia que su respuesta será elusiva. O breve. Al contrario de sus libros, que suelen rondar las 400 páginas, no le gusta explayarse cuando habla. "¿Por qué no?", suele responder con sorna. Hay, sin embargo, temas que lo entusiasman. La locura, la posesión, el sacrificio. Motivos sobre los que ha vuelto una y otra vez a lo largo de su vida. Los pilares de su trabajo literario que le han valido reconocimientos internacionales y múltiples traducciones.

Hace tres meses Roberto Calasso (Florencia, Italia, 1941) recibió en Mallorca el Premio Formentor de las Letras por el conjunto de su obra, integrada principalmente por un puñado de ensayos y, sobre todo, una serie —todavía en progreso— de ocho libros que difícilmente se pueden llamar novelas, dedicados a temas tan vastos y diversos como la mitología griega ( Las bodas de Cadmo y Harmonía), la pintura de fines del siglo XVII (El rosa Tiepolo), Franz Kafka (K.), y la religión de la India antigua con dos libros, Ka y El ardor, éste último recién publicado en 2016 por Anagrama.

Se muestra reacio a clasificar su obra dentro de un género. "Para mí estas categorías no tienen un gran peso. Digamos que la narración siempre está presente en mis libros, pero no en la manera clásica de una novela. Cuando saqué Las bodas de Cadmo y Harmonía, en los diarios estuvo un tiempo en las listas de ficción y otro en las de no ficción. En lo que escribo hay simplemente un fuerte carácter narrativo, pero incluye análisis y lo que comúnmente se llama ensayo".

Recuerda que su tesis de licenciatura en literatura inglesa fue acerca de Thomas Browne. "Es un maestro del ensayo, una tradición que amo mucho y he estudiado", dice. Le gustan los ensayos de Borges, añade, porque se leen como si fueran cuentos.

Respecto del título de su más reciente libro traducido al español, El ardor, Calasso informa que "ardor" es la traducción de la palabra sánscrita tapas, fundamental de las cosmologías védicas, que pervive en la raíz latina tepor (tibieza), pero moderando su fuerza original. "Para saber, en la doctrina védica, es necesario arder", explica. Lo que tiene una estrecha relación con la importancia que los "crueles hombres védicos", que vivieron hace más de tres mil años en el norte del subcontinente indio, asignaban a los sacrificios.

"Nada era tan grave, para los hombres ni para los dioses, como quedar excluido del sacrificio. Nada implicaba, con parecido rigor, la pérdida de la salvación. La vida, por sí sola, no bastaba para salvar la vida. Hacía falta un procedimiento, una secuencia de gestos, una inclinación constante para no perderse", escribe Calasso en El ardor. Pero la pregunta última que formula el sacrificio es: "¿Por qué, si se quiere establecer un contrato entre lo humano y lo divino, es necesario matar a un ser vivo? ¿O, por lo menos, destruir -quemando o vertiendo- cierta cantidad de alguna materia?".

Es un tema inagotable, reconoce, y advierte que se debe ser muy cuidadoso al estudiar sus detalles, porque el sacrificio cambia completamente si se interpreta de una manera u otra. "No se pueden separar la violencia y lo sagrado. René Girard pretende que el cristianismo sea el final del sacrificio, cosa sobre la cual he escrito oponiéndome a su punto de vista", afirma. El cristianismo da continuidad a los rituales de los vedas y los cultos mistéricos de la antigüedad grecolatina, admite Calasso. Lo paradójico, a su juicio, "es que basta un sacrificio único, el de Jesús, pero el sacrificio se repite todos los días en la misa".

En la sociedad secular, por el contrario, no se admiten ceremonias sacrificiales. "El sacrificio es algo que se castiga en los códigos. El sacrificio cruel es una operación que la policía impediría, con toda justicia", observa. Salvo en tiempos de guerra, cuando la palabra se vuelve a emplear para nombrar a los caídos.

EL HOMBRE CAZADOR.

—También el terrorismo habla de sus atentados suicidas como de sacrificios.

—Pero es lo opuesto, porque ahí lo importante es matar. Es una inversión completa del sentido. El sacrificio védico salva, porque es un viaje hacia los dioses, mientras que el asesino suicida, el kamikaze islámico, por ejemplo, hace una ritualización de la destrucción pura. La violencia tiene un significado que va más allá y que se conecta con hechos muy antiguos. La extrañeza de nuestro tiempo es que invierte los hechos originales como lo haría un espejo, lo cual es muy peligroso.

—En Dioniso y Orfeo, el sacrificio era más altruista, ¿no?

—Pero no siempre. El sacrificio es la cosa más difícil de pensar en el mundo. Si usted encuentra algo más complicado, me avisa, porque no es solamente una cosa de generosidad. Hay un fundamento muy importante en la cacería prehistórica, no en la caza deportiva de hoy, que es una cosa ridícula y horrible. El sacrificio nace de la caza, un proceso que se dio hace 400 mil años más o menos. Es el gran evento de la historia humana, porque el hombre no era un cazador, sino la presa. Y hay un pasaje en el que el hombre empieza a imitar a su asesino. Este es el gran cambio de la historia. En el sentido más vasto, el sacrificio es como un reflejo de este cambio. Por eso hay que matar a los animales repetidamente a través de un rito. Esto se conecta con el hecho de comer carne, porque comerla era algo que tampoco le pertenecía al hombre; se descubrió hace dos millones y medio de años.

EL BOMBARDEO DE IMÁGENES.

