LA NOVELA DE PINK FLOYD

Diamante loco

ROJO FLOYD, de Michele Mari. La Bestia Equilátera, 2013. Buenos Aires, 247 págs.

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Daniel Mella

Syd Barrett nació en 1946. Veintiún años después sacaba su primer disco, The Piper at the Gates of Dawn, con la banda que había fundado con su amigo de la infancia Roger Waters y de la que era compositor principal y primera guitarra: Pink Floyd. Tan solo un año más tarde la banda lo había dejado atrás. Era demasiado errático, tomaba demasiados alucinógenos, pifiaba continuamente en el escenario. Antes de despedirlo, contrataron a David Gilmour, otro amigo de Syd, para tocar en vivo y en simultáneo las mismas partes que él. No funcionó. Una noche, camino a un toque, sencillamente ya no lo pasaron a buscar. EMI, la compañía disquera, mantuvo a Syd como solista. Tardaron tres años en grabar su album clásico The Madcap Laughs, editado en 1970. En la tapa, Syd figura acuclillado y feral en un piso de parquet cuyos listones había pintado de rojo y azul. Poco después, debido a su incapacidad para tocar en público y relacionarse con sus semejantes, esquizofrénico, se recluyó en un sótano en la casa de sus padres, donde apenas cabía de pie y donde pasaría pintando, comiendo caramelos y engordando hasta el día de su muerte por complicaciones con la diabetes, en 2006.

Pink Floyd, se sabe, pasó a convertirse en la banda más grande del mundo. Más grande que Queen, los Beatles, los Stones. Al menos en lo que toca a la producción de las giras y los espectáculos. Cualquiera puede recordar el despliegue escénico de The Wall, el show musical más famoso y millonario del siglo pasado. Pero tal vez la (des)medida sea más evidente aún si se piensa en una gira posterior, la del A Momentary Lapse of Reason. Cuando le tocó el turno a la ciudad de Venecia, mandaron construir una isla flotante capaz de soportar más de 400 toneladas frente al Palazzo Ducale. Esa noche, debido al volumen de la música, se vinieron abajo un centenar de piezas de arquitectura antigua, estallaron más de ochenta vitrales y se despegaron 342 piezas de mosaicos bizantinos.

Toda esta información está contenida en Rojo Floyd. También se relatan cosas que no sucedieron. El primer mérito de Michele Mari, el autor, es disfrazarlas, hacerlas pasar por ciertas, hacerlas funcionar para sostener la tesis de que, por más que Syd Barrett haya quedado fuera de la banda desde muy temprano, es justamente alrededor de su colapso y de su ausencia que Pink Floyd construye su carrera. Mari nos persuade hábilmente de que la mejor parte de los discos y de las letras de las canciones refieren a su amigo genial perdido en los laberintos de su mente, como si el impacto que causó en Waters y Gilmour presenciar el colapso de Barrett lo hubiese convertido en el centro de sus obsesiones. Tal vez lo más interesante de la novela, aparte de la miríada de datos fabulosos, sea el modo en que el autor va construyendo -mediante monólogos ficticios de los miembros de la banda, de Barrett, de amigos suyos, músicos y hasta de personaje de canciones- la figura melancólica de un hombre real y alucinado, cuyo descenso a la locura es el núcleo de su leyenda, y que a lo largo de las páginas va adquiriendo una dimensión inquietante, casi sobrenatural.

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