"El príncipe" cumple 500

Maquiavelo era otra cosa

A cinco siglos de la primera versión todavía se discute acerca de las intenciones del autor

Dibujo: Ombú
Lorenzo de Médici
Florencia
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Agustín Courtoisie

NO PARECE buen negocio soñar con un cargo político y recibir dos botellas de vino. Pero ése fue el obsequio que Lorenzo II de Médici envió al florentino Nicolás Maquiavelo (1469-1527) a cambio de la versión manuscrita de El príncipe. Tratándose de un nieto de Lorenzo El Magnífico, la recompensa parece algo modesta.

A cinco siglos de la primera versión de El príncipe (1513) todavía se discute acerca de las verdaderas intenciones de su autor al dedicarlo a un Médici, conociendo el paño. Hombre de letras, político, diplomático, Nicolás Maquiavelo quizás quería recomponer su imagen frente a los tiempos turbulentos que le tocó vivir y que podrían haberla dañado.

En los primeros años del siglo XVI, los sectores populares de Florencia habían procurado reformar las leyes para consolidar su poder, inspirándose en Venecia. Maquiavelo simpatizaba con ellos, pero la aristocracia se agrupó alrededor de los Médici y el gobierno popular florentino fue derrotado en 1512. Precisamente un año antes del manuscrito pleno de sabios consejos que Lorenzo II respondió con dos botellas de vino.

Después de aquellos procesos políticos adversos, donde incluso sufrió prisión y tortura, Maquiavelo en su retiro obligado no solamente escribió El príncipe. Liberado por falta de pruebas y tras pagar una multa, el tiempo del destierro lo convirtió también en el autor de otra obra maestra, imprescindible para comprenderlo de modo cabal: Discursos sobre la primera década de Tito Livio (1512-1517). Además, aunque es probable que los Médici desconfiaran de él, le encargaron la redacción de una Historia de Florencia (1520-1525). Si al entregar a Lorenzo II un manual práctico para preservar el poder, el objetivo era realmente volver a la cancillería, Maquiavelo no lo logró. Pero dejó una talentosa obra, pionera de la ciencia política, que parece escrita con criterios actuales.

MUCHOS DABAN CONSEJOS

La obra popularizada como El príncipe fue escrita en italiano fluido, sin ornamentos retóricos. En realidad, también fue bautizada por Maquiavelo como De principatibus ("De los principados") y consta de veintiséis capítulos, titulados en latín. Su autor no sospechó jamás la difusión de la que gozaría y nunca llegó a verla impresa. Porque se publicó recién en 1532, poco después de su muerte. Esa obra y otras formidables, además de los Discursos..., como El arte de la guerra, condensaban la experiencia y las reflexiones de toda una vida.

Hijo de un jurista y una familia bien vinculada, desde muy joven respiró los aires del humanismo y las incipientes burocracias administrativas. En 1498, con menos de treinta años, ocupa un cargo en la cancillería de la república florentina e integra misiones diplomáticas de relevancia. En ellas conoce papas, reyes y emperadores. Toma contacto con personajes como César Borgia, que quizás inspiró algunas de sus reflexiones.

Tres años después se casa con Marietta Corsini y conciben una dilatada prole. Señala una estudiosa del autor, Ana Martínez Arancón, que nuevas misiones le permiten conocer al papa Julio II. De ese encuentro poco grato para Maquiavelo, se nutren en buena parte las encendidas páginas de sus Discursos... en contra de la Iglesia Romana, como la principal culpable de que Italia no estuviese unificada y firme ante cualquier amenaza extranjera.