¿Qué sucede en ese lapso prolongadísimo, anterior a los sacrificios, desde el momento en que el primate come carne por primera vez y el instante en que aprende a conseguirla? La transformación del hombre en cazador es lo que indaga en su más reciente libro, Il Cacciatore Celeste (Adelphi), aún no traducido y que Anagrama publicará en 2017. "Durante un largo período, el hombre imitó a un particular depredador, la hiena, que comía la carroña de animales que habían sido muertos por otros depredadores. Hay un rito védico muy misterioso con hienas que analizo", adelanta.

—¿Por qué usted mira hacia el pasado remoto de la humanidad?

—Hay un equívoco. Se piensa que si uno habla del pasado se trata de ir a algo lejano y en mis libros ese pasado es exactamente lo que tenemos alrededor. Se habla de las mismas cosas. Es difícil ver la relación, pero le voy a dar un ejemplo: los científicos de hoy, a los que les gusta llamarse neurocientíficos, entendieron finalmente, ya muy tarde, que su problema central es la conciencia, el puro hecho de estar conscientes, que es algo que pertenece a todos nosotros. Si alguien lee los textos védicos —del Rgveda a los textos brahmanas, los Upanisad y la Bhagavad Gita— se da cuenta de que quienes escribieron esos libros hablaban exactamente de esto y sabían mucho más que nosotros sobre la conciencia. Por lo tanto, no es un pasado en el sentido de algo que ya se perdió, sino algo que está frente a nuestros ojos y que simplemente tenemos que empezar a entender.

—¿Escribirá de esto en su próximo libro?

—De lo que tengo que escribir prefiero no hablar, porque es una vieja regla, pero sí puedo dar un ejemplo anterior. Tiepolo es un pintor en el que siempre he pensado, pero no sabía que un día iba a escribir un libro sobre él, El rosa Tiepolo. Así que puede ser que también en otros casos ocurra lo mismo. Ese libro, de hecho, era parte del libro La Folie Baudelaire. Hacia fines del 1600, Europa tuvo un momento de extraordinaria dicha, en el que las imágenes míticas de Grecia encontraban su lugar en la pintura. Esto se terminó en el siglo XIX. Pero fue un gran momento para entender el mito griego. A menudo, para entender los mitos es mejor conocerlos a través de los grandes pintores: cuadros, grabados, dibujos que se basan en los episodios de la mitología.

—¿Cómo es el momento que vivimos hoy?

—Nos atormentan las imágenes por todos lados, nos bombardean, eso no es ninguna novedad. Entender en el sentido mítico, lo que Nietzsche llamaba el "ojo mítico", está muy poco presente hoy. Se perdió. Hay modos totalmente distintos de acercarse a una imagen y no creo que éste sea un momento particularmente feliz en este sentido.

LA MARCA DEL EDITOR

Roberto Calasso es presidente y director literario de Adelphi, uno de los grandes sellos editoriales del mundo, que ayudó a fundar hace ya 54 años en Milán, secundando el proyecto del crítico y traductor Roberto Bazlen, como lo cuenta en su libro La marca del editor (Anagrama). El concepto de libro único, elaborado por Bazlen, fue entonces capital: el número uno de la Biblioteca Adelphi fue La otra parte, novela de Alfred Kubin. Le siguieron Padre e hijo, de Edmund Gosse, y Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potocki. Uno de los máximos retos asumidos por Adelphi fue la reedición, traducida y comentada, del libro Hypnerotomachia Poliphili ("Batalla de amor en sueño"), novela de autor anónimo, escrita en una lengua compuesta de italiano, latín y griego, editada por Aldo Manuzio en Venecia en el año 1499. "El libro más hermoso que se haya impreso hasta nuestros días", a juicio de Calasso. "Libro único es aquel en el que rápidamente se reconoce que al autor le ha pasado algo y ese algo ha terminado por depositarse en un escrito", anota el editor italiano.

—¿Es posible hoy el libro único?

—Por qué no. Basta saberlo escribir. En la idea a la que llega Bazlen, es único también en la vida de la persona. Un buen ejemplo es Kubin, primer libro de la Biblioteca Adelphi, la única novela de un gran artista plástico, producto de una especie de delirio que le duró dos o tres meses. No es una entre muchas otras novelas; es algo que corresponde a una experiencia única. Todo eso pasa con muchos otros escritores.

—¿Autores vivos?

—Nunca se le pregunta a un editor sobre los autores vivos

—¿Es factible el libro único con el actual desarrollo tecnológico de la industria editorial?

—No ha cambiado casi nada. La industria del libro es más o menos como hace diez años, en términos generales. El e-book es una cosa que siempre va a estar al lado del libro. Se ha estabilizado. Tecnológicamente, un libro de papel es muy superior al e-book o cualquier otro dispositivo electrónico.

—¿Hace e-books?

—Sí, los produzco, pero nunca los leo.

Calasso reconoce que todo editor aspira a ser leído, pero ni siquiera se ilusiona con eso. "Hay libros que se entienden a la distancia de 30, 40 o 50 años. La relación no es inmediata, lo importante es que las cosas se hagan. Después, el efecto, la influencia son cosas imponderables", dice.

Asegura que la situación de la industria editorial es mala en toda Europa, porque hay una crisis económica generalizada. "El mundo editorial es un mundo frágil que, sin embargo, vive de esa fragilidad. Siempre ha sido así. Es cierto que se ha restringido un poco el área de las cosas que a nosotros más nos importan: hay una invasión de materiales modestos que ocupan nuestras librerías, pero se prosigue. No es un trabajo imposible, solo es difícil, pues tiene una base muy aleatoria", observa. "Como editor nunca he cambiado. He publicado libros con el único criterio de que nos gustaran mucho, y en Adelphi siempre el criterio ha sido el mismo", concluye.

(El ardor es de editorial Anagrama y lo distribuye localmente Gussi)

(El Mercurio/GDA)

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)