GENOCIDIO ARMENIO Y URUGUAY

Contra el olvido

Pasaron 50 años para reconocerlo, y otros 50 para que se comprenda su real magnitud. Dos libros nuevos lo avalan.

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Actos por los 100 años. Foto Archivo El País

El 20 de abril de 1965 Uruguay se constituyó en el primer país en reconocer la existencia del genocidio armenio. La iniciativa había partido unos meses antes desde la lista 99 del Partido Colorado, liderada por Zelmar Michelini, y obtuvo la aprobación por unanimidad en ambas cámaras del Poder Legislativo. El 24 de abril fue declarado Día de Recordación de los Mártires Armenios. Se consagró el repudio a toda forma de genocidio así como la preocupación por la situación del pueblo armenio, en especial el de la diáspora, y en particular la colectividad residente en Uruguay. El activismo de las juventudes armenias locales fue determinante. En contraste con las anteriores generaciones, estaban decididas a hacer pública la masacre que padecieran sus antecesores. La firma de tratados internacionales sobre derechos humanos por parte del Estado uruguayo y los principios humanitarios que guiaban a la mayor parte del espectro político del país en ese momento, hicieron posible que una nación sudamericana, Uruguay, se pusiera a la cabeza del proceso de reconocimiento internacional de un genocidio perpetrado al menos cincuenta años antes.

EL DIFÍCIL CAMINO DE LA VERDAD.

Aunque han pasado ya otros cincuenta años, el plan de exterminio llevado adelante en los últimos tiempos del Imperio Otomano por una élite de origen turco, y que ocasionó la muerte de alrededor de un millón y medio de personas, es sin embargo mucho menos conocido, al menos en Uruguay, que el genocidio judío. Pocos son los que saben de sus pormenores, del goteo de matanzas, vejaciones y otras atrocidades cuyos antecedentes pueden rastrearse a fines del siglo XIX y se prolongan, casi día a día, durante cuatro largos años.

En aquellas sesiones legislativas de 1965, luego de las intervenciones de Enrique Beltrán y Rodney Arismendi, Luis Hierro Gambardella se valió de su influencia para impedir la aceptación de un artículo propuesto por Uruguay Tourné en el que se encomendaba a los organismos de la educación dedicar parte de sus cursos a la celebración del Día de Recordación de los Mártires. Si bien, como afirman los autores, Tourné "se adelantaba muchas décadas a la enseñanza de procesos genocidas en la enseñanza formal del país", está claro que aún no había un consenso con respecto al involucramiento de esos organismos en el tema. Tampoco los medios de comunicación insistieron en el asunto. Pocos son los libros que anteceden a estos dos que acaban de publicar los profesores Marcelo Desena y Andrés Serralta. El genocidio armenio sigue siendo visto como algo lejano y borroso, incluso con cierto escepticismo.

El esfuerzo por negar el genocidio a nivel mundial todavía influye. El plan negacionista que esgrime la República de Turquía no difiere de los utilizados en otras partes del mundo toda vez que se trata de desmentir o desvirtuar denuncias de graves violaciones a los derechos humanos. Se cuestionan o minimizan las cifras, se afirma que no existieron asesinatos masivos, que solo fueron hechos aislados y en modo alguno vinculados a un plan de exterminio, se ataca o se amenaza a quienes intentan contar la verdad, se realizan campañas contra periodistas, docentes y funcionarios públicos. Según Nélida Boulgourdjian, experta en asuntos armenios, el negacionismo turco ha atravesado tres fases complementarias: desde la negación absoluta acompañada de intentos de justificación hasta la negación en el campo académico tergiversando los hechos, pasando por la propaganda encubierta por vías diplomáticas.

Los juicios realizados una vez culminada la Primera Guerra Mundial, ya derrotado el Imperio Otomano, fueron a su vez casi una burla para los sobrevivientes y para todos los que esperaban justicia y esclarecimiento de los hechos. Mientras por un lado las cortes militares reconocían la existencia de un plan sistemático de destrucción de una comunidad y señalaban responsables directos, la sanción a los delitos careció de casi toda eficacia. Solo se aplicaron tres sentencias de muerte y a personalidades de segundo orden. A los principales líderes se les dejó huir.

LOS "ENEMIGOS INTERIORES".

Desena y Serralta ofrecen en el primer texto (Genocidio Armenio 19151923) una abundante bibliografía y una detallada y escalofriante cronología de la plasmación del genocidio a partir del 3 de enero de 1914, cuando se instala en el Imperio Otomano un régimen de partido único comandado por una mayoría de jóvenes oficiales turcos; la creación de grupos paramilitares encargados de luchar contra los "enemigos interiores"; la declaración de guerra a Rusia; el temor creciente de sublevaciones independentistas como había sucedido con Grecia; las matanzas de abril de 1915 y las posteriores atrocidades, en setenta páginas de un apretado registro. La principal novedad radica, empero, en el estudio minucioso sobre la repercusión en Uruguay de la lucha por la memoria de los hechos y el juicio a los culpables, los ecos del conflicto en la prensa del momento, la incidencia de los exiliados en el debate nacional y la actuación legislativa.

El primer libro, según los autores, "reafirmó nuestra convicción acerca de la necesidad de brindar herramientas teóricas, metodológicas y didácticas a los educadores de los distintos ámbitos y niveles educativos, interesados en transmitir el Genocidio Armenio". Surgió así el segundo texto, Enseñar el Genocidio Armenio. Teoría, metodología y didáctica. Sin mencionarlo, la propuesta de Uruguay Tourné en 1965 de incorporar el tema a los programas de enseñanza parece hallar un respaldo definitivo. Cincuenta años después, tras haber sido testigos de nuevos genocidios —Camboya, los Balcanes, Ruanda, etc.— el tema presenta aristas más complejas y exige más que nunca la necesidad de hacer conciencia sobre el mismo.

Cuando en 1939 Adolf Hitler preguntaba en público "¿Quién hoy se acuerda de los armenios?", señalaba la posibilidad siempre latente de lograr la impunidad y el olvido ante cualquier atrocidad. Se sabe lo que sucedió después. La resignación ante la fatalidad, el pesimismo y la indiferencia, son actitudes que aún permanecen. La periodista Samantha Power en su libro Un problema infernal. Estados Unidos en la Era del Genocidio (Premio Pulitzer 2003), ha demostrado que todos los genocidios del siglo XX fueron previsibles pero que en ningún caso existió voluntad política para impedirlos. Esta terrible verdad es la que amerita con creces la necesidad de prevenir "la inhumanidad del hombre contra el hombre".

"La enseñanza del tema del genocidio en las escuelas sigue siendo una herramienta necesaria para empezar a hacer de la prevención una práctica social", afirman los autores. Acorde con esto se parte de la más general premisa de educar en Derechos Humanos, definirlos e incorporarlos en la acción de los sujetos, intentando involucrar a los estudiantes en su defensa, tanto en la escuela como en la enseñanza media y universitaria.

Ambas obras merecen ser tenidas en cuenta.

GENOCIDIO ARMENIO. 19151923. Antecedentes, perpetración y consecuencias, y ENSEÑAR EL GENOCIDIO ARMENIO. Teoría, metodología y didáctica, de Marcelo Desena y Andrés Serralta. Ediciones de la Plaza, 2015 y s/f. Montevideo, 256 y 216 págs.

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