En el prólogo de una de las más recientes traducciones de El príncipe, Emilio Blanco recuerda que las obras de corta extensión dedicadas a un personaje poderoso constituyen todo un género. Grandes nombres de la época practicaban variantes del mismo género, o se aproximaban a la cuestión política con diversos estilos. Por ejemplo, y más allá de la coincidencia curiosa, importa recordar que la Instrucción del príncipe cristiano de Erasmo de Rotterdam se presenta al príncipe Carlos, en el mismo año 1516 de publicación de la Utopía de Tomás Moro. Sin embargo, la posteridad ha reservado para Erasmo y Tomás Moro un sitial de respeto y privilegio. En cambio, la herencia de Maquiavelo parece tan plural como equívoca: faltar a la palabra dada, recurrir sin temor a las armas, engañar sutilmente, conquistar y consolidar el poder sin importar los medios, serían algunos de sus consejos. Y separar la moral de la política, o apartar las reflexiones valorativas de las ciencias sociales, serían prácticas que también, al menos en parte, estarían inspiradas en El príncipe.

Por eso este aniversario hace muy pertinente, en primer término, discutir algunos presupuestos básicos del autor, que el tiempo ha exagerado o distorsionado. En segundo término, es esencial indagar en qué sentido pueden ser letales las sobredosis de maquiavelismo incluso para los "príncipes", si hasta ellos no pueden abandonar por completo los principios, por motivos que el propio Maquiavelo explica. En esta instancia quizás sea oportuno acercar algunos ejemplos contemporáneos que por momentos parecen seguir literalmente los consejos del florentino y en ocasiones distanciarse del grado o del justo punto en que el autor de El príncipe los formulaba.

LA SABIDURÍA DEL MUNDO

En su introducción a los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Ana Martínez Arancón menciona un sueño que Maquiavelo tuvo poco antes de morir. Una multitud alborotada de mendigos y otro seres harapientos se tropezaron con él y Maquiavelo les preguntó quiénes eran. "Los bienaventurados del paraíso", le respondió una voz misteriosa. "Está escrito que los pobres heredarán el reino de los cielos". Luego Maquiavelo siguió caminando y se encontró con un grupo de elegantes caballeros, de maneras amables, que discutían muy animadamente sobre cuestiones políticas. Entre ellos estaban Platón, Tácito y otros sabios de la antigüedad. La voz misteriosa se escuchó de nuevo, esta vez para informarle que aquellos eran los condenados del infierno. Porque también está escrito que "la sabiduría del mundo es enemiga de Dios".

Al contar el sueño a sus amigos, Maquiavelo confesó que prefería estar en el segundo grupo. La anécdota, no exenta de cierto humor, recuerda el mito bíblico del árbol del bien y del mal. El alma se pierde si se opta por el conocimiento. Todo apunta al mismo circuito de ideas: Maquiavelo aplicó un cauto distanciamiento para comprender lo político. Percibió con crudo realismo la estructura y la fisiología del poder, el de su tiempo y el de todas las épocas. Pero eso no significa que no haya tenido conciencia de la necesidad de tomar en cuenta ciertos matices y ciertos límites en el ejercicio de gobernar. Quedarse en la anécdota es cómico pero ya se ha insistido demasiado en su imagen de Anticristo cool y en la extraña complicidad actual que generan algunos de sus consejos. Maquiavelo además era otra cosa, distinta de su propio mito. Todo se juega en los matices, so pena de incurrir en una suerte de maquiavelismo degradado, caricaturesco.

Los conceptos de "fortuna" y "virtud" son un buen ejemplo de su gusto por el equilibrio. En el capítulo XXV de El príncipe dice: "Creo que puede ser cierto que la fortuna sea árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero también que nos deja controlar la otra mitad, o casi". La fortuna es igual que un río caudaloso ante el cual nada puede hacerse una vez que se ha desbordado. Por su parte, la "virtud", cuyo sentido siempre es político, induce a tomar en el momento adecuado las decisiones. En tiempos tranquilos los hombres pueden prepararse construyendo diques y canales, para anticipar los desbordes provocados por lluvias intensas: "Con la fortuna sucede lo mismo, que demuestra su poder donde no se ha dispuesto la virtud para resistirla". Hacer las cosas a su tiempo, he ahí un buen consejo político. Maquiavélico pero en un buen sentido del término.

