NUEVO haruki MURAKAMI

La necesidad de lo innecesario

Habló de correr, y ahora habla de escribir. Pero no aburre porque trata de sí mismo y de su personaje público.

Haruki Murakami. Foto gentileza Planeta
Haruki Murakami. Foto gentileza Planeta

MERCEDES ESTRAMIL

Hace cerca de treinta y cinco años que Haruki Murakami (n. 1949, Kioto) es un escritor profesional que se dedica exclusivamente a —y vive de— escribir. Según él mismo no le ha resultado fácil mantenerse en lo que denomina el cuadrilátero o ring de la escritura, donde lo aplaude con frecuencia el público pero lo defenestra o malentiende la crítica, o donde se le brindan ciertos premios pero se le escamotean otros (el casero Akutagawa, el internacional Nobel) que jura no perseguir ni ansiar. Su literatura suma ya un número considerable de títulos: catorce novelas, cuatro libros de relatos, siete de ensayos, etc., y su presencia en el mapa literario provoca tanto fervientes seguidores de su occidentalizada levedad como detractores acérrimos de esa occidentalizada levedad.

En 2007, y en clara alusión al libro de Raymond Carver De qué hablamos cuando hablamos de amor, Murakami publicó un librito autobiográfico titulado De qué hablo cuando hablo de correr, en el que daba cuenta de su pasión por el deporte y su experiencia como maratonista. Entre las cosas interesantes y opinables que decía, sostenía que escribir novelas es una tarea mental y física y sobre todo una actividad insana para la que se necesita mucha energía corporal. En su caso esta energía la obtenía del deporte y el mantenimiento de un cuerpo saludable (algo así como decir que Onetti, Fitzgerald o el propio Carver la obtenían del whisky). Como sea, y aprovechando de nuevo el generoso título carveriano, Murakami publicó en 2015 De qué hablo cuando hablo de escribir. La primera impresión es que sigue sacando agua del mismo inagotable pozo; pero poco a poco, y en su estilo mesurado y cálido, el libro va conquistando con una mirada simple y honesta sobre el mundo de las letras.

Cuestión de peso.

Para muchos lectores saber algo de la vida y la cocina interna de los escritores puede resultar tan interesante como las ficciones mismas. Hablando de sí mismos o de otros, autores como Gustave Flaubert, Gabriel García Márquez, Julian Barnes, Stephen King, Enrique Vila-Matas, etc., han ampliado la visión que el hombre común y corriente tiene de esa profesión tan particular, no solo contando pormenores de sus vidas sino sobre todo hablando de la relación devota y controvertida entre el escritor y su arte. Así, el lector puede saber cómo comenzó una carrera y no solo en qué condiciones físicas escribe fulano (de pie o sentado, a lápiz o en computadora, de mañana o de noche, en casa o en un bar) sino por qué lo hace, qué demonio lo guía, de qué modo y qué cosa elige trasmitir, cómo trasmuta o no en ficción su vida privada, qué deudas paga a través del papel, qué gloria persigue, etc.

En sus ensayos o textos autobiográficos Murakami no es dado a sesudas reflexiones sino más bien a modestos comentarios personales, siempre recalcando que se trata de su opinión y manteniendo un perfil entusiasta pero bajo, como si quisiera caerle bien a todo el mundo y él mismo no fuera más que un simpático artesano de su oficio. Incapaz en ese sentido de declaraciones como las que hiciera William Faulkner cuando dijo en 1956 en entrevista a The Paris Review que el escritor verdadero lucha por su sueño y arroja por la borda todo lo demás: "el honor, el orgullo, la decencia, la seguridad, la felicidad, todo" o que "si un escritor tiene que robarle a su madre, no vacilará en hacerlo". Murakami es más contemplativo y sociable, al menos en apariencia, y el simple hecho de que dedique trescientas páginas a hablar de sí mismo en lugar de emplearlas para crear ficción lo distancia años luz del maestro sureño. Coinciden en otras, como la renuencia a codearse con otros escritores o —salvando los tiempos históricos— entrar en el juego mediático de la sobreexposición.

