Cuentos de Murakami

El peso de la levedad

El prolífico Murakami vuelve con otro libro de cuentos, de resultado curioso.

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Haruki Murakami

RUBBER SOUL (1965), el llamado "disco de transición" de los Beatles, ya le dio a Haruki Murakami inspiración para por lo menos dos textos importantes. En 1987 para la novela que en inglés se tituló Norwegian Wood (era el nombre del segundo tema de aquel álbum; en español la novela se llamó Tokio Blues), y ahora para el excelente relato "Drive My Car" (título del primer tema) con que comienza Hombres sin mujeres, su último libro. La senda beatlemaníaca continúa en el más flojo segundo cuento, "Yesterday", donde la conexión con la famosa canción del álbum Help! (1965) es más equívoca, pero igual marca presencia en este japonés occidentalizado que no transmite tanto la extrañeza oriental como la de la humanidad misma. Aplaudido y criticado por las mismas razones —escritura y estructuras leves, tono sentencioso y simbolismo excesivo— Murakami ha sabido proyectar un Japón sin yakuzas ni geishas pero igualmente de soledad epidémica, teñido de oscuro existencialismo, jóvenes suicidas, y gatos que desaparecen.

CONEJILLOS.

En el prólogo a Sauce ciego, mujer dormida (2006), anterior libro de relatos, Murakami (n. 1949) expresó sus particulares ideas sobre la escritura de textos cortos. Algunas pondrían los pelos de punta a los maestros del género y a cuantos escritores (Quiroga, Ribeyro, Monterroso, Carver, Onetti, Borges, entre otros) han prodigado "decálogos" o toda suerte de consejos sobre cómo escribir un buen cuento. Murakami comienza diciendo que escribir novelas es como plantar un bosque y escribir cuentos es como plantar un jardín, y que ambos procesos se complementan y generan un paisaje completo. El símil es muy poético pero no clarifica demasiado: ¿es un problema de extensión, de dedicación, de salvajismo, de detalle? Luego se explaya y califica al cuento como un "laboratorio experimental" para su tarea como novelista, con lo que ya deja claro cuál es su rubro prioritario. En otras palabras, no le importa mucho "fracasar" en un cuento que a lo sumo le puede llevar un par de semanas componer, pero sí en una novela, que con frecuencia le lleva años: "en el caso de los cuentos no tienes que preocuparte por el fracaso. Si la idea no sale como esperabas, te encoges de hombros y te dices que no todas pueden salir bien. Incluso en el caso de maestros del género como F. Scott Fitzgerald y Raymond Carver —hasta en el caso de Antón Chéjov— no todos los cuentos son obras maestras". El problema es, quizá, cuando ninguno es una obra maestra. Los de Murakami no aspiran a la "perfección" ni la "redondez"; adolecen de digresiones, no siempre generan tensión, y no les importa presumir de una naturaleza vicaria que no pocas veces termina ingresando en el continente de una novela. Pero aun así, y aunque parezca contradictorio, Murakami es un buen cuentista, y esta colección es un ejemplo.

El título Hombres sin mujeres remite a Hemingway, quien en 1927 tituló igual una colección de relatos que incluían el mítico "Los asesinos" y "Colinas como elefantes blancos", pero también, por oposición o complemento recuerda a la novela Mujeres sin hombres (1990) de la iraní Shahrnush Parsipur, y a los tres imperdibles relatos largos de Richard Ford en De mujeres con hombres (1997), y no solo por la similitud de vocablos, sino porque interceptan un mundo similar: el de la soledad amorosa y los desencuentros de género. Los siete textos de Murakami tienen un sello agridulce, y su mayor impacto emocional nunca surge de una explosión trágica, sino más bien de la asunción callada de tragedias pequeñas que se van grabando en el cuerpo como un tatuaje indeleble.

NOSTALGIA.

