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Nazismo y ajedrez

La nouvelle Novela de ajedrez esla prueba de que las obras de arte del pasado no pueden darse por superadas.

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Ajedrez

“Un pensamiento que no conduce a nada, una matemática que no calcula nada, un arte sin obra, una arquitectura sin substancia”. De este modo definió al ajedrez Stefan Zweig, en su nouvelle más celebrada, Novela de ajedrez, publicada y traducida a muchas lenguas luego de su muerte, el 22 de febrero de 1942. Las circunstancias de su suicidio en Petrópolis, Brasil, junto a su segunda esposa, Lotte Altman —ambos bebieron veneno, abrumados por los éxitos de Hitler en la guerra— cargaron las páginas de esta obra con el énfasis testimonial y dramático de su imposibilidad de regresar a Salzburgo y reunirse con su biblioteca, enriquecida con valiosos originales (cartas manuscritas de Napoleón y Mozart, un cuaderno de Leonardo con dibujos del autor, entre otros documentos que finalmente se perdieron).

Stefan Zweig se radicó en Petrópolis en 1938, cuando ya era uno de los novelistas austríacos más famosos, y esta novela póstuma contiene su única referencia explícita a las perversiones del nazismo. La introduce de un modo inteligente y sesgado, con la maestría de un narrador que camino a Brasil, desde el puerto de Nueva York, se entera de que en el barco viaja un notable campeón mundial de ajedrez, y solo de anécdota en anécdota, revela su tema. El primer interés se centra en Mirko Czentovic, un joven rústico, salido de una perdida aldea eslava, sin otro interés ni destreza intelectual que derrotar, de modo implacable, a los más famosos ajedrecistas. Un bruto absoluto, con memoria pero sin capacidad de abstracción, dedicado a ganar fortunas con el ajedrez y a vengarse de quienes por cultura o formación se estiman superiores. El personaje atrae al narrador, consciente de que los hombres monomaníacos “como termitas en su materia específica construyen una abreviatura del mundo” y de que “cuanto más se limita a alguien, tanto más se acerca por otra parte al infinito”. En su intento de tomar contacto con él, comienza a jugar partidas con otro pasajero, un adinerado petrolero y muy mal perdedor, que no demora en pagar al campeón, ligeramente desinteresado, una importante suma de dinero por aceptar un desafío. De un lado juegan el narrador, el petrolero y otros amateurs, y del otro Czentovic, que los derrota en varias partidas hasta que un ignoto mirón les aconseja un par de jugadas y consigue definir el juego por tablas.

A partir de entonces el interés se desplaza al inesperado pasajero, el doctor B, un abogado refinado que no ha tocado una pieza de ajedrez en más de veinte años pero es capaz de anticipar los movimientos de muchas jugadas sobre el tablero. Su historia bajo un prolongado aislamiento que le impuso la Gestapo, y el desafío de dos partidas con el campeón mundial, monopolizan de ahí en más una trama que sin apartar un pie del realismo, se convierte, poco a poco, en alegoría.

Arnold Hauser repetía que el conocimiento científico es extensivo y el del arte es intensivo, lo que explica que las obras de arte del pasado no puedan darse por superadas, como por ejemplo, la física de Copérnico en la de Newton. Reencontrarse con Zweig es una experiencia que reafirma el postulado de Hauser en el arte de urdir una trama literaria.

NOVELA DE AJEDREZ, de Stefan Zweig. Losada, 2014. Buenos Aires, 124 págs. Distribuye Océano.

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