ÚLTIMO RICHARD FORD

El retorno de Frank

El gran novelista norteamericano no es perceptible siempre, pero tampoco es estridente. Queda en pie luego del ruido, como lo prueba su novela Francamente, Frank.

Richard Ford, dibujo de Ombú
Richard Ford, dibujo de Ombú
Francamente, Frank
Francamente, Frank
Richard Ford, foto María Teresa Slanzi
Richard Ford, foto María Teresa Slanzi

HAY SOBRADAS razones para sostener que Richard Ford es uno de los mayores escritores estadounidenses vivos, y que en esa carrera no declarada para determinar quién ha escrito o escribirá "La Gran Novela Americana" lleva hecho un buen kilometraje y sigue en forma. Este rubio alto, de ojos azules, porte señorial y casado con la misma mujer, Kristina, desde hace casi medio siglo, nació en 1944 en Jackson (Mississippi), y vivió parte de su infancia en una casa situada frente a la que había sido, treinta y pico de años antes, el hogar de la escritora Eudora Welty. Y aunque este dato es anecdótico, la narrativa solitaria de Ford comparte un universo no menor con aquellas viejas damas del sur como Welty, Carson McCullers o Katherine Ann Porter, así como con Faulkner (más incluso que con el contemporáneo y también sureño Cormac McCarthy). Escrituras donde lo emocional marca el camino y los personajes y sus voces son determinantes. Una de las mayores voces de Richard Ford es la del personaje Frank Bascombe, estupendo reducto de la medianía humana salvado por su capacidad de edificar en palabras el reino siempre atractivo de la destrucción.

La saga de este vendedor inmobiliario parecía cerrada con la trilogía que formaban El periodista deportivo, El Día de la Independencia y Acción de Gracias, pero un nuevo título, Francamente, Frank (débil traducción de Let Me Be Frank With You) le da dimensión de tetralogía. Como le gusta decir a Ford, su personaje "emerge" de nuevo, y el verbo es apropiado en tanto en esta nueva entrega el punto de partida anecdótico y referencial es la devastadora destrucción provocada en octubre de 2012 por el huracán Sandy, con su secuela de inundaciones, inmuebles arrasados y gente muerta. No es que Frank haya sufrido directamente algo de todo eso, pero tiene ya sesenta y ocho años y los destrozos del huracán parecen la mejor metáfora para ilustrar los de su propia vida, que no son pocos, y para mostrar que algo todavía se puede rescatar de entre los escombros.

AMOR FILIAL

Richard Ford fue el hijo único y tardío (sus padres superaban la treintena y llevaban quince años casados cuando nació) de una familia modesta. Su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por la rebeldía escolar, puños fáciles para la pelea, algún problema con la ley, la muerte de su padre cuando él tenía dieciséis años y la consiguiente modificación de la vida al lado de una madre que debió buscar empleos y terminar de criarlo, pero nunca se sobrepuso del shock. De todo eso da cuenta el autobiográfico Mi madre, in memoriam (1988), publicado luego de que Edna Akin murió de cáncer y Ford ya llevaba una vida lejos de ella.

En ese relato breve hay un episodio clave, hacia el final, cuando la madre ya enferma le plantea la posibilidad de irse a vivir con él y su esposa en el caso de empeorar, y Ford enseguida le responde que sí. Pero cuando la madre le dice que entonces hará planes para sus muebles él le dice "no hagas planes todavía". No está en cuestión el amor que se tienen pero la frase empaña y determina que la madre muera sola, en definitiva, y que Ford escriba este relato que es homenaje y mea culpa. Reconoce que mucho de lo que hay acá está transfigurado en sus relatos, y así es. El centro sobre el que gravita su literatura es la vida familiar, las tensas relaciones entre padres e hijos, el matrimonio, los adulterios, las segundas y enésimas oportunidades, y todos los modos en que la gente busca desesperadamente no sentirse sola.

