Con María Agustina Fernández Raggio

Pintar lo que no está

Una antigua casa de Pocitos sobre Tomás Diago espera su demolición, seguramente para hacer un edificio igual a todos los edificios de Pocitos. Allí está instalado el taller de Agustina Fernández Raggio junto con otros artistas que han pasado o permanecen en la casa (Manuel Rodríguez, Rita Fischer, Magela Ferrero y Gonzalo Delgado Galiana).

María Eugenia Vaz Ferreira por María Agustina Fernández Raggio.

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Leandro Delgado

Como siempre acontece con la actividad artística en cualquier barrio, la presencia del taller parece haber influido benéficamente en la conservación de la construcción, en medio del auge de la demolición indiscriminada.

Aunque no lo veamos.

Dos cuadros dominan la sala vacía. El primero es un retrato del escritor Mario Levrero. Domina porque es inconfundible, pese a que no refiere a ninguna de sus fotos conocidas sino a una antigua foto carnet. Agustina no lo conoció personalmente y el hálito de vida que surge al verlo fue creado a partir del diálogo entre la artista y el cuadro surgido durante un mes deduciendo inadvertidas expresiones, por zonas, a partir de incontables veladuras y eliminando detalles reales de la foto que pudieran alejar el aura de la personalidad que existió y aún trasciende por detrás de la imagen.

El contacto con el retratado y la comprensión del personaje, explica, puede durar una hora y de pronto desaparecer. Luego lleva tiempo retomarlo, como si hubiera perdido una cita. En la mayoría de los casos se trata de retratados ya desaparecidos (Juan Manuel Blanes, Felisberto Hernández, Alfredo Zitarrosa o Marosa Di Giorgio) en una constelación de íconos de la cultura uruguaya con la que Agustina dialoga para traerlos a un mundo mucho más cercano que el Olimpo de su canonización. Sin la obsesión hiperrealista, los retratos están vivos.

Gran parte de estos retratos fueron expuestos en el garage de su primer taller, en una vieja casa sobre la calle Maggiolo. En la muestra, que se llamó "Manifiesto", los cuadros colgaban entre sillones, lámparas y mesas con pilas de libros donde cualquiera podía sentarse como en el living de la casa. Así, los retratos de personajes míticos se convertían en cuadros familiares.

En aquella oportunidad, María Eugenia Vaz Ferreira miraba para un costado desde una nube melancólica, en un encuadre cerrado, en una incomodidad eterna. El color plano del fondo, entre lila, gris y azul ultramar colocaba todos los detalles fisonómicos en igualdad de condiciones. "El ideal es que un día puedas ver sólo ese color de fondo y verla a María Eugenia aunque ella no esté, como si se hubiera ido y hubiera dejado la huella, que es ese color que sólo puede ser de ella".

Su preocupación por acercar los íconos al mundo de la vida cotidiana la llevó a establecer toda una maquinaria deconstructora de los símbolos nacionales. Agustina presentó collages de escenas claves de la historia nacional del siglo XIX en la muestra "Perros que gritan; rebeldes que ladran" en el Cabildo de Montevideo en junio de 2011. Allí logró, además, entrar en las escenas de batallas de independencia y pactos entre facciones, y terminar reposando la mirada en el paisaje que dominó toda la iconografía de la época y que siempre pasó inadvertida.

Después de la Antártida.

En la búsqueda por encontrar vida más allá de la superficie, Agustina viajó a la Antártida en enero de 2012 junto con otra artista, Mariana Ponce de León. "Proyecto Antártida" les llevó dos años de gestión con el Instituto Antártico Uruguayo, un mes de viaje en barco, varios simulacros en altamar y un año de trabajo posterior. Objetivo: ver qué les pasaba, a ellas y a su arte, en el contacto con el continente desierto de seres humanos.

La experiencia fue expuesta hasta abril de 2013 en el Museo de las Migraciones, una muestra monumental en múltiples soportes que dio cuenta de la inmensidad, la belleza, la desolación, la prescindencia del lenguaje frente a lo indescriptible y la conciencia de estar sobreviviendo a cada minuto. "La conexión con el mundo y con la naturaleza es necesaria para sobrevivir. Una tormenta en altamar te hace comprender la tormenta en toda su potencia, mientras que en la ciudad como mucho se te inunda el patio".

La experiencia antártica aún no ha sido procesada del todo, explica. En el caso de Agustina, cambiaron de manera irreversible las nociones respecto de habitar este mundo, así como aquello que sigue buscando en el arte, sin encontrar respuestas inmediatas. Esta prevalencia del mundo vivido sobre el representado se vio en los collages de la muestra, donde los pingüinos dominaron varias de las composiciones interviniendo grabados antiguos, fotos viejas y reproducciones de cuadros de acuerdo con un fino sentido del humor que también aparecía en las inmediaciones del polo Sur: "Son millones de pingüinos en el fin del mundo. Y tienen humor, juegan entre ellos. Ese humor lo transmitían y nosotras lo recibíamos; en esas condiciones necesitás del sentido del humor para sobrevivir".

La trascendencia de la experiencia no estuvo exenta de la depresión al volver a Uruguay, ante la constatación de que el mundo era muy distinto al que debería ser. "El sol no se `pone` ni `sale`, es la Tierra que gira alrededor. Te das cuenta de esas cosas porque en enero nunca deja de haber sol, porque está haciendo círculos en el cielo".

Con el viaje a la Antártida cambiaron muchos elementos de sus composiciones: la ampliación del encuadre y de la mirada abarcando mayores superficies, así como el color. El viaje le permitió ver el cambio de los colores de la tierra con el cambio del día. "Una montaña podía verse definida en el horizonte, al rato desaparecer fundida contra el fondo y después encandilar", recuerda.

La ciudad y las perras.

El segundo cuadro que domina la sala vacía es un autorretrato de Agustina con sus dos perras en la puerta de su casa. La extensión del paisaje antártico influyó en el cambio del tamaño del soporte. Los pintores, explica, deberían pintar en todos los tamaños posibles, de manera que la referencia autoral cambie frente a cada cuadro, al cambiar la relación con distintos formatos.

En cuadros posteriores, Agustina conservó las perras y fue eliminando la referencia humana, primero dejó la cabeza afuera, luego eliminó los cuerpos hasta retratar sólo el animal. "La conexión con los animales es única -explica- porque no exige la comunicación verbal. Una de las cosas que entendí en la Antártida es que nos comunicamos muy mal, todo el tiempo nos obsesionamos por comunicar `algo`. Con los animales la conexión es mucho más directa y no incluye el lenguaje; sólo te une la necesidad de estar juntos y se establecen otras formas de estar juntos, formas que no tienen que ver con el lenguaje y que llegan mucho más allá".

Los instantes de contacto con los animales son los que ahora viene pintando Agustina sin saber todavía hacia dónde se dirige. Las últimas composiciones son planos cercanos de sus perras. También en estos retratos se plantea un ideal: pintar la huella del animal que estuvo, pero que sigue presente en lo que dejó atrás. "Debería alcanzar sólo con pintar el collar en el suelo para comprender que todavía está ahí".

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