novela de nelson díaz

El portador de la llama negra

Camino a completar la trilogía "Terminal Moebius", sale la segunda novela del escritor uruguayo que lleva como título Resaca.

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Foto: Patricia Díaz Graffigna

RESACA, de Nelson Díaz. Yaugurú, 2015. Montevideo, 107 págs.

ES UN monstruo de Frankenstein en el que no prendió la chispa de la vida, dicen que dijo Virginia Woolf para referirse a la obra de un colega. No fue posible hallar la cita, y por eso no está entre comillas. De todos modos la imagen es útil para hablar de ciertas piezas de escritura que, como Resaca, ensamblan partes de distinta procedencia con un objetivo nada modesto: la creación de algo que respire por sí mismo. La diferencia, en este caso, es que Nelson Díaz sí consigue insuflar vida a su monstruo. Resaca, a pesar de las referencias casi obligatorias, de las frases previsibles, de las citas cantadas y de los recursos ya conocidos, es una novela que funciona y conmueve.

El comienzo de Resaca está en Corporación medusa, una novela anterior, primera de la trilogía titulada Terminal Moëbius que, según se anuncia, se cerrará con la todavía inédita Metástasis. El narrador y protagonista es Roger, un personaje que ya había asomado en dos libros anteriores de Díaz, ambos de poesía: Liturgia urbana (2000) y Rigor mortis (2005). Roger es poeta. Roger no está muy bien de la cabeza. O tal vez efectivamente esté siendo perseguido por orden de La Corporación, que se vale de la "cofradía de la estupidez universal" para controlar y acosar a los "perros terrestres". En realidad, que Roger esté loco o sea un lúcido habitante de un mundo enajenado no tiene la menor importancia. La gracia de la novela (de las novelas) está en el juego que propone y que el lector va jugando junto con Roger por la sencilla razón de que, a pesar de su lenguaje afectado, sus frases grandilocuentes y su incesante remitencia a precursores célebres, el tipo es gracioso y creíble.

Al final de Corporación medusa Roger está desaparecido (pero quien lo dice es el narrador, reforzando así la idea de duplicidad o esquizofrenia del personaje). Al comienzo de Resaca Roger despierta en una clínica psiquiátrica de la que pronto podrá salir. Durante el resto de la novela (que es breve) Roger se alimentará de naranjas y seguirá, sin demasiada sorpresa, un juego en el que será guiado por diversos artistas (todos rescatados del panteón de los malditos) para descifrar un enigma que, evidentemente, no será descifrado. Desfilan así por las páginas, en referencias directas o veladas, François Villon, Antonin Artaud, Boris Vian, Alfred Jarry, Patti Smith, William Burroughs, Jean Genet, Lautréamont (¿cómo podría faltar el maldito preferido de los uruguayos?) y varios otros, incluyendo a compatriotas más o menos contemporáneos, mientras se alternan tramos narrados en primera persona, diálogos, poemas, fragmentos de entrevistas, dibujos, citas con o sin alteraciones, cartas al editor y demás formatos combinados en un collage (un patchwork, dice el narrador) fuertemente expresivo y, curiosamente, divertido.

Un riesgo implícito en la literatura que se propone mezclar ficción y "realidad" es el de ser leída como la obra de alguien concreto; como la producción de un nombre propio, de una biografía, de un autor. Lejos de la pretensión estructuralista de situar en el texto los límites de la obra, la autoficción y la escritura autorreferencial sirven en bandeja la oportunidad de leer las escrituras con la llave de la historia personal de quien las produjo. Con esa llave, entonces, es necesario decir que pocas novelas son tan su autor como éstas de Nelson Díaz. Inteligente, autodidacta, capaz de profundizar empecinadamente en los territorios de su interés e ignorar olímpicamente los que no llaman su atención, Díaz es un genuino portador de la llama negra y seria del malditismo. Su prosa es, demasiadas veces, solemne, pero él odia la coloquialidad en literatura. No hay nada nuevo en sus novelas (los patchworks, así como las citas y los juegos, ya se han ensayado en abundancia), pero la honestidad brutal con que las concibe y las arma es nueva siempre, así como es nueva la desnudez cada vez que se muestra. Muchos podrán jugar a descifrar las referencias de estos extraños libros llenos de color azul y tipografías cambiantes, pero lo mejor de estas historias está en los momentos en que Roger se muestra como lo que es, al fin y al cabo: un muchacho de barrio enamorado de la belleza viviendo en un mundo que, lejos de dejarlos morir, no para de salvar a los feos. 

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