Especial Guerra de la Triple Alianza

El presente de esa guerra maldita

Volver a una guerra tan espantosa, y en la cual fuimos victimas y victimarios, no es fácil. Y menos cuando esa guerra sigue tan presente.

Iglesia de Humaitá hoy, tal como quedó tras el bombardeo brasileño. Foto: Archivo

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LÁSZLÓ ERDÉLYI (DESDE HUMAITÁ, PARAGUAY)vie dic 5 2014

Algunos saben que Uruguay, aliado con Brasil y Argentina, peleó hace años una guerra desigual y espantosa contra Paraguay en tierras guaraníes, aunque ese conflicto se prefiere olvidar o recordar con discursos simples, repetidos. Poco se sabe, por ejemplo, de los miles de uruguayos que murieron allí entre 1865 y 1866.

A 150 años del inicio del conflicto acompañamos a una expedición arqueológica que siguió el derrotero final del contingente oriental en tierra guaraní. También entrevistamos a historiadores e intelectuales que cuestionan los relatos clásicos y la manipulación de la historia, y revelamos documentos paraguayos de época, siempre enfocados en los detalles de esa guerra que explican el presente de las cuatro naciones fundadoras del Mercosur.

Ustedes son los uruguayos?" pregunta una voz en la oscuridad. Son las 5 de la mañana en la calle 15 de agosto, centro de Asunción, y el grupo carga sus variopintas pertenencias —alimentos, equipo electrónico, valijas, abundante agua potable— en una camioneta 4x4 alquilada. Todo huele a expedición al fin del mundo. El que pregunta es Sergio Ríos, antropólogo del Gabinete de Arqueología del Ministerio de Cultura paraguayo. La expedición ahora es binacional. Se sumará media hora más tarde Ruth Benítez, a cargo de dicho Gabinete, joven experta en excavaciones en campos de batalla y en particular en la Guerra del Chaco, trabajando en el hostil entorno de la selva chaqueña. Ruth está embarazada de ocho meses. Su hijo en la panza, contra todos los augurios, será una notable compañía en las peripecias por venir.

Este cronista integra el grupo convocado por el Batallón Florida del Ejército uruguayo, quien financia la expedición arqueológica a cargo de los investigadores de Campos de Honor Diego Lascano y Marcelo Díaz Buschiazzo. Ambos han explorado los campos de batalla de Uruguay y el extranjero. La meta: saber más de la batalla donde cayó el comandante oriental del Florida, León de Palleja, en el sitio conocido como Boquerón del Sauce (1866). En dicha batalla —un triunfo paraguayo en tierra guaraní— el contingente oriental fue virtualmente aniquilado.

El Batallón Florida lleva en su seno dos cuestiones que duelen, y que sus integrantes prefieren evitar. La más reciente refiere a las violaciones a los Derechos Humanos ocurridas en sus instalaciones durante la dictadura militar, tema que la sociedad en su conjunto aún está procesando. La otra, más antigua, trata sobre su participación en la Guerra de la Triple Alianza, una guerra maldita que nadie quería pero que aún así fue la más terrible ocurrida jamás en América del Sur, equiparable por su escala y brutalidad con la contemporánea Guerra de Secesión norteamericana. Pero hay demasiados puntos oscuros y discursos tramposos; el pasado es confuso. "Creemos que a 150 años podemos comprender qué pasó realmente" dice el actual comandante del batallón, el teniente coronel Wilfredo Paiva, con optimismo. Completa el grupo el coronel Roberto Velazco, licenciado en historia de los conflictos armados. La idea es encontrar pistas concretas que renueven la historia.

Dejamos atrás Asunción con las primeras luces del alba. Son 400 kilómetros hasta Humaitá, en las orillas del estratégico río Paraguay, hoy un pacífico pueblo de apenas mil habitantes pero entonces, durante la guerra, una temible fortaleza paraguaya conocida entonces como la "Sebastopol de América del Sur", en referencia a la ciudad rusa asediada de la Guerra de Crimea. A pocos kilómetros de allí, en Paso Pucú, estuvo instalado el líder paraguayo Solano López comandando esa sangrienta fase de la guerra ocurrida en una pequeña lengua de territorio cerrada por los ríos Paraguay y Paraná, y que desde territorio argentino es observada por Corrientes. El pueblo de Humaitá, que todavía conserva las ruinas de su iglesia bombardeada por los acorazados brasileños, sería nuestra base de operaciones.

