Los Jardines Colgantes de la antigüedad

Mito y realidad

Las últimas investigaciones aseguran que los jardines existieron, pero no en Babilonia

Reconstrucción de los jardines realizada por Terry Ball en 2013 en base a las nuevas evidencias arqueológicas

László Erdélyi07 mar 2014

La asiriologa de Oxford Stephanie Dalley afirma, basada en una cantidad importante de evidencia arqueológica, que los famosos Jardines Colgantes de Babilonia existieron, pero no en esa ciudad, sino en la ciudad asiria de Nínive, situada a unos 400 kilómetros en la misma Mesopotamia. La maravilla la había construido el rey asirio Senaquerib alrededor del 700 a.C., y no el rey babilonio Nabucodonosor II, como se afirmó durante más de dos mil años. Este jardín, considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo, fue obra de los asirios.

La cuestión parece simple, pero en realidad deja abiertas dos cuestiones muy complejas. Primero: por qué se trasmitió durante más de dos mil años la ubicación equivocada de los jardines. Segundo: los míticos jardines babilónicos son, a esta altura, tan poderosos en el imaginario occidental como el propio Paraíso. Por lo tanto serían inmunes a cualquier desmentido arqueológico.

RECREANDO EL GÉNESIS.

Los Jardines Colgantes de Babilonia eran, según afirmaban varios autores de la era clásica romana -que escribieron en griego y en latín- unos jardines fantásticos, con árboles de diversas especies que crecían en terrazas debajo de las cuales se podía caminar, todo envuelto en fragancias naturales de resinas, frutas, hierbas y flores que crecían en derredor y convertían a ese lugar en un edén, un espejo de los jardines originarios del acto del génesis bíblico, aquél por donde caminaron Adán y Eva. Cualquier visitante que llegara al lugar se sentiría de inmediato en el Edén.

Esa idea de los jardines babilonios siguió verde y rozagante hasta la actualidad. Muchos artistas los dibujaron o pintaron como un paraíso terrenal. Umberto Eco, en su último libro Historia de las tierras y los lugares legendarios (Lumen, 2013) señala la importancia que tuvieron en la cultura occidental los jardines y las otras seis maravillas del mundo griego y romano, "lo cual nos hace pensar que, aunque no eran tan maravillosas como pretende la tradición, existieron de verdad". Ocurrió también en el cine. Los escenógrafos convocados por Oliver Stone para la recreación de Babilonia en la película Alejandro Magno (2004) con Colin Farrell, construyeron una Babilonia que parece un gran y exótico jardín colgante. Esos jardines también están en la ciudad que menciona Bob Marley. Esa "Babylon" que repica a ritmo de reggae es la urbe excesiva, pecadora, opresora tomada de la versión que da la Biblia. Claro que es una visión negativa, alimentada por los perdedores: quienes nutrieron la Biblia fueron los descendientes de los judíos que el rey babilonio Nabucodonosor II sometió, destruyéndoles el Primer Templo en Jerusalén y obligándolos a un exilio forzoso en Mesopotamia (586 a.C). En el imaginario de la era antigua, cualquier exceso podía ser babilonio.

En el ámbito académico, sin embargo, los jardines perdían por goleada. La arqueología no aportaba nada, a pesar de que venían trabajando en las ruinas de Babilonia -hoy Iraq- desde el siglo XIX. El académico Irving Finkel, especialista en el tema, sentenció en 1988 que no había razones para creer en su existencia. John y Elizabeth Romer, autores del libro Seven Wonders of the World (1995), fueron un poco más lejos: tal maravilla ha sido "la más esquiva e insustancial… nunca existió semejante cosa en Babilonia".

La falta de evidencias dejó un vacío sospechoso, y más con un público habituado a seguir en televisión los logros de la arqueología con base científica. En una conferencia de Stephanie Dalley sobre las maravillas del mundo antiguo, una señora del público se enojó porque no había mencionado a los jardines. "Pero yo no tenía evidencia de su existencia", nos dice Dalley desde Londres. "Allí decidí que debía actuar". Pasaron 20 años. La larga y compleja investigación realizada desde el Oriental Institute de la Universidad de Oxford se plasmó en un libro, The Mystery of the Hanging Gardens of Babylon (Oxford University Press, 2013), y un par de documentales de la BBC y Channel 4 estrenadas en canal de cable y que se pueden ver por Internet.

TRADUCCIÓN INCORRECTA.