Otro concepto relevante es la convicción profunda de Maquiavelo de que se puede aprender mucho de la historia, sobre todo cuando es historia antigua. No era ningún "relativista cultural" como hoy podría pensarse, cometiendo un flagrante anacronismo propio de lecturas apresuradas. En los Discursos... establece con toda claridad que la sustancia de lo humano es permanente: "Se ve fácilmente, si se consideran las cosas presentes y las antiguas, que todas las ciudades y todos los pueblos tienen los mismo deseos y los mismos humores, y así ha sido siempre. De modo que, a quien examina diligentemente las cosas pasadas, le es fácil prever las futuras de cualquier república, y aplicar los remedios empleados por los antiguos, o, si no encuentra ninguno usado por ellos, pensar unos nuevos teniendo en cuenta la similitud de circunstancias". Desaprovechar esa experiencia de siglos sería de locos, no de políticos prudentes, como pedía Maquiavelo.

ÉTICA Y POLÍTICA

No es que toda su fama sea puro cuento. Maquiavelo hizo méritos también para recibir parte de lo que se le endilga. Por ejemplo, en el capítulo III de El príncipe, cuando señala que "hay que tratar a los hombres o bien mimosamente, o bien aniquilarlos, porque se vengan de las ofensas pequeñas, ya que de las grandes no pueden". O en el capítulo VI, cuando muy suelto de cuerpo sostiene: "Es necesario, si el príncipe se quiere mantener en el poder, aprender a poder no ser bueno, y hacerlo o no según la necesidad". En el capítulo XVI asoma su racionalidad instrumental: "El príncipe no debe preocuparse de la reputación de cruel para tener unidos a sus súbditos y mantenerlos fieles; porque con poquísimos ejemplos será más piadoso que aquellos que a causa de la excesiva compasión dejan que los disturbios continúen".

En cuanto al capítulo XVIII, impresiona como un asesor contemporáneo de marketing político: "Los hombres por lo general juzgan más a través de los ojos. Cualquiera ve lo que pareces, pero pocos se dan cuenta de lo que eres realmente". El colmo está en el consejo del capítulo XVIII: "Cuántas paces y cuántas promesas se han convertido en aire y en vanas por la deslealtad de los príncipes. Y cómo el que ha sabido imitar mejor a la zorra ha tenido mejor éxito". Sin embargo, el maquiavelismo no recomienda nunca al malvado obvio de las películas, al violento impulsivo, sino a alguien elegante. Por eso aquella frase se completa de este modo: "Pero también hace falta saber enmascarar esta condición [la de falso], y ser un gran simulador y disimulador. El que engaña siempre encontrará a otro que se deje engañar". En realidad el uso político de la mentira ya había sido reivindicado en forma expresa por Platón en La República. Esta parece ser una constante histórica de quienes procuran consolidar su poder para gobernar.

Aún así, si se trata de no perder las justas proporciones de su perspectiva, corresponde desglosar algunos equívocos. Por ejemplo, evaluar si la regla ética del menor mal, o ciertas dosis de frialdad para pensar en el desorden y administrarlo, no poseen algún grado de legitimidad. Si recordamos la célebre conferencia de Max Weber sobre la vocación política (Politik als Beruf, 1919), podría afirmarse que, en algún sentido, la "ética de la responsabilidad", imaginativa respecto de las consecuencias de las acciones, es tan "ética" como la "ética de la convicción", que pretende aplicar a rajatabla los principios, sin importar lo que suceda después. Y que la ética no consiste solamente en la distinción teórica entre el bien y el mal en estado puro sino en la reflexión situada dentro de una experiencia, que orienta a decidir entre el mal mayor y el mal menor, en circunstancias bien concretas.

