CON VALERIA CORREA FIZ

"Me gusta ser prudente"

Doce relatos de la autora argentina, en su debut literario.

Valeria Correa Fiz. Foto Isabel Wageman
Valeria Correa Fiz (Foto Isabel Wagemann)

HAY LIBROS que golpean de entrada el estómago como un puño cerrado. La condición animal (Páginas de espuma, Madrid, 2016), debut narrativo de la argentina Valeria Correa Fiz, es de ésos.

Contiene doce relatos estructurados en torno a la antigua clasificación filosófica de los estados de la materia: tierra, aire, fuego y agua, enfoque que servía para explicar los patrones de la naturaleza y los del interior del ser humano. Expuesto así parecería que el libro viene en plan ensayo, pero nada más lejos. Arranca con un texto que marca el tono y la visión del volumen, una muestra acabada de lo espeluznante e inexplicable de la condición humana, de su identidad siempre fragmentada, y única en la que campea un elemento desequilibrante: el Mal. "Una casa en las afueras" es el típico relato de la calma rota: una joven esposa, sola en las afueras de Miami, dedicada a leer, conversar con el almacenero cubano y anticastrista y mimar a siete adorables gatos, impacta de lleno contra el horror en la figura de un grupo de adolescentes que la invaden y a la vez le permiten ver dónde está parada ella misma y de qué es capaz. Los relatos que le siguen, en su mayoría, no aflojan la tensión, o la canalizan por una vía más poética que da frases así: "como una silla de ruedas y un orinal oxidado en el pasillo de un sueño" (en "Nostalgia de la morgue", historia que evoca las atmósferas de amores gays de Manuel Puig, por ejemplo).

Además del primero, entre los mejores cuentos destaca "La vida interior de los probadores" que aborda de manera atroz el despertar sexual de un chico con algún tipo de retardo mental; "Perros", una suerte de flash vertiginoso al submundo de adolescentes drogados y criminales; y "Criaturas", el último, que ensambla una plaga futurista, un matrimonio conflictivo y un aborto espontáneo en un relato polisémico y brutal, cargado de ambigüedad pero en el marco de una escritura siempre precisa, dueña de sus contornos e interiores.

Valeria Correa Fiz, que nació en Rosario (Argentina) y vive por el mundo cambiando de ciudad (Milán, Madrid, Miami) estuvo en Montevideo en el mes de julio para presentar este libro y dictar durante dos días un taller de escritura creativa en la librería Escaramuza. El siguiente es parte de un diálogo con ella, sostenido vía e-mail.

Puesta en orden

La condición animal no parece un rejunte de relatos sino el resultado de una precisa arquitectura narrativa, pero se sabe que los escritores no siempre arman lo que parece armado. ¿Había un proyecto en tu cabeza o solo cuajaron en un molde textos nacidos en solitario?

Había un proyecto. Al igual que Rilke pienso que la creación del artista es una puesta en orden. Los cuentos de La condición animal giran en torno al tema del mal: su génesis y sus consecuencias. Además del orden que supone que un libro esté elaborado en torno a un tema en concreto, quise darle también una estructura fuerte que condujera al lector hacia cierta intensidad, como lo hace la música sinfónica. Mi idea es que cada uno de los cuentos debe funcionar de modo individual, pero también tiene que suponer un plus de emoción respecto del relato anterior y, a la vez, ser la base, el sustrato emocional del relato sucesivo.

El bestiario de tu libro, donde el peor bicho es el hombre, incluye desde gorrioncitos y gatos indefensos a buitres, ranas, pterodáctilos y brontosaurios reales, simbólicos, y no se olvida de mencionar al animal por excelencia de "La metamorfosis" o "La transformación" kafkiana. ¿Cómo llegaste a ese bestiario, dónde está el embrión?

