REEDICIÓN DE SAMUEL JOHNSON

Una moral en la literatura

Sobre cómo ser crítico en el siglo XVIII, sobrevivir, y llegar nítido al siglo XXI.

El Dr. Samuel Johnson leyendo el manuscrito de Oliver Goldsmith "The vicar of Wakefield" (mezzotinta de Samuel Bellin, 1845)
El Dr. Samuel Johnson leyendo el manuscrito de Oliver Goldsmith "The vicar of Wakefield" (mezzotinta de Samuel Bellin, 1845)

CARLOS MARÍA DOMÍNGUEZ

Las artes de Samuel Johnson fueron la lectura, la conversación y el ensayo, relevantes en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando el idioma y la literatura se afirmaban solidariamente para iluminar el mundo moderno. La naturaleza de sus diálogos tuvo un retrato en la monumental biografía de James Boswell, Vida de Samuel Johnson, referencia del género biográfico y en gran medida responsable de su fama póstuma. La reunión de sus ensayos literarios por Galaxia Gutenberg acerca ahora la formidable experiencia de su prosa y la oportunidad de confrontar el carácter residual de nuestra moral en las letras con la voluntad de sus fundadores.

El tomo comprende tres textos sobre William Shakespeare, los retratos de siete poetas ingleses: John Milton, Abraham Cowley, Matthew Prior, Jonathan Swift, Joseph Addison, Alexander Pope, Thomas Gray, y una miscelánea de sus artículos en los primeros periódicos británicos (The Rambler, The Adventurer, The Idler). Como Johnson nunca escribió sin definir la naturaleza de los temas que le salían al paso, estos ensayos tienen la propiedad de llevarnos a los autores, de exhibir la visión de Johnson sobre una variada cantidad de problemas y, finalmente, los cambios que dos siglos sumaron a la concepción de la literatura. Una gran bocanada de oxígeno porque el doctor Johnson no solo tiene un estilo, tiene una condición portentosa que no se encuentra en las letras contemporáneas, tan robusta de precisiones, ideas, matices y agudezas que sucesivas generaciones lo han reconocido como el gran crítico literario de las letras inglesas, con la paradoja de ser autor de una obra breve, acrecentada por el vasto anecdotario de su singularidad.

Con la apariencia de un oso, de modales rústicos, pero dueño de una inteligencia exquisita, autor de un diccionario de la lengua inglesa con más de 43 mil vocablos que llevó adelante durante siete años, vivió en la modestia durante toda su vida (1709-1786), alternando la literatura con la política, a menudo en calidad de consejero de los tory porque su espíritu fue religioso, conservador y monárquico. Escribió poemas, algunas crónicas de viaje, y una novela muy celebrada en su época, La historia de Rasselas, príncipe de Abisinia. A su vastísima erudición, formada en el dominio de las lenguas clásicas y varias de las modernas, Johnson sumó un humor penetrante, con el bajo tono que luego identificaría el understatement inglés y, por sobre todo, ejerció el sentido común con el refinamiento de una extravagancia. Por muestra, cabe recordar su azoramiento frente al hecho de que las mujeres depositaran la vanidad en su belleza física, siendo una cualidad tan notablemente efímera.

Los poetas.

Johnson emprendió la edición completa de las obras de Shakespeare cuando a más de cien años de su muerte circulaban en versiones corruptas por toda clase de oportunismos editoriales. Como el poeta nunca se ocupó de publicar, los textos habían sido copiados por los actores y vendidos a imprentas que sumaron sus propias adulteraciones, de modo que no era sencillo determinar qué había escrito y qué no, cuántos segmentos habían sido agregados o quitados. De las dificultades en fijar los textos shakesperianos tratan los apartados que reúne este libro, en los que Johnson también pondera la genialidad y los defectos del autor del Hamlet, y realiza una pormenorizada valoración de cada una de sus obras. Especialmente valiosa es su idea de que las rápidas contracciones de espacio y tiempo en las piezas de Shakespeare se hallaban fuera del alcance de la razón y la verdad, solo sostenidas por la fuerza poética de sus textos. Recuerda que, sin modelos a imitar, nunca distinguió los géneros de la tragedia y la comedia sino que los alternó en todas sus obras, basadas en leyendas, crónicas y novelas de circulación popular porque entonces Inglaterra se despegaba trabajosamente de la rusticidad y la barbarie, y el público se hallaba muy lejos de la educación. "En Shakespeare no hay héroes —escribió—; sus escenas están pobladas por hombres que actúan y hablan como el lector piensa que hablaría o actuaría en una situación parecida… Sus tramas exigen romanos y reyes, pero él piensa solo en hombres… La obra de un escritor correcto y ordenado es un jardín de formas bien cuidadas y plantadas con esmero… Una composición de Shakespeare es un bosque donde los robles se prolongan en el aire, entremezclados con malezas y zarzas, donde en ocasiones se da cobijo a mirtos y rosas". La admiración no le impidió anotar sus perezas, la repetición de bromas y perplejidades, los juegos de palabras que forzaban el sentido, los anacronismos con que atribuyó costumbres y creencias de unas naciones a otras, o introdujo a Héctor citando a Aristóteles.