La clave está en una pieza arqueológica que tiene escrito, en cuneiforme, un relato del rey asirio Senaquerib. Es el llamado Prisma de Chicago, un hexágono de arcilla cocida de 38 cm. de altura del año 689 a.C., con 500 líneas de texto donde relata al detalle cómo era el jardín de su palacio, al que califica como "una Maravilla para Todos los Pueblos". Este es el texto arqueológico más antiguo donde aparece el concepto de "maravilla". A su vez, tres dibujos en bajorrelieves bastante dañados hallados en las ruinas de Nínive ofrecen una idea más clara de cómo eran esos jardines colgantes sostenidos por pilares o columnas, con frondosos árboles en terrazas, debajo de los cuales había galerías por donde se podía caminar.

El Prisma de Chicago era conocido, pero se lo había traducido de forma incorrecta. Los últimos avances en la decodificación de la escritura cuneiforme -textos que ya nadie podía leer en la época de Alejandro Magno- permitieron comprender aspectos técnicos clave de la construcción y funcionamiento de los jardines. "Los escribas de Senaquerib utilizaron en el prisma un dialecto muy literario llamado Babilonio Estándar", nos cuenta Dalley. "El texto es más poesía que prosa. En ese contexto, el vocabulario técnico requerido para describir piezas de maquinaria apela a metáforas basadas en formas de la naturaleza". Ello permitió comprender el mecanismo que permitía elevar agua dentro del jardín utilizando un tubo con un sinfín de bronce en su interior conocido como "hélice de Arquímedes". Semejante artefacto fue el protagonista de un capítulo de la serie de la BBC para TV, "Secrets of the Ancients", titulado Hanging Gardens of Babylon (1999). Dalley, en su libro, dedica un capítulo entero a explicar los errores cometidos en las anteriores interpretaciones del Prisma.

REGANDO LAS PLANTAS.

El gran desafío era la irrigación de semejante jardín, sobre todo de los árboles plantados en terrazas altas. Se necesitaban muchos metros cúbicos de agua por día. Las "hélices de Arquímedes" no servían pues sólo permitían trasladar agua dentro del jardín y en ángulos determinados. Además como el jardín estaban a una altura considerable respecto al río Khosr, y el nivel del río variaba mucho según las estaciones, éste no servía. Había que traer el agua desde más lejos.

Aquí aparece la otra maravilla que construyó Senaquerib: un canal artificial de 90 kilómetros de longitud para traer agua desde las montañas al noreste de Nínive, lo cual no debe asombrar. Los asirios tenían, en esa época, 2 mil años de conocimiento acumulado en materia de ingeniería de recursos hídricos. Por ejemplo, en Jerwan debieron idear un acueducto en altura para que el canal supere un accidente en el terreno. En los vestigios arqueológicos aún visibles en Jerwan hay arcadas de piedra construidas con una técnica que los romanos recién utilizarían en sus famosos acueductos muchos siglos después. También se descubrió hormigón en esta construcción (Seton Lloyd en 1935), desmintiendo la afirmación de que el cemento no se desarrolló hasta el período romano.

Semejante maravilla de la ingeniería fue lo que vieron los 47 mil hombres de Alejandro Magno cuando marcharon por allí, unos 400 años más tarde, para enfrentar al ejército persa en la batalla de Gaugamela (331 a.C.). Fotografías satelitales militares tomadas en los 60, hoy accesibles al público, permitieron detectar el recorrido exacto del canal, metro a metro.

MUCHAS BABILONIAS.

Los textos clásicos, escritos muchos siglos después de la existencia los jardines por autores que no los vieron pero confiaron en otras fuentes, trasladaron durante más de dos mil años inexactitudes, errores, y también datos muy útiles. Dalley descubrió, por ejemplo, que Nínive solía ser considerada como otra Babilonia en los textos de la época, lo que provocó confusiones. También se intercambiaba el nombre de ambos reyes, Senaquerib y Nabucodonosor, o se afirmaba que Nínive fue totalmente destruida por los babilonios en el año 612 a.C., cuando hay evidencia de que la ciudad siguió activa. Los textos colocan los jardines en Babilonia pero también, a la hora de describir los jardines, los datos coinciden con los que aparecen en el Prisma de Chicago y en los dibujos en bajorrelieve de Nínive.