BIENVENIDO A LA SELVA.

Los kilómetros previos a Humaitá muestran lo hostil del territorio que recibió a aquellos cientos de miles de soldados: esteros, humedales, naturaleza generosa, colores, sonidos y olores que todo lo invaden. Llegamos apenas pasado el mediodía y, en un trance frenético para aprovechar la tarde, los integrantes del equipo se prepararon para su "guerra" con la naturaleza: botas especiales, polainas antiofídicas, pantalones de selva, guantes, sombreros, abundante repelente de larga duración, y los detectores que permiten "iluminar" lo que hay bajo tierra.

El campo de batalla de Boquerón del Sauce queda a 13 kilómetros en línea recta de Humaitá, según afirman los geolocalizadores satelitales o GPS. Pero los caminos son un desastre, dignos de camionetas con doble tracción, por los que apenas se puede transitar a diez, quince kilómetros por hora (las lluvias de los días siguientes lo empeorarían). Antes de llegar se impone la visita de rigor al propietario privado del sitio de la batalla, lugar que en sus claros no selváticos es propicio para la explotación ganadera. Luego, tardamos una hora en llegar. Tras franquear las tranqueras caminamos varios kilómetros de la mano del baqueano Vicente por una selva tupida donde se pierden todas las referencias, y hay demasiado silencio. Nos acompañan tres policías que filman todo. Luego un claro y la selva otra vez. Los mosquitos zumban, pero todavía con respeto. Una suerte de lianas y una planta terriblemente espinosa, con un fruto carmesí al medio (caraguatá), hacen dificultoso el trillo. Es aquí donde valoramos las botas de selva, las incómodas polainas, y los pantalones cargo.

Ya con la ropa empapada en sudor aparece la trinchera paraguaya de Boquerón, la que Palleja y sus tropas no pudieron franquear en un ataque frontal, suicida, un 18 de julio de 1866. Dicha trinchera, de tres metros de profundidad por cuatro de ancho, era el obstáculo final que encontraba el soldado oriental o argentino si sobrevivía a la balacera y las granadas que le tiraban en el desfiladero previo de 400 metros de largo. Una vez llegado al foso debía bajar con escalera, moverla y trepar del otro lado para encontrar al adversario, que hacía rato le disparaba con comodidad. En los hechos fue un virtual fusilamiento.

Diego enciende el detector de metales, y éste enloquece. "Acá hay algo grande" dice. Es el primer hallazgo: un trozo de metralla de unos 200 gramos de peso. Hierro puro, oxidado, que hace 148 años voló incandescente, mortal, tras desprenderse de la carcasa de una granada disparada por un cañón La Hitte, granada que estalló en tierra o en el aire. Comienza el protocolo arqueológico de rigor: registro del sitio preciso de acuerdo al GPS, características de la pieza, estado de conservación, origen, etc.. Son datos concretos que "hablan" de lo que ocurrió en el lugar. Recién después la pieza se recoge para su conservación. Ese primer hallazgo es aprovechado por Marcelo para explicar de forma didáctica el proceso a los presentes. Hay excitación, pero también respeto. Quizá un ser humano fue destrozado por esa ominosa pieza de hierro.

Volvemos agotados a Humaitá. Es Halloween, 31 de octubre. No tenemos caramelos. Un gracioso arriesga que, en caso de no acatar el "truco o treta", los niños de Humaitá te tiran granadas viejas. Pero no. Como se podrá comprobar en los días siguientes, los humaiteños protegen su cultura local, de fuerte impronta guaraní, de cualquier bruja importada. Tienen suficiente con sus propios demonios.

BOMBAS ACTIVAS.

