EL TERREMOTO EN MÉXICO

Los rostros de la inclemencia

Un uruguayo registra los temblores, pero también el dolor y la búsqueda de respuestas.

Archivo El País
Archivo El País

Uno

La conocí en una fiesta llena de uruguayos y mexicanos. Fue amor a primera vista o a segunda palabra. A la media hora de conocernos estábamos enredados en una conversación que nos seducía por igual: la propia vida como obra de arte. Y lo difícil de lograrlo. No caer en el ombliguismo, en narcisismos contemporáneos. Su historia y su obra (que pretende ser una trilogía, y que va por la segunda entrega), es parte y arte, sin andar con timideces, de la historia del México contemporáneo. De sus terremotos. La relato a carne viva porque ella hizo lo mismo sobre un escenario luego de un proceso (vital y creativo) de hallazgos y sismos.

Tenía 22 años y estudiaba actuación cuando su madre, en una conversación de té con una amiga, comentó al pasar, como si fuera una anécdota sobre otros, que Mariana (nuestra protagonista, actriz y creadora), era hija de un hombre que en el terremoto del 85 había sufrido la mayor de las pérdidas. Mariana en el 85 se gestaba en el vientre de su madre, que no era la esposa legítima de su progenitor. El padre tenía esposa y dos hijos, la familia legítima. El 19 de septiembre de 1985 el terremoto se cobró la vida, en la casa que habitaban, de la mujer mostrable del padre del Mariana, y de los dos hijos de esa pareja. La crueldad de la vida. El padre quedó vivo mientras la tierra se devoró a su mujer y a los dos niños. Y así de cruel, con té y charla informal, Mariana se enteró de la verdad más dolorosa y del por qué de la ausencia por años de su padre. De su desaparición con vida. (Después de la tragedia el padre se fue a vivir a otro Estado, bien lejos de Ciudad de México, para nunca volver).

Mariana no traga el té y entra en shock, revisa su vida en este mundo, comprende por qué fue expulsada del vientre de su madre con sólo 6 meses, y un mes después, justo, de aquel septiembre. La vida la revuelca, la pone en otro sitio, no encuentra mejor manera para enfrentar el asunto que convertir su historia en escena y discurso, en búsqueda de sí misma y de un todos rabioso a partir de un terremoto, tres muertes (que fueron miles), una ausencia, su nacimiento de parto prematuro y un silencio o una ignorancia de sí misma por 22 años. Hasta entonces sólo había visto a su padre una vez, a los 12 o 14 años, sin la información espiritual necesaria. Por eso, también, Mariana llevaba con orgullo el apellido de su madre, aunque su padre le haya otorgado el suyo. Villegas, como quien la parió antes de tiempo y la crió apartada de un secreto que desencadenaría la otra vida de Mariana, hecha de duelos, perdón y obra. Alguien del Instituto Goethe de Ciudad de México vio su proceso de creación, se interesó por una historia individual que también es colectiva. Estrenó en Berlín, la presentó en México. Algo cerró con esa obra llamada Se rompen las olas.

Pasó un tiempo y llegó a su segunda obra: Este cuerpo es mío. Allí se expone de otra forma radical: el asunto es, podría decirse, todo lo que un cuerpo no modélico sufre, padece, debe afrontar. El deseo frustrado, la burla. Y más allá (ahí el puente con los otros, con el mundo): el capitalismo y sus exigencias flacas, la penitencia por portar un cuerpo grande y gordo. La ausencia (otra ausencia) suplicante del amor. No ser deseada. Pero no hay lástima, hay una vida que se cuenta y escenifica y nos devuelve en espejo parte de lo que somos. Se extiende, finamente, sin panfletos: los parámetros de belleza, la tortura, la desaparición de los cuerpos. Un cuerpo, un país.

