Poesía de Inger Christensen

Orden y caos

Cuando los versos de cada estrofa se determina por la sucesión de Fibonacci, el efecto poético resulta extraordinario.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Inger Christensen

A PRINCIPIOS de 2009, Dinamarca perdió a su más representativa voz: la poeta Inger Christensen. Recitadora excepcional, quienes alguna vez asistieron a sus lecturas aseguran que esa mujer, de apariencia introvertida y dulce sonrisa de abuelita, era capaz de embrujar al público con la armoniosa cadencia de sus versos en danés. Mencionada en ocasiones como seria candidata al Premio Nobel, Christensen desarrolló una obra de marcado talante experimental que, articulada según principios normativos inusuales (sucesiones numéricas, teorías lingüísticas), posee una belleza intransferible. El tema primordial en ella es la relación del ser humano con su entorno, ante la sorpresa que depara la propia existencia, en una tradición que remite a Milton, Donne y Novalis, pero también a Pitágoras y los filósofos presocráticos.

ARTESANA DE LA LENGUA

Christensen (quien abandonó una carrera docente para dedicarse a la escritura) reflexionaba: "A veces pienso en por qué uno se hace poeta. ¿Por qué se inicia?", recordando lo avergonzada que se sentía en la secundaria por estar siempre sola, encerrada en ese, su pequeño mundo. Seguramente, ya estaría ocupada recogiendo y clasificando palabras, como quien colecciona caracoles, para después, con la paciencia de un orfebre, ir armando los ingeniosos rompecabezas lingüísticos que identifican toda su obra.

Christensen, quien fue cautivada desde muy joven por los ideales del médico alemán Albert Schweitzer (Premio Nobel de la Paz 1952, para quien la civilización había perdido el principio ético fundamental del respeto por la vida), logró expresar de manera lírica y sutil los temores de su generación ante el abismo abierto por la tecnología en Hiroshima y Nagasaki. El poemario Det ("Eso", 1969) ajusta perfectamente a ese estado de ánimo. Organizado en categorías conceptuales inspiradas en teorías lingüísticas herederas de Ferdinand de Saussure, en él cada historia se construye, deconstruye y reconstruye de infinitas maneras, siendo el todo lo que finalmente otorga sentido a cada una de las partes (principio fundamental del estructuralismo, por otro lado). El tema de la soledad y la alienación en las grandes ciudades está presente: "Una sociedad puede petrificarse/ ser tan sólo un bloque/ sus habitantes se osifican/ la vida se conmociona/ y el corazón queda en sombras/ y el corazón casi se detiene/ hasta que alguien empieza a construir/ una ciudad blanda como un cuerpo". Eran textos que, a finales de los años sesenta, afloraban en proclamas y graffitis por toda Copenhague.

En Sommerfugledalen (El valle de las mariposas, 1991), en cambio, recurre a formas tradicionales, pero exigiéndola al extremo. Verdadero tour de force compositivo, se trata de una "corona de sonetos" (catorce sonetos donde el último verso de cada uno es el primero del siguiente) que se cierra con un magistral soneto final con todos los primeros versos de los sonetos anteriores, en una construcción formal que recuerda por momentos a El castillo de los destinos cruzados de Ítalo Calvino, o a Cent mille milliards de poèmes de Raymond Queneau.

Escribió también dos novelas, Azorno (1967) y La habitación pintada (1976, por décadas único libro suyo en español en una inhallable edición) que, al igual que sus poemarios, funcionan como sorprendentes salas de espejos. En la primera, cinco mujeres intentan averiguar cual de ellas inspiró el libro que el personaje Sampel está escribiendo y cuyo protagonista se llama Azorno. "Sé que soy la mujer que él encontró por primera vez en la página ocho. Fue Azorno el que me lo dijo". El lector no sabe si lo que está leyendo es parte de la novela de Christensen o la de Sampel, en un ejercicio de metaficción que recuerda al Cortázar del cuento "Continuidad de los parques", y en Sampel, al mismísimo Morelli. La segunda desarrolla una intriga cortesana en los años en que el pintor Andrea Mantegna (1431-1506) decoró —a pedido del marqués Ludovico— una de las habitaciones del palacio ducal de Mantua. Hasta ahí el acontecimiento histórico real, la pintura de la "Camera degli Sposi", que logra el extraordinario efecto de provocar en el visitante la sensación de estar dentro de la acción representada en paredes y techo de la sala. Motivada por esa ilusión, Christensen elabora otra compleja fábula (y velada crítica política). El hecho fantástico ocurre cuando alguien atraviesa la ilusoria frontera entre realidad y escena pictórica, cerrando así un exquisito viaje por el ideario de la Italia renacentista.

UNIVERSOS COMO HIEDRAS.

Pero el trabajo que le ha dado a Christensen su renombre en el ámbito sajón es Alfabet, de 1981, que ya tiene una edición bilingüe danés-español en la editorial Sexto Piso (Alfabeto, 2014). Es un largo poema sobre la fragilidad del planeta a la sombra de la Guerra Fría donde, entretejidos de manera maravillosa, el universo y el lenguaje son los protagonistas a través de imágenes simples pero de profunda significación metafísica.

A la manera de Georges Perec, la autora somete a la composición a dos restricciones, decisivas en conferirle su mágica fuerza. La primera es matemática: el número de versos de cada estrofa se determina por la sucesión de Fibonacci en la que cada término es la suma de los dos anteriores (1, 2, 3, 5, 8, 13, ...). Christensen lo explicaba así: "Esas relaciones numéricas existen en la naturaleza: la forma en que un puerro se envuelve alrededor de sí mismo desde el interior y la forma de la flor del girasol están ambas basadas en esa serie. Eso es lo que resulta increíble. La serie en sí misma y sus peculiaridades son más extraordinarias de lo que cualquier colección de poesía puede llegar a ser". La segunda restricción es alfabética: cada estrofa se caracteriza (en danés) por la obsesiva presencia de una letra, desde la A de albaricoques a la N de noches; elección final que tampoco resulta azarosa, en clara referencia a los números naturales, a Nagasaki (nombrada en el poema) y a la oscuridad como metáfora del final de los tiempos o la muerte.

Explorando esa orgánica relación del lenguaje con el mundo, Christensen compone una canción de gran lirismo sobre la condición humana. Es la propia gramática la que va moldeando el devenir. Como una tímida semilla de la creación, la primera estrofa ("Los albaricoqueros existen, los albaricoqueros existen") rompe el silencio primigenio; en la segunda ("Los helechos existen; y zarzamoras, zarzamoras/ y bromo existen; y el hidrógeno, el hidrógeno") irrumpe un elemento fundamental para la vida, también presente en las bombas que tanto obsesionan a la poeta. Es la génesis de un mundo que va a ir desarrollándose en simultáneo con su propia destrucción; es la estructura misma del poema la que, a medida que el número de versos crece, amenaza con derrumbarse. De esa interacción entre orden y caos emerge la belleza, y cada página superpone una perspectiva nueva en la perenne dulzura con que la poeta contempla a la vida y su tenacidad. Son los propios versos los que, como pequeños líquenes, parecen aferrarse a cada piedra. Mediante esa liturgia, materialista pero profundamente espiritual, Christensen juega a inventar un mundo, un paraíso propio que luego, como un dios caprichoso, intenta destruir. No en vano, la poesía era para ella "el juego que jugamos con un mundo que juega su propio juego con nosotros".

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