Poco a poco se toma conciencia de la escala de lo que ocurrió allí, no sólo en términos militares. Los ingenieros, capaces de construir complejas fortificaciones en horas o inventar de la nada caminos de cientos de kilómetros, tuvieron que lidiar con un entorno extremo del que no existían mapas, con abundantes ríos, pantanos, lagunas, paisaje que remitía por su exotismo y aislamiento al Congo de la novela El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad (1899), con Solano López como un posible Kurtz conradiano (es curioso: desde que leí sobre las orejas cortadas de los marinos brasileños masacrados que fueron colgadas a modo de trofeo en el vapor paraguayo Iporá, en el Mato Grosso, las imágenes de la película Apocalipsis ahora de Francis Ford Coppola (1979) siempre estuvieron presentes, sobre todo las tremendas escenas finales en el campamento de Kurtz. Sin embargo las imágenes que me acompañaron en Boquerón cada día, a modo de ensoñación, no fueron esas; pertenecían a la película La delgada línea roja de Terrence Malick (1998), sobre el asalto norteamericano a Guadalcanal. Es una película de guerra curiosa, con muchos silencios. Hacía años que no la veía; tras volver y reproducirla online todo quedó claro al escuchar la primera frase de la voz en off: "¿Qué es esta guerra en el corazón de la naturaleza?"). En este entorno intransigente los aliados y los paraguayos pelearon durante dos años muchas batallas, todas brutalmente sangrientas, y algunas fuera de escala como la de Tuyutí, cerca de Boquerón del Sauce, en la cual se enfrentaron casi 80 mil soldados. Es la madre de todas las batallas latinoamericanas: se dispararon millones de proyectiles y en pocas horas murieron 15 mil hombres. Luego, cuando los aliados superaron Humaitá en 1868, comenzó la última fase de la guerra, la "aniquilación". Bajo mando brasileño esta triste etapa de "guerra total" duraría dos años más, donde hasta los niños paraguayos fueron enviados a morir a los campos de batalla.

En Boquerón del Sauce los combates duraron tres días y produjeron 7.500 bajas. El fotógrafo Javier López de la casa montevideana Bate & Co. tomaba sus fotografías incluso en plena batalla. También las montañas de cadáveres. Y una anodina: la vista de la entrada del Boquerón desde las líneas aliadas, una foto vacía, con pastos chamuscados, tomada en la tensión previa al comienzo de la batalla del 18 de julio. Tras buscar el sitio adecuado bajo un sol abrasador ("mirá dónde pisás" me advierten), tomo la misma foto 148 años más tarde.

Vuelvo para alcanzar el grupo. De pronto, a primera vista, sobre un terrón recién dado vuelta por una vaca, reluce algo muy blanco. Es una bala minié de plomo, esas que por su alta velocidad provocaban daños espantosos en los tejidos, órganos y huesos humanos. Anuncio a gritos mi hallazgo. Llega Diego y repite el protocolo de recuperación. Como podríamos comprobar en los días siguientes hay mucho material en la superficie a pesar de los años, los elementos, los animales y los saqueadores.

Darío Encina, periodista paraguayo de Paso de Patria, nos cuenta de este legado maldito de hierro y plomo que "duerme" en estas tierras. En la década del cincuenta algunos propietarios, cansados por no poder arar sus tierras (los arados quedaban destrozados), optaron por limpiar y vender el metal que luego era transportado en barcazas hacia las fundiciones argentinas río abajo. Luego apareció un personaje singular: el coleccionista. Poco a poco viejos sables, fusiles, balas, hebillas, bayonetas, y proyectiles de diversos calibres pasaron a valer cientos, y a veces miles de dólares, según la rareza de la pieza. También podía aparecer oro o plata en forma de monedas, a veces en cantidades importantes. El coleccionista devino entonces en buscador de tesoros. Hoy es un lucrativo negocio que hasta tiene sus "recolectores" profesionales, a veces mejor armados que la policía, aclara un integrante de la comitiva. Diego y Marcelo sufren ante estos relatos. "Es increíble toda la información que se pierde" en términos arqueológicos. Algunos habitantes locales, como la venerable Vicenta Miranda de Humaitá, llevan adelante museos privados con la finalidad de salvar parte de este patrimonio, tarea que se remonta a generaciones. Nos conduce a su casa que ofrece un despliegue de múltiples artefactos. Hay piezas insólitas, como una planchita de hierro de apenas seis centímetros, quizá utilizada para planchar los cuellos de las camisas de los oficiales aristócratas brasileños. También muchos proyectiles de cañón La Hitte sin estallar y aún activos, de tres calibres diferentes, muchos kilos de peso y extrañas formas alargadas. "¿Hay manera de desactivarlos?", pregunto. Diego dice que no. Con la espoleta de ignición oxidada y la pólvora quizá muy inestable, el riesgo es alto. Mientras, duermen su sueño de muerte en el jardín junto a las plantas.

