POÉTICAS

Mundo nuevo

Hoy se vive la estela que dejó la palabra. La perdimos de vista.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Eduardo Milán

La palabra, propia de la especie, se alejaba de manera insólita. Fue ahí que la perdimos de vista. O cuando sobre Wall Street planeó el ángel de la depresión en vuelo. No cuando Cortés —según Duverger fue él y no Bernal: "Imposible que haya sido Bernal", dijo Duverger— escribió la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Hoy la palabra alejada es un hecho. Hoy se vive su estela, la que dejó la palabra. Se habla su estela. Toda habla tiene estela y ninguna estrella —acaso una estrella muerta de la que llega la resonancia del brillo. Un aullido que perdió su coyote y lo busca en cada luna con la cabeza hacia arriba. El hombre más o menos ético de hoy es lo que quiere decir cuando dice "ya nadie tiene palabra". No es que no la tenga en su habla. Hablar es cosa continua, un bajo, un contrabajo. En free-jazz el contrabajo es esencial. Basta oír a Cachao. Cuba ha cambiado mucho, menos la música cubana, soltera, no hay par. Descubrir a Cachao es como descubrir el tomate: un enloquecimiento. Las mujeres enloquecían con esa fruta del demonio —dicen los misioneros— porque era roja o porque les reflejaba en buena parte su propio sexo, no abierto, redondo, oculto como una ostra carnosa y con una tibieza que late. En esas manos que hacen de cuenca, esas que se forman para zorzal caído, cabe un tomate. O por comunista. Quiero creer que las mujeres enloquecían con el comunismo del tomate. Es bordeando el siglo XVI que se produce el fenómeno que atraviesa la misión como un silbido de flecha de montaña, las montañas del sureste en Chiapas, con ese calor resbaloso de la frontera de México con Guatemala. Un poco antes, bajando el templo, está inscrita en piedra la figura de Pakal II a la que Haroldo de Campos, casi iluminado, llamó "El mayonauta". De este lado de la reja, mirando a través de la reja, Haroldo y yo (1983, si no recuerdo mal). La palabra portemanteau (maya + astronauta), palabra-valija, no sólo es el empleo por Haroldo de un recurso muy propio de la Poesía Concreta. Es un embutido, un concentrado de palabra y palabra que preserva la palabra. Se podría ver ese paisaje de este modo: para preservar la palabra hay que juntarla con otra y entre ambas crear una tercera palabra, una palabra que no existe. O mejor (y éste es su peso): una palabra que existe sin cosa —ahora que las cosas se desean como fruta del demonio— o una palabra que junta mundos o —mucho mejor, nunca perfecto— busca crear un mundo que se ajuste a la palabra que lo preexiste. ¿No era ese el mundo nuevo?

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