En la saga de Bascombe está todo eso, sazonado con carreteras interminables, multitudes anónimas, violencia contenida y desatada, y vidas exhibidas para ser observadas, analizadas y devueltas sin comprensión al misterio de la existencia. Pero antes de meterse en la piel de ese personaje que para muchos es su alter ego (no según él) Ford publicó dos novelas menos ambiciosas. Un trozo de mi corazón (1976) era una historia con aires de novela negra que arrancaba con la singular confesión de un asesinato y luego iba hacia atrás en secuencias paralelas y alternadas. El relato era un tanto confuso pero enganchaba con buenos diálogos que luego serían una constante en su estilo. Y el álbum de personajes ya contenía los tópicos nacionales de hombres perdidos en una vaga criminalidad y mujeres golpeadas por la mala vida y los sentimientos traicionados.

La última oportunidad (1981), más lograda que la anterior, volvía sobre tipos de avería, con momentos alucinantes como el de la conversación carcelaria entre el protagonista —ex soldado de Vietnam—, su cuñado confinado por narcotráfico en una cárcel mexicana, y el abogado de éste, más preocupado por observar el sexo disimulado entre otro convicto y una prostituta que por sacar de ahí a su cliente. La novela fue aplaudida por Raymond Carver, que era su amigo personal y no vaciló en decir de ella que debía "figurar junto a novelas como Bajo el volcán, de Malcolm Lowry y El poder y la gloria, de Graham Greene". Ese mismo año Carver había publicado (con ayuda de su editor Gordon Lish, se supo luego) el impresionante libro de relatos De qué hablamos cuando hablamos de amor, y era visible que compartían mundos y que ambos alimentaban de algún modo la imagen del escritor reventado: el alcoholismo y la trashumancia de Carver, la afición a meterse en peleas de Ford.

Quizá Carver solo se adelantó algunos años, suficientes para que la prosa de su amigo hiciera un clic y hallara un personaje no tan outsider como los anteriores, por lo menos no en su fachada, con una biografía menos excitante, pero con una voz que rendía más. Así era el individuo que comenzó presentándose con inocencia melvilleana: "Me llamo Frank Bascombe y soy periodista deportivo". Así comenzaba El periodista deportivo (1986), la novela que le cambió la pisada y por la que supo que su único trabajo sería la literatura. Al año siguiente publicó un libro de relatos excepcional, Rock Springs (1987), y algo después una novela no muy larga pero magnífica, Incendios (1990), narrada por un hijo que veía desmoronarse la relación de sus padres: un hombre sin trabajo que se largaba de casa para ayudar a apagar un incendio ajeno, y una esposa que se conseguía un amante para apagar el propio.

AUTORIDAD

Visto en perspectiva, en esos tres libros fue donde encontró el elemento que luego señaló como clave en su escritura: el concepto de autoridad narrativa. Un dominio absoluto del material por parte del escritor, tan perfecto y seguro que se impone al lector de un modo tan natural como se impone al volante la pericia del conductor. Ese concepto suena como parte de la gran fórmula del éxito (interior, se entiende) que desarrolla en un artículo de 2007 incluido en Flores en las grietas (ensayos, 2012): "El ejercicio de autoridad de los escritores no agota la cuestión de la narrativa, ni es la clave que constituye la grandeza de los relatos. Los grandes relatos son acumulaciones de planificación, vigor, voluntad y aplicación, pero también de suerte, error, intuición e incluso, quién sabe, repentina inspiración para todo aquello para lo que no hay clave y en cuyo seno las cosas a menudo ocurren simplemente". Esa frase debería figurar como máxima permanente en todo taller de escritura creativa, se tenga fe o no en ellos, y le valió para escribir y para leer. Algo de lo que no cabe duda si se piensa que Ford compiló y prologó una de las mayores selecciones de relatos estadounidenses, Antología del cuento norteamericano (publicada en español por Galaxia Gutenberg, 2012), donde no hay un solo ejercicio que no sea brillante y algún autor que falta (caso notorio Salinger) lo hace por motivos ajenos a la voluntad de Ford.