Marcelo y Diego dedican una mañana a un taller para los propietarios de estos museos privados. Les enseñan sobre conservación de materiales para cortar, por ejemplo, el proceso de oxidación del hierro. También les cuentan sobre sus procedimientos para llegar a identificar la trinchera paraguaya de Boquerón del Sauce apelando a la fotografía satelital y a diversas fuentes documentales. Vicenta, que es profesora de Historia, es la más entusiasmada. "Saben más que nosotros", le dice a otra participante, bajito. Ésta mira al piso, duda un instante y le contesta, apretando los labios: "No, no saben más que nosotros".

Volviendo de Paso de Patria paramos en el monumento conmemorativo a la batalla de Estero Bellaco (1866), que luce como un pantano vacío, inocuo, a pesar de que miles y miles de hombres murieron allí en pocas horas. Un par de kilómetros más y nos detenemos en el monumento a la batalla de Tuyutí (1866). La visita es turística; caminamos sin mayor preocupación. Estoy sin lentes y aún así me llama la atención un punto blanco en medio de un terrón de tierra bien colorada. Otra bala minié. Antes de advertir a los demás del hallazgo recuerdo el relato de Haruki Murakami de su visita al campo de batalla de Nomohan (1939), en la frontera de Manchuria, mientras investigaba para la que luego sería su consagratoria novela, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Murakami encuentra los vestigios bélicos a ras de tierra, intactos, como si el tiempo, el día de la batalla, se detuvo para siempre.

HALLAZGO ARQUEOLÓGICO.

La guardia policial nos acompaña siempre, por seguridad, me dicen. "Es que aquí hay anacondas" agrega Sergio con naturalidad, mientras le pregunto por el nombre científico para disimular el susto (anaconda amarilla, eunectes notaeus). Yacarés habíamos visto, aunque sólo el par de ojitos que nos observaban sobresaliendo del agua (esos mismos que los oficiales aliados cazaban por deporte, según las crónicas). Ya no hay silencio. Los monos aulladores se hacen sentir a la caída del sol con un peculiar gemido lejano, como de ultratumba, desgarrador. Hace dos meses Vicenta había visto un puma a algunos kilómetros de aquí. Alguien aclara que la policía acaba de matar la semana pasada a un yaguareté en este mismo monte (jaguar, panthera onca). Sergio se lamenta: es una especie en peligro. Atacó tres vacas, nos informan. El "gatito" en cuestión pesaba entre 50 y 100 kilos. Si a eso le sumamos la habitual población de culebras y arañas, mosquitos y moscones, más la brutal alergia que me provocaban el polen y los ácaros, la estadía en la selva perdía romanticismo a pasos agigantados; decidí poner fin a mis paseos solitarios buscando mariposas, que aquí son gigantes y de colores insólitos. Una hora más tarde escucho lejos un rugido de gato grande que retumba en el monte. De un salto le advierto a los compañeros, pero nada; es el último día y la búsqueda arqueológica es pura adrenalina. La idea romántica de que la "selva te habla" era ahora literal, y crecía a cada instante.