Por otra parte, a menudo se sostiene que debe separarse toda consideración moral de un asunto que se procura comprender de modo riguroso. En el caso de la ciencia política, o la historia, eso también es cierto, pero una vez entendido cómo funciona algo, ese saber sobre el mundo puede ser usado o no de modo ético. Lo llamativo es que fue el propio Maquiavelo quien argumentó en favor de esta postura. Basta consultar sus Discursos..., en el capítulo titulado "De cuántas clases son las repúblicas y de qué clase fue la república romana", para advertir la manera sutil en que atribuye un origen político al "conocimiento de las cosas honestas y buenas y de su diferencia de las perniciosas y malas".

Maquiavelo anhelaba una Italia unida. El mejor sistema de gobierno por momentos se le antojaba como una combinación de república con un príncipe a la cabeza. Algunos especialistas, como Quentin Skinner, han enfatizado esa dimensión auténticamente republicana, de respeto por el pueblo y sus representantes, por parte del florentino. El capítulo XXVI es una encendida "Exhortación a acometer la defensa de Italia y a liberarla de los bárbaros". Ese último capítulo es tan diferente del resto que parece culminar otro libro. No calza del todo con el autor de los capítulos anteriores, tan diestro en el bisturí analítico de la política de todos los tiempos. El lenguaje es valorativo y moral, desde el comienzo hasta el fin. Por ejemplo, cuando glosa de este modo a su historiador de cabecera, Tito Livio: "Es justa la guerra para quienes la necesitan, y las armas son piadosas cuando no queda otra esperanza". Los sustantivos del tramo final de El príncipe, al imaginar el recibimiento del futuro redentor de Italia, poseen en su mayoría una profunda índole moral: "amor", "venganza", "lealtad", "piedad", "lágrimas".El autor apela a ciertos versos de Petrarca, en lenguaje saturado de referencias morales: "La virtud contra el furor/ empuñará las armas y hará el combate breve,/ porque el antiguo valor/ en corazón itálico nunca muere". Maquiavelo era otra cosa que esa leyenda tonta que reduce al cinismo su pensamiento político.

EL TEMPLO DE PIEDRA

Si el presente puede ser iluminado por el pasado, como bien sabía Maquiavelo, el pasado a veces puede ser mejor comprendido si se lo compara cuidadosamente con el presente. De ahí que quizás ayude señalar unos pocos ejemplos de la política contemporánea que suscitan perplejidad y parecen asociarse de modo algo enigmático con las recomendaciones de Maquiavelo, hechas en el siglo XVI.

La pertinencia del enfoque puede demostrarse andando. Los ejemplos podrían surgir de todas partes, a condición de que se respeten los matices. Por ejemplo, Ulrich Beck ha analizado las actitudes políticas de su país en un artículo titulado "Angela Merkel, nuevo Maquiavelo", donde afirma que "cuando se plantea el tema de saber de dónde saca Angela Merkel tanto poder, es imposible no remitirse a una de las características que definen su manera de proceder: una habilidad maquiavélica" (Le Monde, 12-11-2012).

En cambio, si se retrocede hasta el 11/M en España, se recordarán los atentados perpetrados en Madrid. No se trata de maquiavelismo, o lo es, pero de un modo degradado: en tres días, la mentira de José María Aznar al atribuir a ETA acciones que se debían al terrorismo islámico, le llevaron a perder unas elecciones que parecían ganadas. Una versión que contradice toda la prensa extranjera, en un mundo globalizado, ofende la inteligencia. Maquiavelo hubiera sugerido algo menos obvio.

Otro caso de falso maquiavelismo: Argentina, 2006. Bajo el gobierno de Néstor Kirchner, durante la intervención del Instituto de Estadística y Censo (INDEC) Guillermo Moreno intenta que los responsables de calcular el Índice de Precios al Consumo le entreguen las direcciones de los comercios que integran el muestreo. El propósito era presionar a los comercios para que bajasen los precios. En INDEC. Historia íntima de una estafa el periodista Gustavo Noriega resume la ingenuidad de fondo: "Es como tomarse la fiebre poniéndose el termómetro en la axila pero enfriando previamente esa zona: la temperatura axilar no va a representar cabalmente la temperatura corporal".