En las vidas de los poetas del siglo XVI y XVII, Johnson despliega un minucioso registro biográfico que abarca la vida pública de cada escritor. Cuando el retrato parece completo se introduce en los detalles de su carácter, en la historia de sus amistades y las tensiones con sus adversarios, luego en las señas de su vida doméstica, y finalmente aborda el análisis literario de sus obras mayores y menores. Nada permanecía ajeno a su mirada crítica, capaz de apartar las virtudes de las limitaciones, evaluar sus beneficios y extravíos. La relevancia póstuma de John Milton y su poema épico El paraíso perdido, la del autor de Los viajes de Gulliver, el clérigo Jonathan Swift, los ensayos de Addison y los trabajos de Alexander Pope, concentran el núcleo de mayor atractivo. En estos ensayos, y en especial en el dedicado a Pope, queda explícito el esfuerzo de Inglaterra por asimilar el mundo clásico, un paso más atrás de la literatura italiana y española, que entonces los nuevos intelectuales británicos estudiaban junto al latín y al griego. De esos estudios y de la traducción de los poetas greco romanos dependía el destino de su literatura. El señor Pope emprendió mediante el sistema de suscripción anticipada una muy célebre traducción de la Ilíada, cuyo éxito lo llevó más tarde a traducir La Odisea. Puede que la traducción de Pope se alejara de la áspera grandeza de Homero, dijo Johnson frente a los detractores que cuestionaban su escasa fidelidad, pero "de su versión puede decirse que ha afinado la lengua inglesa, pues desde su aparición, ningún escritor ha fracasado en la melodía por flojo que fuese en otros aspectos. Sus series de versos corregidos hasta alcanzar una modulación dulcísima se apoderó del oído del público. Los hombres corrientes se enamoraron del poema y los eruditos quedaron maravillados con la traducción". El acontecimiento tuvo el espíritu preliminar de las operaciones fundacionales, cuando la literatura cumplía fines prácticos, porque entonces se decidían muchas convenciones hoy plenamente asumidas, como la discusión acerca de si convenía que el gobierno garantizara la calidad de lo que se publicaba con la autorización de las ediciones, o era mejor dar libertad a los editores, con riesgo de que también difundieran basura. Las más sofisticadas envidias competían en la literatura, guiadas, como en la política, por un similar afán de poder y de conquista.

Los críticos.

Las colaboraciones de Johnson en los periódicos abordan varios tópicos literarios: las limitaciones de los críticos, los lamentos de los escritores, las formas del ensayo, y como a lo largo de todo el libro, la justificación moral del arte, que no debe ser confundida con una opinión. Un hombre opina sobre un tema, pero no sobre los supuestos que le permiten identificar la existencia del tema. Y lo que queda claro en las páginas de este libro es que los iluministas ingleses comenzaron a publicar con la intención de educar a un público nuevo, básicamente rústico, no solo ignorante de la geografía y de la historia, también de los modales de la vida urbana y el trato social. Ese supuesto dio origen a los primeros periódicos y revistas, a la legitimación de los críticos y de los escritores, bajo el entendido de que una obra literaria se escribía para advertir sobre los males que acosan al hombre y difundir el bien, educar, entretener y agradar (la final convicción de Borges). Si el argumento suena anacrónico es porque cumplió con sus objetivos elementales y hoy nos hallamos no solo en una etapa tardía del largo viaje, ya sin misión práctica que cumplir ni moral que justifique la importancia de la obra, sino también en una posición inversa frente al conocimiento. Al mencionar las raras inclinaciones de Milton a enseñar ciencias naturales, Johnson da por sentado que la educación del individuo comienza en la formación religiosa y moral, sigue por la historia del hombre y en último término ubica el interés por el mundo fisiológico. Su conciencia es pre industrial, ajena a la psicología y remisa al temprano desarrollo de las ciencias naturales. Pero si su fundamento es religioso, su devoción es racionalista. La moral coincide con la razón y despliega una asombrosa gama de matices en el análisis de las conductas, los estilos de las obras y sus logros estéticos, con una inteligencia que se basta a sí misma para comprender la experiencia y hasta para reconocer lo que no puede explicar. Leído desde la actualidad, sus aforismos y definiciones sobre las virtudes y equívocos del hombre tienen el provocador encanto de las lógicas abandonadas, siempre dispuestas a interpelar los méritos y miserias de las propias. La prosa clara y abierta a las singularidades, sus juicios incisivos, la contundencia, el humor, sus enojos, los giros temperamentales y la delicadeza, también lírica de sus expresiones, recuerdan con alevosía qué es un estilo, tener un estilo, ofrecerlo y crecer con él.

ENSAYOS LITERARIOS, de Samuel Johnson. Galaxia Gutenberg, 2015. Barcelona, 554 págs. Distribuye Océano.

A propósito de la fama.