Hay que consignar que en esa antología también mete un relato propio, "Optimistas" (Rock Springs) y que lo elige bien, por representativo de su estilo, y por bueno. Hogares destruidos, niños en medio de las tormentas adultas, tipos que rumian lo que fue y lo que pudo haberse evitado, remordimientos, resignación, etc. Pudo haber elegido cualquier otro relato de ese libro ("Great Falls", "Novios", "Imperio", "Comunista", etc.) o alguna de sus mejores historias de adulterio, como la larguísima "El mujeriego" (De mujeres con hombres, 1997) o la formidable y breve "Encuentro" (en Pecados sin cuento, 2002). En cualquiera de esos libros y más en Rock Springs la prosa de Ford corta el aire. Las anécdotas son simples pero contundentes y nunca la sangre, la traición o el accidente se quedan en la descripción: la naturaleza humana se expone, se desnuda con una precisión detallada y un pudor morboso que recuerdan al gran maestro (Chéjov), a los dos grandes del relato del siglo veinte (Cheever, Carver) y a alguna canadiense excepcional (Munro). El terreno emocional devastado —y si hay adulterio más, aunque conserva para esa relación una mirada triste y dura— es el suelo que pisa Ford.

LA TRILOGÍA

En ese contexto, crear a Frank Bascombe fue quizá arriesgar en un individuo un tanto anodino. Cuando comienza El periodista deportivo, este narrador de treinta y ocho años, habitante de New Jersey, ya está en los descuentos: vive un romance flojo, está divorciado de X, su primera mujer, pasa tiempo en un Club de Divorciados, no tiene una relación demasiado intensa con sus dos hijos, ha fracasado como novelista y se dedica al periodismo deportivo sin sentir particular atracción por el deporte. Pero sobre todo, y este es el dato que atraviesa esta novela y las siguientes, su hijo Ralph, de nueve años, ha muerto hace años de una afección poco usual, el síndrome de Reye. Igual que en la trilogía del irlandés John Banville (Eclipse, Imposturas, Antigua luz), donde la que muere es una hija, ese hecho capital descompagina el tiempo. La diferencia es que lo que en Banville aísla al personaje, en Ford lo hipercomunica. Bascombe está expulsado en el mundo, acribillado de historias y palabras, rodeado de gente, y profundamente solo. Nada hacía pensar que esa historia continuaría después de su desenlace, cuando Frank reconoce su invisibilidad total luego del suicidio de un amigo, y sabe que no tiene adónde ir y le pregunta a los lectores, "¿Adónde irían ustedes en mi lugar?"

Pero una década después, Ford retoma al personaje y lo ubica a fines de los ochenta. Ahora se dedica con éxito a la venta inmobiliaria, su ex ya es nombrada (Ann Dykstra), y él mantiene una relación sin convivencia con la viuda Sally Caldwell, mientras el país entero se prepara para festejar el 4 de julio. La novela que cuenta esto es El Día de la Independencia (1995), que ganó a la vez los premios Pulitzer y PEN/ Faulkner. La incontinencia reflexiva de Bascombe, su cinismo y su misantropía mal digerida siguen vivos; no hay nada que no analice, nada sobre lo que no vierta ácido y desencanto, y casi no hay página donde alguna frase no nos golpee con la contundencia de una revelación: "La mayor parte de la gente, una vez que alcanza determinada edad, se enfrenta día tras día con la idea de plenitud y se aferra a todas las cosas que alguna vez formaron parte de ellos, como un modo de mantener la ilusión de que están plenamente presentes en la vida".

Pudo haber terminado ahí, pero dio más de sí. En 2006 Bascombe regresa con cáncer de próstata y abandonado momentáneamente por su segunda esposa en la extensa Acción de Gracias, que comenzaba con un knock out demoledor. Al leer el diario Bascombe se enteraba de uno de esos típicos asesinatos desquiciados que ocurren dos por tres en alguna universidad: un estudiante descontento ingresa al aula, le pregunta a la profesora si está lista para reunirse con dios, ella responde que cree que sí y el tipo la mata y luego se suicida. En ese diálogo absurdo se encierra para Bascombe el sentido de la existencia, cómo saber cuándo se está preparado para despedirse, dejar algo atrás, morir.

