Novela de Jesse ball

Un escenario singular

Hay que creer en el invento

Jesse Ball

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Mercedes Estramilvie jun 6 2014

JESSE BALL es un poeta y novelista neoyorkino nacido en 1978 que en algunas fotos conserva cara de niño y en otras parece un urso, en la acepción lunfarda del término. Lleva publicadas cuatro novelas y Toque de queda (The Curfew, 2011) es la tercera, un ejercicio medianamente experimental, cuyo enunciado se adecua al rollo chino de una novela común mientras su enunciación se dispara por otros derroteros. Básicamente se trata de una distopía, la presentación de un mundo ficticio indeseado, un lugar comúnmente abordado a través de la ciencia ficción. No es el caso aquí. Parafraseada o resumida es así: en un país ignoto, bajo dictadura y con células de resistencia aquí y allá, el violinista William Drysdale sobrevive escribiendo epitafios para las lápidas que elabora un cantero; su esposa desapareció y presumiblemente fue asesinada, y vive con él su hija Molly, muda. Una noche en que el hombre sale desafiando el "toque de queda", la deja al cuidado de una pareja de ancianos titiriteros que para entretenerla reconstruyen la historia familiar de la niña. Cada detalle es de una obviedad metafórica que daría para cerrar el libro como cosa ya vista.

Pero Ball crea un escenario, una tipografía y una respiración singular en su escritura que la eleva sobre lo obvio. Hay que creer en su invento, claro, como había que creer en las películas Dogville (2003) de Lars Von Trier o Dolls (2002) de Takeshi Kitano. O en todo Beckett, aceptando la imposición necesaria del despojamiento y la irrealidad para mostrar cómo es el mundo. Ball aclara su estrategia desde el comienzo a través de su impersonal narrador: "Presentaré esta ciudad y sus habitantes como una serie de objetos cuyas relaciones no se pueden describir con ninguna certeza". Más que intentar describir cosa alguna, el autor trafica con cierto don de hipnólogo como si él mismo fuera el titiritero y su novela el teatro, y cuelga personajes y situaciones frente a nuestras narices, logrando un efecto de captación y conmoción inmediato. Destacan los fragmentos donde Drysdale escribe los epitafios a pedido de cada cliente, y corrige esa burocratización de la muerte con la complicidad mentirosa de la imaginación y con el curioso expediente de romper cada lápiz luego de usarlo. La reelaboración de la historia a cargo de los titiriteros -el arte dentro del arte- refuerza la apuesta de fondo, significando que todo se puede decir de algún modo, contra la mudez, la dictadura y la muerte misma. Cambia el lenguaje y el formato pero la necesidad ética y estética permanece. Y acaso, también, la obligación.

TOQUE DE QUEDA, de Jesse Ball. La Bestia Equilátera, 2014. Buenos Aires, 218 págs.

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