Luego de ver esa obra, nuestros encuentros empezaron a ser asiduos. Y llegó el sismo del 19 de septiembre, pero de 2017. Que en ella reeditó su temblor vital, sus miedos, su origen, la vida que la marca. Pero no se quedó en casa presa del pánico. Tomó su auto y estuvo cuatro días enteros, día y noche, a disposición de otros. Traslados de personas y víveres, allá y acá, lejos y cerca. Una noche en que paró por dos horas nos juntamos en su casa con otras amigas. "Lo hago por todos, claro, porque nos precisamos", dijo Mariana con la voz segura, pero también subrayó algo inevitable: "también lo hago por mi padre". Al que perdonó por el abandono o la huida inmediata de Ciudad de México luego de enterrar a su esposa e hijos hace 32 años. "¿Cómo no voy a perdonarlo?", repite y lagrimea mientras levanta un copa de vino y busca una canción para bailar.

Todo las historias se repiten a dos días de viajar otra vez a Berlín a presentar su segunda obra, la del cuerpo maniatado y liberado. No sabe cuándo completará la trilogía, pero cree o intuye, más bien está segura, que "será el día en que tenga un hijo".

Dos.

Vemos fotos terribles de casas o edificios que se derrumbaron como si el Diablo los soplara. Pero una cosa es la foto y otra el ser humano que ve caer ante sí y en un instante una arquitectura entera. Eso les pasó a Diego, mi vecino, y a un taxista. Diego es un joven periodista que también trabaja como administrativo. Mientras se evacuaba el edificio donde trabaja hacia la calle y los empleados salían expedidos por un mandato instintivo o la alarma sísmica, vio cómo un edificio se derrumbaba hacia un costado, como un monstruo en su derrota. También vio a una mujer que pasaba justo por la vereda en ese instante, soplo de vida. Más bien de muerte. Con el humor ácido de algunos mexicanos, Diego sentencia: no creo que la haya contado. Mi vecino iba en su auto, que de pronto empezó moverse como si fuera un caballo, en un corcoveo furioso sobre esta pradera inmensa de cemento. Levantó la vista y también, un edificio caía ante sus ojos.

El taxista que me traslada unos días después llevaba a una mujer a su casa. En el momento en que estaciona en el destino, el edificio donde vivía la mujer se desploma. Cinco pisos que aplastan al de planta baja. Lo hunden, lo desaparecen. El taxista es quien me dice lo que sigo masticando: en ese momento no importa nada más que uno y los propios. El celular enloquecido, la madre, los hijos, la esposa, los amigos y las baterías que se acaban, porque gritan, porque enuncian el más largo de los rosarios. El taxista ya vivió el terremoto del 85, pero no importa tanto ese recuerdo y aquella ciudad destruida: es como si fuera la primera vez, y sentir que se está entre la vida y la muerte. Y sólo esperar a que esos dos minutos "que parecen 15 años", acaben, por gracia divina o terrestre, no importa. "Yo me dije: ya está, hasta aquí llegó mi vida", dice mientras sigue trabajando. Todos siguen trabajando. No hay remedio. Ni modo.

Quedan las imágenes. Cada cual guardará las suyas, no como un tesoro sino como la más intensa pesadilla. No se van, están prendidas, y nos hablan. No de la finitud de la que todos de alguna forma sabemos, más bien de una especie de destino, y de la suerte. Mucho más allá de una ciudad mal diseñada y de connivencias o especulaciones políticas, económicas e inmobiliarias, esa maldad pura (ahorrar, especular, hacer negocios con la vida y con la muerte), que también azuza la tragedia.

A otra amiga mexicana el sismo la encontró en el garaje subterráneo de un edificio de seis pisos, con otros vecinos. Y la discusión histérica y humana sobre si quedarse allí o salir corriendo. "Yo prefiero estar afuera que morir enterrada en el subsuelo", gritó y salió escaleras arriba hacia la calle. Su apartamento, agrietado, rajado por todas partes. Sus bibliotecas al piso. Su computadora (herramienta de trabajo) que se salvó del salvaje peso de los libros por dos milímetros. La metáfora más evidente: se caen trojas y kilos de conocimiento, de ortodoxias intelectuales, ninguna palabra o concepto, en ese instante, puede detener la perplejidad, el miedo, el no entendimiento. Todas las lenguas del mundo reducidas a unos pocos gestos. La vida en un momento de extrema pasmosidad: es lo que queda a flor de piel, y la raja para siempre.