Dalley se divierte resaltando algunos errores que cometían los clásicos. Por ejemplo, el referido a las "hélices de Arquímedes". Los griegos le adjudicaron a Arquímedes la invención de la hélice para elevar agua, pero Claude Perrault había advertido en 1684 que la hélice hidráulica era más vieja que Arquímedes. El problema es que los griegos antiguos "eran espectaculares atribuyéndose inventos que no eran de ellos",nos dice Dalley. "Los atenienses dijeron que inventaron la cerámica", o que plantaron el primer olivo, que crearon los textiles, o la técnica del vaciado en bronce, lo cual es fácil de desmentir. "Si les creemos, no queda mucho más para el resto", lo cual también deja en evidencia "una tendencia muy establecida en la antigüedad de atribuirle muchos inventos a los griegos".

A su vez, los textos del historiador judío-romano Flavio Josefo ofrecen otras curiosidades. Josefo menciona a los jardines babilónicos en un pasaje inserto de forma idéntica en dos de sus textos, un ejemplo temprano del copy & paste (copiar y pegar) de las computadoras actuales. Pero en esto Josefo no era original, ya que era una práctica común también entre los escribas asirios. "Los eruditos asirios podían escribir descripciones largas, detalladas y coherentes para ser expuestas en lugares muy públicos y prestigiosos", comenta Dalley, "para hacer luego versiones más cortas de esas frases para lugares menos públicos y menos prestigiosos", o tomar esas frases e insertarlas en textos anteriores. "Esos cambios a veces no se hacían de forma apropiada" y el sentido original de las frases no se ajustaba al nuevo contexto. Igual que los estudiantes liceales de hoy, que copian y pegan extensos textos levantados de Wikipedia casi sin haberlos leído, y los entregan a sus profesores como tarea hecha. No hay registros de qué hacía el rey Senaquerib cuando descubría similares incongruencias.

ARQUEÓLOGOS ANSIOSOS.

La primera excavación arqueológica importante en las ruinas de Babilonia la realizó el alemán Robert Koldewey entre 1898 y 1917. Excavó la ciudadela por donde estaban los palacios reales, la espléndida avenida ceremonial, los grandes templos y la Puerta de Ishtar, hoy reconstruida. Pero la meta era encontrar el lugar donde estuvieron los jardines colgantes. Estaban cortos de fondos, y la publicidad que traería semejante hallazgo les aseguraría la financiación. Consideraban los datos aportados por Flavio Josefo como correctos: esperaban encontrar inscripciones del rey Nabucodonosor adjudicándose la autoría de ese jardín maravilloso.

Cada periodista que llegaba a las excavaciones, cada colega, cada visitante hacía la misma pregunta: "Herr Koldewey, ¿encontraron los jardines?" Los terminaron ubicando en un complejo de salas de uno de los palacios construido con materiales hidrófugos (bitumen, por ejemplo). Dijeron que el jardín estaba en el techo. Pero no había señal alguna del sistema de irrigación, o de raíces de árboles, y el lugar estaba lejos del río Éufrates como para traer agua y elevarla. Además, esta teoría no tenía nada que ver con las descripciones de los textos clásicos. Koldewey sabía esto, y calló. Más tarde se supo que esa área del palacio estaba protegida de la humedad porque era un depósito de tablillas en cuneiforme, pero de arcilla sin cocinar. La humedad las habría destruido.

Koldewey no fue el único. En 1979 dos arqueólogos ingleses se fueron al otro extremo del mismo palacio, y ubicaron el jardín bien junto al río, como indicaban las fuentes clásicas. Pero esa área estaba rodeada de paredes que hacían imposible el acceso, y la altura de los muros obstruía la luz del sol durante la mayor parte del día: malo para las plantas.

Otros hasta ignoraron las pistas clásicas y buscaron meter los jardines en cualquier lado. Por ejemplo, junto al famoso zigurat de Babilonia, ese templo como torre escalonada que tan bien describió Herodoto. En los escalones estarían los árboles (ubicación deducida de unos agujeros hallados en el gran zigurat de Ur, en el sur de Iraq). El problema era que los zigurats mesopotámicos estaban construidos con ladrillos de barro sin cocinar, revestidos con una fina capa de ladrillos cocidos. De haber puesto árboles allí, regándolos como Dios manda, el zigurat se habría desintegrado.

REYES CONSTRUCTORES.

