Último Carlos Liscano

El placer del descubrimiento

Conjuga la ficción más pura con una ficcionalización de su propia realidad.

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Carlos Liscano

La obra de Carlos Liscano (Montevideo, 1949) gira en torno a la experiencia carcelaria, el auto exilio y los libros. Su último trabajo publicado, Vida del cuervo blanco, no es la excepción.

La primera parte se titula "Lector salteado". Es un diario de vida y escritura donde el autor desnuda los estados de ánimo que interfieren en su creación literaria, o que la producen. Liscano habla desde lo íntimo, con saltos temporales hacia distintas etapas de su vida: la infancia, la cárcel, el exilio. Pero lo más interesante es el presente: la casa en las afueras, la cocina a leña, el perro, y la alternancia de estos elementos cotidianos con las idas a Montevideo para participar en una actividad propia de escritores: las entrevistas. Plantea una dicotomía con un dejo de amargura: "Antes era pobre, era libre, y miraba el mundo desde el único punto que para mí tenía significado, la escritura. Ahora vivo para cuidar lo que poco a poco se ha transformado en imprescindible: reconocimiento, comodidades". El acto de la escritura es concebido como el viaje de regreso desde las regiones de la locura. Por eso el escritor que no escribe se sitúa en el lugar de la duda, de la indefinición de sí mismo: "El que yo creo ser no existe. El que quisiera ser está en la escritura que, en la medida que fracasa, o que no escribo, nunca llega a ser".

UNIVERSO PROPIO.

La segunda parte, la que da título al libro, está dividida en diez capítulos en los que se narran las aventuras del cuervo blanco. Cada uno presenta un subtítulo que adelanta elementos de la trama y juega con las expectativas del lector. Los epígrafes de Borges y de Tolstoi, por ejemplo, sugieren que la novela admitirá varios registros de escritura y lectura. Esto se vincula con una de las ideas centrales de la primera parte, "Lector salteado": "Quien se pone a escribir ha leído mucho, ha elegido la zona de la literatura que más le interesa, ha seleccionado los libros que vuelve a leer de vez en cuando. Siente que ese universo es creación suya. Lo ha creado a lo largo de muchas lecturas. Allí están los libros y los autores que le son propios, que él vincula consigo mismo por afinidades íntimas. Pero un día, un día cualquiera, siente que en la serie falta un término, un libro que debería ser la continuación de otros. No se lo dice así, pero lo siente. Es tan inmenso el hallazgo que el individuo no se da cuenta de que en ese momento va a dejar de ser quien es para transformarse en otro".

Liscano apuesta por la fábula. Tanto el cuervo protagonista como los demás —de su especie como de otras— conviven en un mundo humanizado. El cuervo que presume de viajero podría ser cualquier hombre o mujer. Los juegos de palabras, los códigos de letras y números, y los múltiples cambios de estilo son parte esencial del trabajo de Liscano. El capítulo III de Vida del cuervo blanco recrea de forma irónica aquellas traducciones al español de la obra de Homero, La Odisea: "No bien quemado hubimos del difunto el cuerpo y las armas, un túmulo y una pilastra erigimos en su memoria y en la parte más alta su alado remo clavamos". Y de pronto, en medio del viaje en el mar, irrumpen los versos del nicaragüense Rubén Darío con la variante del pretérito: "El mar, como un vasto cristal azogado, reflejaba la lámina de un cielo de zinc. Lejanas bandadas de pájaros manchaban el fondo bruñido de pálido gris. Se levantaron mis compañeros, las velas amainaron y en la cóncava nave las pusieron".

En el capítulo IV, mediante una disposición de los narradores que recuerda los procedimientos de Cervantes en el Quijote y en varias de sus Novelas Ejemplares, se transcriben dos cuentos de Eduardo Acevedo Díaz con imperceptibles modificaciones: "El primer suplicio", que en la nueva ficción aparece narrado por el "camarada Sanabria", y "El combate de la tapera", del que el mismo cuervo blanco es el narrador y Sanabria, como corresponde a la versión original, el protagonista. La voluntad de esta segunda parte es la de abrir puertas a la lectura de otros.

DISTINTAS Y COMPLEMENTARIAS.

Liscano arriesga mucho en su escritura: plantea dos narraciones, distintas entre sí y a la vez complementarias. La primera es una clásica escritura desde el yo. Es el autor y su vivencia cotidiana, su entrada en el devenir diario, su pensamiento en estado puro sobre las cosas de la vida. La reescritura de las historias que ya conoce también son parte de esa vida, junto a los contratiempos de la realidad o las pequeñas satisfacciones de la soledad: un vino, un paseo con el perro, una conversación cualquiera con el vecino. La segunda es una galería de situaciones y personajes que ya existieron en el plano de la ficción y que, a través de la escritura de Liscano, encuentran nueva vida.

A partir de las aventuras del cuervo, Moby Dick y las sirenas de La Odisea surcan de nuevo las aguas. No falta la picaresca de boliche que se abre paso en las conversaciones de los cuervos parroquianos que rodean al blanco. En los capítulos finales se homenajea a autores clásicos universales del siglo XX. Liscano reformula la notable historia del cuento "En el bosque" de Ryunosuke Akutagawa, escenas del libro El barón rampante de Italo Calvino, y del cuento "La breve y feliz vida de Francis Macomber" de Ernest Hemingway. Pero los puntos más altos están en las páginas dedicadas al relato "Los siete mensajeros" de Dino Buzzati y a la saga de los Clayton (Tarzán) de Edgar Rice Burroughs. Es al final de esta última, en el último capítulo del libro, que aparece otro guiño cervantino: al igual que en el capítulo VI de la primera parte del Quijote, se produce el escrutinio de una biblioteca, en este caso la de Lord Greystoke. Aunque tal vez sea más atinado afirmar que es la del propio autor.

EALIDAD Y FICCIÓN.

El gran acierto de este libro es la conjunción de la ficción más pura, la que Liscano ha leído y recrea una y otra vez, con una ficcionalización de su propia realidad. Los componentes de Vida del cuervo blanco bien podrían sostenerse solos sin la otra parte, pero no pasarían de ser un mero ejercicio un tanto erudito acerca de los estilos de distintos autores de la literatura universal y sus giros expresivos. También la visión —un poco desencantada— de la vida del escritor gana sustancia cuando se la contrapone al resultado de su reflexión. De esa manera los límites entre la realidad y la irrealidad terminan difuminándose y el objeto artístico adquiere unidad. Los dos tipos de discurso interactúan para generar en el lector el placer del descubrimiento.

VIDA DEL CUERVO BLANCO, de Carlos Liscano. Seix Barral, 2015. Montevideo, 334 págs. Distribuye Planeta.

El autor

Carlos Liscano escribió narrativa, teatro y poesía. Perteneció a la guerrilla MLN Tupamaros, estuvo preso desde 1972 a 1985, y después de su liberación se radicó en Suecia hasta 1996. A su regreso escribió en El País Cultural, donde reseñó libros y mantuvo la columna “Lengua curiosa”, y en Brecha. Entre 2010 y 2015 se desempeñó como Director de la Biblioteca Nacional. En su extensa obra narrativa destacan La mansión del tirano, El camino a Ítaca y El furgón de los locos. Su tratamiento literario de la experiencia de la cárcel, y en particular de la tortura, permiten al lector acercarse como pocos a la intimidad emocional de esas vivencias.

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