Virginie Despentes en los márgenes de París

La música de la calle

Vernon Subutex 1 y 2 son novelas que muestran, a través del derrumbe de una generación, el lado oscuro de la Sociedad de Bienestar.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Virginie Despentes. Foto Grasset.

“Escribo desde la fealdad, y para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica. Y empiezo por aquí para que las cosas queden claras: no me disculpo de nada, ni vengo a quejarme. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece un asunto más interesante que ningún otro”. Con ese desparpajo de inmodestia y autocompasión empezaba Despentes su ensayo Teoría King Kong (2006, traducido al español en 2007. Ed. Melusina), un libro que partía de la base de que feminismos hay muchos y que cuestionaba la idea de una femineidad ideal y feliz.

Nacida en 1969 en Nancy, Virginie Despentes no tuvo educación universitaria, algo que señala con cierto orgullo. Proveniente de un hogar de clase obrera, fue vendedora de discos y también prostituta, y en 1998 publicó una novela que no pasó desapercibida, Fóllame, sobre una mujer violada (en eso partía de una experiencia propia) que junto a una amiga se dedica a buscar hombres para tener sexo y matarlos. En 2000 codirigió la adaptación cinematográfica, Baise-moi. Con esa biografía y con su manera desaliñada de plantarse en las entrevistas pronto se convirtió en una niña terrible de la escena cultural, especie de Houellebecq femenino sin tanta luz mediática (comparación odiosa por todos los encasillamientos que supone, pero que sirve para situar su perfil polémico) quizá porque no es hombre y porque a cierta altura de su vida cambió la heterosexualidad por el lesbianismo. O porque su discurso a favor de la pornografía, el aborto y una educación sexual que incluya hablar de la violación como una realidad a desdramatizar, no es de recibo universal. Tampoco lo es su idea de que hay que hacer estallar los estereotipos de género hasta que los conceptos de “masculinidad” y “femineidad” dejen de ser utilizados como herramientas capitalistas para que el ser humano permanezca infantilizado.

Vernon Subutex 1 y 2 son las dos primeras novelas de una trilogía donde enseguida se advierte que la “teoría King Kong” está presente como una tesis que hilvana la historia. Enganchan fácilmente por la acumulación de personajes border que en algún momento vivieron la vida a full y ahora ven que la rueda va frenando, y por una narrativa vistosa que se descuelga con frases que dan ganas de subrayar.

EL SISTEMA

Vernon Subutex narra un derrumbe generacional y en el caso del protagonista ensaya una reconstrucción fuera de lo común. Vernon tiene cincuenta años y fue comerciante durante veinticinco, primero como empleado y después como dueño de Revolver, una tienda de discos. En 2006 el negocio se funde y se las arregla para ir tirando, ayudado por un músico negro, Alexandre Bleach, hasta que este muere por sobredosis. Poco después Vernon es desalojado y ni su cultura musical ni su habilidad de disc jockey ni sus muchos amigos ni el harén de mujeres que ha abandonado y utilizado y que siguen ahí disponibles lo salvan de vivir en la calle. Una vez ahí opera una liberación y ve lo que antes era invisible: el sótano de la sociedad del bienestar.

Despentes ambienta la historia en una París multirracial, xenófoba y políticamente desencantada, poblada de personajes que resultan atractivos no tanto por sus características individuales como por el mosaico colectivo que componen. Ahí están el productor de cine psicótico que paga fortunas para averiguar lo que dicen de él; la ex actriz porno que no para de llamar la atención, la que se cambia de sexo y la que se suicida; la mujer madura que disfruta más de decir que tiene amante que de tenerlo, y la que tiene varias identidades en Facebook para controlar a sus amantes; el guionista racista y xenófobo que teme engañar a su esposa; la lesbiana especialista en linchamientos cibernéticos; el marido golpeador; la sin techo que adora a los perros; los adolescentes fascistas; la transexual que enamora al hetero, etc. De todos Despentes da una biografía detallada, unificándolos en torno a Vernon, a la música que oyeron en su disquería (de Cassandra Wilson a The Clash, y de Rod Stewart al uruguayo Viglietti interpretando “Construcción” de Chico Buarque) y a un común descontento con el estado de las cosas, sin importar que unos sean de la derecha extrema y otros declaren un progresismo solidario.

Despentes narra con soltura y torrencialmente, como si hubiera salido por la ciudad con una cámara al hombro y registrara despreocupada los bombardeos interiores, los deseos momentáneos y cruzados, las fantasías de decenas de personas embretadas en trabajos y relaciones urgentes y caducas, y como si a la vez manejara desde una grúa inmensa un lente que los abarcara a todos y al gran escenario –capitalista, neoliberal, patriarcal- en el que son manipulados por fuerzas que no controlan.

CHICOS PUNK

El grueso de sus personajes proviene o tiene o tuvo algún punto en común con la contracultura punk de los años setenta y la posterior de los noventa, probaron la rebeldía bajo la forma de música, droga, pornografía, delincuencia, depresión. Ahora son capaces de conceder que lo preocupante pasa por perder el trabajo, la casa, criar a los hijos, enfermar, morir, o simplemente constatar cada mañana una arruga más. Pero es una concesión sin sosiego. El espíritu contestatario e irreflexivo sigue en ellos, devaluado como un tatuaje viejo aunque igual o más visible. Para Despentes el enemigo está en la sociedad de consumo, fabricante en serie de individuos postergados que corren detrás de la belleza, el éxito, el dinero, la eterna juventud, el reconocimiento, etc., y que pagan un precio demasiado alto por la frustración de no llegar.

Hay puntos de contacto muy fuertes entre su visión y la de la austríaca feminista Elfriede Jelinek (Deseo, Las amantes, La pianista, etc.); hay un enunciado compartido y el enemigo es el mismo. Pero están a años luz en su realización. Frente al distanciamiento y frialdad voluntarios de Jelinek, que destila desprecio por sus personajes (vehículos de ideas) y no engancha al lector a través de ellos, el discurso de Virginie Despentes opera desde adentro de los suyos y si bien los muestra sin photoshop, se nota que los adora. A veces tanto que frena a un paso del resbalón sentimental. Un ejemplo claro es la conversación que quiebra el hielo, la diferencia de clase y el asco entre un amigo de Vernon y una mujer de la calle a propósito de sus respectivos perros difuntos. Otro es la historia de Charles y la Véro, pareja vieja de borrachos con techo que viven peleando. Cuando él gana la lotería mete el dinero en un banco y sigue viviendo como si nada, a lo sumo cambia de zapatos y se conmueve con algún comentario de su mujer que en otro tiempo hubiera propiciado una paliza. La reflexión –conmovedora del viejo, cínica de Despentes- toca las estrellas: “Así que éste era el secreto del dinero: sentir bastante espacio para permitirse movimientos del alma”.

Habrá que esperar a la tercera entrega para ver cómo Despentes cierra la historia y si la música de la calle compensa a Vernon Subutex y a su troupe de amigos generacionales de todas las derrotas.

VERNON SUBUTEX 1 y VERNON SUBUTEX 2, de Virginie Despentes. Literatura Random House, 2016 y 2017. Buenos Aires, 337págs. y 327págs. Traducción de Noemí Sobregués. Distribuye Penguin Random House.

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