Tres.

Los niños y sus madres. No sé por qué me detengo en las madres. Esta sociedad es bastante macha pero a su vez porta una forma de matriarcado evidente, profunda, y un culto a la madre. "Es lógico: miles y millones de hijos abandonados por sus padres, criados sólo por sus madres. Madres que se pusieron al hombro la vida de toda la prole, solas", me dijo alguien, y ahí comprendí un poco más ese respeto irrestricto.

Registro a tres madres uruguayas, amigas nuevas. Mujeres que no son la prototipia de la abnegada: estas son artistas, intelectuales, independientes, psicoanalizadas. Madres del exilio cultural uruguayo contemporáneo. Esas que vinieron por amor, por maestrías, por búsquedas propias, y que aquí concibieron. Bastante libres. Pero ante el acontecimiento trágico y el peligro, lo atávico y universal. Una bajó en camisón con su hijo de un año a la vereda (sin su compañero en ese momento) temblando de frío y de miedo. Un vecino se sacó su campera para que ella abrigara al niño. Ella, que es poeta radical (es decir, que no le teme al hueso del asunto), habla como los que escriben en serio: ahí la disputa entre la vida y la muerte, o sentir eso y sólo eso, y ante eso, abrazar al hijo. Nada más. Nada menos. Otra con dos hijos más grandes pero pequeñísimos (de 4 y 9 años), y también circunstancialmente sin el padre (de viaje de trabajo, desesperado en otra tierra), los tres en el quicio de la puerta de salida, descalzos. La niña que llora, el niño abstraído, ella dislocada pero teniendo que ser el ser inevitable en ese instante: la madre que abraza. Luego, con los días, busca estrategias, para ella, para los hijos, para ayudarse y ayudar a otros: fue voluntaria en un centro de atención donde los niños eran los protagonistas. Juegos, teatro, relatos. Darles eso que tanto precisan y los salva. La tercera madre está con su hijo de un año y con su compañero. Triunvirato sólido. A las pocas horas y al día siguiente cargan alternativamente con el niño y van a centros de acopio o se ofrecen como psicólogos. Yo, sin hijo, miro al bebé que me mira y descubro algo que me salva del miedo y la locura: unos ojos puros que me sonríen y un cuerpo minúsculo que se deja arropar y se duerme en mis brazos. Alivio de vida.

Cuatro.

Invitado por una profesional y amiga, al día siguiente del sismo debíamos ir a dar un taller de escritura autobiográfica a una cárcel de alta seguridad en las afueras de México. Lo suspendimos, claro.

Es difícil que se escriba la biografía real de los presos en ese estado y condiciones. Además, están vigilados por cámaras dentro del recinto donde damos el taller. Igual, en el primer encuentro veo que algo lucha por liberarse, y refiere al perdón, los arrepentimientos, el hacerse mejores. Alguno se descuelga y escribe sobre Platón y aspectos morales, de la religión y su engaño, de una disputa entre el raciocinio y la fe. Tras sus uniformes y caras cándidas, y cierta entrega, uno de verdad no sabe frente a quién está. ¿Es narco?, ¿asesinó a una mujer?, ¿qué megaestafa concretó? Si uno entra en esa búsqueda seguro no atraviesa los controles antes de llegar al taller: revisación de bolsos y cuerpos, sellos invisibles en un brazo que sólo detecta un lector especial, un segundo frente a una cámara, pasillos, rejas, botones automáticos que abren rejas. Con la persona que me invitó a estar en dos encuentros, llegamos convencidos, la semana posterior al sismo, que el tema de conversación y escritura estaba cantado. No tanto. Unos funcionarios, mientras nos conducían en el laberinto, nos contaron que en las instalaciones de la cárcel el sismo apenas fue un zumbido. Y claro: allí están los mejores cimientos, los barrotes indestructibles, las paredes más sólidas. La arquitectura del encierro. Ante la alerta sísmica, se abren las compuertas, pero sólo para los funcionarios, sean policías, administrativos, personal de limpieza, todo el que no esté preso. Al preso, todo lo contrario: se lo manda a la celda y las puertas se obturan con alta tecnología: ¡trac, trac, trac! La verdad que no lo sentimos, dijo uno, y casi todos coincidieron hasta que un veterano anota la sensación de doble encierro y el no saber de las personas que están afuera, que quieren. No hay posibilidad de acudir al teléfono y el pánico crece por lo que ven en televisores que tienen los que, por buena conducta o quién sabe qué otro privilegio, se los ganaron. La dimensión del relato a pura imagen de televisión.