Hay un sabor a clásico en Ford —transmitido a través de todas sus traducciones— que se afianza en esta trilogía, y que curiosamente proviene de un tipo que se toma la literatura con calma. Pasa largas temporadas sin escribir, holgazaneando y mirando televisión, sin deprimirse. "La vida me va bien mientras no escribo", dice, y asegura no hacerlo por dinero, ni como terapia, ni por venganza familiar ni para huir de nada (razones todas poderosas, como se sabe). Y por terrible que sea lo que cuenta esa calma llega a su escritura.

SUSTRACCIONES

En 2012 Ford publica Canadá, historia de dos mellizos, varón y nena, cuyos padres roban un banco, y donde una vez más —como en Incendios y en muchos relatos— los hijos heredan de los padres vagones emocionales que les lleva una vida entera dejar atrás. El relato corría por cuenta del hermano, Dell Parsons, y como casi todo narrador fordiano, trataba de entender la cabeza de los demás, los sentimientos de los otros, más allá de los contextos y las circunstancias. Dell quería saber no tanto por qué sus padres robaron un banco y cancelaron para siempre la posibilidad de una existencia "normal" en términos familiares, sino qué corrientes subterráneas fluían en esa relación que determinaban que un matrimonio insostenible permaneciera. Casi en paralelo a esa escritura, Ford volvía a su niño mimado, y ahora sí, si no es la despedida anda cerca.

Bascombe ha vuelto en cuatro formidables episodios que algunos califican de novela y otros de piezas independientes. En Francamente, Frank hay informaciones repetidas en distintos capítulos, lo que avalaría la hipótesis de que son relatos separados (o un signo del deterioro cognitivo del personaje, vaya uno a saber), pero el efecto de conjunto es el de un ensamble novelesco. Francamente, Frank lo sigue acercando a la muerte, no solo porque ha envejecido, sino porque su voluntad de dar lucha —su voz, lo que lo ha mantenido en pie durante tres largas novelas— se apaga y comienza a desear sustracciones.

En cada episodio Bascombe se encuentra con un personaje diferente, alguien que ha estado ligado a su vida, con mayor o menor amarre, y con cada uno mantiene un diálogo cauteloso, guiado por la premisa de no caer en lugares comunes y no indagar. Su ecuación es: menos palabras + menos relaciones = más felicidad. Los cuatro son, como él mismo, personas que declinan y lo reflejan: el iracundo Arnie Urquhart, que compró carísimo la propia casa de Bascombe en la época de la "burbuja inmobiliaria", ahora no puede creer que el huracán la haya arrasado y de algún modo busca un resarcimiento; la señora Pines, una negra que se crió en la casa donde él vive, le pide para entrar y termina contándole la tragedia que vivió ahí; su ex mujer, Ann, está en un residencial con cuidados especiales, enferma de Parkinson y aún llena de resentimiento hacia él; y Eddie, un antiguo conocido, se está muriendo de cáncer y le confiesa algo bochornoso. Bascombe mira derrumbes por todas partes, y aunque sigue encapsulado en su propio infierno (la muerte del hijo) algo de piedad hacia los otros y hacia sí mismo empieza a colarse. Algo más genuino que sus ocasionales actos de "beneficencia" como ir a leer para ciegos en una radio o ayudar a reinsertar en la vida a soldados que vuelven de Irak o Afganistán. Esto no es nuevo y por sí solo no haría de él un mejor sujeto: recordar la hilarante "línea Sponsor" de Acción de Gracias, que proveía de compañía momentánea a personas que la solicitaran, sin que hubiera pago ni trato sexual; Bascombe no iba por humanidad sino porque tenía cáncer y estaba aterrado. Ahora sus razones comienzan a profundizarse, como conviene a la anagnórisis de un antihéroe envejecido.

