Párraga, artillero sin cañones

El otro mártir

Defensor de Florida en 1864 ante el avance del rebelde Venancio Flores, sucumbió como Leandro Gómez en Paysandú, pero poco se sabe de él. Ahora llega una buena biografía.

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Jacinto Párraga

PÁRRAGA, EL ARTILLERO SIN CAÑONES, de Heraclio Labandera. Ediciones de la Plaza, 2014. Montevideo, 112 págs.

PÁRRAGA, EL artillero sin cañones echa luz sobre la ejecución del Mayor Jacinto Párraga y otros jefes y oficiales blancos tras la toma de Florida, el 4 de agosto de 1864, por parte de la "Cruzada Libertadora" del Gral. Flores. El hecho es eclipsado —salvo en Florida — por la heroica resistencia de Paysandú y las ejecuciones posteriores. Pero en pequeño es similar: del lado atacante, el florista, según qué fuente se consulte, hubo entre ochocientos y dos mil combatientes con un cañón, mientras que los defensores fueron setenta y siete, con mucha munición pero sin artillería, el arma de Párraga. El mayor, puesto al frente de la villa días antes, había sido trasladado en castigo por un incidente con un diplomático inglés, cuando los agentes británicos en el Plata ya operaban, junto al gobierno de Mitre y a representantes del Brasil, a favor de Flores.

El autor acierta al poner los hechos en su contexto. Señala Labandera que, hasta ahí, los rebeldes, mejor provistos de caballos desde Argentina y Río Grande, huían sin dar batalla desgastando al ejército legítimo, que había vencido en dos combates mayores, Pedernal y Las Piedras. A partir de Florida, los revolucionarios se mostraron capaces de tomar centros poblados (si la villa no había caído antes, fue por la eficaz acción de los lanceros de Timoteo Aparicio, quien se hallaba en Montevideo reponiéndose del tifus, que acababa de diezmar a la población floridense).

El triunfo rebelde ocurre en fecha significativa: el 4 de agosto, mismo día en que José Antonio Saraiva, enviado del Brasil, presenta en Montevideo un ultimátum para resolver "de forma amistosa" las reclamaciones por daños a súbditos brasileños residentes Uruguay desde fines de la Guerra Grande. Si la República no daba satisfacciones, el Imperio iría a las armas. La nota se devolvió por inaceptable.

Las tropas imperiales invadieron el 12 de octubre de 1864 —aniversario de la Batalla de Sarandí— y entraron en Montevideo el 20 de febrero de 1865, aniversario de Ituzaingó, en clara revancha simbólica: la "Cisplatina" fue el único territorio invadido que Brasil no pudo retener. En la toma de Florida hay también un símbolo, ya que fue destruido el rancho en el que se declarara la independencia oriental. Labandera no afirma si esto fue casual o deliberado, porque no hay documentos que lo prueben.

Un solo detalle —que Labandera no omite— podría atenuar las ejecuciones ordenadas por Flores: la muerte en ese combate de su hijo Venancio. Pero el autor hace el distingo —que corresponde— entre una muerte en combate y la ejecución de prisioneros. Aunque esas crueldades inauditas eran de uso, no es menos cierto que el rebelde Flores sabía que las leyes de la guerra civilizada no estaban de su parte.

El libro dedica al contexto muchas más páginas que al hecho en sí. Pero Labandera obra obligado. El combate duró unas horas y, sobre la vida previa de Párraga, en lo militar y lo civil, poco se sabe, a diferencia de Leandro Gómez. Con todo, la brevedad del volumen hace que el juicio sobre algún personaje, en especial el Barón de Mauá, no ahonde en matices, necesarios sobre un personaje complejo que tanto incidió en el Plata.

Párraga, El artillero sin cañones es un buen libro de historia partidaria que no oculta su toma de posición nacionalista ni tergiversa los datos documentales. 

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