POR QUÉ LUCIA BERLIN

¿Una moral en literatura?

Tras un año de crecimiento lento y continuo en la cabeza de los lectores se ha convertido en un acontecimiento literario.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Lucia Berlin

"De algún modo debe producirse una mínima alteración de la realidad" decía la escritora norteamericana Lucia Berlin para explicar sus cuentos. "Una transformación, no una distorsión de la verdad. El relato mismo deviene la verdad, no solo para quien la escribe, también para quien lee. En cualquier texto bien escrito lo que nos emociona no es identificarnos con una situación, sino reconocer esa verdad". Con esta convicción escribió 77 cuentos, de los cuales Alfaguara publicó 43 en español, bajo el título Manual para mujeres de la limpieza, que mereció una pormenorizada y reveladora reseña de Hugo Fontana en estas páginas (ver El País Cultural No. 1297)

Si volvemos a Berlin y su Manual… es porque acercan dos temas transparentes en el mundo de la literatura, y en consecuencia poco visibles. El primero tiene relación con los lectores. A partir de los años sesenta Lucia Berlin publicó estos relatos en editoriales modestas sin mayor repercusión hasta que su rescate en 2015 por una editorial mayor, cuando llevaba diez años de fallecida, los ubicaron de inmediato en las listas de los más vendidos y el éxito los acompaña en cada lengua a los que han sido traducidos. El auge de la autoficción, con su concentrado giro sobre la experiencia biográfica puede justificar el sorpresivo cambio en la atención de los lectores. Muchas obras se olvidan y regresan por motivos poco azarosos, sujetos a la continua deriva del interés de los públicos y la crítica. Pero para que el encuentro se produzca es necesario que la obra sostenga su valor, y el de estos cuentos es el tono intrépido, desinhibido y esencialmente honesto con que Lucia Berlin regresó sobre las experiencias de su infancia en Texas, de su adolescencia en Chile, de su vida en México, Nueva York y California.

LA HISTORIA Y EL TONO.

Entre las alianzas que sostienen la lectura, el tono es una de las más importantes para el escritor y el lector. Ricardo Piglia lo definió como la relación que tiene el narrador con lo que cuenta. Esa relación puede ser melancólica o festiva, mordaz, lúdica, distante, crispada, y a menudo varias cosas a la vez. Cuando el lector se encuentra con la historia, se encuentra también con el tono, y lo que seduce en los cuentos de Berlin es precisamente lo que otra escritora sureña de los Estados Unidos, Flannery OConnor, definió con estas palabras: "cuando estás escribiendo narrativa, estás hablando con el personaje y la acción, no sobre el personaje y la acción. El criterio moral del escritor debe coincidir con el criterio dramático". ¿Una moral en la literatura?

Como se suele entender la ficción por el arte de engañar, y cualquier escritor sagaz es capaz de anular la incredulidad mediante el relato de las imágenes, los olores, las sensaciones físicas, la música de las palabras incluso, presumimos que la moral no es asunto literario. En rigor, creemos que la libertad del arte anula las exigencias que pesan y se quebrantan en otras actividades, y sus caminos no están sujetos a ninguna demanda exterior a sus fines, pero apenas descartamos a los mentirosos, a los oportunistas, a los que escriben sobre lo que no saben o parodian realidades ajenas sin involucrarse, nos encontramos con la verdad que reclamaba Berlin y la moral que pedía OConnor. El relato bien construido puede engañar con sus delirios y exageraciones, pero carga un antiguo pacto con la verdad, y no hay probablemente otra educación moral mejor sostenida que las ficciones de los grandes escritores. La isla del tesoro, por ejemplo, no es un mundo que haya conocido Stevenson —sus piratas estaban enterrados desde hacía doscientos años—, pero el intercambio de favores entre el bien y el mal a lo largo de su novela es parte del mundo que conocemos todos. Confiamos en Shakespeare, Kafka, Tolstoi, Faulkner, Salinger, Flaubert y muchos otros porque esencialmente no han mentido y sus historias pasaron a formar parte de la intimidad de generaciones de lectores. Por paradójico que resulte, ha sido la ficción el escenario de las más irreductibles verdades.

Las que conmueven en los relatos de Lucia Berlin son las de la vulnerabilidad. La propia y la de los demás, con sus abusos, sus desprecios, sus enamoramientos, el alcoholismo, las audacias y debilidades para abrirse un destino con cuatro hijos y varios divorcios. No llevó una vida de escritora. Llevó una vida de secretaria, de empleada de servicios con una mente curiosa, una exquisita capacidad de observación y pese a los padecimientos, nada de autocompasión, lo que le permitió transitar por recuerdos patéticos con pasos de comedia, por situaciones laborales con una sutil mordacidad, y callada piedad en las situaciones desesperadas y ominosas.

Junto a la sensibilidad para reconocer las emociones hasta en los episodios más triviales, el estilo de sus cuentos es preciso y alocado, capaz de abandonar la trama para dar un consejo o recordar otro incidente y regresar desde un nuevo lugar. La mayoría de sus cuentos culminan dentro del cuento, de modo que sus finales son abiertos; la historia ya ha terminado sin que el lector lo perciba hasta que comienza a revisar lo que ha leído. Entonces descubre que bajo el encanto imprevisible de sus tramas, Berlin ha contado disimuladamente, como al pasar, el corazón de la historia, y todo lo ha dicho con delicadeza. En rigor, se ha dado permisos para contar con ligereza asuntos graves, y a veces asuntos tan ligeros que se vuelven graves. Finalmente, más allá de lo que cuenta, el lector aprende a amar a la persona que se expresa en su voz.

PACTO DE VERDAD.

Su seducción, además de emotiva, es virtuosa. Un cuento en especial, "Punto de vista", casi un divertimento, comienza con una reflexión de tono ensayístico sobre los relatos de Chejov, de inmediato pasa a una tercera persona para contar la soledad de un personaje imaginario, en una situación plausible que por último, acaba por revelarse como propia, y remata en primera persona. La audacia, aparentemente imposible de llevar a buen puerto sin romper la unidad expresiva, es similar a la que intentó con torpeza Alessandro Baricco en su última novela, La mujer joven, pero Berlin la realiza con maestría, precisamente porque la idea se sostiene sobre un pacto de verdad.

Se dirá que el tema es demasiado técnico y solo interesa a los escritores, como la escala disminuida a los músicos de jazz, pero de estos logros está hecha la literatura y la posibilidad de reconocer la jerarquía de un escritor que conoce el oficio, lo que se ha hecho, lo que todavía se puede inventar en la historia del arte. Por todos estos motivos cabe volver a avisar a los lectores que están delante de un acontecimiento literario. Que detengan el tránsito. No abundan.

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