COMENTARIOS EN INTERNET

La rebelión de las masas

Hay mucho para entender detrás de los millones de comentarios que la gente deja en Internet. Pero hay que dejar de lado los prejuicios.

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Joseph M. Reagle Jr.

MÁS ALLÁ de la monótona discusión sobre el futuro de Twitter, de Youtube u otras aplicaciones deslumbrantes (Periscope, por ejemplo) poco se habla de la enorme cantidad de aportes que la era digital ha generado en los márgenes en el modo "comentarios". Ese fenómeno, lejos de ser marginal, remite a la vieja discusión sobre el papel de las masas en los cambios sociales. Ya lo discutió José Ortega y Gasset en el clásico La rebelión de las masas (1930) tan mal leído, pues no era un libro político, como él mismo aclaró. A Ortega le sorprendían y preocupaban aspectos culturales más profundos, difíciles de identificar, lo cual configuró una advertencia profética.

Hoy, al pie de las páginas web de los medios de prensa, sorprende la cantidad de comentarios donde el público discrimina, descalifica, miente, agrede o manipula. Tanto que se ha consolidado el prejuicio de que leerlos es una pérdida de tiempo, pues es un sitio donde comandan los narcisistas manipuladores, la gente vuelca lo peor de sí y la vulgaridad campea. Sin embargo allí hay mucha información útil para entender el fenómeno. En Estados Unidos los "comentarios", entendidos como un valioso feedback, han sido objeto de estudios e interpretación. Siguiendo esta tendencia el académico de la Northeastern University Joseph M. Reagle Jr. acaba de publicar el libro Reading the comments (MIT Press), título que se traduce "Leyendo los comentarios". Allí explora la punta de un gigantesco iceberg, un mundo que revela mucho sobre cómo es —y cómo se ve a sí misma— la gente de esta era.

DESHUMANIZAR AL OTRO

A la hora de escribir un comentario en la web los usuarios dejan de lado sus inhibiciones, pierden los "filtros". Hace pocos meses una entrevista en El País Cultural al traductor Jorge Aulicino, autor de una nueva versión rioplatense de la Divina Comedia de Dante (y anunciada en el título como una traducción "más uruguaya"), provocó una cantidad inusual de comentarios en contra. La mayoría reaccionó sin haber leído la entrevista (lo cual es bastante común). Lo sorprendente fue que esos usuarios sabían de literatura o eran docentes. Sin embargo se aferraron a la vieja traducción que usaron en clase con sus alumnos, y descalificaron la nueva sin leer los argumentos de Aulicino.

Este episodio dantesco dejó sin embargo un dato positivo: escribieron lo que pensaban. Los comentaristas fueron auténticos en un ámbito donde la autenticidad escasea. El libro de Reagle revela, en ese sentido, un inventario de imposturas, manipulaciones y agresiones anónimas, a veces con consecuencias terribles, como es el caso de los suicidios adolescentes. Analiza, por ejemplo, la figura del troll, rol arquetípico que según la lingüista Susan Herring refiere a "alguien que envía mensajes en apariencia sinceros que buscan tanto respuestas predecibles como insultos, y que solo provoca pérdida de tiempo en discusiones fútiles". Reagle entiende que el troll ha hecho metástasis, sobre todo entre las audiencias de medios masivos como CNN, BBC o The New York Times. Afirma que la web tiene pocas herramientas para enfrentar a este fenómeno.

El libro cita a numerosos psicólogos. Para la amplia mayoría estas desviaciones de conducta deben ser corregidas... mediante otras conductas. Por ejemplo, con campañas publicitarias que indiquen a los usuarios "que no les hagan caso". Poco aportan sobre las motivaciones más profundas. Sí, claro que tienen "desconexión moral", como afirma un psicólogo, sin ampliar sobre mecanismos subyacentes. Reagle percibe esta limitación que impide empatizar, ponerse en lugar del otro y, por ejemplo, descubrir cuánto de troll tenemos dentro de nosotros ("Allá abajo en la web nos vemos cada más más tentados de convertirnos en manipuladores, y a medida que eso ocurre vamos perdiendo algo en el proceso"). Cierta psicología norteamericana parece no estar preparada para comprender por qué algunos en la web necesitan sabotear cualquier intercambio constructivo, o deshumanizar al otro para proyectar sobre él lo peor.