Aquí y allá vuelven a brillar esas definiciones fordianas que darían para un diccionario de sabiduría afectiva: "El matrimonio no es más que una historia que pretende ser la única historia", "El amor no es otra cosa, al fin y al cabo, que una interminable serie de actos individuales", o "Las relaciones nunca acaban". Así piensa Frank y tal vez por eso se esmera en llevarle una almohada ortopédica a su ex e incluso puede sentir una erección en su presencia, aunque no volvería con ella. Con todo lo que se ha analizado a sí mismo, el personaje sigue actuando movido por pulsiones que no entiende, redibujándose para los demás.

Por egoísmo, quizá, el lector desea que la saga de Frank no termine aquí, que así como hasta ahora Ford lo ha colocado siempre en la víspera de días señalados (Pascua, 4 de julio, Acción de Gracias y Navidad, respectivamente) al final lo coloque ante el gran e intransferible día. Cuando todo lo que lo ha angustiado —la muerte de un hijo y el futuro de los otros, la relación con las mujeres, el dinero, las elecciones presidenciales, los amigos, las enfermedades, etc.— deje de existir y el espejismo personal y nacional tras el que siempre corrió ("no hay nada como una falsa sensación de bienestar" decía en El Día de la Independencia) caiga por fin.

Otra razón para desear que siga puede tener que ver con aquella pregunta renovable sobre dónde está la gran novela (norte) americana, cuestión que tal vez preocupa más a la crítica que a los escritores. Cormac McCarthy, Don DeLillo, Thomas Pynchon, Joyce Carol Oates, David Foster Wallace, Jonathan Franzen y alguno más giran en la ronda de los últimos años sin que parezca que ninguno vaya a sentarse en la silla. En el abarcador artículo "Las mejores novelas norteamericanas del Siglo XXI", el especialista español Eduardo Lago cita al respecto un sinfín de nombres sin mencionar a Ford. Años atrás, en el artículo del diario El País de Madrid, "Historia de una etiqueta", sí lo había mencionado. Es que Ford y Bascombe tienen eso, que no son perceptibles siempre y no son estridentes nunca. Quedan en pie después del paso del ruido.

FRANCAMENTE, FRANK, de Richard Ford. Anagrama, 2015. Barcelona, 228 págs. Trad. de Benito Gómez Ibáñez. Distribuye Gussi.


Más libros de Ford en español:



UN TROZO DE MI CORAZÓN, Barcelona, 1992. Tr. de Mariano Antolín Rato. 309 págs.

LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD, Barcelona, 1993. Tr. de Mariano Antolín Rato. 233 págs.

ROCK SPRINGS, Barcelona, 1990. Tr. de Jesús Zulaika. 247 págs.

EL PERIODISTA DEPORTIVO, Barcelona, 1990. Tr. de Isabel Núñez y José Aguirre. 396 págs.

INCENDIOS, Barcelona, 1991. Tr. de Jesús Zulaika. 195 págs.

EL DÍA DE LA INDEPENDENCIA, Barcelona, 1996. Tr. de Mariano Antolín Rato. 564 págs.

MI MADRE, IN MEMORIAM, Ed. Lumen, Barcelona, 1999. Tr. de Andreu Jaume. 93 págs.

DE MUJERES CON HOMBRES, Barcelona, 1999. Tr. de Jesús Zulaika. 245 págs.

PECADOS SIN CUENTO, Barcelona, 2003. Tr. de Damián Alou. 358 págs.

ACCIÓN DE GRACIAS, Barcelona, 2008. Tr. de Benito Gómez Ibáñez. 731 págs.

FLORES EN LAS GRIETAS. Autobiografía y literatura. Barcelona, 2012. Tr. de Marco Aurelio Galmarini. 222 págs.

CANADÁ, Barcelona, 2013. Tr. de Jesús Zulaika. 510 págs.

(Todos los libros son de Editorial Anagrama, salvo indicación expresa)

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