De pronto Diego anuncia a gritos un hallazgo. Comienza a escarbar con cuidado. Los sensores enloquecen. Aparece una bala, dos, cuatro, todas juntas, y los sensores anuncian más. Al final quedan al descubierto 54 objetos amontonados entre los que hay balas de varios tipos, pedernales, etc., provenientes de la cartuchera de un soldado proveedor, quizá paraguayo, el famoso supporter de los video games actuales (del tipo shooters, aclara mi hijo, que agrega: "¿Por qué no hay video games sobre la Guerra de la Triple Alianza?"). Pero el supporter, que puede transportar hasta desfibrilador, es un hombre rico al lado de aquel soldado mal alimentado, con su uniforme hecho harapos, picado y mordido por alimañas varias, que había perdido los hábitos de higiene, que sobrevivió al cólera y que quizá fue testigo del disparo mortal recibido por León de Palleja a pocos metros de donde cayó su cartuchera. El cuero había desaparecido pero todo estaba allí, a 55 metros de la trinchera paraguaya. Una vez en el suelo alguien la pisó y enterró por 148 años en el fango. El equipo coincidió en que era un hallazgo arqueológico notable.

Las 54 piezas fueron registradas por Ruth, sentada junto a Diego y Marcelo, en un proceso que duró dos largas horas. En los cuatro días que nos internamos en la maleza, fuimos atormentados por un sol abrasador, los pies dolían y la cadera estallaba, Ruth nunca se quejó. Días después ella anotaría en su Facebook: "Así trabajaron siempre las mujeres de trincheras del Paraguay. Mujeres madres-padres que debían cumplir la misión aún en situaciones adversas". Este discurso, de fuerte carga heroica, es parte importante de la identidad nacional paraguaya. En la guerra murieron casi todos los hombres y las mujeres se pusieron el país al hombro con abnegación, a pesar de haber sufrido lo indecible y de que nunca las consultaron para empezar esa guerra. Es un discurso paradójico, pues estas heroínas conviven hoy con un poderoso machismo donde abunda la infidelidad masculina. Miro a Ruth, su flacura, su panza prominente, una joven madre profesional que no ha engordado un solo kilo más allá del necesario para su bebé, y veo que pertenece a un mundo más concreto, universal, libre de todo discurso. Es puro equilibrio zen en un mundo masculino que se resquebraja.

Retornamos a Humaitá a los saltos en la caja de la camioneta. Hay mucho cansancio. Sergio me pregunta cómo se valora la figura del Presidente uruguayo Venancio Flores, comandante oriental de esta guerra, en el Uruguay de hoy. "¡Muy mal!" le contesto. Él y Paiva, que está a su lado, me miran con los ojos redondos por la respuesta poco analítica. Pero no es fácil para un uruguayo comprender a los compatriotas de entonces, donde blancos y colorados se mataban apoyados por los vecinos de turno sin un sentido claro de nacionalidad, y esas luchas fueron el detonante de esta horrenda guerra que provocó más de 300 mil muertos entre pueblos hermanos. Por eso la historiografía uruguaya ha evitado estudiar la campaña de Flores en Paraguay. Poco se sabe de los miles de uruguayos que murieron en las batallas de Yatay, Estero Bellaco, Tuyutí o Boquerón del Sauce, a pesar de que León de Palleja legó unos diarios que toda la historiografía de la guerra ha valorado. La realidad, sin embargo, es que "nunca se ha escrito una historia de la campaña de la División Oriental en Paraguay" escribe el Profesor Juan Manuel Casal ("La División Oriental en la Guerra del Paraguay", 2009). Por qué fueron, por qué desertaban o enfermaban, cuáles eran sus dilemas vitales, qué sentían más allá de banderas, enconos u otras miserias. Thomas Whigham en su notable La Guerra de la Triple Alianza aporta gran cantidad de datos sobre la campaña militar uruguaya y explica en una entrevista para este suplemento el por qué de esta omisión (pág. 14-15).

A la vuelta encuentro periodistas locales que trabajan para medios de Asunción. Cubren el trabajo arqueológico de Campos de Honor en tierra paraguaya pero sus angustias están en otra parte. Días atrás fue asesinado el colega del diario ABC Color Pablo Medina por el crimen organizado. También la probable instalación de una central atómica en la provincia argentina de Formosa. Vuelvo al hotel para ordenar las notas; escucho a alguien del equipo comentar que la dueña de uno de los museos privados de Paso de Patria que habíamos visitado no deja ingresar al mismo a militares brasileños uniformados. Algún rencor persiste del lado paraguayo, y la falta de tacto brasileño también. Después de todo lo que ocurrió en esa guerra tan presente, el uniforme debería quedar en casa.

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