USUARIO CRÍTICO

El fenómeno remite a otra discusión: el crítico especializado ¿debería desaparecer? Ahora que todos dan su opinión, expresan sus gustos y disgustos de forma masiva, el aporte del especialista parecería innecesario.

Este razonamiento se apoya en una idea falaz que, llevada a un extremo, puede ser peligrosa. En esto ha sido clave la cultura Amazon, el sitio que consolidó la venta de libros papel online, cimentada en la visión de su creador Jeff Bezos. En el año 2000 Bezos confesó: "Queremos que todos los libros se puedan adquirir —los buenos, los malos y los feos. Cuando haces eso tienes la obligación —al crear un entorno de compras que incentive las mismas compras— de dejar la verdad suelta ("to let truth loose", en el original). Eso es lo que estamos tratando de hacer con los comentarios de los clientes".

Hay que tener cautela con estos planteos. Bezos es un gran empresario que sabe cuándo disfrazarse de profeta. Sus profecías suelen ser estrategias de marketing para llevar agua a su molino explotando los temores de la gente. Anunció, hace mucho, la muerte del libro papel y su sustitución por el ebook. Hoy se imprimen más libros que nunca, el libro electrónico se ha estancado, y Amazon domina el mercado de venta online con una muy amplia gama de productos. Y la crítica especializada, con su "verdad" todavía bajo fuego, sobrevive.

No es una discusión nueva. "La tensión entre el input del público y la opinión de los expertos precedió y continúa en la era digital" señala Reagle, al igual que los argumentos en torno a quién puede reclamar la condición de crítico. Es histórica la cantidad y calidad de información que la gente vuelca hoy de forma voluntaria sobre los productos que consume, aunque esa información pueda ser en parte manipulada (según estudios independientes, entre un 10% y un 30% de los comentarios de toda la web son falsos o manipulados). Pero que esa cantidad de información espontánea, honesta, mal escrita, a veces inocente, absurda o inútil, sustituya o elimine la opinión del experto, no parece razonable. En 2010 los editores del New York Times Book Review propusieron a seis críticos examinar las reflexiones que Alfred Kazin planteó en el año 1960 en un artículo titulado "La función de la crítica hoy", pero en el contexto de la era digital. Para Stephen Burn, por ejemplo, ahora que las audiencias tienen voz propia el crítico que opina desde la altura del Olimpo, pretendiendo ser inapelable, está liquidado. Cree que hoy el crítico debe hablar sobre el contexto de la obra referida, y ampliar el panorama. Katie Roiphe y Sam Anderson, a su vez, entienden que los críticos deben diferenciarse del resto apelando al estilo, pues escribir bien y con talento les permite tomar distancia de lo transitorio (el lenguaje inocente, humorístico). La buena escritura sería el indicio de que quien escribe tiene autoridad, posee esa acumulación de experiencia y conocimiento que le permite iluminar puntos oscuros, leer entrelíneas, y lidiar con problemas complejos para traducirlos a un lenguaje simple.

Para el crítico es una realidad difícil, pero muy estimulante. La relación textual en Internet tiende a eliminar las diferencias de estatus (por ejemplo entre docente y alumno, o entre críticos y lectores). Semejante igualación debe ser bienvenida, jamás condenada, pues deja la puerta abierta para la mejor de las críticas, aquella donde el reseñista realiza un viaje hacia la obra reseñada, y luego le cuenta al lector esa experiencia como si fuera un diario de viaje, en un lenguaje llano, directo, que permite razonar juntos en un plano de igualdad, de respeto mutuo.

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