No tengo idea de dónde provienen mis animales. Siempre me llamó la atención que el hombre, por el avance del conocimiento, sea capaz de determinar la trayectoria de un cometa, pero no pueda saber el próximo paso que va a dar un gorrión. No podemos saber casi nada de la vida interior de los animales y por ende no podemos saber casi nada de la vida interior de nuestros semejantes ni de nosotros mismos.

Primero publicaste poesía. ¿Cómo despertó en vos la narrativa y de qué modo compatibiliza (o no) con impartir talleres de escritura, por ejemplo?

Creo que la literatura aspira, igual que la filosofía, a conocer, sólo que con otras estrategias y recursos. Ambas se gestan en torno al enigma de lo que somos, de nuestra propia condición. Tienen su germen en el asombro. Sucede que, a veces, el pensamiento, la idea como hecho lingüístico que es, necesita un desarrollo más narrativo, y es entonces cuando entran en juego géneros, como la novela o el relato; otras veces, la idea puede asumir la forma de un poema o de cualquier otra forma híbrida. De todos modos, la poesía y la narración breve tienen más de un punto en común; para empezar ambas trabajan con la elipsis y en colaboración con el lector que tiene que completar esos silencios deliberados.

Dar clases de escritura es una actividad central en mi vida. Es un lugar común de la docencia decir que uno aprende con y de sus alumnos, pero es completamente cierto.

Leyéndote me fue imposible no vincular tu creación con la de otras voces argentinas del momento que también trabajan un horror difuminado, sutil. Pienso en Samanta Schweblin o Mariana Enríquez. ¿Sentís que dialogás con ellas o con otras voces actuales en tu escritura?

Escribí La condición animal antes de haberlas leído. Pero me encanta que digas que mi libro dialoga con Schweblin y Enríquez. Son dos voces muy potentes. Me interesa todo lo que han escrito hasta ahora.

¿Pegar fuerte con un primer libro de relatos te coloca en un lugar incómodo?

Creo que no. Me coloca en un lugar muy feliz, de mucho agradecimiento. Pero intento alegrarme con realismo: el éxito literario es siempre un éxito moderado. Basta mirar el porcentaje que representan tus libros vendidos en relación con la densidad demográfica para comprender que eso que llamamos éxito es solo un pequeño triunfo. Por lo demás, intento seguir el consejo aristotélico de la Ética a Nicómaco de Aristóteles: la virtud es encontrar el justo medio entre dos extremos. También para la felicidad me gusta ser prudente.

El concepto del mal y de su inexplicabilidad para mí ocupa un lugar central en tu libro y en la narrativa actual. ¿Lo ves así?

Absolutamente de acuerdo. En La condición animal el tema del mal obra como columna vertebral. La pregunta por la génesis del mal me preocupa desde mis épocas de estudiante de Derecho. Por supuesto que es un interrogante sin una respuesta categórica. El libro deviene entonces una cartografía del mal, pero también pretendí que fuera un escenario para mostrar que los seres humanos somos capaces de desplegar el amor aun en las condiciones más adversas. En el libro hay personajes que obran con una gran ternura, compasión, amistad, solidaridad. Me gusta pensar que he vertido un poco de luz en la oscuridad que domina el libro. Si lo conseguí, podremos decir como Nietzsche que "la oscuridad puede tornarse luminosa".

¿Qué hace la poeta Valeria Correa Fiz cuando escribe narrativa, se repliega o se integra?

Me integro. La poesía es central en mi escritura, aun cuando no escriba poemas; ser poeta no es escribir poesía sino una forma de mirar el mundo y de relacionarte con él.

Hay un aire de rareza tangible en La condición animal, comprobable en su anecdotario y su léxico que entre otras cosas transmite la idea de inseguridad respecto de lo que somos y de lo que son los demás, esa idea de que nadie es quien uno piensa. ¿Radica ahí el verdadero horror?

Sin dudas. Todo el libro está inspirado en lo que Freud califica como siniestro: lo familiar que se vuelve desconocido, lo que no debiendo ser revelado sale a la luz y se muestra.

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