¿Será que algunas cárceles, su construcción, realmente pueden vencer a la fuerza de la Naturaleza? Que son inamovibles, indestructibles. Lo cierto es que la decisión de los carceleros es clara: por si acaso, más encierro, y que en definitiva mueran incomunicados, que paguen en absoluto con sus vidas. O no, sabiendo de lo improbable de ese derrumbe, que sufran, que paguen más. Lo importante es que sientan que están condenados. De por vida o hasta que el dinero y otras corrupciones quizá los salven o liberen.

Cinco.

Los ruidos que perturban. No importa si es la alarma de una ambulancia, la sirena de una patrulla policial, la campana que anuncia la llegada del camión de la basura, el zumbido de los aviones, uno tras otro. La paranoia. La alerta pegada al cerebro, al corazón, a las vísceras. El pensamiento, lejano. De pronto estar preparado o advertido sobre lo siniestro de la Naturaleza. Y su repetición.

Muchas noches para recuperar el sueño. O para conciliarlo. Y escuchar en los bares, los mercados, en el aire, el terror vivido.

Caminar por la ciudad mirando hacia arriba, buscando las grietas, los desechos, la marca de la tierra enfurecida. Los cables pelados aún colgando en miles de esquinas. Signos por todas partes que recuerdan otra vez, cada vez, hasta cuando vas a comprar pan o cerveza, que la ciudad, otro personaje, quedó dañada, rota. Y allí vienen las explicaciones más sistémicas: especulación política e inmobiliaria, ningún aprendizaje del pasado, juego perverso con el refugio de las personas. Son ciertas, y si un hijo de sus mil madres es responsable por ese edificio de cartón que se vino abajo, que de alguna forma pague. También, otros discursos: la oportunidad política mientras estamos en medio del caos, la tragedia y el miedo de crear un nuevo mundo. La apelación a todos esos jóvenes y su potencia. Pero esos miles que salieron disparados a auxiliar a otros, no lo hicieron pensando en elecciones por venir o futuros mejores. Fue la urgencia humana y el otro que se muere al lado lo que provocó esa movilización colectiva. Y también somos odiosos o somos nosotros ante el peligro de desaparición: una muchacha se metió al mejor sauna de la ciudad dos horas después del sismo, para relajarse o porque no soportaba ver; un muchacho se quedó con un cambio de más de un paquete de cigarrillos frente a un almacenero a punta de nervios; muchas personas entregaban "solidariamente" sus ropas o colchas viejas, apolilladas o sucias (la misericordia, las sobras).

Capitalizar el dolor. Otra miseria. Resulta obsceno pensar en proyectos políticos en medio de lo trágico, y hasta de lo inexplicable, de lo ingobernable. Esa furia que parte al medio casas, familias, cuerpos. Que puede dejar a una ciudad en ruinas. Y a un pueblo perturbado. Aunque siga viviendo, como siempre lo ha hecho, escombro sobre escombro y muerte sobre muerte.

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