NOVELA DE ALESSANDRO BARICCO

Nada es lo que parece

Esposa joven llega de Argentina para casarse con hijo de familia rica italiana, hasta que conoce los secretos domésticos.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Alessandro Baricco

MULTIFACÉTICO, conocido internacionalmente por su nouvelle Seda y el monólogo teatral Novecento, Alessandro Baricco (Turín, 1958) ha querido experimentar en su última novela nuevas formas narrativas, destinadas a contar los secretos de una rica familia italiana a principios del siglo XX, sin deudas con el realismo pero apegado a una retórica decimonónica. Lo ha hecho en otras ocasiones con mayor fortuna, y acaso basten las señas más elementales de la trama para ponderar las dificultades que debió enfrentar: una muchacha de 18 años, la Esposa joven que da título a la historia, llega a la villa de la familia desde Argentina para consumar el casamiento con el Hijo, que se encuentra de viaje por Inglaterra. La reciben con serena cordialidad el Padre, un productor de tejidos de vida ociosa, afectado del corazón y con temor a morir de noche, la Madre, una bella mujer adicta a los silogismos disparatados, la Hija, hermosa y tullida, el Tío, un hombre que vive dormido, y Modesto, el único personaje que lleva nombre propio y oficia de mayordomo. Todos tienen pavor a la noche, desayunan casi desnudos hasta las tres de la tarde en una mesa cotidianamente preparada para veinticinco invitados, y son reacios a las preocupaciones y al dolor. Semana a semana llegan diversos objetos que supuestamente envía el Hijo desde Londres y anuncian su regreso, pero como el Hijo no se presenta, la Esposa joven avanza poco a poco en el conocimiento de los secretos de la familia, y nada es lo que parece. La Hija le enseña a masturbarse, tiene una experiencia lesbiana con la Madre, el Padre la lleva a un burdel que suele frecuentar, la muchacha le arranca al Tío una confesión decisiva mientras lo viola en un sillón. A los efectos licenciosos se anuda la vaciedad, que da el tono de un relato con desatinado final de fábula.

CAMBIOS DE VOZ.

Que el Tío se afeite y coma dormido, que en los cajones de la casa se guarden las voces que cualquiera puede recuperar con solo abrirlos, rompe amarras con el naturalismo y por varias inconsecuencias, también con la verosimilitud. Se puede romper con el naturalismo y ser verosímil, si la historia se sujeta a una lógica estricta, pero Baricco apela a demasiadas arbitrariedades para llevarla adelante, y suma otra aventura: en vez de variar el punto de vista, cambia la voz del narrador, que sin aviso pasa de la tercera persona a la primera, a menudo en el curso de la misma frase, y la retoma cuando se le ocurre, lo que genera inevitables zonas de confusión. Avanzado el texto, el juego es revelado de modo explícito por el autor, que a partir de entonces se integra a la trama del libro como una suerte de personaje más. "Cambio más o menos abruptamente la voz del narrador —escribe—, por razones que de entrada me parecen exquisitamente técnicas y, a lo sumo, mansamente estéticas, con el resultado evidente de complicarle la vida al lector, cosa que de por sí resulta insignificante, pero también con un molesto efecto de virtuosismo contra el que, en un primer momento, intenté luchar, para rendirme luego a la evidencia de que, simplemente, ya no podía escuchar esas frases si no lo hacía sirviéndolas de esa manera, como si el sólido apoyo de una voz narrativa clara y diferente fuera algo en lo que ya no creyera, o que para mí se hubiera convertido en algo imposible de valorar. Una ficción para la que había perdido la inocencia necesaria".

Es curioso que a Baricco le resulte virtuoso romper la voz que da la unidad inteligible de cualquier relato, sin ofrecer a cambio más que afectación y chevilles (imágenes aguadas y sin sentido). Dice, por ejemplo, la frase inicial de su novela: "Los escalones para subir son treinta y seis, de piedra, y el anciano los sube despacio, circunspecto, casi como si fuera recogiéndolos uno a uno para conducirlos hasta el primer piso: él es un pastor; ellos, sus tranquilos animales". Para validarla, habría que imaginar la fantasía de un anciano que avanza de espaldas mientras recoge, agachado, los escalones en los que acaba de apoyar el pie, porque ¿de qué otro modo podría conducirlos al primer piso?, ¿y qué harían esos animales al llegar que no fuera amontonarse como piedras? Decía el escritor ruso Isaac Babel que una metáfora debe ser precisa como una regla de cálculo y natural como el aroma del hinojo. Es parte de la vieja ambición en la que Baricco ya no cree, como tampoco, es evidente, en las reglas del relato, ¿pero entonces por qué se dirige al lector como los escritores del siglo XIX? ("Debido a antiguos acontecimientos sobre cuyos detalles se prefiere por ahora guardar silencio…"). Habría que sumar las afectaciones que atraviesan todo el relato ("Algunas de sus decisiones más inolvidadas habían nacido en similares suspensiones de la presencia"), y para hacerle justicia, con el atenuante de que la traducción, a cargo de Xavier González Rovira, parece salida del traductor de Google. Basta sumar al ejemplo anterior esta joya: "Usted se va a casar dentro de pronto" (no dentro de poco, ni pronto), para tener una idea de hasta qué grado la prosa engolada del autor ha sido multiplicada por una traducción promiscua.

Es del todo comprensible que frente al agotamiento de los caminos de la novela los escritores intenten formas nuevas, a veces con agonía, otras con desesperación y rara vez con felicidad. La ambición está llena de riesgos y no puede realizarse sin temeridad. Pero la temeridad no alcanza. No le alcanzó a Alessandro Baricco en esta novela doblemente malograda que ofrece una sola idea de cierto carácter: la indiferencia de las cosas frente al sentido que le adjudicamos y la impotencia del hombre para fijar su sentido. Lo demás es confusión, picardía sexual y esteticismo mal fundamentado.

LA ESPOSA JOVEN, de Alessandro Baricco. Anagrama, 2016. Montevideo, 199 págs. Distribuye Gussi.

RECUADRO

El rizo y la prosa.

Porque ahora que he empezado a contar esta historia (y esto a pesar de la desconcertante serie de acontecimientos que me impresionó y que desaconsejaría embarcarse [sic] en una empresa semejante), no puedo evitar esclarecer la geometría de los hechos, según como voy recordándola poco a poco, anotando por ejemplo que el Hijo y la Esposa joven se habían conocido cuando ella tenía quince años y él dieciocho, acabando gradualmente por reconocer, el uno en el otro, un correctivo suntuoso a las indecisiones del corazón y al aburrimiento de la juventud. Ahora resulta prematuro explicar por qué singular camino, pero es importante saber que más bien rápidamente llegaron a la feliz conclusión de que querían casarse. A sus familias respectivas el asunto les pareció incomprensible, por motivos que tendré tal vez la forma de clarificar si las garras de esta tristeza acaban por soltar la presa: pero la personalidad singular del Hijo, que tarde o temprano tendré fuerzas para describir, y la nítida determinación de la Esposa joven, para transmitir la cual me gustaría encontrar la lucidez necesaria, aconsejaron cierta prudencia.

(de La esposa joven)

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Te recomendamos
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)