Memorias de Tony Judt

El peregrino inmóvil

Polémico e incisivo, el historiador británico deja sus últimas reflexiones.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Auschwitz

Tony Judt nació en Londres en 1948, en una familia de origen judío que, para aquella época, y a no ser por algunas esporádicas visitas a sus parientes mayores (abuelo polaco, abuela lituana), ya había perdido casi todo lazo con las tradiciones de su colectividad, actitud que con el tiempo él mismo agudizaría tanto afectiva como intelectualmente. Autor de una de las obras más polémicas y atendidas de los últimos años, audaz, incisivo, supo poner distancia del marxismo y del sionismo que había frecuentado en su juventud, y se dedicó a mirar el mundo desde los ojos de un socialdemócrata, esa especie que parece estar en crisis tanto en Europa como en nuestras tierras.

Entre sus principales trabajos se destacan los que dedicó a la historia política de Francia en el siglo XX, con títulos como Marxismo e izquierda francesa (1990) y Pasado imperfecto: intelectuales franceses, 1944-1956 (1992), en los que analizaba, en particular en este último, el pensamiento dominante desarrollado en su momento por los integrantes del grupo liderado por Jean-Paul Sartre e incluso en años posteriores por algunos estructuralistas como Roland Barthes. Sobre este tema volvería en El peso de la responsabilidad. Blum, Camus, Aron y el siglo XX francés (1998), rescatando las figuras de algunos disidentes de una corriente casi oficial, pero también abordaría escenarios más extensos en libros como Posguerra: una Historia de Europa desde 1945 (2005) y Sobre el olvidado siglo XX (2008).

Radicado en Estados Unidos desde finales de los 80, donde ejerció la docencia en la Universidad de Nueva York, en 2008 le fue diagnosticada una esclerosis lateral amiotrófica que terminaría con su vida dos años más tarde. Consciente de la crueldad de su enfermedad, y mientras aún le era permitida la facultad de hablar, dictó sus dos últimos libros, El refugio de la memoria y Pensar el siglo XX, conmovedores testimonios en los que apela a sus recuerdos para ir construyendo su despedida, asimismo una excusa para dar cuenta de su propio pensamiento como construcción en la que siempre convivieron el plano intelectual y el vivencial.

UN INTERMINABLE ESTAR

El refugio de la memoria se abre con dos desgarradores artículos. El primero es el que da nombre y explica al libro; el segundo se titula “Noche”, y en él expone cómo se manifiesta su enfermedad, en la que no existe una pérdida de sensibilidad (“un arma de doble filo”, según sus propias palabras) pero sí en la que no se siente dolor. “De esta forma”, escribe, “y en contraste con casi cualquier otra enfermedad grave o mortal, uno tiene la oportunidad de contemplar, a su conveniencia y sin molestia alguna, el catastrófico progreso de su propio deterioro”. En el mismo artículo describe cómo trascurren sus horas diurnas, acompañado por un enfermero que también ejerce funciones de secretario y que le ayuda a tolerar la soledad, hasta que a la noche lo deposita en su cama y se retira a descansar. A la mañana se despierta en la misma posición en la que había sido acostado, con el mismo estado de ánimo y con la misma desesperación.

En la primera parte del libro Judt rememora su infancia en un barrio de Londres, las dificultades de la posguerra, el vínculo con sus padres, el inicio de sus estudios, la entrada a la adolescencia e, instigado por el sionismo laborista, la experiencia de pasar sus vacaciones trabajando en un kibutz a comienzos de los 60 y su posterior distanciamiento crítico (“Israel me transmitía la sensación de una cárcel, y el kibutz, la de una celda abarrotada de gente”). Recuerda también la pasión de su padre por los autos Citroën, las vacaciones en familia y sus primeros itinerarios independientes yendo y viniendo en las distintas líneas del metro londinense, así como sus interminables paseos en tren tanto en su país como en el continente. “Mi Europa se mide por los trenes”, dice, para pocas líneas más adelante sostener que en su estado, la enfermedad lo ha condenado a un “no más ir hacia adelante, tan solo en un interminable estar”.

La segunda parte está centrada en su ingreso a Cambridge y en su formación académica, el recuerdo de algunos profesores que resultaron clave en su carrera, en un tiempo en que aún ejercían, entre otros docentes notables, E.M. Forster y John Maynard Keynes, y retorna una y otra vez a las ciudades que fue conociendo en su constante y hedonista peregrinar, donde cada cosa, cada pequeño detalle, cada aventura, se convierte simultáneamente en un aserto analítico coherente (“Fue en Praga y en Varsovia, en aquellos meses del verano de 1968, donde el marxismo terminó consigo mismo…”).

EL AMERICANO

La tercera parte se abre con su primera visita a Estados Unidos en 1977, adonde llega con su primera esposa para atravesar el país de este a oeste, desde Boston hasta California en un enorme Buick, viaje que repetiría otras siete veces. En 1987 comienza a trabajar en la Universidad de Nueva York, ciudad en la que se radica, para luego obtener la nacionalidad americana. Es en ese entonces cuando da inicio a lo más importante de su producción teórica y desarrolla su carrera desde puestos de alta responsabilidad académica, al tiempo que su postura ante Israel y en particular ante la comunidad judía estadounidense lo hacen blanco de duras críticas e incluso de censura (en 2006 el consulado de Polonia en Nueva York le canceló una conferencia que iba a dar sobre las relaciones entre la política exterior de EEUU y los lobbies judíos).

“Muchos judíos americanos son tristemente ignorantes de su religión, cultura, lenguas tradicionales o historia. Pero saben sobre Auschwitz, y eso basta”, dice. Y en ese mismo sentido, también cuestiona con extrema dureza el uso del Holocausto como instrumento de justificación para una política de Estado agresiva y desconsiderada, dando un giro radical al estudio del tema (“Si no hubiera existido Hitler, de hecho el judaísmo habría podido caer en la delicuescencia”). Judt también cosechó la animadversión de un marxista como Eric Hobsbawm, quien llegó a sostener que en su fase francesa “combinaba una impresionante erudición con resultados históricamente triviales”.

Las páginas finales de El refugio de la memoria regresan nuevamente a su infancia, para recordar las vacaciones junto a sus padres que pasó en Suiza en la década del 50, aún admirado por el orden, la limpieza y la prosperidad de aquel país no interrumpidas por la guerra, y su pensamiento acude otra vez a los trenes y a las pistas de esquí. Este hombre, que fue capaz de sostener que “contemplo el esfuerzo como una pobre alternativa del logro”, acaso resumiendo en tan pocas palabras todo lo que fue su aporte al pensamiento contemporáneo, deja como herencia un libro doloroso e ineludible.

EL REFUGIO DE LA MEMORIA, de Tony Judt. Taurus, 2015. Buenos Aires, 240 páginas. Distribuye Penguin Random House

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