Novela de Alexander Baron

El todo por el todo

El sello editorial La Bestia Equilátera lo hizo de nuevo: me ofreció una de las sorpresas más agradables dentro de mi rutina de lectora de tiempo completo, ya habituada a una sucesión de autores y títulos de todo tipo, estilo y calidad.

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Soledad Platero

Jugador (The Lowlife, según el título original) es una novela de 1969 que se publica por primera vez en español y que hace honor a lo que los fundadores de la editorial dicen haberse propuesto desde el principio: publicar los libros que les gusta leer (y que nos gusta leer a los que leemos apasionadamente) y que por distintas razones no están disponibles.

Alexander Baron, su autor, nació en 1917 en Berkshire, Inglaterra, con el nombre de Joseph Alexander Bernstein, pero siguiendo el consejo de sus editores lo cambió a uno más corto, de apenas dos sílabas simples, porque era más adecuado a lo que medía, por lo general, el lomo de los libros. Alexander creció como uno de tantos judíos pobres del East End londinense, entre inmigrantes de todos los colores y en calles con olor a sopa de verduras. Escribió algo más de una docena de novelas (la más famosa fue From the City from the Plough, de 1948) y numerosos guiones de cine y televisión, pero casi no hay libros suyos traducidos al español (aunque dedicó a los años finales del franquismo su última novela, Franco is Dying, de 1977), por lo que esta edición de La Bestia Equilátera es todavía más preciosa.

Sin arreglo.

Narrada en primera persona por Harryboy Boas -un jugador empedernido que vive en una modesta casa de pensión en un barrio pobre, dedicado únicamente a pasar sus días estudiando los pronósticos del canódromo y devorando novelas- la historia se abre al lector como una buena película de los mejores momentos de la industria del cine, cuando al pulso y la destreza del director se agregaban la máxima economía narrativa, la plasticidad de los actores y un sentido único del tempo.

Harry tiene 45 años y no ha hecho nada de su vida. Sobrevive con lo que gana en las apuestas o con lo que consigue sacarle de vez en cuando a su cuñado, el esposo de su regordeta y dulce hermana. Sus ambiciones se limitan a seguir así, pero sin las presiones que le ocasiona, demasiado a menudo, andar sin un cobre. Cuando se permite soñar a lo grande se imagina gastando lentamente una pequeña fortuna en las Islas Canarias, en algún lugar solitario en el que se pueda nadar y leer y sobrevivir sin hacer ningún esfuerzo. Lo único que lo separa de ese paraíso es, claro, el dinero, pero un jugador sabe que, más tarde o más temprano, el dinero llegará. Un jugador sabe, además, que si el dinero se va como vino, ya habrá ocasión de intentarlo de nuevo. Porque un jugador no tiene arreglo.

El giro en la vida de Harry ocurre cuando a la pensión en la que vive se muda una familia integrada por tres personas: una mujercita histérica y pretenciosa, su marido obediente y trabajador, y su pequeño niño, Gregory, un compacto y despótico angelito de poco menos de cinco años que no se detendrá hasta involucrar a Harry en la vida de todos ellos. Si en Un gran chico, de Nick Hornby (2008), el vínculo entre Will, de treinta y seis años, y Marcus, de doce, se establecía a partir de un engaño pergeñado por el adulto (que quería conquistar chicas haciéndose pasar por padre soltero), en este caso la relación se instala por el empecinamiento del niño, ansioso por encontrar a alguien con quien jugar en un lugar en el que no se le permite alternar con otros niños.

Pero hay algo que tienen en común esas dos parejas compuestas por un niño y un hombre, a pesar de haber sido escritas con casi cuarenta años de distancia y en escenarios londinenses muy distintos: en ambas el hombre experimenta el odio hacia esos adultos que arruinan las vidas de sus criaturas bajo la consigna de estar haciendo lo mejor para ellos. En ambas el hombre (displicente, egoísta, apenas preocupado por sus propias rutinas y por la satisfacción de sus deseos) siente que el niño es, en el fondo, invisible para sus padres. Y, en ambas, el hombre sabe que el niño lo sabe.

La historia de Harryboy y el pequeño Gregory es posible (como la de Will y Marcus) porque Harryboy tiene mucho tiempo libre y porque hacer feliz a un niño casi desconocido es un modo de volver a experimentar los placeres de la infancia: alimentar a los patos en el parque, comer porquerías y golosinas, jugar a cosas que mamá no aprobaría -porque mamá es neurótica y aprensiva y, sobre todo, está cansada.

Cansados y encallados.

Pero no se puede entrar en la vida de una criatura sin terminar, de algún modo, a su servicio. No se puede entrar y salir a voluntad y, sobre todo, no se puede esquivar el vínculo con sus padres. Además, un hombre que entra en la vida de un niño para hacerlo feliz, aunque sea cada tanto y sin obligación, suele ser, como Harryboy, alguien inmaduro que también busca lucirse ante los adultos. Y claro que Harryboy quiere lucirse. Quiere ser admirado por el pobre infeliz de Vic -el padre de Gregory-, un hombre todavía joven pero ya derrotado por la obligación de mantener a su familia y estudiar por las noches para conseguir un mejor puesto. Quiere ser temido y rechazado por la histérica madre del niño, una chillona máquina de embellecer inútilmente un hogar compuesto por dos piezas de pensión en un barrio pobre. Quiere ser envidiado, en suma, por esa pareja exhausta y encallada que no puede dejar de ver en él a un ser injustamente bendecido por la fortuna y la libertad.

Pero una buena novela no se hace sólo con buenos personajes. En algún momento la morbosa relación entre Harry y sus vecinos se precipitará hacia la catástrofe, porque ni las mentiras ni las fantasías pueden durar para siempre, y ser consecuente con ellas supone pagar precios muy altos.

Jugador es una novela inglesa ambientada en Londres, pero tiene muchos rasgos que hacen pensar en una novela norteamericana. El despiadado sentido del humor de Harryboy es demasiado realista para la tradición inglesa del nonsense, y la descarnada descripción de la vida de una familia de clase media con aspiraciones en los años sesenta está en las antípodas de los retratos irreverentes pero condescendientes que los británicos suelen hacer de sí mismos. Claro: Baron (como Harryboy) es judío, y es a esa genealogía que debería adscribirse este texto. Por judío, tal vez, Alexander Baron comparte con autores de otras nacionalidades esa capacidad de experimentar, de a ratos y sin culpa, la Schadenfreude: la alegría por la desgracia ajena (un sentimiento que, por cierto, no es patrimonio de los judíos, pero al que los escritores judíos sacan partido con un talento único).

Jugador es una novela atrapante, brillante, inteligente y disfrutable, de ésas que uno lamenta ir terminando. Si un autor merecía ser recuperado y traído, por fin, al ámbito de la lengua española, ése era Alexander Baron. Que se repita.

Jugador, de Alexander Baron. La Bestia Equilátera, 2012. Buenos Aires, 304 págs.

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