Samuel Johnson

Muchos son los consuelos con los que el infeliz autor se esfuerza por aplacar su irritación y fortalecer su paciencia. Ha escrito con muy poca indulgencia hacia el entendimiento de los lectores comunes; ha caído en una época donde el conocimiento sólido y el refinamiento delicado han dejado paso a las diversiones vulgares y a la bufonería ociosa, y ningún autor ha de esperar distinguirse si su propósito es más elevado que despertar la risa. Encuentra que sus enemigos se fatigaron en vilipendiar y en arruinar sus representaciones mientras todavía estaban en prensa; y que el librero, a quien resolvió enriquecer, tiene rivales que obstruyeron la circulación de sus copias. Al fin reposa sobre la siguiente consideración: que las más nobles obras del ingenio, cargadas de sabiduría, han hecho camino lentamente contra la ignorancia y el prejuicio, y que la reputación que nunca habrá de perderse, se obtiene gradualmente, de la misma manera que los animales más longevos no alcanzan enseguida su fuerza y su altura adultas.

Mediante estas artes de engaño voluntario se esfuerzan todos en ocultarse a sí mismos su propia insignificancia. Pasa mucho tiempo hasta que nos convencemos de la pequeña proporción que cada individuo aporta al cuerpo colectivo de la humanidad; hasta que aprendemos cuántos pocos se interesan en la fortuna de un único hombre; cuán poco espacio vacante se deja para algún nuevo objeto de atención en el mundo; por qué poca extensión de territorio se difunde la llamarada del mérito entre las brumas de los negocios y de la estupidez; y cuán pronto se nubla con la intercesión de otras novedades. No solo el escritor de libros, sino también el comandante de ejércitos y el libertador de naciones, sobrevivirían con facilidad a su ruidosa y popular reputación: la voz pública puede conmemorarle durante un tiempo, pero sus acciones y su nombre pronto serán considerados remotos e indiferentes, y rara vez será mencionado salvo por aquellos cuya alianza les procura cierta gratificación vanidosa al mencionarles con frecuencia.

(The Rambler, sábado 10 de agosto de 1751)

Algunas ideas de Johnson

* Un comentarista siempre está tentado de compensar con algo de crispación la escasa dignidad de su oficio, y de ampliar su poca fortuna para que resulte atractivo lo que ningún arte ni esfuerzo consigue vigorizar.

* Entre la falsedad y la verdad inútil no hay diferencia. Así como el oro que no puede gastarse no hace rico a nadie, no hace sabio a nadie el saber que no puede aplicarse.

​* La felicidad no se encuentra en la autocontemplación, solo se percibe cuando otro la refleja

* Debemos pocas reglas de escritura a la agudeza de los críticos, quienes no tienen por lo general otro mérito que haber leído con atención las obras de los grandes autores; han observado la disposición de su materia, o las gracias de su expresión, y esperan entonces honor y reverencia por preceptos que nunca pudieron haber inventado: de hecho, la práctica ha introducido las reglas, antes de que las reglas hayan dirigido la práctica.

* Quien quiera que reclame renombre por algún tipo de excelencia espera llenar el lugar que ahora está en posesión de otro, pues ya hay nombres suficientes de todas las clases para ocupar a todos los hombres vivos que se inclinen por el recuerdo; y quien está empujando a sus predecesores hacia el golfo de la oscuridad no puede sino sospechar, en ocasiones, que él mismo se hundirá de manera similar, y que sobre el mismo precipicio será barrido con idéntica violencia.

* No puede sorprendernos que destacaran tanto en las gracias de la dicción [los antiguos romanos], cuando consideramos cuán raramente se emplearon en la búsqueda de nuevos pensamientos.

* Iniciarse como autor consiste en reclamar elogios, y nadie puede aspirar al honor con justicia, sino con el riesgo del oprobio.

* Ha habido hombres espléndidamente malvados, cuyo talento arroja luz sobre sus crímenes, y apenas ninguna villanía suya es completamente detestable, porque nunca puede despojarse del todo de sus excelencias; pero estos han sido los mayores corruptores del mundo en todas las edades, y su ejemplo no debe preservarse más que en el arte de asesinar sin dolor.

* Uno de sus temas favoritos [Alexander Pope], es el desdén hacia su propia poesía. Pero es un juicio que por sí mismo no merece ningún elogio, y además no fue sincero, pues existen testimonios del elevado valor que se concedía, además, ¿de qué podría estar orgulloso sino de su poesía?... Con frecuencia demuestra su desprecio por el mundo, y reflexiona sobre el ser humano, a veces con indiferencia alegre, a veces como si fueran hormigas en una loma afanándose bajo su atenta mirada, y a veces con indignación lúgubre, como si se tratase de monstruos que merecen el odio antes que la piedad. ¿Cómo podía desdeñar a aquellos a los que quiso deleitar toda su vida, de cuya aprobación dependía su propia estima? ¿Por qué debía odiar a aquellos a cuyo favor debía su honor y su desahogo económico? El mundo es el juez más apropiado para los designios humanos, y Pope estaba demasiado loco por la fama para que su desdén suene sincero.

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