En seis de estos relatos el sentimiento amoroso es recuerdo lastimado que se revive (y a veces se termina de curar) al contarlo. El único que se desmarca es "Samsa enamorado", enésima versión y relectura del clásico kafkiano "La metamorfosis", en el que Murakami juega con el fantástico presentando a una cerrajera jorobada que sin querer saca del letargo amoroso y sexual a un individuo que no se conoce a sí mismo. Justamente ese cuento es añadido y no pertenece a la edición original, pero una vez que está, y desde su singularidad, echa luz sobre el resto. Seis historias de hombres que perdieron o sienten que perderán a sus novias, esposas o amantes, vuelcan esa carencia en oídos comprensivos (a veces de mujer), pero sobre todo trabajan inconscientemente para que ese vacío los defina.

El viudo del rendidor "Drive My Car", un actor diagnosticado con glaucoma (símbolos precisos que sirven para señalar su ceguera conyugal y su actuación de una felicidad quebrada), precisa chofer urgente. Su confidente será una conductora, aceptada porque no parece representar un peligro: es feúcha, antipática, callada y fumadora. El triste final del cirujano plástico Tokai en "Un órgano independiente" parece el adecuado, en términos de justicia feminista, a su vida de playboy que solo quiso sexo, buena compañía y cero conflicto emocional. El buen Kino del relato homónimo —salvando algún exceso meloso, el mejor del libro junto con el que le da título y con "Drive My Car", con el que comparte el escenario de un bar— comienza a entender algo de la vida luego de que su esposa lo engaña y lo abandona, pero recién se conoce a sí mismo cuando deja de reprimir el dolor. En "Hombres sin mujeres" el teléfono del narrador, casado, suena en la madrugada y un hombre le comunica el suicidio de una mujer: M. Había sido su amante un tiempo y era la esposa del que llamaba. A partir de esa información la noche del narrador cambia, recuerda deshilvanadamente el romance, la música de ascensor que a ella le gustaba, el fantasma de los celos —es decir, de la pérdida— encarnado en esa repetición obsesiva e inexplicable de los marineros que se llevan a las mujeres a lejanas tierras. En un punto el relato no precisa anécdota, se hace reflexión y ahí es donde se nota esa capacidad de Murakami de conducir distraídamente pero sabiendo de memoria el camino, arribando a una máxima con amplio poder de canje: "en ocasiones perder a una mujer supone perderlas a todas. Así es como nos convertimos en hombres sin mujeres".

Pese a ser una narrativa de protagonismo masculino, se suele señalar su intuición al construir personajes de mujeres, y este volumen no es la excepción. Los hombres solitarios son el eje de estos relatos, y hay un narrador testigo casado y en apariencia feliz común a por lo menos dos de ellos ("Yesterday" y "Un órgano independiente"), pero las que definen el espacio emocional y modifican sus coordenadas son las mujeres, y Murakami crea una atmósfera densa y a la vez ligera a partir de ellas. Desde el misterio que envuelve a las infieles, las masoquistas y las suicidas, hasta la tangible continencia de las que escuchan: la Misaki que conduce con precisión tanto un coche como una conversación; o las que hablan: la enigmática trabajadora de "Sherezade" que visita a un hombre enclaustrado para darle sexo, comida e historias.

Los numerosos puentes entre los relatos (escenarios, personajes y estructuras que se repiten), así como la presencia de íconos culturales de Murakami (Beatles, Salinger, Chéjov, Allen) y de algunos elementos fetiche (gatos, cerraduras) le dan al volumen una consistencia especial, cierta añoranza novelística que hace del conjunto una delicada y fragmentaria novela sentimental. Cierto que, como dice el narrador del último cuento, "un fragmento es un fragmento, por muchos que se reúnan". En el caso de Hombres sin mujeres el vacío y la sustracción operan como redes, la ausencia tiene cuerpo y la levedad narrativa un peso importante.

HOMBRES SIN MUJERES, de Haruki Murakami. Tusquets, 2015. Buenos Aires, 267 págs. Tr. de G. Álvarez Martínez. Distribuye Planeta.

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