Tres cuentos de Lydia Davis

Pasajeros

Cosas que miramos sin pudor, en la pluma de una autora maldita.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Archivo El País

Idea para un cartel.

Al comienzo de un viaje en tren, las personas buscan un buen asiento, y algunos de ellos estudian a las personas que ya eligieron su asiento, para ver si serán buenos vecinos.

Ayudaría si cada uno usara un pequeño cartel que dijera de qué manera podríamos o no molestar a otros pasajeros, como por ejemplo: No hablaré por celular; no comeré comida olorosa.

En el mío diría: No hablaré para nada por celular, salvo tal vez una corta comunicación con mi marido al principio del viaje, resumiendo mi visita a la ciudad, o, rara vez, un aviso rápido a alguna amiga para avisar que llego tarde; pero reclinaré mi asiento al máximo, por casi todo el viaje, excepto cuando coma mi almuerzo o mi tentempié; de hecho es posible que ajuste levemente la inclinación de a ratos durante el viaje; tarde o temprano voy a comer algo, generalmente un sándwich, a veces una ensalada o un recipiente de arroz con leche, de hecho dos recipientes de arroz con leche, aunque pequeños; un sándwich, casi siempre de gruyere, con poco queso en realidad, solo una feta, y lechuga y tomate, el sándwich no será notablemente oloroso, al menos en mi opinión; soy lo más prolija que puedo con la ensalada, pero comer ensalada con un tenedor de plástico es incómodo y difícil; soy prolija con el arroz con leche, como bocados pequeños, aunque, cuando remuevo la tapa sellada del recipiente, puede hacer un sonido fuerte por solo un momento; puedo pasármela desenroscando la tapa de mi botella de agua y tomando un trago de agua, especialmente mientras como mi sándwich y hasta aproximadamente una hora después; puedo ser más inquieta que algunos otros pasajeros, y puedo limpiarme las manos varias veces durante el viaje con una pequeña botella de alcohol en gel, a veces me pondría crema para manos después, lo cual implica abrir mi cartera, sacar un neceser, abrirle el cierre y, al terminar, cerrar el cierre y volver a guardarlo en la cartera; pero puedo también sentarme perfectamente quieta por algunos minutos o más mirando por la ventanilla; puedo no hacer otra cosa que leer un libro durante casi todo el viaje, excepto por una caminata por el pasillo al baño y de regreso a mi asiento; pero, otro día, puedo cerrar el libro a cada rato, sacar una pequeña libreta de mi cartera, remover el elástico que la mantiene cerrada, y hacer una anotación en la libreta; o, cuando leo el suplemento de una revista literaria, puedo arrancar páginas para guardarlas, aunque trataré de hacer esto solo cuando el tren esté parado en una estación; por último, después de un día en la ciudad, puedo desatarme los cordones y sacarme los zapatos la mayor parte del viaje, especialmente si los zapatos no son muy cómodos, y apoyar mis pies descalzos sobre los zapatos más que directamente en el piso, o, muy raramente, puedo sacarme los zapatos y ponerme pantuflas, si llevo un par, y dejármelas puestas hasta que ya casi haya llegado a destino; pero los pies están bastante limpios y las uñas de los pies tienen un lindo esmalte rojo oscuro.

La magia del tren.

Podemos ver por el aspecto que tienen de atrás, mientras las miramos alejarse de nosotros por el vagón, más allá de las puertas abiertas de los baños, a través de las puertas corredizas al final, hacia otra parte del tren, podemos decir, al mirarlas de atrás, que estas dos mujeres, con sus jeans negros ajustados, sus tacos con plataformas, sus suéteres apretados y chaquetas de jean superpuestas bien a la moda, sus cabellos abundantes, sueltos, largos y negros, la manera en que caminan alargando los pasos, están al final de su adolescencia o a principios de sus veinte. Pero cuando vuelven hacia nosotros desde la otra punta, después de un tiempo, de su excursión a través del tren hacia algún mágico sector más adelante, cuando vuelven, todavía con sus largos pasos, podemos ver sus caras, pálidas, demacradas, con sombras violáceas debajo de los ojos, mejillas flojas, manchas raras aquí y allá, arrugas a los lados de la boca, patas de gallo, aunque están sonriendo las dos, un poco, suavemente, y vemos que mientras tanto, bajo los mágicos efectos del tren, han envejecido veinte años.

En el tren.

Estamos unidos, él y yo, aunque seamos desconocidos, contra las dos mujeres frente a nosotros que se hablan en voz alta e ininterrumpidamente a través del pasillo. Malos modales. Fruncimos el ceño.

Más tarde en el viaje lo miro (a través del pasillo) y se está metiendo el dedo en la nariz. Lo que es yo, estoy chorreando salsa de tomate de mi sándwich sobre el diario. Malos hábitos.

No contaría esto si fuera yo la que se está metiendo el dedo en la nariz. Lo miro otra vez y sigue.

En cuanto a las mujeres, están ahora sentadas lado a lado y leyendo tranquilamente, limpias y ordenadas, una, una revista, la otra, un libro. Intachables.

La autora.

Lydia Davis nació en Massachusetts, Estados Unidos, en 1947. Publicó seis colecciones de cuentos, y recibió prestigiosos premios, entre ellos el Man Booker (2013). Estos cuentos fueron tomados del libro Ni puedo ni quiero (Eterna Cadencia, 2014), traducidos por Inés Garland.

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