Desde el liceo los uruguayos aprendieron en sus clases de historia que los asirios eran un pueblo guerrero. Pero gracias a la asiriología -nueva disciplina con apenas dos décadas de existencia- les sorprenderá escuchar que además eran grandes constructores, innovadores en tecnología (sobre todo en metalurgia), gente muy ocupada en la moda, y capaces de dejar por escrito en textos cuneiformes, tanto en público como en privado, todos sus avances, a un nivel capaz de rivalizar con sus vecinos mesopotámicos del sur, los babilonios. Disponían, además, de miles de trabajadores esclavos producto de sus incursiones guerreras, pero eso era común a la época: todas las grandes obras de la antigüedad llevan el sello del trabajo forzado, con un costo humano brutal.

Senaquerib colocó el jardín en las adyacencias del palacio, tal como establece en sus textos: "Un jardín alto imitando las montañas Amanus pondré junto al palacio, con todo tipo de plantas aromáticas". Especies locales y extranjeras, "árboles que ninguno de los reyes que me antecedieron jamás plantó". A partir de los bajorrelieves se dedujo una perspectiva en la que el jardín aparece con la forma de un teatro griego. Con este y otros datos disponibles los artistas ingleses Terry Ball y Andrew Lacey dibujaron dos cuidadosas reconstrucciones de los jardines y su entorno. En la actualidad, en ese lugar de Nínive, hay una depresión importante del terreno donde podría haber estado el jardín.

La meta del equipo de filmación de Channel 4 que llevó a Dalley al norte de Iraq era llegar a ese punto de la antigua Nínive, hoy adyacente a la moderna Mosul. Tal como se puede ver en el documental Finding Babylon`s Hanging Garden (2013), recorrieron el acueducto desde su origen, en pleno Kurdistán iraquí, pero Dalley no pudo llegar a Nínive. Era muy peligroso. En Mosul estallaban bombas todos los días, y un equipo de filmación con extranjeros era un blanco perfecto. "El día antes el equipo de producción decidió que yo no podía ir", comenta Dalley. Enviaron a dos camarógrafos iraquíes, con indicaciones precisas de lo que debían filmar, actuando como los ojos de Dalley. Ese registro permitió ver la depresión del terreno antes mencionada, pero hay que poner mucha imaginación para que ese paisaje se adapte a la reconstrucción de los jardines que hizo Terry Ball, por ejemplo. "¡¿Cómo que el terreno se adapte?!", nos dice con cierto enojo Dalley. "Allí hay más de dos mil años de erosión, excavaciones, saqueos…".

Todo indica que Senaquerib tenía el poder, los recursos y las ideas para adaptar cualquier terreno a su antojo. Con el jardín buscaba representar lo maravilloso del jardín originario, cuando nacieron todas las cosas, demostrando así al mundo que, además de un rey, Senaquerib era un dios. En el plano terrenal, a su vez, semejante obra representaba para sus súbditos, pares, rivales y enemigos un símbolo de control y de dominio sobre la naturaleza. El verde del jardín debía contrastar, sobre todo en los meses de sequía, con el entorno amarillento. Un jardín sublime para los dioses, pleno de fragancias. Un símbolo de autoridad, tanto en la tierra como en el cielo.

La única crítica a Dalley provino del académico y director del Museo Paul Getty, Timothy Potts, en un artículo publicado en The New York Review of Books (26/9/2013). Allí señala que la propuesta de Dalley no cambia nuestra concepción de los jardines tal como los percibimos durante más de dos mil años. Es el problema del mito, que ya tiene vida propia. Quizá por eso Umberto Eco no cuestiona a Babilonia ni a los textos clásicos: a él le importan más las leyendas -con toda su poderosa carga simbólica, fundamental para el hombre constructor de todas las épocas- y no tanto las evidencias arqueológicas.

Convivirán, por un tiempo, dos jardines: el mítico y el verdadero. Ubicados, claro, en ciudades diferentes.



LAS 7 MARAVILLAS

EL MUNDO antiguo tenía su lista de lugares legendarios en número que variaba, y que incliía por ejemplo a la puerta de Ishtar de la ciudad de Babilonia, luego excluida. La lista de siete se consolidó en la Edad Media, y es la que ofrece Umberto Eco en Historia de las tierras y los lugares legendarios. Con la excepción de los jardines babilónicos, todas dejaron evidencias arqueológicas y la pirámide sobrevive:

- Los Jardines Colgantes de Babilonia, en Mesopotamia
- El Coloso de Rodas, de Grecia
- El Mausoleo de Halicarnaso, en la ciudad friefa de Halicarnaso, hoy Turquía
- El Tempo de Diana en Éfeso, actual Turquía
- El Faro de Alejandría en Egipto
- La Estatua de Zeus en Olimpia, Grecia
- La pirámide de Keops en Giza, Egipto

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