Sin embargo, sorprenden en este libro un par de opiniones que se apartan de la corrección y a la vez no se sabe bien si las dice en broma o en serio (seguramente esto último, pero quizá si las vertiera un latinoamericano, por ejemplo, pasarían por irónicas). En la primera sostiene que "escribir novelas no es un trabajo adecuado para personas extremadamente inteligentes" en virtud de la marcha lenta que exige tal trabajo, y como si la inteligencia estuviera asociada a la rapidez y expedición dictamina que en general son más "inteligentes y agudos" los críticos. En la segunda reitera como una verdad parcial una afirmación que hizo tiempo atrás para la prensa: "Un escritor está acabado cuando engorda". Y no era una metáfora. Ahora la matiza un poco (¿lectores gordos se enojarían?) pero en el fondo sigue pensando lo mismo: que para escribir lo ideal es estar en plena forma física, como él, que participa en maratones y triatlones. Se ignora qué opinarían Balzac, Chesterton, Lezama Lima o Neruda al respecto. El argentino Hernán Casciari, por ejemplo, ha declarado que es escritor porque es gordo, de lo contrario hubiera sido futbolista. Para reflexionar.

Disfrutable e ingrato.

Pero hay otros aspectos en el libro de Murakami, más serios y aprovechables, que tienen que ver con su proceso de formación, la vuelta de timón que le dio a su vida de comerciante cuando decidió ponerse a escribir, la diferencia entre escribir relatos breves y extensas novelas, y el modo en que afronta día a día este trabajo que lo divierte pero a la vez le exige el precio altísimo de mantenerse en pie año a año en ese ring donde tanto escritor abandona.

Esa necesidad de encerrarse en una habitación para crear otros mundos quizá innecesarios mientras se aísla de éste, lo lleva en cierto modo a trabajar como cualquier empleado: "La regularidad en un empeño a largo plazo es crucial. Si escribiera mucho cuando las cosas van bien y nada cuando van mal, no lograría ser regular. Escribo mis diez páginas a diario como cualquier persona que ficha a la entrada y a la salida del trabajo". No lo dice como un dogma ni como una apoteosis del aburrimiento, pero tampoco acepta la identificación rápida entre escritor y artista. Sin embargo hay una pátina romántica en una declaración como la siguiente: "Hay que escribir una novela para comprender verdaderamente la dimensión de la soledad. A veces tengo la impresión de estar sentado en lo más profundo de una cueva. Nadie va a venir a ayudarme, nadie me va a dar una palmadita de ánimo en la espalda ni me va a decir lo bien que he trabajado hoy. El resultado final de ese esfuerzo puede recibir algunas alabanzas (si ha salido bien, claro está), pero el proceso de escribir queda al margen de los reconocimientos."

En materia de alabanzas Murakami ha recibido las de las ventas, sin duda, con traducciones a más de cincuenta idiomas por más que en su país se lo valore a medias. Se toma con liviandad el asunto de los premios y cuenta la anécdota de cuando en una librería se topó con un libro titulado Por qué Haruki Murakami no ganó el Premio Akutagawa y concluye el asunto con la obviedad razonable de que ningún premio insufla vida a una obra que no la tenga. Sobre si la suya la tiene o no hay discrepancias. Lo cierto es que La caza del carnero salvaje (1982), Tokio blues (1987) o Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (1995), por citar solo tres de sus novelas, mantienen un estilo y una atmósfera que le son propios y han generado esa "adicción" lectora que él busca. Lo confiesa en libros como éste donde habla de sí mismo y de su personaje público, figuras que no siempre coinciden.

DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE ESCRIBIR, de Haruki Murakami. Tusquets, 2017. Buenos Aires, 296 págs. Trad. de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara. Distribuye Planeta.

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