POÉTICAS

Remitencias

Abandonaron la poesía porque perdieron la experiencia. Y el perder la experiencia hizo narrar.

Eduardo Milán
Eduardo Milán

EDUARDO MILÁN

La tendencia de hablar tanto es cantar. Así cantó el verbo ser: Cogito, ergo sum, y abandonaba la sumisión al templo donde no había nadie. El pensamiento no piensa en nadie. Salvo a ratos, por momentos. Por un deseo, por un cuerpo. Pero aquel pensamiento de tres meses en barco por el Atlántico mientras ellas iban a Europa y uno se quedaba aquí tipo Zama, nunca más. "Se acabó lo que se daba/ que era nada/ y es por eso/ que la carencia en exceso/ también sobra": Sarduy, nombre de colibrí que viene volando a mí después que escribí aquel libro donde lo había perdido, ido.

Ellos abandonaron la poesía porque perdieron la experiencia. Y el perder la experiencia hizo narrar. Narrar como sanación, como si en el cuento envolvente quedara la experiencia atesorada para las infinitas noches que vendrán, el cristalito de haces, tesorito. El diminutivo, demasiado, es una maldición. En espera que el tiempo se abra y se pueda meter la mano ahí para rescatarlo vivo, medio atontado por el tiempo pero vivo. La narración como hibernación, lo que conserva a una temperatura más que helada, al borde estático de unas estepas, los arrebatos impulsivos de una pérdida eficaz de la conciencia. Eso mismo: el momento en que la caridad sustituye a la justicia. Los últimos poemas fueron la narración de poemas. La poesía encomendada hacia atrás, al fue, eso fue, tus padres fueron, tus abuelos, el Estado absolutista y luego la Revolución Francesa y Dantón, claro, no Saint-Just. Eso se entiende por calidad. ¿No habríamos pasado demasiado tiempo sometidos a la calidad? La experiencia de Hölderlin es la buena, la de Rimbaud, esa sí que fue de veras, la de los vanguardistas que en un primer intento tomaron todo por sorpresa. Europa, viva Europa, Nueva York, viva Nueva York, Berlín, viva, viva. Y nosotros aquí contando la poesía como las últimas monedas que tienen que alcanzar hasta la noche porque ya no hay Noche —eso daba lámparas, mística, Novalis pero también tango: "el músculo duerme/ la ambición trabaja". Entraba el siglo XX en el Río de la Plata. Y estaba lloviendo en la calle, John. La poesía tiene un tiempo propio, su tiempo. Uno entra ahí. Es un tiempo de remitencias, unas remitencias que refieren-refieren. Unos mitos dejaron brasa o algo que así se imagina. No hay ninguna brasa, ni rastro. Y eso que el pie es anterior a la huella. En la tierra roja, en los árboles pelados, bordeando la carretera a Itacuatiá, una especie fonética de Itaca, la de Ulises, pero de mi abuela materna, Luisa Dias Damilano. Y todo termina resonando abajo, entre cañadas, hondonadas que terminan en murallones y cañones del tipo Colorado.

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