Reflexionar mínimamente sobre estos casos induce a considerar en qué sentido son letales las sobredosis de maquiavelismo incluso para los "príncipes", si hasta ellos no pueden abandonar por completo los principios. Para mantenerse dentro de la identidad maquiavélica es preciso respetar ciertos límites, dosificar los medios "irregulares", no abusar de las medidas extremas. Más sucesos políticos actuales podrían arrojar una sugestiva luz acerca del valor de las perspectivas involucradas.

En el capítulo XVII, Maquiavelo afirma que "el príncipe no debe preocuparse de la reputación de cruel para tener unidos a sus súbditos y mantenerlos fieles". Si comparamos al autor con sus nunca imaginados discípulos recordemos la documentada obra de Telma Luzzani Territorios vigilados, donde se recuerda que cuando George Bush (padre) decidió derrocar a Noriega, ordenó en 1989 un "despliegue bélico sobredimensionado" y "la invasión dejó unos 5.000 civiles panameños muertos". Sin embargo, debe agregarse un matiz que brinda Maquiavelo, que deberían tomar en cuenta quienes se creen muy listos. Según el autor, el príncipe debe proceder "atemperado con la prudencia y la humanidad". Aunque es preferible ser temido a ser amado, también es menester "ser temido pero no odiado" y no parece ser el caso, si los muertos por el secuestro de Noriega superan los de las Torres Gemelas.

Invadir Irak como hizo Estados Unidos (2003) ignorando a la ONU y aducir armas de destrucción masiva que jamás existieron, son ejemplos de maldad ingenua en el fondo, pero jamás de lucidez maquiavélica. Tampoco parece nada "atemperada por la prudencia" la absurda crueldad de suprimir dos ciudades enteras como Hiroshima y Nagasaki (1945), legando a los descendientes de quienes sobrevivieron horrendas mutaciones debidas a la radiación.

Múltiples episodios de dos grandes naciones como China y Rusia resultan también muy afines a la atmósfera cínica de El príncipe, desde la violenta Revolución Cultural iniciada en 1966 o la masacre de estudiantes en la Plaza de Tiananmen (1989), hasta las purgas estalinistas de finales de la década de 1930 o el asesinato de la valerosa periodista Anna Politkóvskaya en Moscú (2006). Pero se trata de brutalidades tan obvias, que resultan muy ajenas al espíritu discreto que animaba al autor florentino. Maquiavelo era otra cosa. Las potencias que ignoran sus consejos, incurren en lo que han contribuido a revelar Julian Assange y Edward Snowden acerca de espionaje local y global, u otros métodos usados por los Estados Unidos, dentro y fuera de sus fronteras. Para evitar las sobredosis de maquiavelismo, según el propio Maquiavelo, "la mejor fortaleza que existe es la de no ser odiado por el pueblo".

Nada expresa mejor ese espíritu que la serie House of Cards(2013). El relato se centra en un congresista ambicioso, encarnado por Kevin Spacey, que procura manipular los oscuros hilos del poder en Washington. En uno de los episodios, luego del encuentro con un cabildero, Spacey deja esta frase memorable: "Qué desperdicio de talento. Eligió el dinero por sobre el poder. En esta ciudad es un error que cometen casi todos. El dinero es una mansión en Sarasota que empieza a desmoronarse luego de 10 años. El poder es un antiguo edificio de piedra de esos que duran siglos. No puedo respetar a alguien que no vea la diferencia". ●

EL PRÍNCIPE, de Nicolás Maquiavelo. Traducción y prólogo de Emilio Blanco. Incluye los Capitoli. Editorial Ariel, 2013. Buenos Aires, 200 págs.

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